Tomás Eloy Martínez:

“Me duelo, me conduelo y amo en argentino”

El autor de Santa Evita tiene por su país un afecto tan entrañable como crítico. Con esa mirada, busca las claves de la pérdida de un proyecto nacional y celebra el valor de la cultura
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16 de diciembre de 2001  

“¿Qué destino es este que estamos condenados a vivir? ¿Qué ha frustrado ese gran sueño que teníamos en 1927 o 1928 –de ser, porque lo éramos– uno de los primeros países del mundo en el orden educativo, cultural y de investigación científica? ¿Qué nos ha condenado a esta decadencia?” Estas y otras preguntas asaltan, una y otra vez, al periodista y escritor Tomás Eloy Martínez al regresar a los hoy descoloridos prados de su infancia.

Desde el avión, el autor de Santa Evita contempla Buenos Aires. Y recorre, con el azul intenso de sus ojos, el verdor de esos campos fértiles, maravillosos, tan vacantes, preguntándose por qué tenemos un país tan despoblado; qué ha impedido nuestro crecimiento.

Por un instante, recuerda que allá, en las afueras del sosegado barrio de Highland Park, en Nueva Jersey, donde vive desde hace años, así como en el resto de los Estados Unidos, prácticamente ya casi no quedan grandes extensiones de tierra libre. Tomás Eloy Martínez es quizás el mayor exponente argentino del nuevo periodismo o periodismo literario; es decir, alguien que se ha dedicado a registrar con el mejor lenguaje posible la diaria fisonomía de las cosas.

–En el siglo XIX, al país lo llamaban el desierto, que es un nombre que implica alguna condena, porque involucra infertilidad, desamparo, desvalimiento. Sarmiento, al Facundo, lo llama La travesía del desierto. Hoy recordaba un verso de Edgar Bayley, un poeta argentino casi olvidado, que define de algún modo el drama de la Nación: “Nunca terminará, es infinita esta riqueza abandonada”. Cada vez que vuelvo a la Argentina me pregunto qué nos pasa. Y en mis respuestas siempre aparece el autoritarismo.

Esta vez, Tomás Eloy Martínez volvió al país invitado a participar en la II reunión del Foro Iberoamérica, promovido por el escritor mexicano Carlos Fuentes, que propone crear un espacio de reflexión común a través del elemento unificante del español, y de otra lengua que se le aproxima hasta la fraternidad: el portugués.

En un salón del hotel Alvear, Martínez desgrana sus palabras críticas, comprometidas y, sobre todo, cargadas de afecto al referirse a la Argentina. En su rostro, el cansancio de una agenda vertiginosa resulta inocultable, pero su locuacidad es igualmente viva y contundente.

–Las patrias no se pierden. Todos, o casi todos, llevamos la patria puesta, dondequiera que vayamos. La gran lección la dio Thomas Mann, cuando tuvo que irse de la Alemania de Hitler, y dijo: “La verdadera patria está afuera de Alemania en este momento”. Los que nos vimos obligados a irnos, en mi caso concreto porque López Rega me amenazó de muerte, empezamos a navegar en ninguna parte; quedamos sin un país aquí y tampoco lo encontramos afuera.

Por eso, cada vez que a este tucumano que actualmente dirige el Programa de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, le preguntan dónde vive, él siempre responde: “Vivo en la Argentina y trabajo en los Estados Unidos”.

Cultura y futuro La mirada de Tomás Eloy Martínez se empapa de preocupación y tristeza al recordar que “la dirigencia argentina se ha empobrecido y por eso, ignora la doble función de la cultura: de difusión internacional de la imagen de un país, y la magnitud que eso tiene, al expandirse a los centros de poder y al resto de la sociedad”.

–Un solo cuento de Borges hace mucho más por la República que diez viajes de presidentes argentinos a cualquier lugar del mundo. Porque ese cuento de Borges crea la imagen de un país culto, sólido, con imaginación, talentoso, con futuro, cosa que ningún presidente con ningún discurso puede crear. La inteligencia es el único valor exportable que nos queda. Y eso también estamos dejándolo drenar hacia afuera.

