Acercarse a una mujer en un boliche es simple, pero hacerlo en el tren es mucho más arriesgado. Por eso te pasamos estrategias para el levante "casual".
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Por Federico Bianchini.
Están los que prefieren las luces bajas, la música a todo lo que da, el estímulo etílico. Otros, en cambio, eligen los ámbitos académicos y aprovechan el cansancio previo al parcial, la desigualdad de saberes: "Vení que te lo explico". Algunos prefieren la virtualidad y pasan horas contestando mails, envían emoticones, chatean a destajo. Cada uno se especializa en un área y aprende técnicas para sentirse cómodo en su campo. Luego, en otro nivel, uno superior, claro, están quienes lo hacen en cualquier superficie. Polvo de ladrillo, cemento, pasto o, por qué no, la parte baja de una pileta concurrida. La excusa es baladí: un comentario sobre lo clorada que está el agua, una consulta para averiguar el precio del brócoli o la necesidad imperiosa de confirmar si caerá granizo en las próximas doce horas. Cualquier comentario sirve para iniciar una conversación con una mujer. Sin embargo, desde los tiempos de los tiempos, no son muchos los que se animan a romper esa barrera cultural que sitúa el boliche como lugar privilegiado para el encare.
Los cualquier superficie se ofenden si uno los compara con los piropeadores a mansalva. Dicen diferenciarse de los que no pierden oportunidad para convertir su deseo en obsecuencia. "Esa actitud no tiene sentido –dice Hernán, abogado, 30 años–. Si la usás como paso previo a acercarte, está bárbaro. Si no, lo que hacés, después de subirles la autoestima, es quedarte solo."
Explican que en los boliches ellas están hiperproducidas, maquilladas, cómodas, con la experiencia de haber sido encaradas cientos, miles de veces. En cambio, dicen, en la calle no hay amigas que las reclamen, hermanas que quieran ir al baño acompañadas ni modus operandi para sacarte de encima en dos maniobras. En la calle, dicen, están ellas y vos. Lo único que pueden hacer es ignorarte y seguir caminando, o sonreír, o, por qué no, responder con otra pregunta y quedarse hablando. "El factor sorpresa es clave, y en un boliche no hay sorpresa. El tema es que, si decidiste ir, tenés que acercarte convencido: no arrugás ante la primera negativa. Te bancás que te ignoren y asumís la insistencia como estilo", dice Ignacio López (29).
Los cualquier superficie saben que, en la calle, ellas están yendo a algún lado. Saben que algunas quedan desconcertadas cuando alguien, arriba del colectivo, les entrega un boleto escrito. Que muchas se asustan cuando uno se acerca. Pero también saben que son pocos los que lo hacen, que no pierden nada con insistir y que hay que aprovechar cada momento: quizá nunca volvamos a encontrar a esa morocha que amenazó con ser, al menos durante largos veinte segundos, la mujer de nuestras vidas.
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