
Tipo sexy del deporte: el rol de símbolo sexual es un empleo a tiempo completo
En la realidad paralela de la industria del entretenimiento, el sexo sigue siendo el moño del regalo; patente o disimulado, no existe aún un argumento de venta más potente. En ese corso incesante de imágenes provistas por el mundo del espectáculo, la moda y el deporte a través de medios y redes, la afiliación erótica fichada y reconfirmada a cada paso es una condición obligatoria para acceder al estatus de personaje célebre, y por consiguiente acaudalado. Que haya artistas de cuyas camas no se nos tenga al tanto tiende a parecernos excepcional y notable. En regla general, no se prospera en el favor –y eventualmente el fervor– popular sin exhibir lo privado ante las numerosas miradas públicas. El rol de símbolo sexual no admite intermitencias; es un empleo a tiempo completo. El aura de sugestión carnal ha de quedar encendida en toda ocasión. Lo nuevo es que la condición que en un tiempo fuera inherente a Marilyn Monroe, Elvis Presley y alguna otra leyenda viva se ha vuelto hoy una suerte de kit de comportamiento de uso irrestricto.
Que las grandes divas pop, omnipresentes y ufanas de sus turgencias, perfeccionadas por la artesanía quirúrgica, encarnen con gran vistosidad este arquetipo del nuevo milenio no debiera llevarnos a ignorar a sus equivalentes masculinos más notorios, que no provienen, como ellas, del show business, sino del negocio del deporte.
Quizá su encarnación más notoria, sin duda por ser de raza blanca, sea David Beckham (43), el astro del fútbol inglés de brillo estelar. Su rubiez anglo-sajona y sus rasgos armónicos lo acercan a los cánones físicos del Hollywood en technicolor y a las publicidades en blanco y negro de perfumes pour homme. Pero no hay sex appeal sin un toque de vulgaridad: la cancha, hábitat natural de machos alpha, potenció el suyo, que es innegable.
Durante su romance con Victoria Adams, la Spice Girl cheta, compartieron un fashionismo furioso, con mucho de Versace y de coiffures extremas.
Luego, con Victoria ya de diseñadora, él viró drásticamente hacia un chic de manual –casual calculado y trajes irreprochables– muy eficaz entre un público de muchachos hétero en ruta, como él, a la madurez, que para seguir estando hot compran sus perfumes y cosméticos y sus colecciones de sportswear.
Pero el prototipo del sex symbol atrasa. Y la moda lo nota y recuerda la lección de la vida real, en la que no parece razonable, ni practicable, mantenerse en estado de guardia erótica 24/7/365.
El símbolo de una nueva masculinidad, ni ensayada ni posada ni enfatizada pero atrayente, es Lionel Messi, opuesto extremo de Beckham. Sin espectacularidad física ni efectos de Photoshop viviente, Messi tiene la espontaneidad seductora del hombre común que hoy gusta en las pasarelas más avanzadas.
Ahora beneficia además del buen tino estético del FC Barcelona, donde desde el año pasado Thom Browne es el nuevo diseñador oficial del equipo. Adaptado a las medidas de los campeones el traje achicado de Browne, en paño gris, ceñido al cuerpo, con chaleco, y un saco acortado a la pelvis, variación canchera y con humor de cierta silueta masculina de los años 20, toma una nueva allure. La masculinidad estruendosa es perjudicial para la salud –de los hombres también. Y sos sexy cuando ni pensás serlo.
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