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Grandes Esperanzas

Tenis ciego. "La primera vez que di una clase volví a mi casa llorando de emoción"

Jimena Barrionuevo
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24 de abril de 2020  • 13:53

Cuando ese verano, mientras disfrutaba sus vacaciones en Uruguay, se le presentó la oportunidad de dirigir una escuela de tenis para ciegos, no dudó ni un instante en aceptar la propuesta. Sí, era un desafío en todos los sentidos. Pero algo en su interior lo conectaba con un profundo deseo de conocer ese ámbito y aportar su granito de arena para abrir un abanico de posibilidades que ni él mismo imaginaba.

"Recuerdo la primera vez que dimos una clase. Eran unos cinco o seis alumnos y desde el minuto cero sentí que iba a tener que replantearme todos mis métodos y herramientas de enseñanza. Fue una mezcla de adrenalina, responsabilidad absoluta y ganas de involucrarme. Volví temblando y llorando de emoción a mi casa", relata Gastón Labaronnie (31). Fue en el Centro Burgalés, en el barrio de Caballito. Ese día, una de las alumnas -ciega de nacimiento- había logrado pegarle con su raqueta a la pelota y la felicidad fue absoluta para todos.

Gastón y sus alumnos. El antifaz se usa por reglamento.
Gastón y sus alumnos. El antifaz se usa por reglamento.

"Los comienzos fueron una locura. Muchas veces trabajaba solo con siete u ocho alumnos, llevándolos de un lado para el otro a la vez que los metía en un deporte que por primera vez conocían. Más allá de eso, el desafío siempre fue motivador por todos lados. Adaptar un deporte como el tenis a la ceguera me destapó muchísimas habilidades".

Con mucha paciencia, esfuerzo y dedicación, el staff de profesores se fue afianzando en la tarea. Y la cantidad de alumnos creció. Mientras, Gastón investigaba, se formaba y buceaba en las diferentes posibilidades de enseñanza, hasta ese momento desconocidas por él. "En ese proceso me equivoqué, un montón. Pero entendí que necesitaba empezar de cero absoluto. Para eso tenía que lograr transmitir la teoría, los conceptos sobre la técnica y las reglas del juego como una historia con diferentes caminos por recorrer y finales a los que llegar. Cada detalle que agregaba era de suma importancia para la comprensión del alumno y así se fueron enriqueciendo las clases".

En forma paralela, su sensibilidad y percepción se agudizaron. Quizás fue por la llegada de un alumno que le recordó un camino que Gastón mismo ya había recorrido pero que había olvidado por completo. El vínculo con la enseñanza y los no videntes estaba guardado en su inconsciente, pero allí estaba, listo para salir a la luz y desplegar su creatividad.

El tenis para ciegos se juega en una cancha más reducida que la convencional. Las líneas perimetrales están marcadas con una soga de unos 3 milímetros de espesor adherida al piso que sirve de relieve y permite a los jugadores ubicarse por medio del tacto con la raqueta o con los pies. Para ciegos totales, se permite hasta tres piques. Si el deportista tiene la capacidad de divisar algo al menos, se habilitan dos piques. La pelota está hecha de goma espuma, es más grande que la normal, tiene 9 centímetros de diámetro, y contiene una de ping pong con municiones de plomo en su interior para crear la referencia espacial para el jugador. Emite un sonido similar a un cascabel.

Eco familiar

La llegada de Jorge Planes (65) a la escuela fue reveladora en todo sentido. "El primer día que vino, recuerdo que recorrió la cancha en toda su extensión mientras chasqueaba los dedos. No quise preguntar en ese momento para qué lo hacía. Pero luego entendí que, de esa forma, evaluaba el eco que había en el espacio y eso le permitía hacerse una idea de las dimensiones y objetos que estaban a su alrededor".

