
Tener 13
Etapa difícil, a los 13 años muchas cosas terminan y otras comienzan. Qué piensan hoy los chicos argentinos de esa edad acerca del futuro, la seguridad, el amor y el mundo adulto
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–La edad es una cosa que no existe.
Nicolás Perry se aferra a los bordes de la mesa –ojos inmensos, pelo desflecado– y dice que la edad es una cosa que no existe.
–Uno se rige por el ambiente en el que vive. Es una convención, la edad.
Tiene 13 años, va a primer año del secundario en la Escuela del Sol, detesta el mundo tal como está ("basado en los valores materiales") y, sobre todo, odia el universo adulto.
–Yo nunca quisiera ser adulto. Odio el mundo adulto. Y no creo en la edad, porque las personas son personas de principio a fin. No importa si tengo 13 o 58. El mundo adulto es codicia. Nacen, mueren, tienen ilusiones. ¿Y quiénes llegan a adultos cumpliendo sus ilusiones, sus metas? Nadie. El mundo adulto es avaricia, se rige por el dinero.
Dice que le parece horrible llegar a eso –que él no quiere, gracias– y que, además, no se puede generalizar.
–Un chico que tiene 13 y va a un colegio público tiene una madurez distinta de la de otro que vive con una familia acaudalada, que le paga una escuela de 800 pesos por mes.
Pero la edad de Nicolás –los fabulosos 13– es motivo de desvelo y generalización en Mondo Adulto, quizá porque se piensa como el principio de todas las cosas y el fin de tantas. Películas tales como A los trece, de la directora Catherine Hardwicke, protagonizada por Evan Rachel Wood, hacen foco en esa etapa en la que la piel es tersa y el ánimo, un desbarrancadero. La protagonista, Tracey, entierra su pasado de niña buena cuando conoce a Evie, la chica más popular (y drogona y promiscua) del colegio. Las vírgenes suicidas, novela del americano Jeffrey Eugenides que narra los suicidios de cinco hermanas, las nínfulas Libon, comienza con el de una de ellas, Cecilia, trece años. El doctor, luego de coserle las venas, le dice: "¿Qué haces aquí, guapa? Si todavía no tienes edad para saber lo mala que es la vida". A lo que la chica contesta: "Está muy claro, doctor, que usted nunca ha sido una niña de trece años".
En Occidente, los 13 marcan el fin de algunas cosas –la infancia, la obediencia debida– y el principio de otras –la pubertad, el conflicto–, aunque el único rito de pasaje que parece quedar en pie en la Argentina, y por ahora en la ciudad de Buenos Aires, es el del adiós a la escuela primaria y el inicio de una escolaridad con varios profesores y más horas de estudio. En otras culturas, los 13 años marcan el viaje de ida hacia responsabilidades adultas. Los varones judíos celebran a esa edad el Bar Mitzvá, la ceremonia en la que por primera vez se enredan tefilín en brazo, cabeza y corazón, leen la Torá con voz autorizada, y quedan habilitados para formar parte del minián, el rezo público para el que se necesitan diez hombres adultos.
Si es absurdo trazar una línea tajante entre los 13 y los 14, el pasaje de los 12 a los 13, en cambio, suele coincidir –señalan los especialistas– con una revolución hormonal que provoca pilosidad en aumento, menstruación primera, sudoración, erecciones de respeto y cambios de humor. Uno solo de estos cambios en otro momento de la vida haría sentir a cualquier ser humano un mutante. Pero a esa edad se sabe que vendrá, y se espera. Ellos mudan la voz; a ellas les brotan los pechos; a todos les crecen pelos y nadie sabe demasiado bien qué hacer con el sexo opuesto, que ya es el sexo. La masturbación es reina y señora de la que nadie habla, y los padres dejan de ser esos compinches inofensivos para ser un obstáculo para superar: gente a la que hay que oponerse, señores que imponen horarios, vigilan amigos y controlan vicios. Pero Nicolás Perry, 13 años, voz autorizada, dice que no se debe generalizar. Y Daniel Korinfeld, psicoanalista, integrante del Centro de Estudios Multidisciplinarios (CEM) y director de la revista Ensayos y Experiencias, especializada en psicología y educación, dice más o menos lo mismo.