Martínez, que vivió en el exilio entre 1975 y 1983, advierte que todavía estamos aprendiendo el lenguaje de las libertades individuales y de la solidaridad; y que si bien las formas del miedo han cambiado, aún nos estamos desprendiendo del temor al peso de la autoridad.

–Una sociedad que durante más de 70 años ha sido educada de manera autoritaria no cambia de un día para el otro. Desde 1930 hasta 1983, vivimos un período de autoritarismo incesante, intensificado con la revolución nacionalista del 43, que lo traslada a la esfera de la cultura y del lenguaje. El mismo peronismo fue una democracia autoritaria. La forja de un partido único, la supresión de la libertad de expresión y la toma de los recursos del Estado en beneficio de una sola ideología son formas de autoritarismo. Y luego vinieron las sucesivas dictaduras militares, algunas más blandas que otras, que crearon una simiente autoritaria tanto en las costumbres como en la educación.

En mayo de este año, cuando se intentó imponer la enseñanza católica en Catamarca, Tomás Eloy Martínez denunció, en las páginas de La Nacion, que “el autoritarismo no ha muerto en la Argentina. La beatería –apunta Martínez en su artículo Una fe autoritaria– asume a veces formas hipócritas y Catamarca no ha sido –no es– la excepción a esa regla”.

–Yo soy agnóstico, alguien que fue formado en el catolicismo y que perdió su fe hace mucho tiempo. Sobre todo, después de haber asistido como periodista al sínodo de obispos del Vaticano. Allí comprobé que en la Iglesia hay mezquindad, cierta incomprensión por las necesidades profundas del hombre y, lo más grave de todo, es que hay represión. Y esto último es inaceptable. Juan Pablo II ha hecho que la Iglesia retroceda el inmenso camino que Juan XXIII le había permitido recorrer.

“El autoritarismo ya no sostiene ninguna forma de unidad”, destaca Martínez. Y comenta que Christopher Hitchens, un experto en el Vaticano, predice que si este Papa es sucedido por otro tan conservador como él, la Iglesia podría segregarse hasta su atomización.

–Ciertas ideas sobre lo que la mujer debe hacer con su cuerpo, la intolerancia al divorcio, a la homosexualidad y a otras tantas formas de una vida en libertad han creado en la Iglesia una ruptura con la realidad contemporánea.

El Papa y la Biblioteca

En una torrencial mañana de agosto de 1999, el ex presidente Menem inauguró, en la explanada de la Biblioteca Nacional, una escultura de Juan Pablo II. La legislación porteña prohíbe erigir monumentos hasta pasados 20 años de la muerte de la persona homenajeada. Pero en el reino de Carlos Argentino Daneri –ese personaje borgiano que “es autoritario, pero también es ineficaz”– todo es posible, y, por obra y gracia de una norma de excepción, la gigantesca imagen de bronce, de 4,6 metros, fue colocada finalmente al aire libre. Empapados, algunos testigos contemplaban la escena. Uno de ellos buscó la figura de Rubén Darío. Vanamente. “La trasladaron algo más lejos, al otro lado de la Av. del Libertador, y en su lugar han emplazado una estatua de Eva Perón”, le explicó, cabizbajo, un desconocido.

–Las estatuas de Evita y del Papa frente a la Biblioteca Nacional hablan del reemplazo de los valores culturales o espirituales por otros de conveniencia política. Eva merece una estatua –tanto como Juan Perón merece una calle– a la que, sin duda, pondría frente al Ministerio de Trabajo. O dentro de la CGT, donde sus restos descansaron. Pero no enfrente de la Biblioteca Nacional. Y aunque Juan Pablo II sea un hombre ilustrado y tenga la virtud de manejar muchas lenguas a la vez, no creo que sea precisamente emblemático de la diversidad cultural. Darío, en cambio, sí. Y además está íntimamente ligado a nuestra cultura. Vivió en la Argentina, y le escribió un gran canto cuyos primeros versos recuerdo siempre.

