
Para aquellos que no la eligen, la virginidad resulta vergonzante. Los problemas que asaltan a hombres y mujeres cuando el sexo, en lugar de una experiencia de placer, se convierte en una fobia.
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Por Virginia Cosín.
Ilustraciones de Tony Ganem.
Eran jovenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible." Así comienza la novela de Ian McEwan, Chesil Beach, cuya trama se desarrolla durante la década del 40, en la que los intentos del esposo por abordar el cuerpo de su flamante mujer resultan infructuosos: "Mientras que él sufría los nervios convencionales de la primera noche, ella experimentaba un temor visceral, una repulsión invencible y tangible como un mareo".
En los últimos tiempos, no sólo la literatura sino también el cine y la televisión han inventado personajes que experimentaban la concreción del debut sexual como un problema. El ascendente comediante norteamericano Steve Carell interpreta en Virgen a los 40 a un hombre maduro que, no habiendo encontrado al amor de su vida, se refugia en su casa llena de muñequitos de colección para no enfrentarse al desafío de intimar con una mujer. En Locas de amor, el unitario de Pol-Ka que se emitió por Canal 13 de abril a diciembre de 2004, Soledad Villamil interpretaba a Eva, una mujer de un fervor religioso que llegaba al delirio místico y no lograba despojarse de los fantasmas que la castigaban ante la idea de perder su virginidad.
En uno de los últimos capítulos de la segunda temporada de Sex and the City, Carrie conocía a Amy, una ferviente admiradora de 25 años que, si bien utilizaba un lenguaje desprejuiciado y contaba con detallada información sobre sexo, afirmaba que "las mujeres de tu generación [las de treinta y pico] van demasiado rápido. Yo prefiero reservarme para el matrimonio". "¿Quieres decirme que eres virgen?", le preguntaba Carrie, arqueando las cejas como dos puentes, sin poder salir de su asombro.
Aunque estos personajes reflejan parte de una posible verdad, sus apariciones mediáticas son una versión edulcorada de las angustiosas realidades de las personas de carne y hueso.
Sus compañeros de oficina suelen acosarlo con preguntas. Se ríen de él. Es "el raro". Jamás lo vieron con una chica y nunca participa de las conversaciones ocasionales que se improvisan alrededor de la máquina de café. Cada vez que alguien narra sus conquistas y proezas sexuales, él se limita a bajar el mentón al pecho y mirar un punto fijo en el suelo, rogando que por algún milagro se abra un agujero en la tierra que lo trague. La escena, que bien podría ser la de una comedia simpática made in Hollywood acerca de las peripecias de un hombre de 40 años que aún no logró debutar sexualmente es, en este caso, parte de la vida real.
Porque Sebastián, como cualquiera de los hombres y mujeres con los que se topa cada día en la empresa de telefonía celular en la que trabaja, se levanta a la mañana, se lava los dientes, desayuna y lee el diario, toma el colectivo. Pero a pesar de llevar una vida convencional, se siente ajeno al ritmo que se desarrolla afuera de su mundo. En 43 años, la única experiencia sexual –la primera y la última– que tuvo, fue durante unas vacaciones en la playa, con sus primos. El tenía 10 años. Ellos eran un poco más grandes. Lo encerraron en el baño y "jugaron" con él de un modo que hoy califica de "sucio". A pesar de lo cual, recordar ese toqueteo entre inocente y perverso, lo excita. Y le da miedo. Un miedo que no pudo superar. Prefiere estar solo.
En los países de Occidente, la iniciación sexual tanto de los hombres como de las mujeres se produce a edades cada vez más tempranas. Según un sondeo realizado por "Cuidarte es quererte", un sitio web desarrollado por Bayer en distintas ciudades de Argentina, el 51,3 por ciento de los 1755 jóvenes encuestados dijo haber iniciado su vida sexual a los 15 años. Las prácticas sociales y sus significados se han ido modificando con la introducción de las nuevas tecnologías, el acceso irrestricto a la información y la invasión de imágenes publicitarias que venden un ideal magnificado del erotismo. Los modelos son otros, las exigencias se intensifican, los roles se intercambian.
Así como en otras épocas se consideraba que la virginidad era un valor, ahora se ha vuelto un tabú. Un chico que a los 18 años todavía no tuvo su primera experiencia sexual es tildado de lento. Una chica, de remilgada. Frente a esta aceleración de los tiempos en los que la madurez sexual no va necesariamente con la mano de la madurez afectiva, la otra cara de la misma moneda son las fobias sexuales.
Al consultorio de Adrián Sapetti, médico especialista en psiquiatría, psicoterapeuta y sexólogo clínico, acuden personas con todo tipo de disfunciones sexuales, pero en el último tiempo se intensificaron las consultas de hombres y mujeres que, habiendo llegado a una edad adulta –más de 21 años–, no consiguieron tener una primera relación sexual: "El rasgo esencial de una fobia sexual es el temor persistente e irracional asociado al deseo compulsivo de evitar sensaciones o experiencias sexuales, con la característica de que el individuo reconoce este miedo como irracional o excesivo. Estos pacientes fóbicos pueden llegar a evitar por completo el sexo, o su evitación y ansiedad la restringen a determinadas facetas de la sexualidad: a los genitales, a las secreciones y olores genitales, a penetrar o ser penetrada, al orgasmo, a que sean vistos desnudos, al beso profundo, a la masturbación, al embarazo, al sexo oral genital. Hay pacientes a los que su aversión al sexo los lleva a mantenerse vírgenes durante toda la vida, no se casan y se convierten en individuos con verdaderas fobias sociales", explica el doctor Sapetti.
