Tensa espera. La historia de tres hermanos que sueñan con ser adoptados pero temen ser separados
Tienen cinco, siete y nueve años y son hijos de adictos en situación de calle. Viven en un hogar “de acogida” y ya entraron en proceso de adopción
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En el día de su cumpleaños número nueve, Jana pidió un deseo: tener una familia. Y lo dibujó en un papel. Se retrató junto a sus hermanitos y a dos personas que indicó como “sus padres”. El bosquejo lo hizo en Familias de Esperanza, el hogar en donde espera ser adoptada desde hace cuatro años. Ella apenas recuerda que tuvo un hogar hasta que la adicción de sus padres los arrojó a la calle.
Sin trabajo, dominados por la droga, se instalaron en una vereda porteña con sus tres hijos. Por motivos legales, usaremos nombres ficticios para contar su historia. Jana (9), Nico (7) y Luz (5) aprendieron a vivir en una “ranchada”, un campamento al aire libre, entre ropas mojadas y sucias. Dormían abrazados cuando hacía frío. Crecieron sin juguetes ni libros de cuentos, con madrugadas interminables entre sombras de peatones.
Aquella experiencia, para los tres hermanos, resultó una película de terror. El riesgo que enfrentaban cada día pronto alertó a los agentes del Consejo del Menor de la Ciudad que -hasta último momento- buscaron evitar separarlos de sus progenitores. “Intervienen cuando ven a los chicos en peligro. Nos llamaron para saber si teníamos lugar en el hogar”, dice Victoria Aguirre de Acosta, responsable de Familias de Esperanzas (http://www.familiasdeesperanza.org), una asociación “de acogida para niños con derechos vulnerados”.
Los tres hermanos llegaron al hogar sucios y desnutridos. “La vida de estos chicos fue muy alterada y hoy intentamos que se recuperen en lo emocional”, cuenta Victoria. Están preparándose “para la próxima etapa”: entraron en proceso de adopción a través del juzgado de menores.
Sin embargo, su vida sigue con dificultades. “Cargan con un estigma de padres abandónicos y adictos que ahora los reclaman. Cuando se enteraron de que iban a ser adoptados se presentaron en el juzgado para impedirlo. El trámite está en la Cámara de Apelaciones. Veremos qué pasa”, agrega la responsable del hogar con una mueca de dolor.
Victoria reconoce que la madre los vio durante un par de meses y luego se desentendió.
Jana, Nico y Luz ahora enfrentan un nuevo desafío, tal vez el más difícil: conseguir una familia que quiera adoptar a los tres juntos. “Luz es una nena brillante. Tanto ella como sus dos hermanos más grandes necesitan afecto (…) Todo el tiempo están buscando agradar a quien los cuide”, asegura Yolanda Lezcano, coordinadora del hogar, que los conoce bien. Dice que los hermanos siempre están juntos y en sus miradas se percibe ternura e incertidumbre. Tienen miedo a ser separados. La mayoría de los inscriptos para adoptar busca a un hijo, no a tres. Además, de alguna manera, están en una carrera contrarreloj porque “la mayoría busca bebés”.
La adopción por momentos, parece un abrazo partido entre los que desean adoptar y quienes esperan a sus padres que no llegan, sobre todo para los grupos de hermanos o los chicos más grandes.
La mayoría de los postulantes busca niños pequeños, realidad que se contrapone con la de los niños, niñas y adolescentes que tienen la adoptabilidad declarada y esperan una familia.
Por esta razón, muchas parejas caen en maniobras ilegales como las entregas directas o compra venta de bebés, delitos gravísimos contemplados en el Código Penal. “Cuando los futuros padres se desesperan pierden la noción de la gravedad del delito detrás de su deseo. Las organizaciones delictivas trabajan con la desesperación de las dos partes”, dice un juez de familia. En otros casos, las parejas terminan adoptando en el exterior ya que sienten que es menos complejo. Sin embargo, en los casos de aquellos postulantes que amplían su disponibilidad adoptiva (es decir, que están dispuestos a adoptar chicos más grandes o grupos de hermanos), los tiempos se acortan muchísimo.
Mientras tanto, hay gente con enorme vocación y gran generosidad que colabora con este tipo hogares. Viviam Perrone, fundadora de la asociación Madres del dolor (http://www.madresdeldolor.org.ar), suele retirar a los tres hermanos los fines de semana para llevarlos a pasear, recrearse. “Jana es peinadora. Nico es más callado y Luz es muy pícara y está llena de amor”, dice la abuela Vicky, tal como la llaman los chicos.
Es la hora de la merienda y los hermanos están felices, pero no ocultan el miedo de ser separados. “Quienes los adopten, serán muy felices”, repite Victoria. Jana, Nico y Luz juegan inquietos, sonrientes, con cara de esperanza. Están a salvo pero necesitan reforzar su seguridad, eliminar de la memoria reciente el miedo y el dolor. “Eso puede ser compensado en el futuro, por padres que los ayuden con su identidad de hijo”, agrega a La Nación el médico psiquiatra José Abadi.
Los hermanos se agarran de la mano y cada tanto se empujan en un escenario lúdico. “Padre es quien elige serlo”, dice el sicólogo Manuel Tomé que se especializa en esta problemática. Todavía hay tiempo para estos chicos que no tuvieron cuentos antes de dormir. “Tuvieron un Dios aparte y una segunda oportunidad que no pueden perder. Cuando llegaron estaban temerosos, querían agradar. Está claro que necesitan afecto. Nico tiene a una fonoaudióloga porque todavía no habla bien”, asegura Victoria. Tal vez, cuando verbalice su historia ya estén en un nueva casa.
Nota del autor: como cronista de esta nota me permito agregar algo de mi experiencia como adoptado (https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/hugo-macchiavelli-mis-padres-son-quienes-me-educaron-y-no-se-si-quiero-conocer-a-los-otros-nid27072021/). Es un misterio que los humanos, como el resto de los mamíferos, nos gestemos en el vientre de otro que no siempre nos puede retener. Padre no se nace. No es la gestación la que confirma el vínculo identitario: el hijo se confirma en una fase del espejo con el padre que decide y afronta el desafío de serlo.
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