Tapabocas. La resistencia de la empatía y el sentido común

Fuente: LA NACION - Crédito: Martín Lucesole
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29 de agosto de 2020  

Es el estandarte más visible y elocuente de un año, este 2020 atravesado por la lucha contra la Covid-19. Quizás, cuando llegue la vacuna, lo desplace en la simbología tangible de la pelea contra un virus tan impredecible como imperceptible, pero la consagración social del barbijo, y sus debates, también nos dice mucho sobre cómo somos, nuestra relación con la ciencia, con lo desconocido, con el prójimo. Y por qué les tapó la boca a tantos.

En los tempranos días de la difusión del virus, con la ciencia y la política asaltadas por el desconcierto, un invisible hilo rojo ató a los más escépticos sobre su poder y forma de contagio y a virólogos prestigiosos: el rechazo preliminar a la incorporación del barbijo en los protocolos de cuidado masivo, en factor decisivo en la lucha contra la transmisión y en herramienta de empoderamiento clave para la sociedad civil, superador del confinamiento obligatorio en los hogares.

El tapabocas se fue imponiendo de hecho, hasta ser obligatorio, justamente, porque su presencia es visible pero sus virtudes no son evidentes. Aislados, el tapabocas nos devuelve la sociabilidad del mejor modo: es un accesorio solidario y quien lo usa evita la dispersión del virus y protege a los demás del contagio.

Acaso por esa virtud empática fue rechazado por soberbios y científicos de laboratorio, que militaron su resistencia: tanto Donald Trump -cuyo estilo político le imponía no mostrarse vulnerable y acaso tampoco adoptar estéticas y costumbres importadas de China- como prestigiosos sanitaristas -escudados en que no había "evidencias" de sus virtudes-. Sin embargo, fue una doctora, Zeynep Tufekci, la que desenmascaró prematuramente el asunto: en marzo, en plena escalada de contagios y dos días antes de que la OMS declarara la pandemia, esta académica en ciencias de la información especializada en los efectos sociales de las tecnologías, publicó una columna confesional en el The New York Times repleta de temores y advertencias. Miedo, a ser excluida de ámbitos científicos por ir en contra de las evidencias que exhibían los infectólogos; sugerencias, por su experiencia viviendo en Oriente (donde las mascarillas son habituales para enfrentar las gripes estacionales) y por lo que marcaba el sentido común. El debate se instaló. El matemático Nassim Taleb (célebre autor de El cisne negro) fue furibundo: los llamó "intelectuales pero igual idiotas", igualando a los negadores seriales con quienes se aferraban a modelos estadísticos complejos, la especialidad de Taleb, pero desoían el sentido común de las virtudes del tapabocas.

El asunto es curioso: combina un debate de primer orden en la política de los Estados Unidos en un año electoral con un accesorio estético: también representa la resistencia del lifestyle, del estatus, ante la uniformidad de comportamientos y el desdén por la estética urbana impuesta por la enfermedad.

No son pocos los analistas que señalan que la primera conferencia pública en la que el presidente Trump se mostró con mascarilla fue su primer acto en tono de campaña, en contraste con su estilo de gobernante avasallante. Y nada casual que en el debut como pareja de candidatos de los demócratas Joe Biden y Kamala Harris hayan señalado que el uso de barbijos será mandatorio en su posible administración en los Estados Unidos. El contexto es elocuente: las comparaciones de las cifras con las muertes de la Segunda Guerra Mundial abundan en el panorama de ese país y, sin exabruptos, el especialista Umair Haque señaló un "efecto Hiroshima".

Pero también es el regreso de la diferenciación individual: entre los que entienden el valor de la profilaxis de diseño (que hizo célebre el modelo de máscara N95) hasta los que prefieren el casero "hazlo tú mismo", pasando por las marcas de alta costura o emprendedores improvisados, el barbijo también nos devolvió una humilde pero significativa decisión personal justo cuando nos encontrábamos encerrados y tratando de entender cifras letales. No nos salvó la vida, es cierto, pero quizás se la salvó a algún otro.

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