Tras pedir un deseo frente al mar, en Nueva York enfrentó un monstruo y en Miami alcanzó la cima: “Viajar te obliga a comparar”
Su vida se había vuelto predecible, hasta que el primer deseo lanzado frente al mar la llevó hasta Punta del Este y luego Nueva York; años más tarde, pidió otro deseo que trajo lo impensado
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Era Semana Santa, Silvina Martínez Benites estaba sentada junto a su novio en una playa de Punta del Este, lo miró y lanzó: `Me gustaría vivir acá´. Hoy, al recordar ese instante, todavía puede sentir cómo esa frase le salió del cuerpo y no de la cabeza: “Como un deseo que ya estaba maduro aunque yo todavía no lo supiera”, asegura.
En Argentina, su vida era bastante predecible: recibida de arquitecta en la Universidad de Buenos Aires, estaba en pareja, vivía en un lindo barrio, salía a trabajar cada mañana y su tiempo libre lo dividía entre el gimnasio y los fines de semana con amigos y familia. Una vida cómoda pero en piloto automático. ¿Dónde había quedado el espíritu de esa niña de siete años que pasaba las tardes en el campo dibujando casas bajo el sol? Su abuelo —abogado de profesión, pero apasionado por la arquitectura, los muebles y el arte— le regalaba libros de pintura francesa, y sembraba, sin saberlo, una vocación que marcaría su vida.

Pero ese día, en la playa esteña, su barco comenzó a torcer el rumbo, fue un momento bisagra que meses más tarde desencadenó varios sucesos, entre ellos, el final de su noviazgo. Y en agosto presentó su renuncia para aventurarse hacia su sueño que llegó de la mano de una oferta: trabajar junto a una gran empresa en la entrega de un edificio emblemático de la costa uruguaya.
“Parecía todo muy sincronizado, como si el universo hubiera escuchado lo que yo pedí en esa playa… y me hubiese abierto la puerta justo cuando estaba lista para cruzarla”, reflexiona. “Ese período de mi vida lo describiría como un cierre y un comienzo al mismo tiempo: el final de una etapa cómoda pero monótona, y el inicio de otra donde la incertidumbre, lejos de darme miedo, me dio energía. Fue el momento en que entendí que necesitaba movimiento, desafío, aire nuevo. Y Punta del Este apareció como ese `primer salto´: no solo un cambio de lugar, sino una forma distinta de empezar a vivir”.
La vida después del mar esteño, una sobrina por nacer y vivir en Nueva York: “Un monstruo”
La aventura esteña duró seis años de trabajo intenso. A Buenos Aires, Silvina regresó con el auto cargado y la cabeza llena de preguntas. Su experiencia en Punta del Este la había formado (en especial en el rubro de smart infrastructure), pero también sacudido. ¿Qué esperaba de su ciudad de origen? Decidió guardar sus pertenencias en una baulera para parar, mirar a su alrededor y pensar cuál sería su próximo paso.