–La edad cronológica es sólo un punto de referencia. Los 13 marcan el fin de la infancia, y hay momentos de mucha inseguridad, de mucho miedo. Es un momento trascendente, y la palabra que mejor lo caracteriza es mutación. Pero hay una pluralidad de 13 años. Todos atraviesan cambios corporales fuertes, pero no es lo mismo un chico de 13 años de clase media en Buenos Aires, que un chico que cartonea. Otra de las cosas que caracteriza esta etapa es la tensión entre ser muy chicos para unas cosas y ser muy grandes para otras.
Mariana Biro, educadora y representante legal de la Escuela del Sol, dice que al menos en ese ámbito –un colegio de hijos de clase media y media alta– se ve más bien una falta de límites por parte de los adultos, que un exceso de ellos.
–Los padres piensan que ya son grandes, y que se arreglen. Es un grave error. Necesitan una guía firme en la casa porque internamente están caóticos. Cuando vienen los padres y me dicen "Yo soy amigo de mi hijo", digo "Qué lástima; perdieron un padre".
Sergio Ballardini es miembro del Proyecto Juventud, de Flacso, y consultor en temas de juventud de la Fundación Friedricht Ebert. Y dice que si algo debiera señalar como un signo de los tiempos es que las iniciaciones de todo tipo son más tempranas.
–El consumo de alcohol, la actividad sexual, las drogas. Se ven adultos más juveniles y niños en roles más adultos. Los adultos no hemos sabido construir canales de diálogo auténticos con los adolescentes, y no hay nada peor para un adolescente que un adulto que es su par. Ellos reclaman la presencia del adulto bien vivida, ni represora ni autoritaria. Eso los hace sentir más seguros.
Un mundo poco interesante
Candice Devroe, Sol, Federico Zavattaro, Lucía Weibel y Nicolás Perry tienen 13 y son compañeros de curso. Todos van a la Escuela del Sol, y Candice tiene una hermana mayor, de 18, a quien recién dejaron ir a bailar cuando cumplió 15.
–A mí ya me dejan –dice–. Pero cuando mi mamá tenía 13 era una nena y yo con 13 ya soy adolescente.
–La sociedad fue evolucionando para bien y para mal –dice Nicolás Perry–. Ahora vos podés ir a bailar y no es mal visto. Antes, si ibas a bailar a los 13, eras una loca. Pero con los varones los padres son más permisivos. Una chica aprieta con cinco chicos la misma noche y es una loca. Un chico aprieta con cinco chicas, le cuenta al papá, y el papá qué le dice: "Bravo, campeón".
Provistos de celular, una biblia de recomendaciones, y embutidos en sus ropas de discoteca, muchos emprenden por primera vez el camino de las pistas. Camino que, aseguran, no es para toda la vida, como si la euforia que los grandes les parcelan (parcelación de la que se quejan) debiera ser, efectivamente, parcelada. Como para ir acostumbrándose a esa sequía en la que sólo ven responsabilidades y ni un poco así de diversión: la vida adulta.
–Yo quiero seguir abogacía –dice Lucía Weibel–, pero ahora quiero terminar mis estudios, tener mi trabajo y después, una familia. No voy a tener un hijo a los 18 años, y después, a los 40, salir a bailar. No me parece. Por eso hay chicos de 13 años que quieren ser grandes: porque no hay quien los contenga. Tu mamá no tiene que ir a bailar. Vos tenés que ir a bailar, y tu mamá te tiene que estar esperando.
Sol, que quiere seguir diseño de indumentaria, dice que a ella tampoco le gustaría encontrarse a su progenitora revoleando el cuerpo. Caería fulminada de vergüenza.
–A mí –dice Nicolás–, me encantaría encontrar a mi viejo bailando arriba del parlante.