Emocionado, Martínez los recita de un plumazo, sin titubear: “¡Argentina! ¡Argentina!/ ¡Argentina! El sonoro/ viento arrebata la gran voz de oro./ Ase la fuerte diestra la bocina/ y el pulmón fuerte, bajo los cristales/ del azul, que han vibrado,/ lanza el grito: Oíd mortales,/ oíd el grito sagrado”.

–Ahí hay un gran amor por nuestra patria. A lo que el país significaba en 1910. El vértigo del crecimiento, la enorme masa migratoria, el enriquecimiento a través de la diversidad. Todo eso se acabó. Ahora somos pobres por uniformes. Todo lo que nos preocupa son los desequilibrios económicos. Es verdad que la pobreza y la desigualdad de oportunidades son un drama estremecedor. Pero de algún modo ese drama es consecuencia de que no se haya pensado en la construcción de un proyecto nacional, que era el gran proyecto de 1880. Las clases dirigentes de aquella época eran, con sus enormes diferencias entre sí, ilustradas: Sarmiento, Avellaneda, Mitre, Pellegrini, Alberdi. Hoy, la cultura se ha convertido en algo meramente utilitario.

Hay una historia muy famosa que el mismo Borges contó a su regreso de Japón. La primera pregunta que le hicieron al bajar del avión fue: “¿Qué piensan allá de nosotros?” Y Borges, luego de un momento de silencio, contestó: “Nada. No piensan nada”.

–Este es un país argentinocéntrico, que se está mirando el ombligo todo el tiempo. Cuando yo vivía en Tucumán, y no tenía una dimensión de lo que sucedía en el mundo, como tengo ahora, sentía que nos miraban muy poco. Y hoy sigue sucediendo lo mismo, con el agravante de que hemos perdido espacios de dimensión hasta en los centros de poder de América latina, donde antes se pensaba mucho más sobre nosotros.

Contar una historia

Tomás Eloy Martínez nació en Tucumán, en 1934. En sus comienzos, después de trabajar en el diario La Gaceta de su provincia natal, fue crítico de cine de La Nacion (1957-1961), y se desempeñó luego como jefe de Redacción del semanario Primera Plana (1962-1969), uno de los máximos voceros, en aquel entonces, de la renovación cultural. Su colección de relatos Lugar común con la muerte (1979-1983) fue señalada por la crítica latinoamericana como una de las mayores contribuciones a lo que ha sido llamado nuevo periodismo o periodismo literario.

–A cierto periodismo le interesa conocer sólo la superficie, pero hay también un gran periodismo al que le interesa ir más profundo, conocer la razón de ser de las cosas. Ese es el periodismo del siglo XXI. Porque, ¿dónde están las posibilidades de defensa frente al bombardeo instantáneo de la radio, de la televisión y de Internet? En la prensa gráfica, que puede brindar la reflexión, la investigación y la contextualización de la información y, en tercer lugar, la narración.

El diario The New York Times comprobó, en un momento de fuerte descenso en la venta de ejemplares de los diarios, que el relato atraía a los lectores. Y gracias a eso recuperó parte del público perdido.

–Todo es relato, lo que ocurre es que hay que saber encontrarlo. Y, más importante aún, hay que saber comunicarlo.

En América latina, absolutamente todos los grandes escritores fueron también grandes periodistas: Borges, García Márquez, Fuentes, Onetti, Vargas Llosa, Asturias, Neruda, Paz, Cortázar, Darío, Vallejo, Martí...

–Las grandes crónicas que Martí escribió en La Nacion marcan la cultura latinoamericana a fuego y crean, además, un género particular: el nuevo periodismo, del cual se apropiaron los norteamericanos, por el hecho de ser quienes pusieron nombre al fenómeno.