En la clave de su respuesta había un nombre: Sira, su sobrina por nacer lejos de Argentina. Su hermana, que residía en Nueva York, la invitaba a considerar un nuevo rumbo profesional, pero cargado de un sentido superior: “La idea de irme tan lejos no fue solo una decisión profesional: también fue una elección afectiva. Quería estar con ellas, acompañar ese comienzo y, desde ahí, recalcular el futuro”, relata Silvina.
Su entorno argentino vivió la noticia con emociones mezcladas. Para algunos era lógico que ella buscara un desafío mayor; para otros sonaba a salto al vacío. Su llegada a la Gran Manzana, por otro lado, no tuvo un aterrizaje perfecto. De inmediato, la mujer argentina se sumergió en una vorágine de entrevistas, intentos, idas y vueltas. A pesar de las dificultades, quería quedarse y comenzó a tramitar su visa con paciencia, y por ese camino estudió y se empapó de toda la información necesaria. Para subsistir, mientras tanto, trabajó como dibujante freelance.
“Nueva York me resultaba abrumadora. Era un cambio de escala brutal: un `monstruo´ arquitectónico. Me daba miedo. Me costaba imaginarme trabajando allí. Todo era nuevo: los sistemas constructivos, el idioma, el ritmo. Sentía que tenía que reaprender muchas cosas desde cero, como si toda mi experiencia anterior tuviera que revalidarse en otro idioma y en otra lógica”.
“Y al mismo tiempo, la ciudad te hipnotiza. Las luces, el ruido, el asfalto eterno, las diferentes culturas conviviendo con una naturalidad que parece propia de la ciudad. Edificios gigantes que aplastan la mirada y te obligan a levantar la cabeza. Nueva York es exceso, velocidad, estímulo permanente”, continúa. “En ese contexto, me perseguía una pregunta: ¿cómo iba a volcar mi conocimiento sobre smart infrastructure en una ciudad donde todo parece ya pensado, diseñado, resuelto? ¿Qué podía aportar yo en un lugar que, desde afuera, da la sensación de tenerlo todo?”.
Una ciudad del futuro en Nueva York: “Convivir con el vértigo”
Para Silvina, la respuesta apareció en el momento menos esperado. En medio de la vorágine conoció a un grupo de desarrolladores que buscaban transformar Hoboken en la primera ciudad inteligente. Sin el desarrollo actual de la inteligencia artificial, hablar de inteligencia aplicada al transporte, la iluminación o la planificación urbana sonaba casi futurista.
“Ahí entendí que mi lugar no era `competir´ con Nueva York, sino sumarme al futuro que la región estaba empezando a imaginar. Y esa idea, la de aportar algo nuevo en una ciudad que parece tenerlo todo, fue lo que terminó de anclarme”, cuenta Silvina. “Nueva York me obligó a recalibrar la mirada. Aprendí otros sistemas constructivos, otra lógica de obra, otras formas de documentar y coordinar. Me volví más metódica y estructurada, más eficiente, más consciente del detalle y de los tiempos. Y también aprendí a traducirme: no solo del español al inglés, sino de una manera de trabajar a otra, llevando mi experiencia previa a un nuevo contexto sin perder mi identidad profesional”.

“Pero en Nueva York aprendí, sobre todo, a convivir con el vértigo sin que me paralice. A moverme en una ciudad que no te espera, a pedir ayuda cuando no entiendo, a insistir aunque me dé vergüenza el idioma, y a confiar en que la adaptación también es una forma de crecimiento. Entendí que estar incómoda no era señal de error: era señal de cambio. Nueva York me dejó una certeza: se puede empezar de nuevo sin empezar de cero; solo hace falta paciencia y constancia”.
Volver al mar: “Un lugar donde la vida no se sintiera como una carrera permanente”
Pero al igual que en su infancia, Silvina necesitaba mirar un horizonte amplio y extrañaba el mar, la conexión con la naturaleza que había tenido en Punta del Este. Tras la búsqueda de este equilibrio, su hermana, que había vivido en Miami le dijo con una seguridad sorprendente: `Miami es tu ciudad. Te va a devolver eso que estás extrañando´. Silvina le creyó y se mudaron, ¡todos! hacia Florida: “Como quien se anima a cambiar el mapa para volver a encontrarse”.

Fue así que un buen día, Silvina se despidió de Nueva York, un rincón del mundo intenso, exigente, fascinante, pero que era tiempo de dejar atrás: “Necesitaba un lugar donde la vida no se sintiera como una carrera permanente y donde el trabajo siguiera siendo un desafío real”, asegura.
“El comienzo en Miami fue, como suelen ser los comienzos, una mezcla de entusiasmo y prueba y error. Buscaba trabajo y, mientras tanto, hacía pequeños proyectos. También acompañaba a mi hermana en sus viajes y compartíamos la crianza de Sira, que ya tenía dos años”, continúa Silvina.
Otro deseo frente al mar: “Yo quiero trabajar ahí”
Como un dejavu o tan solo un hilo conductor de su vida, cierto día, Silvina se halló una vez más sentada en la playa mirando una obra en construcción. No sabía quiénes eran los desarrolladores, ni siquiera el nombre del edificio. Solo se dijo una claridad casi íntima: `Yo quiero trabajar ahí´. Tiempo después supo que se trataba del Ritz-Carlton.