El vínculo con Jorge se profundizó y las charlas se hicieron cada vez más amenas. Pero una de ellas fue impactante. "Jorge me dijo que conocía a mi familia. Él es de Trenque Lauquen y quedó ciego a los 5 años en un accidente que tuvo en el campo donde vivía. Luego de ese incidente, mis tías abuelas lo habían ayudado con clases particulares y las tareas de la escuela".

Fue entonces que Gastón recordó a su abuela Miki (75) y la enorme tarea que había hecho por los no videntes en su Trenque Lauquen natal. "Yo tenía diez años y me acuerdo que la veía transcribir al Braille los libros escolares o textos de todo tipo que muchos necesitaban. Me daba curiosidad saber qué hablaba con los que la iban a visitar y cómo los ayudaba. Era chico y hacía esas preguntas inocentes típicas de la edad", dice con una sonrisa.

Un recuerdo energizante

Criado él también en Trenque Lauquen, la ciudad cabecera del partido homónimo, de la provincia de Buenos Aires, Gastón siempre estuvo vinculado al deporte. Sus comienzos como profesor fueron en una cancha que su familia supo tener en una quinta en las afueras de la ciudad. Allí daba clases a niños y adultos y, por fortuna, podía afirmar con orgullo que tenía una grilla completa de actividades de siete horas diarias, de lunes a viernes.

Y, ese 2012, de la mano de una propuesta que le ofrecía, por un lado, un trabajo estable y la oportunidad de dar clases en el Club Ciudad de Buenos Aires, con un grupo de profesores que, de cero, formarían una escuela de tenis para ciegos, su vida dio un vuelco inesperado.

Allí estaba la conexión que lo había llevado a aceptar aquella insólita propuesta de impulsar una escuela de tenis para ciegos. El recuerdo de su abuela transcribiendo libros al Braille lo inyectó de energía. En forma paralela, sus ganas de enseñar se renovaron con la llegada de un alumno especial a la escuela: Maxi (5), ciego de nacimiento y con una vitalidad desbordante.

Con Maxi: "es pura dinamita y tiene un potencial increíble".
Con Maxi: "es pura dinamita y tiene un potencial increíble".

"Para enseñarle, tuve que volver a aprender todo. Su mamá lo trajo cuando apenas tenía dos años y fue lo mejor que pudo hacer por su hijo. Lo hacemos todo a través del juego y, cuando veo la oportunidad, le transmito algo de técnica. Maxi es pura dinamita: inquieto, alegre, con ganas de progresar. Empezamos con un trabajo con la pelota sonora y al poco tiempo ya pudimos darle una raqueta a su medida. Así fue conociendo los movimientos y entendiendo el concepto del juego. Un día, cuando sin previo aviso hizo el saque de arriba, me dejó sin habla. En ese momento volví a creer en este proyecto con todas mis ganas".

Hoy, Full Tenis Argentina - Tenis a Ciegas (@fulltenisargtenisaciegas), la escuela que dirige Gastón, tiene 20 alumnos, cinco profesores y muchas ganas de seguir creciendo. Funciona en un predio de la Asociación Vecinal Florentino Ameghino, en Boedo. Hay adultos, adolescentes y chicos. Ciegos de nacimiento o con ceguera adquirida (en el mayor de los casos luego de un accidente). Entre ellos está Jorge Planes, que se posicionó como el quinto mejor del mundo en la disciplina y muchos otros que prometen. "Queremos que la escuela se mantenga en funcionamiento. Lograr que los alumnos mantengan una constancia es importante. Muchos no tienen los propios medios o la compañía de un terapeuta para trasladarse". Más escuelas, más torneos y más encuentros. Eso es lo que Gastón anhela para su proyecto. "Hoy las cosas siguen siendo difíciles para una organización como la nuestra, pero mantengo la certeza de que algún día va a ser más grande y que no va a ser tan raro ver a un ciego jugando al tenis en cualquier cancha de Argentina".

Si tenés una historia de resiliencia propia, de un familiar o conocido que quieras compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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