Pero ellas, nones. No les gusta eso y tampoco que les anden diciendo todo lo que les dicen en la calle.
–Enfrente de mi casa hay una verdulería –dice Sol– y cada vez que paso me dicen: "Eh, rubia, vení". Son tipos de treinta. Somos nenas para ellos.
En Buenos Aires, tienen horario estricto de regreso a casa y deben reportarse a menudo por el celular.
–A mí me dejan hacer de todo –dice Lucía–. Y si me dicen que no, no es un no de capricho. No es porque seas tonto, sino porque te tenés que cuidar del otro.
–No –dice Nicolás–. Cada uno tiene una madurez distinta, y si estás preparado para ir a bailar tenés que ir. Me dieron vida, me criaron, me quisieron, pero hay abuso. Por un simple lazo sanguíneo creen que pueden dictar, manejar y moldear mi vida. Yo creo que el error de los adultos es poner su tranquilidad por sobre la felicidad del chico. Yo puedo estar preparado para salir a bailar, volver a mi casa, y no tener ningún problema. Pero los padres priorizan su tranquilidad sobre lo que a mí me podría poner bien. Y eso no me parece justo. Porque hay momentos que no recuperás más.
–¿Qué pasará cuando tengas un chico?
–Me da cosa tener hijos, porque se supone que uno tiene un lazo de afecto bastante importante con un hijo, y a mí no me gustaría traer a una persona a un mundo que no me parece interesante.
–¿No es un mundo interesante para vos?
–Para mí, sí. Tengo casa, tengo afecto, como todos los días. Pero no todo el mundo vive así, y eso me angustia.
Graciela Soler es coordinadora del Programa Casa de los Niños y del Adolescente del gobierno de la ciudad de Buenos Aires.
–Hay una visión esquizofrénica de los adultos –dice Soler–. Por un lado, hay una visión de que los chicos son pura vida y, por el otro lado, el joven es sinónimo de molesto, peligroso. Tenemos que pensar desde dónde los miramos. Si entendemos que por ser adolescentes o niños les falta algo, o si hay algo que nosotros como adultos tenemos que cercenar, porque nos molesta.
Y recuerda que no siempre hubo esto que se llama hoy la adolescencia. Que la adolescencia tiene un tiempo de fundación.
–Hacia fines del siglo XVIII, con la Revolución Industrial y la Francesa, se produce una lucha por la modernidad y la democracia, que van acompañadas de una vida burguesa en la sociedad occidental. La vida juvenil tiene que ver con esto. Había que formar individuos para la empresa, el comercio y aparece este período de pasaje que es la adolescencia. Los adolescentes no trabajan, se preparan, estudian. Los chicos que no van a la escuela, que quedan por fuera de la familia y de la escuela, no son adolescentes. Son "los menores". Y para ellos aparece un mecanismo distinto, que es el control: el control de los cuerpos, el encierro.
La treinta y dos chiquita
Juan Gómez vive en el barrio Nicole, La Matanza, y nunca escuchó hablar de un rito de pasaje. El sabe que, desde hace un año, se viste solo, se cocina, lo dejan ir a bailar a Vaticano –un boliche en la ruta donde se menean edades de todos los colores– y que todo eso debe querer decir que ya es grande.
–Me cambió un montón la vida de los 12 a los 13. Antes no hacía nada, era chico, y ahora hago todo. Lavo mi ropa, me levanto a la mañana y tiendo la cama. Me visto solo, y antes me vestía mi mamá.
La calle que rodea la escuela 201 donde cursa séptimo grado es de tierra. La calle contigua, también. Y la otra. Y la que sigue. En la tarde de intensa primavera, el polvo se levanta como un ardor.
–Vivo con mi mamá, que trabaja en el Plan Jefes y Jefas. A mi papá lo vi cuando era chiquito. Lo último que me acuerdo fue cuando fue a pedir el divorcio. Yo tenía 6 años.
–¿Viven de lo que gana tu mamá?
