
Stephen King: Así escribo yo
"Un hombre de 53 años, corto de vista, con una pierna con clavos y sin resaca" es como el mismo autor se define en la solapa de su último libro, Mientras escribo. Una autobiografía en la que incluye un manual de secretos para el escritor novel que aquí adelantamos en forma exclusiva. El libro es el segundo de no ficción entre más de treinta infalibles best sellers, donde el archifamoso escritor cuenta, además, "todo lo que sé sobre el oficio", acerca de su vida con su mujer, Tabitha, y sus hijos, y del accidente que pudo matarlo
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Según el título de un célebre manual de entrenamiento de perros, no hay perros malos, pero cuéntaselo al padre de un niño agredido por un pit bull o un rottweiller y seguro que te parte la cara. En el mismo sentido, y aunque tenga unas ganas infinitas de dar ánimos a cualquier persona que intente escribir en serio por primera vez, mentiría si dijera que no hay escritores malos. Lo siento, pero hay un montón. Algunos pertenecen a la plantilla del periódico local; son los que hacen las críticas de las obras de teatro en salas pequeñas, o los que pontifican sobre los equipos regionales. Otros se han comprado una casa en el Caribe con su pluma, dejando un reguero de adverbios palpitantes, personajes de cartón y viles construcciones en voz pasiva. Otros, en fin, se desgañitan en lecturas poéticas a micrófono abierto, con jersey de cuello alto y pantalones arrugados de corte militar. Son los que sueltan ripios sobre mis indignados pechos de lesbiana, o la calle torcida donde grité el nombre de mi madre. Los escritores se ordenan siguiendo la misma pirámide que se aprecia en todas las áreas del talento y la creatividad humanos. Los malos están en la base. Encima hay otro grupo, ligeramente más reducido, pero abundante y acogedor: son los escritores aceptables, que también pueden estar en la plantilla del periódico local, en las estanterías de la librería del pueblo o en las lecturas poéticas a micrófono abierto. Es gente que ha llegado a entender que una cosa es que esté indignada una lesbiana y otra que sus pechos sean eso, pechos. El tercer nivel es mucho más pequeño. Se trata de los escritores buenos de verdad. Encima (de ellos, de casi todos nosotros) están los Shakespeare, Faulkner, Yeats, Shaw y Eudora Welty: genios, accidentes divinos, personajes con un don que no podemos entender, y ya no digamos alcanzar. (...) Abordo el corazón de este libro con dos tesis sencillas. La primera es que escribir bien consiste en entender los fundamentos (vocabulario, gramática, elementos del estilo) y llenar la tercera bandeja de la caja de herramientas con los instrumentos adecuados. La segunda es que si bien es imposible convertir a un mal escritor en escritor decente, e igual de imposible convertir a un buen escritor en fenómeno, trabajando duro, poniendo empeño y recibiendo la ayuda oportuna sí es posible convertir a un escritor aceptable, pero nada más, en buen escritor. (...) Aunque un escritor se gane el aprecio de uno o dos críticos, siempre llevará el estigma de su reputación anterior, igual que una mujer casada y respetable, pero con un hijo tenido en la adolescencia. Es tan sencillo como que hay gente que no olvida, y que la crítica literaria, en gran medida, sólo sirve para reforzar un sistema de castas igual de antiguo que el esnobismo intelectual que lo ha alimentado. Hoy en día, Raymond Chandler está reconocido como figura importante de la literatura norteamericana del siglo xx, uno de los primeros en describir la alienación de la vida urbana en las décadas de la última posguerra, pero sigue habiendo una larga nómina de críticos que rechazarían de plano el veredicto. (...) Puede que sus colegas acepten a Chandler entre los grandes, pero seguro que lo sientan al final de la mesa. Y nunca faltan cuchicheos: Claro, es que viene de las novelas de quiosco... ¿A que tiene buenos modales? Para ser de esa gente... (...) Hasta Charles Dickens, el Shakespeare de la novela, ha pagado su afición a los argumentos sensacionalistas, su desatada fecundidad (si no hacía novelas hacía niños con su esposa) y, cómo no, su éxito perenne entre el gallinero lector, de su época y la nuestra, con la agresión constante de la crítica. Los críticos y especialistas siempre han recelado del éxito popular. Son, en muchos casos, recelos justificados, y en otros simples excusas para no pensar. La pereza intelectual llega a sus mayores cotas entre los más cultos. Por poco que puedan, levantan los remos y se dejan ir a la deriva. En conclusión, que estoy seguro de que algunas voces me acusarán de fomentar una filosofía descerebrada y feliz, defender (ya que estamos) mi reputación no precisamente inmaculada, y animar a gente que no es de los nuestros a que pidan el ingreso en el club. Creo que sobreviviré. Pero antes de seguir, pido permiso para repetir mi premisa básica: al que es mal escritor no puede ayudarle nadie a ser bueno, ni siquiera aceptable. El buen escritor que quiera ser un genio... Da igual, dejémoslo.
