Trolls. ¿Por qué algunos le dedican tantas horas a la guerra en twitter?

Se trata de un comportamiento online dedicado a promover mensajes de odio, hostigar y difamar.
Se trata de un comportamiento online dedicado a promover mensajes de odio, hostigar y difamar. Fuente: Brando - Crédito: Ilustración Ezequiel García
Jerónimo Liñán
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10 de junio de 2020  

Desde que se anunció la cuarentena obligatoria, Roberto se siente con más tiempo. Ya no sale a correr ni va al gimnasio como hacía antes, ni atraviesa el microcentro porteño para llegar a la oficina. Aunque el trabajo remoto lo mantenga ocupado durante el día, cuando las planillas contables se cierran, las variantes de entretenimiento no abundan: un capítulo de Ozark, una charla por WhatsApp, quizás un poco de ejercicio en casa. Pero en su mayoría, los momentos de ocio de Roberto decantan en una actividad inclaudicable: Twitter, ese gran chat -como él lo llama- donde vomita su odio apenas amanece, o por la madrugada: un día cualquiera puede tuitear más de 60 veces o retuitear cada 10 minutos. Esa red donde, en las últimas semanas, promovió mentiras, insultó a periodistas y repitió palabras como "brutos", "peronismo", "miserables". Quien hable con Roberto tal vez perciba una impresión similar: en persona, un tipo calmo y moderado. Todo cambia cuando entra a Twitter. Allí se convierte en troll.

Fanatismo, odio o convicción, detrás de la idea de ejércitos de trolls pagos también hay un universo de amateurs que adoptaron ese ¿oficio? en redes.

Los llamados trolls son usuarios que habitan las redes sociales -en especial Twitter- para hostigar a otros usuarios, interrumpir conversaciones, difundir mentiras e instalar temas en la agenda mediática. Su actividad suele encasillarse bajo la sospecha del financiamiento partidario, la fábula del troll center, o simplemente, el fanatismo. Pero estos mitos no alcanzan para explicar el fenómeno. Sugieren respuestas cómodas, convenientes. Porque claro, los trolls siempre son ajenos.

Para trollear no hace falta recibir un salario a cambio ni ejercer una militancia obstinada. Se trata de un comportamiento online dedicado a promover mensajes de odio, hostigar y difamar. De ahí que, en mayor o menor medida, cualquiera puede hacerlo, sea militante con seudónimo, periodista, político o el usuario que se precie.

Instalan hashtags, hostigan a figuras públicas, hacen circular fake news.
Instalan hashtags, hostigan a figuras públicas, hacen circular fake news. Fuente: Archivo - Crédito: Shutterstock

Son casi las tres de la tarde de un martes precuarentena y, en una cafetería cercana a Plaza de Mayo, el sonido de vajillas se entremezcla con el de una caja registradora. De espaldas a la ventana, Roberto, cuarenta y pico de años, canoso, robusto y remera negra, dice que no trabaja ni milita para ningún partido.

Ahora Roberto relojea el celular sobre la mesa. Pide disculpas. "Es un audio del trabajo", avisa. Lo escucha mientras mastica un bocado de su ensalada César, teclea y retoma su respuesta.

-Más bien, si militara, es como que milito por la desfanatización de la gente.

Contador de profesión, Roberto abrió su Twitter en 2012. El interés por opinar sobre temas políticos -explica- es algo que se fue dando solo, una suerte de catarsis. Hoy, esa tendencia a purgar indignaciones lo envalentona hasta pasarse de la raya. Y, entonces, el clásico "se afanaron un PBI" puede alternar con tuits agobiantes a Ofelia Fernández llamándola "pendeja tomadora de colegios" y "engendro". O, por qué no, con nuevas dosis de racismo: "Los negros se reproducen al ritmo del coronavirus, mientras que la gente normal a la velocidad en que fabrican barbijos. Va a ser difícil aplanar la curva de peronismo".

Un día cualquiera, Roberto puede tuitear más de 60 veces o retuitear cada 10 minutos.

Pese a no integrar el ranking de usuarios antiperonistas más influyentes, entre sus más de 17.000 seguidores, Roberto ostenta el reconocimiento de ciertos políticos. Lo siguen, por ejemplo, Elisa Carrió, Alejandro Rozitchner, Margarita Stolbizer y Waldo Wolff.

