
¡Tengo gusanos en la cabeza!
En inglés se las conoce como earworm: esas melodías fatalmente pegajosas que, como bichitos que anidan en el cerebro, se repiten por horas y parecen imposibles de erradicar
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Hagamos un experimento. Cuando terminen esta nota ustedes no podrán sacarse de encima una musiquita que sonará insistentemente en su cerebro. Es más: seguramente los acompañará el resto del día y, quién sabe, parte de mañana también –es un fenómeno que, como máximo, dura unas 24 horas–. Lean esto en inglés: Y-M-C-A. Y-M-C-A.
Sí: se trata de esas melodías pegadizas que de pronto no nos podemos sacar de la cabeza. Nombre técnico: imaginería musical involuntaria, aunque en inglés se los conoce como earworm (gusano del oído), una especie de traducción del alemán Ohrwurm. Todos sabemos de qué se trata; al menos, las investigaciones reportan que el 98% de las personas lo experimentan alguna vez –y se dice que en las mujeres puede durar un poco más y ser aun más irritante–. Para más datos, más del 70% de los gusanos auditivos se basan en canciones con letra, y las instrumentales son franca minoría. Hay casos extremos: en los músicos y personas con trastorno obsesivo-compulsivo es más común que ocurra muy a menudo.
Para ser pegajosa, la canción debe tener un ritmo fácil de seguir y melodía y letra repetitivas hasta el hartazgo– la parte gusanística suele durar de 15 a 30 segundos (cerca de la capacidad usual de memoria de corto plazo para el oído). Uai, em, ci, ei. Uai, em, ci, ei. Tan común es esta sensación que ha aparecido en cuentos de Poe, Arthur C. Clarke o Mark Twain –en este último caso, se trata de un jingle que va infectando cabezas como un virus. Hasta el mismísimo Bob Esponja tiene alguna vez atrapada una melodía en su cerebro… de esponja.
En realidad, los gusanos no ocurren en el oído, sino en la corteza cerebral auditiva, que se activa no sólo cuando escuchamos una canción, sino cuando la imaginamos una y otra vez. Village People. Cuando una canción conocida se interrumpe, la corteza cerebral sigue cantando, y cuando la recordamos y no nos la podemos sacar de encima, también. Tan interesante es este fenómeno que hasta hay un simposio internacional en donde sesudos y solemnes investigadores se sientan a pasarse melodías unos a otros y a tratar de desentrañar sus misterios. Hasta han desarrollado modelos matemáticos para predecir qué melodías se convertirán en pegajosas, y aciertan en un 80% de los casos. Incluso hay trabajos que proponen a esta desagradable sensación como una ventana para comprender ciertas particularidades de la experiencia consciente.
Un policía, un indio con plumas en la cabeza, un motociclista, un vaquero… El asunto es que estos hipos de la mente se generan al escuchar la canción, al recordarla o simplemente por invisibles gatillos emocionales o atencionales. Como en biología nada tiene sentido si no se mira a través del prisma de la evolución (qué frase, eh), hay quienes explican que alguna vez las canciones podían ayudar a recordar y compartir información, y tal vez los gusanos melódicos son un resabio de esta adaptación. Por otro lado, los humanos nos sentimos atraídos hacia la repetición, en particular la que tiene que ver con estímulos y recompensas –la música sería un buen ejemplo de esta afinidad con lo que se repite–. Y vaya si se aprovechan: los publicistas son capaces de cualquier cosa a cambio de una canción pegajosa –aunque a veces sale mal y sólo se recuerda la melodía y no el producto en cuestión–.
¿Lo logramos? YMCA, uai, em, ci, ei… Tenemos nuestrrros métodos.
P.D.: No somos tan crueles, y les ofrecemos una cura para esta infección musical de Village People. Prueben estos remedios: 1) enciendan la radio y esperen a que aparezca otra melodía pegadiza; 2) si tienen algún instrumento a mano, toquen una melodía cualquiera; 3) cántensela a alguien, de manera de infectarlo y librarse del virus musical; 4) escuchen la canción completa, y presten atención a la letra más allá del estribillo; 5) Lean varias veces estas palabras: I will survive. Disculpas…
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