(...) si no tienes ganas de trabajar como una mula será inútil que intentes escribir bien. Confórmate con tu medianía y da gracias de tenerla por cojín. Existe un muso, pero no esperes que baje revoloteando y esparza polvos mágicos creativos sobre tu máquina de escribir u ordenador. Vive en el subsuelo. Es un habitante del sótano. Tendrás que bajar a su nivel y, cuando hayas llegado, amueblarle el piso. Digamos que te toca a ti sudar la gota gorda, mientras el muso se queda sentado, fuma, admira las copas que ha ganado en la bolera y finge ignorarte. ¿Te parece justo? Pues a mí sí. (...) Hazme caso, porque lo sé. Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho. No conozco ninguna manera de saltárselas. No he visto ningún atajo. Yo soy un lector lento, pero con una media anual de setenta u ochenta libros, casi todos de narrativa. No leo para estudiar el oficio, sino por gusto. (...) Cada libro que se elige tiene una o varias cosas que enseñar, y a menudo los libros malos contienen más lecciones que los buenos. Cuando iba a octavo encontré una novela de bolsillo de Murray Leinster, un escritor de ciencia ficción barata cuya producción se concentra en los años cuarenta y cincuenta, la época en que revistas como Amazing Stories pagaban un centavo por palabra. Yo ya había leído otros libros de Leinster, bastantes para saber que la calidad de su prosa era irregular. La novela a que me refiero, que era una historia de minería en el cinturón de asteroides, figuraba entre sus obras menos conseguidas. No, eso es ser demasiado generoso; la verdad es que era malísima, con personajes superficiales y un argumento descabellado. Lo peor (o lo que me pareció peor en esa época) era que Leinster se había enamorado de la palabra zestful, brioso. Los personajes veían acercarse a los asteroides metalíferos con briosas sonrisas, y se sentaban a cenar con brío a bordo de su nave minera. Hacia el final del libro, el protagonista se fundía con la heroína (rubia y tetuda) en un brioso abrazo. Fue para mí el equivalente literario de la vacuna de la viruela: desde entonces, que yo sepa, nunca he usado la palabra zestful en ninguna novela o cuento. Ni lo haré, Dios mediante. Mineros de asteroides (no se llamaba así, pero era un título parecido) fue un libro importante en mi vida de lector. (...) Leyendo prosa mala es como se aprende de manera más clara a evitar ciertas cosas. (...) Por otro lado, la buena literatura enseña al aprendiz cuestiones de estilo, agilidad narrativa, estructura argumental, elaboración de personajes verosímiles y sinceridad creativa. Quizás una novela como Las uvas de la ira provoque desesperación y celos en el escritor novel (No podría escribir tan bien ni viviendo mil años), pero son emociones que también pueden servir de acicate, empujando al escritor a esforzarse más y ponerse metas más altas. La capacidad arrebatadora de un buen argumento combinado con prosa de calidad es una sensación que forma parte de la formación imprescindible de todos los escritores. Nadie puede aspirar a seducir a otra persona por la fuerza de la escritura hasta no haberlo experimentado personalmente. (...) Quizá te encuentres con que adoptas el estilo que más admiras. No tiene nada de malo. De niño, cuando leía a Ray