Tiempo lento

La capacidad de concentración en la lectura ininterrumpida se ve hoy seriamente amenazada por el ritmo de la vida cotidiana
Guillermo Jaim Etcheverry
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6 de julio de 2014  

Por qué razón algunas personas se sienten atraídas por los cuartetos de Beethoven, las extensas películas de Akira Kurosawa, las novelas serias o el arte visual complejo? El periodista y ensayista estadounidense Scott Timberg responde a ese interrogante sosteniendo que tal interés se debe a que, a una edad muy temprana, esas personas experimentaron el placer de sumergirse con toda su capacidad de concentración en la lectura ininterrumpida.

Esa capacidad se ve hoy seriamente amenazada por el ritmo de la vida cotidiana que parece no dejar energía disponible para desarrollar conductas que, como la lectura, tienden a favorecer la frecuentación del tiempo lento. En el tiempo rápido en el que vivimos, se privilegian la velocidad, lo nuevo, el contacto fugaz. Pero el ser humano se caracteriza porque, además, puede refugiarse en el tiempo lento, el de la reflexión, la imaginación, la creación.

El ambiente en el que se desarrollan hoy los jóvenes favorece que absorban la superficialidad que caracteriza nuestra época. Hasta hay quienes desaconsejan, por ejemplo, la lectura de obras de ficción a la que consideran una tarea inútil porque no es eso lo que demanda el mercado. Ignoran que la gran ficción es un vehículo muy adecuado para conocer cómo opera la psicología de los seres humanos, ya que nos permite introducirnos en el complejo interior de las personas de las que, en la vida cotidiana, sólo observamos la superficie. De allí que el poder concentrarse, por ejemplo, en una obra de arte elaborada, evoque la realidad de nuestras vidas que son sin duda muy complejas.

El desarrollo de la paciencia y la concentración que estimula la lectura profunda resulta crucial, ya que esas capacidades tienen grandes beneficios que las personas recogen durante toda su vida. El conocimiento causal resulta del esfuerzo continuado y del mantenimiento de la atención, conductas que son, precisamente, las que estimula la lectura.

¿Papel o pantallas? Los resultados del apasionante debate en torno a este problema son contradictorios. Lo leído en los dispositivos electrónicos da la sensación de diluirse en el espacio y el tiempo mientras que el libro transmite permanencia. En las pantallas las letras y las palabras parecen huir mientras que en los libros quedan. Esta apreciación, que a primera vista podría adjudicarse a una nostalgia del pasado, es, sin embargo, compartida por muchos jóvenes que, habituados a ambos soportes, prefieren las pantallas para la lectura superficial y rápida mientras que se inclinan por los libros para encarar la lectura profunda que requiere el estudio serio y difícil. La concentración en el libro es más profunda porque, además, no está amenazada por la permanente distracción que surge de las pantallas o, incluso, de los requerimientos de su operación.

Timberg, al relatar que su hijo pequeño es un lector compulsivo, se pregunta si esa formación lo alienará del mundo del futuro. A propósito de los niños de hoy señala: "La cultura en la que crecen ha perdido el sentido de lo que realmente importa. Pero ser padres no supone sólo preparar a los chicos para su desarrollo profesional. Se relaciona fundamentalmente con la afirmación de valores y –dice– la lectura posiblemente sea lo que mi familia posee en lugar de una identidad religiosa o étnica. Si los compañeros de mi hijo o la cultura en general encuentran otros dioses para adorar, serán ellos quienes pierdan". Richard Rodríguez, un ensayista a quien plantea este problema, le responde que posiblemente ese chico se enfrentará a un mundo crecientemente gris y en el que sólo resultará posible concentrarse en algo durante pocos segundos. Tal vez esto represente un inconveniente en su vida, pero conocedor de la otra realidad, la del tiempo lento, ese niño podrá contribuir a que el mundo recupere algo del sentido de lo humano que va dejando en su inexorable progreso.

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