–Sí. Yo trabajé el año pasado un par de semanas en el taller mecánico de un vecino, porque me encantan los autos, pero mi mamá me dijo que primero estudiara. Con la plata que me pagó el hombre, me compré este jean, y mercadería. Eran las fiestas, así que compré comida.
–¿Tenés algo guardado de cuando eras chico?
–Tuve. Se lo regalé todo a mi sobrinito. ¿Conoce los Caritas Sucias? (N. de la R.: se refiere al Comedor Los Caras Sucias, de Mónica Carranza). Ahí fuimos y nos dieron dos bolsas de juguetes. Y los guardé, y cuando nació mi sobrinito le di a él. Hace poco, mi abuela, que trabaja de portera en un colegio donde van los hijos de los famosos, me regaló una bicicleta. La dejé agarrada con candado; mi tía rompió el candado y se fue a comprar. La dejó sin candado y se la robaron. Me dijo: "Sí, te voy a pagar". Pero no me pagó nunca. Pienso poco en cuando sea grande. Me gustaría trabajar. No estar tirado en una zanja. Porque allá en el fondo hay droga, y están tirados en la zanja, borrachos. Yo no quiero terminar así. Te ponés en ronda con los pibes y te dicen: "Dale, probá esto", y cuando les decís que no, te dicen: "Andá, sos maraca". Hay muchos pibes de la edad mía que fuman porro o están con la bolsita, tomando cerveza. Quiero estudiar de mecánico, para irme. Acá están robando mucho. Me da miedo que me peguen un tiro en la oscuridad.
Juan conoce alguna gente que lo tienta con humos, bolsas y pegamento, y que le dio, alguna vez, un arma –dos– para probar qué se siente con eso en las manos.
–Una cuatro y medio y una treinta y dos chiquita –enumera–. Yo pensaba: "Ojalá te pesque la policía; la paliza que te van a dar". Los más grande están así o no consiguen trabajo. A mi mamá la veo amargada. Está todo el día encerrada, viendo la tele. Yo me siento adolescente, pero un poco chico también.
–¿Chico para qué?
–Y, para fumar, para estar con la bolsita, para fumar porro, para todo eso.
Maxi Traverso tiene 13, va a quinto grado y vive en Vilela, partido de La Matanza. No vive con sus padres, que están separados, sino con su abuelo y su hermano. Su padre tiene tres hijos más con su nueva pareja; su madre, dos. Maxi dice que hace rato que no juega. Que perdió las ganas.
–Tenía una pista de autitos, pero mi papá la pisó con el auto. La hizo puré. Yo le dije que me la pague y nunca me la pagó.
Pasa las tardes haciendo tareas para el colegio y esperando que el abuelo regrese de manejar el remise, mientras el ánimo le cambia veinte veces por día.
–¿Algo te cambió a los 13?
–No. Pero el tiempo viene rápido. Y no sé por qué.
Primeras salidas
Inés Pizarro y Manuel Castilla no creen en dios alguno, no están bautizados y van a primer año. Inés no está cómoda con su cuerpo y eso, la incomodidad, es sólo una de las cosas que empezaron a los 13.
–Ahora mis papás están pendientes de la seguridad, porque hasta el año pasado no me dejaban salir sola. No voy a bailar, pero salimos, vamos al cine. Me dicen que me cuide pero que no desconfíe de todos, que hay más buenos que malos.
Le gusta dibujar y quiere ser psicóloga, aunque lo que más quiere, en lo inmediato, es tener un cuarto para ella y dejar de compartirlo con su hermana, de 9.
–Ella todavía tiene Barbies y juguetes, todavía los necesita. Pero yo ya quiero mi intimidad, mi propio cuarto.
Manuel tiene cuarto propio, en el que hay posters de los Simpson y fotos de sus ídolos: jugadores de fútbol, la selección argentina.