Bradbury, escribía como él: todo era verde y maravilloso, todo visto por una lente manchada por el aceite de la nostalgia. Cuando leía a James M. Cain me salía todo escueto, entrecortado y duro. Cuando leía a Lovecraft, mi prosa se volvía voluptuosa y bizantina. Algunos relatos de mi adolescencia mezclaban los tres estilos en una especie de estofado bastante cómico. La mezcla de estilos es un escalón necesario en el desarrollo de uno propio, pero no se produce en el vacío. Hay que leer de todo, y al mismo tiempo depurar (y redefinir) constantemente lo que se escribe. Me parece increíble que haya gente que lea poquísimo (o, en algunos casos, nada), pero escriba y pretenda gustar a los demás. (...) Yo nunca salgo sin un libro, y encuentro toda clase de oportunidades para enfrascarme en él. El truco es aprender a leer a tragos cortos, no sólo a largos. Es evidente que las salas de espera son puntos de lectura ideales, pero no despreciemos el foyer de un teatro antes de la función, las filas aburridas para pagar en caja ni el clásico de los clásicos: el water. (...) La gente bien considera de mala educación leer en la mesa, pero si aspiras a tener éxito como escritor deberías poner los modales en el penúltimo escalón de prioridades. El último debería ocuparlo la gente bien y sus expectativas. (...) ¿Dónde más leer? Pues en la cinta de correr, o en el aparato que uses cuando vas al gimnasio. Yo, que procuro hacer una hora de aparatos al día, creo que sin la compañía de una buena novela me volvería loco. (...) Si sientes como algo imprescindible tener puestos a los bocazas de la CNN dando las noticias mientras haces ejercicio, o a los bocazas de la MSNBC hablando de la bolsa, o a los bocazas de la ESPN dando los deportes, ya va siendo hora de que te preguntes por el grado de seriedad de tus aspiraciones de escritor. Tienes que estar dispuesto a replegarte a conciencia en la imaginación, y me parece que no es muy compatible con los presentadores de los talkshows de moda. Leer toma su tiempo, y el pezón de cristal te roba demasiado. Una vez destetada del ansia efímera de tele, la mayoría descubrirá que leer significa pasar un buen rato. He aquí mi sugerencia: la desconexión de la caja-loro es una buena manera de mejorar la calidad de vida, no sólo la de la escritura. (...)
El programa agotador de lectura y escritura por el que abogo (de cuatro a seis horas diarias toda la semana) sólo lo parecerá si son actividades que ni te gustan ni responden a ningún talento tuyo. De hecho, puede que ya estés siguiendo uno parecido. Si no es así, y te parece que necesitas permiso de alguien para leer y escribir cuanto te apetezca, considéralo dado en adelante por un servidor. La verdadera importancia de leer es que genera confianza e intimidad con el proceso de la escritura. Se entra en el país de los escritores con los papeles en regla. La lectura constante te lleva a un lugar (o estado mental, si lo prefieres) donde se puede escribir con entusiasmo y sin complejos. También te permite ir descubriendo qué está hecho y qué por hacer, y te enseña a distinguir entre lo trillado y lo fresco, lo que funciona y lo que sólo ocupa espacio. Cuanto más leas, menos riesgo correrás de hacer el tonto con el bolígrafo o el procesador de textos.
