Suena el tambor
El tam-tam llega con fuerza a Buenos Aires. Asociado al auge de las murgas, el fenómeno se traduce ahora en grupos, talleres y recitales espontáneos en calles y plazas. Raíces africanas, instrumentos variados y ritmos para todos los gustos se fusionan en repiquetes que ahora inundan los barrios porteños
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"Esta es la canción del bongó.
Unos dicen: ahora mismo.
Otros dicen: allá voy."
Nicolás Guillén
Así como no puede aceptarse que la alegría sea una virtud exclusiva de los brasileños, tampoco es concebible que los negros sean los únicos dueños del ritmo. Lo saben de sobra, entre otros, los centenares de chicos y chicas que en Buenos Aires y otras ciudades empiezan a batir el parche como si hubieran nacido en Bahía, Nigeria o Montevideo. Las raíces, ya se sabe, están allá. Pero el follaje crece libremente en todos lados. Aquí no más, sin ir más lejos, aparecieron en los últimos años todo tipo de grupos y talleres de percusión: Fortubanda, La Chilinga, Rataplán, Terrestres y Katurga son algunos de los más conocidos. Pero además, con nombre o sin él, las bandas percusivas asoman de tanto en tanto en las plazas, las marchas de protesta y las celebraciones barriales. Ultimamente, incluso, los contratan para animar actos políticos, fiestas de casamiento y hasta reuniones privadas realizadas en countries. Sus integrantes, asombrados ellos mismos del oleaje sonoro que generan a su alrededor, suman palmas y repiques al fogón.
Los maestros locales de este arte ancestral, muchos de ellos formados en Brasil, Uruguay, Aruba y otros territorios ideales para beber de las raíces negras, enseñan el idioma de los tambores a partir de sus vivencias particulares y compartidas. Horacio López -profesor de percusión y director del grupo Terrestres- tocó durante dos años junto a Rubén Rada, el incansable músico y candombero que en estos días presenta Black , su más reciente trabajo discográfico. "Fue una experiencia que me movió mucho -dice-. Sobre todo porque significó para mí un acercamiento íntimo al candombe".
La influencia que viene del otro lado del charco es muy grande. Sin ir más lejos, es sabido que figuras notorias del ambiente han pasado muchas veces por The Power, el taller montevideano de Fernando Lobo Núñez, eximio percusionista, fabricante de tambores casi soñados e inspirador de la célebre agrupación La Dominguera. Esta última ganó fama, entre otras cosas, porque en sus salidas utiliza solamente parches de lonja (cuero), en oposición a otras comparsas que se conforman con parches de plástico, de sonido acaso más agudo y artificial.
Con La Dominguera suele salir El Negro Rada a candombear por las calles del barrio Sur de Montevideo, haciendo gran despliegue de toques e instrumentos que suenan y marcan el paso. Las posibilidades en esta materia son prácticamente infinitas; los nombres de los tambores, por caso, van variando según el tamaño y la función: de mayor a menor se llaman piano, repique y chico; hay uno más grande -el bombo- que ya cayó en desuso. Pero el arsenal del ritmo no se agota en esos instrumentos básicos. Una lista un poco más ambiciosa debería incluir también el tamboril, los cencerros, las congas, el bongó, las timbaletas y tumbadoras, el timbal, el djembé africano, el redoblante, el zurdo, la cuica brasileña, el pandeiro, los shakers, el agogó y, por supuesto, los platillos, bombos y redobles de murga uruguaya.
La variedad de ritmos posibles, asimismo, se ensancha a medida que uno se adentra en este expresivo mundo de golpes y cadencias sonoras. En general se trata de sonidos afroamericanos como el candombe, la batucada, el samba tradicional, la marcha camión, el mambo, la rumba y muchos más. Sobre esta base algunos grupos crearon formas originales, propias, de aproximarse al insondable espíritu africano. Es el caso del grupo y escuela de percusión que lleva el nombre de La Chilinga, consecuencia natural de la propuesta de Los Piojos, la conocida banda de rock murguero y callejero. La escuela fue creada en octubre de 1995 y funciona en Martín Coronado, al oeste del conurbano; en lo que lleva de historia ya incorporó nuevos toques afrolatinos como el samba reggae, la rumba o el bembé, y realizó diversos trabajos junto a Peteco Carabajal, Egle Martin, Ariel Prat y el Chango Farías Gómez. Facundo, el hijo de este prestigioso gurú del folklore local, da clases allí junto al director Daniel Buira -el baterista de Los Piojos- y Javier Kupinski, entre otros. Bajo su sombra, además, nació La Chilinguita, ámbito apropiado para que los más chicos prueben sus habilidades en los parches, toc-toc y maracas.
"Ya los tambores empiezan a tronar, golpeados por hombres de una rara corpulencia. Y pronto se establece un contrapunto de golpes secos, espaciados o repetidos, redoblados, sincopados, tremolantes, simétricos en intensidad, asimétricos en ritmo, y sin embargo integrados en una unidad, sumados como las voces de una fuga en un todo coherente y estructurado por un instintivo sentido del equilibrio." Este fragmento de La consagración de la primavera , la novela del escritor cubano Alejo Carpentier, cuenta los detalles de un ritual afrocubano supuestamente observado por el autor en la casa de Bola de Nieve, el personalísimo y legendario cantante y pianista negro.