–Usted escribió hace poco Los seres humanos son imperfectos y casi todos tienen alguna vergüenza que disimular. ¿Tiene usted alguna vergüenza que disimular?

–¡Huy! Tengo muchas. Si empiezo a contarlas... Más que vergüenzas, tengo reproches que hacerme. Uno grave es no haberme atrevido, a los 18 años, a decirle a una chica que la quería por pura timidez. Y descubrir, diez años después, que ella también estaba enamorada de mí, cuando ya era tarde para los dos. O no haberme atrevido a publicar un poema cuando tenía 14, por vergüenza de que mis padres supieran que yo era poeta.

Como hablándole a los más jóvenes, Martínez cuenta que en esa época había que ser o abogado o médico, porque ser poeta o escritor “era como ser un parásito de la sociedad”. Y asegura, después de haberle dedicado toda una vida a las letras, que la vocación de escritor al igual que todas aquellas que exigen una entrega profunda del ser son vocaciones sagradas.

–Son llamados a los que el hombre debe obedecer desde el primer momento que lo siente –asegura.

Por eso, si en algún recodo del tiempo Tomás Eloy Martínez pudiera reencontrarse con ese joven poeta de 14 años que quería dedicarse a escribir, pero que lo obligaban a ser otra cosa, no titubearía en alentarlo. Le diría:

–No declines tu vocación por ninguna otra cosa ni pierdas tu vida gastándola en otro tipo de menesteres; resígnate a la pobreza, al ridículo, a la soledad, al maltrato, a la indiferencia, a la crítica, pero no seas sino lo que quieres ser. Goethe dijo algo que siempre me impresionó mucho: “Cuanto más rápido sepas qué es lo que quieres de la vida, más pronto vas a conseguirlo”.

–¿Cree usted vivir de acuerdo a lo que es?

–Trato de vivir de acuerdo a lo que soy. Y creo que ésa es nuestra obligación como seres humanos. Como dijo William Faulkner cuando le entregaron el Premio Nobel de Literatura, en 1949: “La especie humana no sólo perdura, sino que también prevalece, únicamente si es fiel y leal a sí misma”. Y eso es esencial, especialmente en las profesiones que trabajan con la escritura. Pero, para poder ser leal con uno mismo, primero hay que saber quién sos, y sólo entonces tratar de entender qué querés del mundo y de la vida. La lealtad con uno mismo es central. Tal vez por eso siga sintiendo que aún vivo en la Argentina, y que mi patria está conmigo todos los días. Y debe ser por eso mismo, también, que escribo, pienso, me duelo, me conduelo y amo en argentino.

Estados Unidos después del 11 de septiembre

Desde hace tiempo, el miedo a la violencia es un sentimiento cotidiano en América latina. Pero en los Estados Unidos es un fenómeno tan inesperado que la vida tal vez nunca vuelva a ser lo que era antes de los atentados terroristas del 11 de septiembre.

–El miedo allá no se conocía, de ningún modo. Los otros días fui a escuchar una ópera en el Metropolitan, caminé por Broadway desde la calle 62 hasta la 31, donde está la estación de trenes, y observé una enorme angustia en el rostro de la gente. El miedo y el desánimo son constantes. Y eso es algo completamente nuevo.

Tomás Eloy Martínez, que vive en un pueblito de 10.000 habitantes, a 50 minutos al sur de Manhattan, cuenta que los hábitos cambiaron radicalmente.

–El miedo está presente en las conversaciones de todos los días. Hay una enorme desconfianza por lo diferente, que era una forma de la riqueza de los Estados Unidos, que eran ricos justamente por la admisión de la diversidad de culturas. Donde vivo, hay un altísimo porcentaje de judíos. Hay 16 sinagogas, dos iglesias protestantes, una presbiteriana, una bautista y una católica.

–¿Cómo cambia la función social de un escritor y periodista en los Estados Unidos, a partir de los atentados del 11 de septiembre?