Si el Gran Mandamiento es lee mucho y escribe mucho (y te aseguro que sí), ¿cuánto es escribir mucho? Evidentemente, depende del escritor. (...) Hay varios novelistas contemporáneos que han escrito al menos tanto como yo (por ejemplo, Ruth Rendell/Barbara Vine, Evan Hunter/Ed McBain, Dean Koontz y Joyce Carol Oates), y algunos que bastante más. En el lado opuesto (el de James Joyce) aparece Harper Lee, autor de un solo y excelente libro: Matar un ruiseñor. La lista de los que han escrito menos de cinco es larga, e incluye a James Agee, Malcolm Lowry y (de momento) Thomas Harris. (...) En mi caso el horario está bastante claro. Dedico las mañanas a lo nuevo, la novela o cuento que tenga entre manos, y las tardes a la siesta y la correspondencia. La noche pertenece a la lectura y la familia, a los partidos televisados de los Red Sox y a las revisiones más urgentes. Por lo general, la escritura se concentra en las mañanas. Cuando he empezado un proyecto no paro, y sólo bajo el ritmo si es imprescindible. Si no escribo a diario empiezan a ponérseme rancios los personajes, con el resultado de que ya no parecen gente real, sino eso, personajes. Empieza a oxidarse el filo narrativo del escritor, y yo a perder el control del argumento y el ritmo de la narración. Lo peor es que se debilita el entusiasmo de crear algo nuevo; empiezas a tener la sensación de que trabajas, sensación que para la mayoría de los escritores es el beso de la muerte. Cuando se escribe mejor (siempre, siempre, siempre) es cuando el escritor lo vive como una especie de juego inspirado. Yo, si quiero, puedo escribir a sangre fría, pero me gusta más cuando es algo fresco y quema tanto que casi no se puede tocar. (...) La verdad es que cuando escribo, escribo cada día, incluidos Navidad, el 4 de julio y mi cumpleaños. (Además, a mi edad procuras ignorar los cumpleaños.) Y cuando no trabajo, no trabajo nada, aunque esos períodos de inactividad suelen desorientarme y producirme insomnio. (...) La nicotina potencia mucho la sinapsis. El problema ya se sabe cuál es: que te ayuda a escribir, pero al mismo tiempo te mata. A pesar de todo, opino que la primera redacción de un libro (aunque sea largo) no debería ocupar más de tres meses, lo que dura una estación. Si tarda más (al menos en mi caso), empieza a quedar la historia como algo un poco ajeno, como un despacho del Ministerio de Asuntos Exteriores rumano o un mensaje radiado en alta frecuencia durante un período de gran actividad en manchas solares. Me gusta hacer diez páginas al día, es decir, dos mil palabras. En tres meses son 180.000 palabras, que para un libro no está mal; si la historia es buena y está bien contada, el lector puede perderse a gusto. Hay días en que salen diez páginas sin dificultad (...), pero a medida que me hago mayor abundan más los días en que acabo comiendo en el escritorio y terminando la sesión diaria hacia la una y media. A veces, cuando cuesta que salgan las palabras, llega la hora del té y todavía estoy trabajando. (...) La mejor ayuda para una producción regular (¿trollopiana?) es un ambiente sereno. Hasta al escritor de naturaleza más productiva le costará trabajar en un entorno donde los sustos y las distracciones sean la norma, no la excepción. Cuando me preguntan por el secreto de mi éxito (idea absurda, pero imposible de eludir), a veces contesto que hay dos: haberme conservado en buenas condiciones físicas (al menos hasta que en el verano de 1999 me atropelló una furgoneta que se había salido de la carretera) y haber tenido un matrimonio duradero. (...)
Casi se puede leer en cualquier parte, pero, tratándose de escribir, los cubículos de biblioteca y bancos de parque deberían ser el último recurso. Decía Truman Capote que sus mejores obras estaban hechas en habitaciones de motel, pero es la excepción. La mayoría trabajamos mejor en casa. Mientras no tengas un espacio propio, encontrarás bastante más laboriosa tu nueva decisión de escribir mucho. No es necesario que tu despacho exhiba un interiorismo a lo Playboy, ni que guardes los enseres de escribir en un escritorio colonial de los de persiana. Las dos primeras novelas que publiqué (Carrie y El misterio de Salem´s Lot) las escribí en el cuartucho de lavar de una caravana doble, aporreando la Olivetti portátil de mi mujer y haciendo equilibrios con una mesa infantil en las rodillas. (...) Propongo unas mil palabras al día, y, como me siento magnánimo, añadiré un día de descanso semanal, al menos al principio. Más de uno no, o perderías la urgencia e inmediatez de tu relato. Una vez concretado el objetivo, toma la resolución de no abrir la puerta hasta haberlo cumplido. Dedícate por entero a poner las mil palabras en papel o en disquette. (...) Conviene, dentro de lo posible, que en el despacho no haya teléfono, y menos televisión o videojuegos para perder el tiempo. Si hay ventana, y no da a una pared, corre la cortina o baja la persiana. Cualquier escritor hará bien en eliminar las distracciones, y el novicio más. Si sigues escribiendo empezarás a filtrarlas de manera natural, pero al principio conviene ocuparse de ellas antes de ponerse a trabajar. Yo trabajo con la música a tope (siempre he preferido el rock duro, tipo AC/DC, Guns´n Roses y Metallica), pero sólo porque es otra manera de cerrar la puerta. Me rodea, aislándome del mundo. (...)
