La muestra de arte indígena y popular del Paraguay en el Museo de Bellas Artes, pone el foco en la belleza de los objetos de uso cotidiano.
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Por Leni González
A 150 años de la Guerra de la Triple Alianza, la que enfrentó entre 1865 y 1870 a la Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay, el Museo Nacional de Bellas Artes le brinda su espacio al arte indígena y popular del país vencido en la muestra Tekoporã, palabra compuesta que en guaraní significa "el buen vivir" o "el vivir con belleza", un ideal común y una esperanza para todas las etnias y sectores de tradición mestiza.
El curador de la exposición es el crítico Ticio Escobar, doctor honoris causa por la Universidad Nacional de la Artes (UNA) y director del Museo del Barro, Asunción, un centro que reúne más de 4.000 piezas correspondientes a producciones mestizas en madera, tejidos, cerámica y orfebrería, desde el siglo XVII en adelante. Es de este museo de donde provienen en su mayoría (más objetos de los museos argentinos Isaac Fernández Blanco, el Pueyrredón de San Isidro, el de La Plata y el Etnográfico Juan B. Ambrosetti) las 215 obras de la exposición –acompañada de un catálogo que incluye textos del curador– y de los docentes de arte colonial y sudamericano Gabriela Siracusano y Roberto Amigo.
Como tan bien lo explica Escobar en su texto curatorial, esta muestra pone el dedo en un tema ya discutido pero nunca zanjado, el de los límites entre lo popular y lo culto, el objeto arte y la artesanía, lo propio para el museo o para la feria. En principio, se trata de piezas con una utilidad no ajena a la vida cotidiana, es decir, son manifestaciones involucradas con rituales arcaicos y funciones ordinarias. Por otro lado, la cultura popular no solo no aísla el momento estético sino que refiere a la producción de signos, imágenes y discursos de los sectores marginados de las instancias de decisión. Cada uno con su particularidad dentro de ese ámbito, Escobar diferencia entre el arte indígena y el popular mestizo, donde se presenta la recreación en zonas rurales y suburbanas del modelo dominante.

Reunión de diversidades y tiempos distintos, la visita permite admirar los coloridos ajuares plumarios usados por los chamanes para promover cacerías y cosechas, una de las máximas expresiones del arte indígena; también esculturas talladas en madera como las realizadas en cedro de la Virgen y Dios, desnudos y con sus sexos marcados, símbolo de la exuberancia y transculturación católico-guaraní. Sin duda, la santería es el cruce principal de sincretismos entre lo cristiano y lo indígena. Para tener en cuenta es la diferencia entre las reducciones jesuíticas y las franciscanas: las primeras, severas y concentradas en la evangelización, y las segundas, flexibles y que en realidad constituían pueblos de indios. Si bien en ambos sistemas se establecieron talleres de pintura, retablo y escultura, las diferencias mencionadas derivaron en productos distintos.
Los dibujos del guaraní Osvaldo Pitoé, que vive y trabaja en el Chaco paraguayo, presentan una frescura naif. Autodidacta, comenzó a delinear sus recuerdos de infancia junto al río Pilcomayo cuando la promotora cultural les acercó a algunos miembros de su comunidad papeles y bolígrafos de tinta negra. También se presentan obras de dos artistas que accedieron a una modernidad ajena a los cánones de lo moderno hegemónico. Ellos son Ignacio Núñez Soler (1891-1983), militante en el movimiento obrero, y Carlos Federico Reyes, conocido como Mitã’í Churí (1909-1999).
<b>Tekoporã. Arte indígena y popular del Paraguay. En el Museo Nacional de Bellas Artes, Av. del Libertador 1473. Martes a viernes de 11.30 a 19.30; sábados y domingos, de 9.30 a 20.30. Gratis. Hasta el 20 de septiembre. </b>









