
Tender la mesa, tender la vida: nuestro lugar en la cadena de generaciones

Cada vez que nos sentamos a una mesa para comer nos asomamos a una larga y compleja historia. Tanto la mesa como las sillas han sido construidas por alguien en algún lugar. Acaso esas mismas personas, u otras, han preparado o recogido las materias primas para la producción. Otros han tejido o fabricado el mantel. Y otros manufacturaron la vajilla. Para que los alimentos estén ante nosotros listos para ser consumidos, hay quienes proveyeron los ingredientes, ya sea sembrándolos, cosechándolos, moliéndolos o procesándolos de diferentes maneras. Y hubo los que los prepararon, mezclándolos, cociéndolos, condimentándolos, transformándolos. Cuando comenzamos a masticar ese bocado se cierra un largo relato que incluye a muchas personas. La mayoría no se conoce entre sí, quizá nunca pasaron por los mismos lugares, o que ni siquiera hayan coincidido en el tiempo, puesto que sillas, mesas y vajillas pueden perdurar a través de siglos, mientras las personas y los alimentos son perecederos.
Comer nos mantiene vivos. Y para que podamos comer eso que nos alimenta son muchos los que participaron, casi todos sin conocernos, simplemente haciendo cada uno lo suyo. Gracias a ellos, estén donde estén, existan o hayan fallecido, nos sentamos a la mesa tendida ante nosotros y tenemos allí lo que comemos. Por este simple acto cotidiano, que incluso podemos atravesar distraídos, debemos gratitud a mucha gente. Comemos, en fin, porque varias generaciones nos prepararon la mesa.
Otras generaciones nos seguirán. ¿Les habremos preparado, a nuestra vez, la mesa y los alimentos, habremos dispuesto, fabricado o conservado la vajilla, habremos fabricado para ellas las mesas y las sillas, habremos tejido y tendido el mantel? ¿O simplemente nos levantaremos después del último bocado dejándolos librados a su suerte?
El acto de sentarse a la mesa es un llamado de atención sobre nuestro lugar en la cadena de las generaciones y la continuidad de la especie y del planeta, sobre la responsabilidad que tenemos hacia los otros y sobre la gratitud. Es, también, una oportunidad para advertir cómo se gesta y se perpetúa la memoria. Y una invitación a que no nos levantemos de la mesa sin un pensamiento o una palabra de agradecimiento. Y sin la decisión de participar, de algún modo, en la preparación de la mesa y los alimentos para los próximos comensales.
En El reencantamiento de la vida cotidiana, un libro que bien puede leerse como una sucesión de epifanías, el ex sacerdote y actual terapeuta Thomas Moore recuerda su visita a un primo muy querido que, víctima de cáncer, vivía sus últimos días en una clínica: "Con lágrimas en los ojos me dijo que daría cualquier cosa por una última cena con toda la familia. Nunca olvidé la profundidad de sentimientos expresada en ese último deseo". Y a continuación, Moore reflexiona: "Toda comida puede tener alma propia y producir encantamiento; sólo se necesita un grado mínimo de atención y el hábito de hacer las cosas con cuidado e imaginación".
En una era de fugacidades, de ansiedad, de velocidad extrema y disfuncional, de adoración de lo nuevo sólo porque es nuevo, en una época de roces sin contacto, de más conexión que comunicación, es fácil olvidar que el mundo que habitamos ha sido preparado por otros para nuestra llegada y nuestro tránsito, y que nos espera el deber de agradecerlo, honrarlo, cuidarlo, conservar de él todo lo valioso para la memoria colectiva. Si sólo nos dedicamos a masticar y seguir de largo, el alma habrá perdido su alimento, dice Moore. A su vez, la poetisa Emily Dickinson señalaba: "La gente debe tener budines". Nadie debería escapar a la responsabilidad de prepararlos.