La razón de ser del horario (entrar cada día más o menos a la misma hora y salir cuando tengas las mil palabras en papel o disquette) es acostumbrarte, predisponerte. Bueno, pues ya estás en la habitación con la persiana y la puerta cerradas y el teléfono desenchufado. Le has dado una patada a la tele y te has jurado escribir mil palabras al día contra viento y marea. Llegó él turno de la gran pregunta: ¿de qué escribirás? Y de una respuesta igual de grande: de lo que te dé la gana. Lo que sea... mientras cuentes la verdad. Antes, en las clases de escritura, solía haber una máxima: Escribe de lo que sepas. Suena bien, pero, ¿y si quieres escribir sobre naves espaciales que exploran otros planetas, o de alguien que mata a su mujer y quiere partirla en trocitos con un desbastador de madera? ¿Cómo se consigue que cuadren esas y otras mil ideas extravagantes con el principio de escribir de lo que se sabe? Yo creo que lo primero es interpretar la máxima en el sentido más lato. El fontanero sabe de fontanería, pero no es ni mucho menos lo único que sabe. También sabe cosas del corazón, y la imaginación. (...)
En términos de género, parece oportuna la premisa de que se empieza escribiendo lo que le gusta a uno leer. Ya he contado mis tempranos amores con los tebeos del terror, y seguro que he cargado las tintas, pero es verdad que me gustaban mucho. (...) Hoy en día, de hecho, nada me impide escribir versiones un poco más sofisticadas del mismo cuento. Es muy sencillo: me eduqué en el amor a la noche y los ataúdes que no se quedan quietos. Si a alguien le parece mal, lo único que puedo hacer es encogerme de hombros. Es lo que hay. Si resulta que eres aficionado a la ciencia ficción, es normal que tengas ganas de escribir ciencia ficción. (Y cuanta más hayas leído, menos peligro correrás de caer en las convenciones más transitadas del género, como las guerras de naves y las utopías negativas.) Si lo que te gusta son las novelas de misterio, querrás escribirlas, y si te gustan las románticas, es normalísimo que quieras hacer alguna. No tiene nada de malo practicar esos géneros. (...) Desconfío de los argumentos por dos razones: la primera, que nuestras vidas apenas tienen argumento, aunque se sumen todas las precauciones sensatas y los escrupulosos planes de futuro; la segunda, que considero incompatibles el argumento y la espontaneidad de la creación auténtica. Procuraré ser claro. Me interesa sobremanera que entiendas que mi principal convicción acerca de la narrativa es que se hace prácticamente sola. (...) Si eres capaz de compartir mi punto de vista (o de intentarlo), podremos colaborar a gusto. En caso contrario, si te parezco un loco, tampoco pasa nada. No serás el primero.(...)
Siempre tuvo la sospecha. Como prueba están sus libros, llenos de escritores a los que les pasan cosas muy, pero muy feas. Stephen King tuvo siempre la macabra presunción de ser él mismo un personaje más de sus historias. Entonces un día pasó lo siguiente: un camionero bruto salió a comprar chocolate, perdió el mando del volante y atropelló lo que pensó que era un cabrito. Un cabrito llamado Stephen King.