–Yo soy un pensador marginal, aunque entre mis amigos estén algunas de las figuras más activas del mundo intelectual de los Estados Unidos: Susan Sontag, la gente del The New York Times, escritores como Jonathan Franzen, Don De Lillo o Paul Auster. Este tipo de gente vive el miedo como una figura más. El peso de los intelectuales norteamericanos en la sociedad ha sido siempre muy grande, sobre todo el de los economistas y otras figuras de voz pública, como Maureen Dowd, de la cual se publican las columnas en La Nacion.

A partir de los atentados, lo que se percibe es una cierta tendencia a la censura y la autocensura de la libertad de expresión en los Estados Unidos. Esto, algo absolutamente nuevo en la sociedad norteamericana, se ha hecho evidente, sobre todo, en la condena a las opiniones de Susan Sontag: cuando dijo que los tipos que atacaron las Torres Gemelas no pueden ser acusados de cobardes, se produjo un escándalo en la opinión norteamericana que no hubiera sucedido antes, porque aun las opiniones más escandalosas y provocativas suscitaban debate, pero nunca el insulto ni otras formas de menosprecio y menoscabo a la inteligencia de una persona como las dirigidas hacia Susan Sontag. La censura es un ataque también. El intelectual norteamericano está perdiendo espacio a partir del avance de que podríamos llamar el gran triunfo de Ben Laden: la instalación del miedo en la comunidad y el cercenamiento de las libertades, que está haciendo que la sociedad norteamericana se parezca un poquito más al fundamentalismo islámico que él propuso.

El peor triunfo de ben Laden, el más nocivo y pernicioso, es el contagio de una actitud cerrada a la diversidad y muy autoritaria. Esa es una enfermedad mucho más difícil de erradicar, porque es una enfermedad invisible, sin bacterias, sin elementos palpables y curables a través de la ciencia. No hay, frente a eso, ciencia posible. Es algo que se instala en el corazón del hombre como un tatuaje, como un estigma muy difícil de limpiar, de erradicar. En ese sentido Ben Laden puede darse por satisfecho.

Sus dos últimos trabajos

Tomás Eloy Martínez acaba de terminar una novela y ya está trabajando en otra nueva. La primera de ellas, El vuelo de la reina, aparecerá entre mayo y julio próximos. Será publicada por las editoriales Objetiva, de Río de Janeiro; Suhrkampverlag, de Francfort; Knopf, que fue el editor de Santa Evita, de los Estados Unidos; Bloomsbury, de Gran Bretaña; Guanda, de Italia; y Robert Laffont, de Francia. Sin embargo, aún no tiene editor en español.

La siguiente novela forma parte de un proyecto emprendido por Bloomsbury, la editorial creada por Virginia Woolf, que ha ganado muchísimo dinero con Harry Potter.

Las editoras de esta sofisticada y refinada casa decidieron destinar parte de ese dinero a los proyectos con los cuales siempre habían soñado y no podían cumplir por cuestiones presupuestarias. El gran proyecto que concibieron se llama Los escritores y sus ciudades (Writters and their cities), para el cual eligieron treinta ciudades en el mundo y un escritor para cada ciudad. Tomás Eloy Martínez escribirá sobre Buenos Aires, y la novela se llamará El cantor de tango (The tango singer, cuando se publique, primero, en inglés).

Las otras ciudades de América latina son: México, por Carlos Fuentes; Río de Janeiro, por Rubem Fonseca, y La Habana por Senel Paz, el autor de Fresa y chocolate. El listado también incluye Nueva York, por Paul Auster; Los Angeles, por Don De Lillo; Chicago, por Saul Bellow (Premio Nobel de Literatura en 1976); París, por Patrick White (Premio Nobel de Literatura en 1973); Tokio, por Kenzaburo Oé (Premio Nobel de Literatura en 1994); Karachi, por Salman Rushdie... El proyecto estará terminado en julio próximo.

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