-Parece que fuera macrista y no soy macrista. Lo que no quiero es que un gobierno limite a un periodista en lo que pueda decir.

Pasan varios minutos sin que Roberto pruebe su ensalada. Se lo nota entusiasmado, como quien disfruta de pensarse a sí mismo. Cuenta que por recomendación de un conocido, no puso su nombre completo en el perfil de Twitter y que en su teléfono silenció las notificaciones, para no abrumarse con los mensajes. Cada tanto, entre pregunta y pregunta, divaga con más aclaraciones sobre su forma de expresarse.

-En la oficina o con grupos de amigos trato de no hablar todo el tiempo de política porque sé que a alguno le puede molestar. Hoy, todo el mundo está muy susceptible.

La mención a los contextos es un asunto ya trabajado por la politóloga Elisabeth Noelle-Neumann hacia finales de los 70. En su libro La espiral del silencio , la autora plantea que las opiniones percibidas como aceptables por la mayoría tienden a expresarse más abiertamente, mientras que aquellas que pueden causar rechazo se reservan para la intimidad y difícilmente son puestas en circulación.

Cuando los trolls atacan en patota no solo descalifican a sus víctimas. También inhiben y disciplinan al entorno por efecto del escarmiento.

Leída en tiempos de hashtags, la tesis de Noelle-Neumann ayuda a medir el daño colateral de los ciberataques. Cuando los trolls atacan en patota no solo descalifican a sus víctimas. También inhiben y disciplinan al entorno por efecto del escarmiento.

Frente a la pregunta sobre si participó alguna vez de este tipo de campañas, Roberto dice que "no se siente parte de una organización dedicada a eso", aunque reconoce haber recibido mensajes para sumarse a grupos tuiteros.

-Yo digo lo que me parece. No lo hago buscando seguidores. Pero sí tratando de que eso que yo pienso lo pueda leer alguien y, a lo mejor, diga: "¡Qué interesante!", "Me cambió lo que pensaba".

-¿Y qué pasa cuando interactuás con alguien que piensa distinto de vos?

-Te diría que casi el 100% de las personas que no son afines a lo que yo escribo y a los que alguna vez les hice una crítica o chicana, me bloquearon. Aníbal Fernández, María O' Donnell. Te puedo armar un collage. Yo me los tomo como medallas.

En el trolleo no importan la verdad ni las propuestas: solo importa destruir al otro.
En el trolleo no importan la verdad ni las propuestas: solo importa destruir al otro. Fuente: Brando - Crédito: Ilustración Ezequiel García

Los primeros registros de trolls en el mundo virtual se remontan a la década del 80, cuando los avances en microelectrónica y telecomunicaciones empezaban a convertir internet en una red cada vez más accesible. Por esos años, los mensajes entre usuarios se limitaban a pantallas repletas de códigos y textos verdes en fondo negro. Una de las redes más conocidas era Usenet, que funcionaba como un foro de debate. Al interior de esta red había grupos sobre temas culturales, informáticos o de entretenimiento, y todos ellos contaban con moderadores.

Pero algunos miembros de Usenet estaban descontentos con las jerarquías: las moderaciones retrasaban los debates y los asuntos controvertidos no siempre podían discutirse. Entonces crearon un foro alternativo, donde los comentarios se publicarían sin monitoreo.

Paradójicamente, en ese espacio de mayores libertades, se engendrarían restricciones futuras. A través de comentarios absurdos, insultos y provocaciones, ciertos usuarios con seudónimos comenzaron a interrumpir los debates y a desatar conflictos en el foro. La actividad sería conocida como trolling, en referencia a una técnica de pesca, esa que consiste en arrastrar por el agua cebos artificiales y coloridos para que los peces intenten comerlos, sin darse cuenta de que se trata de un anzuelo.

Trolling es una técnica de pesca que consiste en arrastrar por el agua cebos artificiales y coloridos para que los peces piquen.

Martina aclara que ya no lo hace, que en realidad lo suyo era muy amateur. Todo empezó a mediados del año pasado en época de elecciones. En esos días, había visto un informe en la tele que decía que Cambiemos enseñaba a sus militantes a bajar línea en los chats de mamis y papis. Además, le indignaban esos videos de campaña que circulaban en las redes, donde Macri se vanagloriaba por las obras en rutas y autopistas, mientras en la vereda de su casa, la gestión de Rodríguez Larreta rompía y rompía las baldosas. Por eso, cuando una amiga le contó sobre el grupo, Martina creyó que valdría la pena: el mundo de las redes se estaba desatendiendo, había que disputárselo al macrismo. Fue así como se sumó a las filas del "Comando troll", un grupo de WhatsApp que en la campaña de 2019 se dedicó a fogonear el descontento en los posteos de los candidatos macristas.