"Me entero del detalle después de unas semanas y pienso que ha estado a punto de matarme un personaje de novela mía. Casi tiene gracia", cuenta el hombre en su primer libro de no ficción, Mientras escribo. Acaso mientras escribe King perciba con el rabillo del ojo su muleta, tome una de las cien pastillas diarias que le recetó el médico y busque olvidar alguno de los múltiples dolores que le erizan el cuerpo desde aquel accidente de 1999. King había salido a dar una vuelta por las calles de Maine y terminó con la cadera fracturada, la pierna hecha talco, el pulmón dañado, la cabeza rota, cuatro costillas partidas y la columna astillada.
Pero no murió. Volvió del límite con una delgadez morbosa y una cicatriz reptando por la pantorrilla. Volvió como lo hacen los monstruos de películas góticas: medio abollados, pero con ganas de acción. Cinco semanas después del accidente se sentó a su escritorio, en el vestíbulo trasero de su casa victoriana e inmensa, y encendió su Mac. Desde entonces hasta hoy, publicó la novela corta Riding the Bullet (fue el primer libro de masas lanzado en Internet, con más de 500 mil ejemplares); desarrolló la mayor parte de un guión para la cadena ABC; avanzó una novela de 900 páginas (Dreamcatcher); y terminó Mientras escribo: un compendio de consejos sobre cómo abordar el oficio con éxito (lejos del típico recetario de autoayuda americano, éste es un ofrecimiento generoso) precedido por su propia historia: el cuento de un chico pobre que se transformó en el escritor más vendido del mundo.
Empecemos el cuento, entonces. Si el pasado es el resultado caprichoso de la memoria, el de King está sujeto a una selección muy especial. El asocia su infancia con un paisaje de niebla, donde las anécdotas brotan aisladas como árboles pelados. Arboles con ramas como dedos de bruja. Su niñez es un puñado de aguafuertes malditas: recuerda una nana peligrosa, una terrible infección en los tímpanos, la extirpación de sus amígdalas, aquella vez que fue al baño en un baldío, como los cowboys, y se limpió con ortigas. "Tuve una infancia muy rara", escribe King como si hiciera falta. Y entonces suelta su primer recuerdo: el niño Stevie tiene dos años y se imagina que es un forzudo de circo. Avanza por el garaje de su casa cargando a puro músculo un bloque de cemento, mientras los tíos dicen oooh, miren al niño de dos años qué fuerte. Pero esta es una historia de King, así que oculto en un recodo del cemento hay un avispero. Un bicho le pica la oreja, el forzudo se sacude y suelta el bloque. Y todo el dolor del mundo cae sobre sus pies descalzos. El primero, entonces, es un recuerdo de dedos rotos.
Es también una pequeña muestra, damas y caballeros, del estilo King de contar las cosas: él adora mostrar que la vida cotidiana está llena de peligros; que en un contexto familiar, en un pueblo herrumbroso y dormido con tíos diciendo "qué niño tan fuerte", puede pasar lo peor. La de King es una forma delicada de decirnos que todas sus barbaridades nos pueden ocurrir mañana. Tal vez en el próximo minuto.
Usted un buen día podría contratar una niñera, por ejemplo. Una adolescente con algo de acné, cuerpo saludable y sonrisa grande como un melón. Piénselo bien: la niñera podría ser como la que le tocó a King a los tres años. La chica se llamaba Eula Beulah, una mole con sentido del humor peligroso que cada vez que reía le daba palmazos, lo abrazaba dolorosamente y le hacía cosquillas con los pies. Y lo peor: en los días de mayor felicidad, jugaba a poner su enorme trasero sobre la cara de Stevie, y ya saben qué. "Era como quedar sepultado por fuegos artificiales a base de metano -escribe-. Puede decirse que Eula Beulah me fogueó para la crítica literaria. Después de haber tenido encima a una niñera de noventa kilos tirándote pedos en la cara y gritando ¡bum!, el Village Voice da muy poco miedo." Resulta entonces que Eula Beulah fue una mujer sumamente útil en su vida; una inyección de inmunidad justificada: las críticas pocas veces lo trataron bien. Entre la mirada intelectual y los libros masivos hay una guerra con más fuegos artificiales que los que podría lanzar Eula Beulah. Porque sí: King es muy fácil de leer. Lleva publicados más de 46 libros, sus ejemplares vendidos superan los seis millones de unidades, y aun así sólo ganó un premio en su vida, el O. Henry, por su relato breve Man in the black suit. El, como para que vean qué poco le importan las medallas, adora repetir una frase que suena a provocación: "Soy la versión literaria de McDonald´s".