–Me encanta el fútbol. Yo quiero estudiar comunicación y especializarme en lo deportivo. Me da bronca que no me dejen ir a la cancha solo. Te dicen: "Todavía sos chico". No te respetan. A veces estás en una cola y viene alguien y se te pone adelante y no te dan bolilla. Igual, yo no me siento chico. Hace dos años que dejé de sentirme chico, y mis padres no se meten en cosas mías, como quiénes son mis amigos. Ellos eso no lo pueden decidir. Igual lo que yo veo es que los más grandes andan apurados. Hacen muchas cosas al mismo tiempo; andan preocupados. Yo no quisiera una vida así. Pero no sé. Después, por ahí, cuando crezca, la tengo.
Mi reino por una computadora
Daiana Monzón, Gabriela Falivene y Joanna Pared forman un trío magnífico y hormonal en el que todas tienen en claro qué cambió de los 12 a los 13.
–El año pasado no pensábamos en chicos –dice Daiana–. Y este año andamos todo el día pensando en chicos.
Daiana vive en la isla Maciel. Su madre trabaja desde hace nueve años con cama adentro en Quilmes, y por ahora ella, su padre y sus seis hermanos la ven una vez por semana. Daiana quiere ser criminalista, o periodista, y sobre todo quiere irse de ahí.
–Me gustaría vivir en una casa en la Capital, donde pudiera tener todo lo que siempre soñé: mi pieza sola.
A Joanna, que vive con padre, madre y hermanos (a quienes cuida, lava y viste para salir), el cuerpo le estalló. Sus carnes prietas –su pelo largo– encienden la vereda, de modo que sale poco de su casa: no la dejan.
–Me siento en una cárcel, pero mi papá lo hace para cuidarme. A veces, vas por la calle y los hombres te silban y te da miedo. Cuando tenía 12, era mucho más nena. Hacía locuras. Ahora, los chicos nos miran. A mí me dio miedo cumplir 13. Veo los problemas que tienen los grandes y no da. Tienen que trabajar, criar a los chicos. Yo primero voy a estudiar, después a trabajar y a tener mi casa, y después sí, me casaré y tendré hijos. Quiero ser actriz o modelo e irme de la isla. Mi papá me dice que acá hay malas juntas, muchas drogas. Y tiene razón. A mí me dan todo lo que quiero tener, aunque quisiera tener una computadora. Mi papá dice que cuando nos mudemos a otro lado me la va a comprar, porque acá te la roban enseguida.
Gabriela vive con su padre, una mujer a quien llama "mi madrastra" y dos hermanos, hijos de esa unión.
–Quise quedarme con mi papá. Me gusta más.
–Lo peor que podría pasarme –dice Daiana– es que se separen mi papá y mi mamá.
–Los grandes dicen que vos no tenés problemas, porque sos muy chica –dice Joanna–, pero el problema de que tus padres se separen es un problema que cargás vos.
Rumbo a los botes que por cincuenta centavos unen La Boca con la isla Maciel, Daiana dice que todas van juntas desde el jardín de infantes, y que nunca, nunca, nunca se van a separar. Los 13 son, también, la edad en que todos somos indestructibles: inseparables. Un fuego sagrado.
Pura envidia
Lucas Coqueugniot va a primer año del colegio Esquiú. Vive en Núñez, su padre es gerente de un banco; su madre, pintora. Tiene cuatro hermanos, y comparte el cuarto con uno de 18 y otro de 21. Le gusta el rock pesado, adora los deportes de verano e invierno, y el fútbol. A los 5 años, él y su familia casi se estrellan a causa de una tormenta de vientos cruzados mientras iban en avioneta –que piloteaba su padre– a su campo en Chascomús. Pero ése no fue el peor susto de su vida. El peor fue el año pasado cuando, a pesar de su amplia experiencia de esquiador (practica desde los tres años) se cayó feo y casi tuvo fractura expuesta.
–Tenía el brazo hecho un moño. Pero igual ya tengo ocho fracturas. Estoy acostumbrado.
Lucas hace wakeboard, snowboard, esquí, tenis, golf, esquí acuático y surf, en Bariloche, Esquel, Pinamar, Antillanca.