“Pero cuando todo empezaba a acomodarse llegó la pandemia. El mundo se frenó y nos obligó a encerrarnos durante algunos meses. En ese paréntesis tomé una decisión: mudarme sola. Ya era hora de independizarme; yo necesitaba trabajar y no quería poner a los demás en riesgo. Me mudé a una cuadra del mar, más cerca del trabajo de ese momento”.
Y entonces, con aquella decisión, sucedió lo inimaginable: una vez más, aquello que Silvina había pedido frente al mar, se cumplió: “Empecé a trabajar con Château Group en el Ritz-Carlton de Sunny Isles”, dice emocionada. “Esto me abrió la puerta a proyectos de gran escala, donde el lujo hoy también se mide en tecnología: eficiencia, seguridad y una experiencia construida desde los detalles. Es un entorno de mucha exigencia, sí, pero también de grandes oportunidades: si sos constante, si resolvés, si empujás, el crecimiento llega”.

“Miami me sorprendió por su calidad de vida: el clima cálido y la posibilidad de estar cerca del agua y, al mismo tiempo, en una ciudad en movimiento. Hay un ritmo exigente, pero más habitable; un espacio para construir sin sentirse al límite todo el tiempo”, describe. “En cuanto a la calidad humana, encontré una comunidad muy diversa, con una fuerte presencia latina, que vuelve más fácil generar vínculos y redes. Es una ciudad de llegadas: mucha gente está empezando de nuevo, y eso genera empatía”.
Argentina, códigos propios y comparaciones: “Cuestionar lo que dabas por `normal´"
Muchos años pasaron desde que una joven Silvina lanzó su primer gran deseo al mar. Años de esfuerzo, caídas, logros y aprendizajes. Experiencias donde aprendió que para transformar los sueños en realidad, es necesario lanzarse al vacío y dejar ir mucho en el camino: tomar decisiones siempre conlleva pérdidas.
Argentina, sin embargo, siempre la acompaña. Y cada vez que regresa, Silvina retorna a lo familiar, a los códigos que no necesita explicar: “Hay algo del idioma, del humor, de la forma de vincularnos, que me acomoda por dentro apenas aterrizo”, asegura.
“Y, al mismo tiempo, también vuelvo distinta. Me doy cuenta de cuánto cambié: la forma de trabajar, la manera en que miro los proyectos, incluso cómo imagino el futuro. El contraste tecnológico es inevitable: allá la innovación suele estar integrada desde el inicio —procesos más digitalizados, sistemas inteligentes, automatización y alineación entre diseño, ingeniería y obra—, y eso se traduce en otra manera de construir: más planificada, más estandarizada, con protocolos claros y controles constantes. Argentina me conecta con mi origen, pero también me muestra con claridad el camino recorrido”.

“Cada regreso es una especie de espejo: me devuelve quién fui y me confirma quién soy hoy. Y, aunque a veces duela la distancia o el contraste, siempre me voy con la misma sensación: llevo a Argentina conmigo, esté donde esté”, continúa.
“Siento que vivir afuera me enseñó, primero, a adaptarme sin perderme. A entender que la identidad no se abandona: se transforma. Aprendí a empezar de nuevo muchas veces, a tolerar la incertidumbre y a sostener procesos largos con paciencia, sin necesitar que todo sea inmediato para confiar. Y también a vivir más liviana, sin aferrarme a las cosas materiales”.

“Entendí que hoy una parte del trabajo es aprender de manera permanente. La tecnología avanza a una velocidad que redefine procesos, cambia la coordinación y hasta la forma de pensar un edificio. Y eso te obliga a estar en movimiento: estudiar, actualizarte, probar herramientas nuevas, volver a aprender”.
“También aprendí a mirar con perspectiva. Viajar y vivir en distintos lugares te obliga a comparar, a cuestionar lo que dabas por `normal´, y a elegir qué te llevás de cada cultura: formas de trabajar, de vincularte, de habitar una ciudad, de construir una vida”, concluye.
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Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Propone ahondar en los motivos, sentimientos y las emociones de aquellos que deciden elegir un nuevo camino. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a destinos.inesperados2019@gmail.com . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular; lo recibe la autora de la nota, no los protagonistas. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.
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