Y como McDonald´s, King tiene su manual de reglas e instrucciones. Mientras escribo nació para contestar algunas preguntas que le hicieron en seminarios y conferencias, y para responder también aquellas que jamás le formularon: las concernientes al lenguaje. ¿Cómo les caerá Mientras escribo a los críticos? King arriesga una respuesta: "Cómo si la puta del pueblo intentase enseñar a las mujeres a comportarse."
Si la prostituta fuera la mujer más requerida en toda la tierra, sería interesante conocer su vida y saber cómo llegó a semejante clientela. Tal vez por eso, King agrega una autobiografía con la única intención de mostrar cómo nace un escritor. Entonces cuenta que nació en 1947 en Portland (Estado de Maine). Que a los dos años, su padre, Don, se fue a comprar cigarrillos y no volvió. Que se crió con su hermano adoptivo y su madre, una mujer que en la mejor de las rachas trabajaba como lavandera. Que empezó a leer durante el primer año de colegio, hasta que su madre le sugirió que inventara sus propias historias. "Recuerdo haber acogido la idea con la sensación abrumadora de que abría mil posibilidades -escribe-. Como si me hubieran dejado entrar en un edificio muy grande y con muchas puertas cerradas, dándome permiso para abrir la que quisiera. Pensaba (y sigo pensando) que había tantas puertas que no bastaba una vida para abrirlas todas."
Durante ocho años seguidos envió sus cuentos al Alfred Hitchcock´s Mystery Magazine, y cada uno de ellos volvió con una nota del tipo seguí participando. Hizo caso. Clavó un clavito en su cuarto, y enganchó ahí el primero de los rebotes. Pasaron los años, cumplió catorce, y el peso de los rechazos empezó a vencer el clavo. Entonces compró uno más largo y resistente, y siguió escribiendo.
El dice que lo suyo es compulsión. Un algo que supera su voluntad y que, jura King, lo salvó de morirse de puro borracho, de sobredosis o de alguna forma más convencional del suicidio. El primer cuento editado -su primera salvación pública- apareció en un fanzine de terror de Alabama. El título original -que no fue respetado- era Fui un ladrón de cadáveres adolescente.
No: no busquen en King títulos lindos o una infancia candorosa. Menos todavía una adolescencia en paz. Mientras en el cine del pueblo proyectaban las películas de Disney, los hermanos King preferían El ataque de las sanguijuelas gigantes, Canción de cuna para un cadáver y Los ángeles del infierno. A los trece años, un chico que ha leído a London y Poe no quiere saber de Blancanieves: prefiere monstruos devorando ciudades, cadáveres radiactivos salidos del mar y con ganas de almorzar surfistas, y chicas de barrio bajo y corpiño negro. Eso es lo que King buscaba, y eso es lo que él produjo. "Lo que no entiendo, Stevie -le dijo una vez una maestra del colegio- es que escribas esta basura. Tú escribes bien. ¿Por qué desaprovechas tus facultades?"
La maestra habría llorado si se hubiera enterado del futuro inmediato de King: escribir para revistas de adultos, derrochar su talento en páginas ilustradas con hermosos y redondos pechos. El primer cuento se vendió a 200 dólares, pero la suma no era suficiente para vivir: mientras escribía tenía que trabajar bajo el calor sofocante de una lavandería, tragando píldoras de sal para no desvanecerse sobre una sábana. En medio de esa desazón conoció a Tabitha, la mujer que todavía hoy le lleva a su escritorio una de sus cien pastillas, la que lo salvó de la muerte y el fracaso.