-Era un grupo de como 200 personas y solo podían escribir los administradores. Ellos decían vamos con esta publicación, vamos con esta otra. Y, cerca de las elecciones, eran dos o tres por día. Era bastante divertido y te descargabas. Yo lo hacía en el subte -dice Martina, mientras ceba unos mates en el patio de una escuela donde trabaja como docente unas semanas antes del comienzo de clases.

Para cumplir con las tareas del comando, Martina reactivó una cuenta que tenía abandonada en Instagram. En su feed no había publicaciones y la imagen de su cara treintañera apenas se advertía en la foto de perfil. Por más que en su vida cotidiana tampoco usaba Twitter ni Facebook, pensaba que infiltrarse en los posteos macristas podía cautivar a seguidores decepcionados o, al menos, exaltar discusiones.

-Sabiendo que ellos tenían trolls pagos decía, bueno, qué sé yo, no me cuesta nada.

Para cumplir con las tareas del comando, Martina reactivó una cuenta que tenía abandonada en Instagram.

La justificación del trolleo propio para combatir el trolleo ajeno y poderoso se sustenta a través de un mito que acompañó al macrismo -y todavía acompaña- durante su gestión en Casa Rosada: la existencia de un aparato comunicacional, avalado por el Estado, para quebrar el debate público en las redes: el famoso troll center.

Desde sus primeros indicios tras la muerte del fiscal Nisman, hasta las discusiones sobre el #Tarifazo, los recortes en #Conicet o el caso de Santiago Maldonado. En el último lustro, el accionar coordinado de cibertropas ha sido objeto y evidencia de papers, informes y notas periodísticas. Sin embargo, no hay documentos que comprueben que una dependencia del Estado haya patrocinado los ciberataques; y mucho menos, que a pesar de los rumores, haya habido una oficina repleta de tuiteros bajo las órdenes del exjefe de Gabinete Marcos Peña.

Por lo pronto, la misma experiencia de Martina ilustra cuán aislada, barata y replicable puede resultar una cibertropa. Al estilo de una elección estudiantil, usuarios intensos y convencidos pelean por ocupar las paredes digitales con sus panfletos, porque si no lo hacen, las ocupa el adversario. El problema de esta lógica es que en el trolleo no importan la verdad ni las propuestas: solo importa destruir al otro. Es ahí donde la liviandad con la que Martina cuenta su incursión en el "Comando" resulta más peligrosa: veremos en un futuro las consecuencias de combatir un accionar represivo reproduciendo las mismas conductas.

No importa donde vivas. Para trollear solo se necesita intención provocadora y conexión a internet.
No importa donde vivas. Para trollear solo se necesita intención provocadora y conexión a internet. Fuente: Brando - Crédito: Ilustración Ezequiel García

Lunes 28 de octubre de 2019, día después de las Elecciones Generales. En el aire de una FM sanjuanina, la conductora da la bienvenida al entrevistado y avisa a los oyentes que, a pedido de él, no dirá su nombre. La entrevista viene a colación de una idea que circuló por Twitter a raíz del triunfo del Frente de Todos en los comicios presidenciales. Afiliados por el hashtag #ArgentinaDelCentro, un grupo de tuiteros propone separarse del Estado y formar un país con los distritos en los que ganó, a nivel nacional, Juntos por el Cambio: Mendoza, Entre Ríos, Córdoba, San Luis, Santa Fe y la Ciudad de Buenos Aires.

-Lo único que quiero recalcar es que somos gente muy pacífica, muy de diálogo.

Quien explica los motivos de la iniciativa -absurda según la Constitución- se presenta como el usuario detrás de la cuenta @GFrondizi. En los 12 minutos que durará la entrevista telefónica, este hombre de voz gruesa y ritmo pausado reproducirá, sin pudor, un indicio de las peroratas que publica a diario para sus más de 89.000 seguidores.

-Son otros ideales, otra Argentina. A ver, ¿por qué tengo que mantener a personas que indiscriminadamente tienen siete u ocho chicos?