Martín tiene 26 años, sus amigos opinan que tiene "facha", cuando salen juntos a tomar algo o a bailar, lo instan a que sea él quien vaya a encarar mujeres. Lo que ellos no saben es que Martín nunca llegó a estar en una situación de intimidad con ninguna. "Hasta hace poco ni siquiera podía contárselo a mi terapeuta", confiesa. "Por ahí intentaba darle alguna pista, decirle que soy muy selectivo con las mujeres, pero me daba vergüenza que supiera que nunca lo había hecho." Martín dice que su padre murió cuando él era muy chico y no contó con una figura paterna con quien conversar sobre sexo. No cumplir con las expectativas de su pareja, no lograr una erección en el momento clave o no poder satisfacer las demandas de su compañera son algunos de los temores que lo asaltan a la hora de decidirse a llevar más lejos el encuentro con una chica.
Para Fabiana, de 36 años, la cosa es parecida, pero diferente. En el estudio de arquitectura en el que trabaja, es querida y muy reconocida por sus logros profesionales. Vive en una casa preciosa en Colegiales, sale con sus amigos, viaja con frecuencia al exterior. Se podría decir que es una persona exitosa. Salvo por un pequeño detalle: nunca "estuvo" con un chico más allá de algunas caricias y unos pocos besos. Si bien sus medidas no se corresponden con las pautas impuestas por las revistas de moda, lejos está de ser una "obesa" como ella misma no duda en calificarse. Sin embargo, el miedo a desnudarse frente a otro la atormenta.
Es probable, opina el doctor Sapetti que, como les ocurre a aquellas personas que dicen tener grandes reparos religiosos para experimentar relaciones sexuales, estos argumentos estén amparando alguna otra fobia más compleja. "Yo soñaba con casarme, tener una familia. Pero ya es demasiado tarde", se lamenta Fabiana. ¿Tarde para qué? "Para disfrutar de una sexualidad plena y para todo lo demás también", contesta, terminante.

"No existe la edad ideal para el debut –opina Cristina Fridman, especialista en educación sexual– siempre que uno lo desee y pueda elegir el momento y con quién." El problema se plantea cuando la presión proviene de un mandato social. Antes, las normas impuestas por la sociedad indicaban que las mujeres debían ser recatadas a la hora de experimentar la sexualidad. Ahora es un deber tener relaciones cuanto antes. En el caso de los hombres, no es admisible decir que no. Por el contrario, parecería que un hombre que se precie de tal, tiene que saltar de mujer en mujer, como en un campeonato de postas, aunque no la pase bien.
Los casos que se presentan en el consultorio sexológico son muy diversos y cada uno tiene sus particularidades específicas. No se puede establecer una tipología. "En ocasiones –dice la doctora Fridman– las dificultades se producen debido a una educación muy rígida, a la falta de permiso para el goce y la curiosidad, al temor a perder el control, a una falta total de autoestima. También puede darse el caso de que una persona descubra que tiene una orientación diferente de la heterosexual y no lleve a cabo ninguna vida genital porque no consiguen aceptar esa imagen de sí mismos. Pero –aclara– no todos comportan patologías sino disconformidades, falta de información, problemas con otro."
Muchos de los que recurren a la consulta del doctor Sapetti son matrimonios: "Uno de los casos en que se visualiza una fobia compartida por la pareja es en el llamado matrimonio no consumado. Esta disfunción se caracteriza porque la pareja, conviviente o no, luego de un cierto tiempo que ha sido fijado arbitrariamente en seis meses, no ha podido practicar el coito con penetración vaginal. El puede tener dificultades en la erección o ella padecer vaginismo. Ella puede tener una verdadera fobia a ser penetrada y él ser un eyaculador precoz. O ambos padecer un deseo sexual inhibido. Los trastornos pueden alternarse en el tiempo o ser concomitantes, pero siempre se mantienen de a dos. El miedo los invade: a la maternidad o paternidad, al embarazo, a ser desgarrada o lastimada, a sufrir, a dañar o ser dañado en los genitales, incluso se detectan fantasías de caer en la prostitución. No se pude hablar de causas en general ya que se ve cada caso de la pareja en particular, pero hay factores psicológicos o psiquiátricos, familiares, educacionales, religiosos y del vínculo en sí mismo. Por supuesto puede haber factores orgánicos en algunas impotencias o en las llamadas dispareunias (coito doloroso) que no se pueden dejar sin resolver."
Si bien es cierto que en la época actual las posibilidades de hablar o escuchar sobre sexo se multiplican, también es claro que pasar a la acción no siempre resulta tan fácil. Pensemos en los comienzos: Adán y Eva comieron el fruto prohibido, el fruto del árbol del saber y se vieron por primera vez desnudos. Se desearon. Dios los echó del paraíso, pero tuvieron sexo, concibieron y el mundo comenzó a rodar. Tan mal no les fue.