Fue Tabitha la que rescató del tacho de basura una copia cenicienta y sucia de Carrie. Vivían en un trailer, ella trabajaba en Dunkin Donut´s y King se había transformado en la versión atormentada y talentosa de Homero Simpson: parecía treinta años más viejo, y tenía la ropa raída y remendada, la panza reventona de cerveza, tos de fumador, exceso de caspa y varios originales inconclusos que sólo ojeaba cuando no estaba borracho. Entonces, un invierno de 1973, Tabitha encontró un manuscrito en el tacho de basura. Tomó las hojas, las limpió y las alisó. "Tiene posibilidades", dijo.
"Con Carrie aprendí dos cosas --asegura King-. Primero, que la impresión inicial del autor sobre el personaje o los personajes puede ser tan errónea como la del lector. Segundo (pero no en importancia) darse cuenta de que es mala idea dejar algo a medias sólo porque presente dificultades emocionales o imaginativas." Carrie significó mucho más que 100 mil dólares: cambió el curso de la literatura de terror, y para muchos incluso dio una vuelta de página al género fantástico contemporáneo.
También fue una bisagra en la vida de King: desde entonces no paró de publicar, muchas historias se transformaron en películas taquilleras y hasta se arrogó el desafío de prepotear a las editoriales, sacando algunas novelas por su página web. En mayo de 2000 se ganó los titulares de todo el mundo al lanzar The Plant, una historia por entregas que exigía a los lectores un dólar para poder bajar los tres primeros capítulos, y dos para bajar los cinco siguientes. "Amigos --arengó en su página- tenemos la oportunidad de convertirnos en la peor pesadilla de las grandes editoriales". El tema de The Plant sonaba un poco hostil: trataba sobre un escritor que enviaba una planta devoradora de seres humanos a una editorial que había rechazado su manuscrito.
Para el dolor de los lectores, esta historia aún está inconclusa. Eso es un riesgo, y no sólo para ellos: ya se sabe cómo son los fanáticos. Muchos pasan los veranos instalados frente a la casa de King; y algunos otros eligen la confrontación epistolar. Todas las semanas, por ejemplo, llegan decenas de cartas de lectores furiosos, pidiendo la pubicación del nuevo libro de la saga fantástica La torre oscura. Una vez, una queja vino acompañada por una fotografía. Allí se veía a un oso de peluche encadenado, con un mensaje formado con letras de diarios y revistas: "Publique de inmediato el próximo libro de La torre oscura o el oso morirá".
Stephen King tiene lectores tan retorcidos como él. Miren su cara: nadie con tremenda mirada puede despertar afecto en un seguidor normal. Observen esa serenidad peligrosa, esos ojos tirantes y la piel de porcelana cachada. Parece un muñeco de Madame Tussauds; el recuerdo maldito de un hombre que lo ha sobrevivido todo. Porque es cierto: King lo ha sobrevivido todo.
Empezó llenándose de cerveza (algo de eso hay en Jack Torrance, el ex profesor y escritor alcohólico de El resplandor) y en 1985 se sumaron las drogas.
Recuerden su novela Tommyknockers: trata sobre una escritora que descubre una nave alienígena enterrada en el suelo. Allí están hibernando unos extraterrestres que invaden la cabeza de la gente y le dan energía y una inteligencia superficial; dos bendiciones que se pagan con el alma. Esta fue la mejor metáfora que tuvo King a mano para describir lo que le pasaba: escribió Tom-myknockers sin descanso, con el corazón a ciento treinta pulsaciones por minuto y las orejas tapadas con algodón para cortar la hemorragia que le generaba el exceso de cocaína. Hasta que una tarde, Tabitha decidió vaciar su tacho de basura frente a familiares y amigos. Bienvenidos al show: ahí estaban los restos de King que, según su propia descripción, consistían en "latas de cerveza, colillas, cocaína en botellitas de gramo, más cocaína en bolsitas, cucharitas para coca, Valium, Xanax, frascos de jarabe para la tos, anticatarro y botellas de enjuague bucal".
Lo más extraño es que, a pesar de su tacho de basura, nunca dejó de escribir. Como los veteranos del rock, el hombre renació de sus excesos y sobrevivió por casualidad. Y ahora, a los 53 años, es un tipo accidentado y vivo, con mala vista, el paso rengo y el eterno goce de saber cómo, con qué palabras, transformar el sueño americano en pesadilla.
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