–Ser deportista sería como un sueño. Pero algo a mi alcance es la ingeniería civil. Mi papá, mi abuelo y mi bisabuelo fueron ingenieros. Mi abuelo hizo los medios de elevación de todo lo que hoy en día es el cerro Chapelco. Y si querés hacer fútbol, desde los 7 tenés que estar jugando en inferiores, y para deportes de invierno ya estoy grande.
Cuando está en su casa, y no tiene que estudiar, mira televisión o se tumba en el sofá a no hacer nada. A encerrarse en su burbuja.
–Mi burbuja. Me olvido de todo. Miro la tele y ni siquiera le presto atención. A mi mamá la veo siempre. Con mi papá, el trato es más irregular: lo veo a la mañana y a la noche. Trabaja mucho, de las 8 de la mañana a las 9 de la noche. Y viaja. Pero lo está haciendo por nosotros.
No conoce Europa, pero sí fue a Disney y sueña con conocer Florencia. Desde enero pasado, lo dejan salir a bailar. Como muchos de su edad y de su entorno, va al SIC, el San Isidro Club, donde en la pista se mezclan niños de 9 y señores de 40.
–No me preocupa. Pero viene uno de 40 y te dice "Hola". Y te da como... cosa.
A metros de su cuarto, tiene una sala repleta de instrumentos musicales. Toca el piano, la guitarra, el bajo, la armónica, la batería y el violín.
–¿Músico? Me encantaría, pero lo veo difícil. Igual, no pienso en mi futuro. Ahora, estoy deporte, tele, salir, amigos. Después, ya veré. Ahora nada me angustia. Cambiás mucho de ánimo a esta edad. Estás contento a la mañana, triste a la tarde, pero esta edad la tengo una sola vez, así que la voy a aprovechar. Cuando tenga 18, me gustaría tener esa edad por más tiempo. A esa edad, tenés responsabilidades, pero no terminás de tenerlas. Seguís siendo un adolescente que sale de noche, se divierte y sigue haciendo deportes. En cambio, a los 25 supongo que tendré que mantenerme.
–¿Y qué te parece la vida adulta?
–Depende. A los adultos que me rodean los veo bien. Pero en la calle a veces veo gente apuradísima, toda desarmada, que me dan ganas de decirle: "Flaco, ayudate, acomodate".
–¿Cuáles son las desventajas de tu edad?
–Seguir siendo nene de mamá; no poder tomar tus decisiones todo el tiempo. Tener que bancarte ir a comer a lo de tus abuelos cuando tenés la posibilidad de irte con tus amigos. Sos niño para unas cosas y grande para otras. Pero para mí sigue habiendo más ventajas que desventajas. Es como una infancia avanzada.
–Y cuando los adultos te dicen: "Vos sos chico; ya vas a ver cuando seas grande", ¿qué pensás?
–Envidia. Que nos tienen envidia.
Lucas Coqueugniot
"No pienso en mi futuro. Estoy con el deporte, la tele, los amigos. Después veré. Ahora nada me angustia, porque esta edad la tengo una sola vez y la voy a aprovechar."
Nicolás Perry
"Yo no quisiera ser adulto jamás. Odio el mundo adulto. La gente tiene ilusiones. ¿Y quiénes llegan a adultos cumpliendo sus ilusiones, sus metas? Nadie. El mundo adulto es avaricia. Se rige por codicia y por dinero."
Juan Gómez
"De los 12 a los 13 la vida me cambió un montón. Antes no hacía nada, era chico, y ahora hago todo. Lavo mi ropa, tiendo la cama. Quiero estudiar de mecánico para irme de acá. En el barrio están robando mucho. Me da miedo que me peguen un tiro."
Maxi Traverso
"A mí la vida no me cambió mucho cuando cumplí 13 años. Pero lo que me parece es que el tiempo viene rápido. Y no sé por qué."
Inés Pizarro
"Desde que empecé a salir, mis padres están más preocupados por mi seguridad. Me dicen que me cuide, pero que no desconfíe de todos."