Vienen sonando
Los negros, qué duda cabe, arrastran desde siempre una aureola mítica que los vuelve siempre buenos bailarines, excelentes músicos, amantes incomparables y sencillamente genios a la hora de golpear los parches y mover las caderas. Cualquiera que haya asistido en la ciudad brasileña de Salvador, en Bahía, a una presentación del grupo Olodum o, simplemente, a un furtivo encuentro de macumba en las afueras, podrá confirmar que la leyenda tiene bastante que ver con la realidad. Pero tampoco hay que exagerar. Porque si bien es cierto que en Buenos Aires ha quedado poco y nada de la cultura negra, eso no invalida que también aquí puedan lucirse los tambores, zurdos y timbales con maestría y sensualidad envidiables. "Esas supuestas verdades universales tipo los negros tienen ritmo, lo llevan en la sangre y cosas así, sólo puede tomarse en broma -se ríe Buira, el director de La Chilinga-. Acepto que el swing que ellos tienen suele ser impresionante, pero no creo que haya que ser negro para poder tocar bien un tambor. Es más, creo que muchas veces el blanco tiene una fuerza de la que carece el hombre de color."
Dentro del mundo de la percusión, como en el de la música en general, se asiste actualmente a un gran mestizaje. Hay que admitir, con todo, que tanto el rock como el jazz, el soul, el reggae, el calipso y con más razón el samba y la capoeira deben su existencia y desarrollo a esas raíces que se nutrieron inicialmente de los esclavos que llegaron a América en los barcos negreros. Es obvio que después el lenguaje rítmico cambió radicalmente y que, como confirmó el citado Carpentier en un ensayo, "toda similitud con lo que suena en Africa desapareció". Pero la esencia queda. Horacio López asegura incluso que todos los sonidos afrolatinos y étnicos en general están unificados por una especie de "célula rítmica" que se limita "a tres golpes fundamentales". Sobre la base de esa metodología -que según el percusionista le fue revelada "por un brujo en un sueño"-, López se ha convertido en uno de los pocos teóricos del tambor en estas playas. Publicó cuadernillos con su método de enseñanza y, en estos días, organiza para el fin del milenio lo que considera como "el grupo de percusión más grande de la Argentina".
La Chilinga, por su parte, no se queda atrás. Ya produjo un disco propio, con la forma de producción independiente, y viene realizando con éxito talleres de batucada, candombe, ensamble de toques y cantos afrolatinos, además de incorporar una amplia gama de ritmos nuevos a sus presentaciones, como el abakuá, la columbia, la conga, la comparsa cubana y el contagiante mozambique.
Golpes de vida
En su libro titulado La percusión afrolatina , el especialista Fernando Ortiz asegura que "si una cosa suena es porque tiene vida" y que "una cosa muerta, al sonar, revive". La percusión descansa sobre ese principio mágico, abonando la idea de que el golpe sonoro expresa una secreta voluntad del alma, al tiempo que, también, la dota de energía y entusiasmo. "No toco del mismo modo si estoy bien que si estoy mal -admite Facundo Farías Gómez-. En el tambor resuenan también los sentimientos más inmediatos, el dolor o, incluso, las ganas de protestar por algo o de sentirte mejor." A caballo del fenómeno murguero, la percusión está creciendo también como una nueva forma de expresión para los jóvenes porteños. Marcela, de 23 años, viajó un verano a Brasil y quedó, como dice ella, "enferma de ritmo". Ahora toca el zurdo y el repique en un taller de percusión que forma parte del Programa de Descentralización Barrial de Palermo-Chacarita. "Nos encontramos todos los sábados a la tarde junto al lago, cerca del Rosedal -cuenta- y apenas comenzamos a ensayar, la gente nos empieza a rodear y a seguir como si fuésemos hijos del flautista de Hamelín."
Curiosamente en los grupos y talleres de percusión existe una mayoría notoria de mujeres, un fenómeno que parece contradecir la tendencia verificada en países con más tradición en este terreno. "Generalmente es el hombre el que toca -se sorprende Buira- seguido después por la mujer. Pero aquí se da al revés, las chicas vienen con una polenta impresionante y eso lo vemos en las salidas que hace La Chilinga por calles y plazas, o en las marchas de protesta. Ellas siempre llevan la delantera." Rataplán, una agrupación musical volcada a ritmos afroamericanos, no es una excepción a la tendencia. Entre sus 26 integrantes (cuyas edades oscilan entre quince y treinta años), las damas ocupan un lugar protagónico. "¿Acaso no dijo Lennon que la mujer es el negro del mundo? -dispara Marcela en clave irónica-. Bueno, entonces es fácil comprender que llevemos el ritmo en la sangre." Atrevidos por costumbre y divertidos por definición, los cultores del tambor aparecen sin aviso en cualquier parte. La mayoría de los grupos de percusión funciona en San Telmo y La Boca, si bien últimamente se asienta también por otras zonas de Buenos Aires. Algunas formaciones, como Katurga, enriquecen el espectro de ritmos con incursiones en la danza, las máscaras y una noción más acabada del espectáculo. Retoman así la tradición ritual africana de sumar al tam-tam esencial, elementos de baile y mascarada, en la línea carnavalesca de las murgas. "Hay que prestar mucha atención a las raíces de nuestro arte -subraya López a modo de conclusión-. Para los ancestros africanos, los ritmos surgían como un delicado equilibrio entre polaridades como el bien y el mal, la vida y la muerte, el amor y el odio. Hay infinitas formas de expresar esta eterna lucha de contrarios, y está en nosotros la posibilidad de superar con empeño y mística la virtual carencia de esas raíces entre nosotros. Lo importante es que entre todos los que estamos en esto hagamos lo necesario para que los tambores salgan de nuevo a la calle."