@GFrondizi, así como otros tantos que habitan con malicia los entornos digitales, exhibe el comportamiento de un troll. Su repertorio en días de cuarentena incluye acusaciones de "mercenario K" a periodistas como Marcelo Bonelli o Romina Manguel; difusión de cacerolazos contra el gobierno y su "mentira de la pandemia"; teorías conspirativas sobre la creación del virus por parte de Rusia y China "para comprar empresas y eliminar ancianos" e imágenes con tuits falsos del presidente, acompañadas por frases como "misógino, maltratador y agresivo como todo peronista".

@GFrondizi, con 89.500 seguidores, vive en el medio del campo santafesino y a su alrededor solo escucha el rumiar de las vacas.

Lo que sí diferencia a @GFrondizi de otros trolls es el impacto de sus intervenciones. Su alto grado de retuits, sumado al batallón de seguidores que aplauden y replican sus posteos, lo ubican, al interior de la tuitósfera antiperonista, como una voz autorizada: un troll influencer.

Consultado sobre su actividad en la red, @GFrondizi responde, vía mensaje directo, que Twitter es "un hobby" en el que canaliza su "inteligencia, coherencia, las frases distintivas y la sorpresa".

-Creo que pertenezco a las 10 cuentas más influyentes en política de Twitter. Soy un NN. Pero me consultan muchos políticos.

-¿Y qué te genera que te escriban?

-Me divierte y me sorprende. Un día a las 7 de la mañana vi un mensaje directo de un exministro sin que yo le haya dicho nada. ¿A qué quiero llegar? Soy un mortal que vive en pleno campo en el interior de Santa Fe. Si no fuera por Twitter no hubiera pasado nada de esto. Es la magia de las redes.

Digresión: si bien la anécdota de @GFrondizi produce desconfianza -¿cómo saber cuando un troll no miente?-, la connivencia entre políticos y trolls cobró trascendencia en los últimos años, disimulada como militancia. En 2018, el diputado de Juntos por el Cambio Daniel Lipovetzky participó de un almuerzo de Fin de Año organizado por tuiteros anónimos. A su vez, algunos de esos internautas dictaron talleres sobre el uso de redes para militantes santafesinos, durante las campañas a gobernador de José Corral y a intendente de la ciudad capital de Niky Cantard.

En su faceta de influencers, entonces, los trolls guían la actividad de las comunidades que integran -qué temas discutir, a quién hostigar, qué hashtag difundir- y apuntalan narrativas que el político reservaría para el ámbito privado.

Los periodistas odian a los tuiteros porque empezamos a juzgarlos. Antes de Twitter ellos hacían lo que querían.
@GFrondizi

La contrapartida -si lo sabrán las celebridades- es pagar el precio de la exposición. Semanas atrás, una nota de Página/12 incluyó el nombre de @GFrondizi para referirse a las cuentas que propagaron los cacerolazos de fines de marzo. No es la primera vez. Ya en 2018, un informe de Amnistía Internacional lo había identificado por hostigar a periodistas y activistas de derechos humanos.

-Los periodistas odian a los tuiteros porque empezamos a juzgarlos. Antes de Twitter ellos hacían lo que querían -retruca a modo de derecho a réplica.

¿Serán los trolls, en definitiva, un dispositivo a partir del cual un grupo de personas manifiesta su escasa credibilidad en los medios de comunicación tradicionales? ¿Habrá en su pulsión irrefrenable por decir "cualquier cosa" una lógica para interpretar los hechos más allá de las categorías de lo verdadero y lo falso? ¿Y qué hay del sistema político? ¿Qué elementos de nuestra democracia pavimentaron el desprecio del trolleo ?

El pasado 30 de marzo, en medio de la cuarentena, @GFrondizi celebró su cumpleaños con sus seguidores. "Hace 5 años entré a esta familia llamada Twitter. Jamás creí lograr tanto afecto y amistad con todos ustedes. ¡Los quiero mucho!", publicó.

El tuit tuvo más de 2000 me gusta y entre los saludos se coló el del exministro porteño Darío Lopérfido. Cuarenta y ocho horas después, en la mañana del 2 de abril, el mismo dirigente reprochó al senador cambiemita Esteban Bullrich por desearle feliz cumpleaños al presidente. Una vez más, la evocación a la grieta sembró el terreno para el trolleo.

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