Manuel Castilla
"Yo no me siento chico, pero te dicen: "Todavía sos chico". A los grandes los veo que andan apurados, andan preocupados. Yo no quiero una vida así cuando sea grande. Pero no sé. Por ahí después, cuando crezca, la termino teniendo."
Gabriela Falivene, Daiana Monzon y Joanna Pared
Tres amigas inseparables, que viven en la parte más humilde de la isla Maciel. Daiana, por ejemplo, quiere ser criminalista o periodista, pero sobre todo, quiere irse de allí. "Me gustaría vivir en una casa en la Capital, donde pudiera tener lo que siempre soñé: mi pieza sola"
Desmesurados
Por Susana Kuras de Mauer
Mientras zapatean sus hormonas, no sólo se desencajan en sus propios cuerpos: algo similar les ocurre con el uso del lenguaje. A los adolescentes, todo les queda chico. Hasta los signos de exclamación les resultan insuficientes. Su sensorialidad busca ruidos intensos, colores fuertes, sabores, olores y estímulos en megadosis. Ellos mismos son intensos.
Y la comunicación verbal no es una excepción. La contraseña de pertenencia es adherir a la jerga de turno. Y la contraseña, a los trece, es el énfasis, la intensidad, la desmesura.
Cada época inventa sus propias variantes (así como en nuestra infancia la escala iba del re-requete al requeterecontra, hoy la tendencia es a acentuar el absoluto: "sos una diosa", "sos lo más").
Transitamos, además, tiempos en los que el lenguaje de la imagen dejó eclipsado el valor de la palabra. La palabra se desnutre, se despoja de su riqueza potencial. Y la riqueza del lenguaje no se lleva bien con los canales actuales por donde circula: el chat y la telefonía celular exigen brevedad (tienen que ser rápidos y eficaces). Lo que se privilegia es la "conexión" y no la "comunicación", aquello que se quiera decir y el modo más interesante de transmitirlo. La escritura adolescente también tiene su grafía propia: variante mensajito de texto (mirando para abajo, al propio ombligo, con un tipeo similar a una mano temblando), chateo, MSN, grafito. La fisonomía del lenguaje en ese momento vital es exagerada, desprolija, abreviada, regida por códigos propios. En definitiva, eso es lo que busca: ¡la diferencia!
* Psicoanalista, especialista en niños y adolescentes de APdeBA
Los adolescentes, por ellos mismos
Esta encuesta (Percepciones sobre Seguridad y Violencia en Buenos Aires, Montevideo y Santiago de Chile, Unicef, 2001) se aplicó a adolescentes escolarizados de enseñanza media entre 14 y 17 años, de todos los sectores sociales, de Buenos Aires, Montevideo y Santiago. Los resultados que se reproducen corresponden sólo a la ciudad de Buenos Aires:
54 % ... cree que un juez toma en cuenta, a la hora de condenar a un adolescente, su aspecto personal.
21 % ... cree que la televisión muestra a los adolescentes como delincuentes. El 23% cree que los medios gráficos hacen lo mismo. Sólo el 1% cree que la prensa escrita los entiende o escucha, y el 11% considera que la radio sí lo hace. El 13% cree que la televisión los muestra ligados a la droga.
57 % ... cree que según los medios de comunicación los adolescentes cometen más delitos que los adultos, y un 30%, que los medios aseguran que cometen la misma cantidad de crímenes que los adultos.
56 % ... cree que, según los medios, los adolescentes cometen delitos igual de graves que los adultos, y el 30% cree que según los medios cometen delitos aún más graves.
96 % ... cree que, según los medios, los adolescentes comienzan a cometer delitos a una edad menor que antes.
34 % ... se siente más expuesto a situaciones de violencia física y psicológica en la calle. El 19%, en el estadio; el 14 %, en discotecas; el 13%, en recitales.
84 % ... cree que, para prevenir delitos en colegios, la acción que se debe llevar a cabo es la educación para el respeto mutuo.






