
Un curso de reciclado de pieles y el profundo dilema de usarlas o no
Atravieso la ciudad, furiosa de tránsito, desquiciada de bocinazos, rumbo al Centro Metropolitano de Diseño (CMD), en Barracas y, quizás, justamente porque iré a participar de un curso de reciclado de pieles, una imagen bucólica -como una herejía o como una epifanía, no lo sé- me acecha: no puedo dejar de pensar en la historia, desopilante, de la chancha Camila. La cerdita fue secuestrada de un campo en la provincia de Buenos Aires en la víspera de Nochebuena dos años atrás, por un grupo de veganos fundamentalistas. El "grupo comando" se introdujo de noche en un campo y le arrebató a una familia la cena navideña. Pero le salvó el pescuezo al cochinillo. Lo trasladó más de 1000 km en auto y se lo confió a una conservacionista, que de chanchos sabe poco y nada. La mujer no tuvo más remedio que adoptar al ejemplar y criarlo entre llamas, cabras y ovejas.
Ese recuerdo intruso me trajo algo de tranquilidad: "No hay conflicto en esto que vas a hacer -me dije-, ya que se trata de reciclar pieles y no de salvar animales. De darles nuevos usos a esas pieles viejas y, de cierta manera, «honrarlas» con algo más de longevidad. Nada puede hacerse ya con esos bichos zurcidos como rompecabezas en un tapado que alguna vez tuvo afán de abrigar con suavidad y glamour". Además, doy por descartado que en el curso vaya a haber algún vegano ortodoxo que me increpe por usar cuero, comer carne o reciclar pieles.
En busca de la objetividad
El periodismo está indefectiblemente cruzado por ambigüedades, paradojas y conflictos de interés y ésta será una oportunidad más para que la propia subjetividad no enceguezca el criterio de imparcialidad para abordar un tema polémico para muchos, aceptable y natural para otros. Así que allí voy, juicios y prejuicios al margen, dispuesta a aprender algo que no sé. A zambullirme en el universo desconocido de la peletería y el diseño. Podría haber traído la boa de zorro fueguino que mi abuela me regaló cuando cumplí 15 años y jamás usé. O haberle pedido a mi madre su tapado de visón, que hace años tampoco usa, para revivirlo con un nuevo diseño: descuajeringarlo, como propone Facif (Federación Argentina de Comercialización e Industrialización de la Fauna, que, junto al Departamento de Sustentabilidad del CMD, dicta este curso desde hace diez años), mezclándolo con otros textiles y texturas actuales, creando varias prendas a partir de una, aprovechando hasta el último milímetro de piel, de manera de promover un "uso racional y sustentable de la fauna". El propósito es que el lujo de piel reciclada (y la nueva también) se cuele y jerarquice al diseño de moda, los accesorios, el mobiliario y objetos de decoración.
"Vestir pieles es una elección natural que tiene que ver con la libre elección de las personas", me dice apenas llego Leandra Vallejos, coordinadora de Facif, enfundada en un saco de conejo símil ocelote, mientras muestra diapositivas con las últimas colecciones de Mc Queen, Prada, Valentino, Dolce & Gabbana, y Fendi. Exquisitas texturas de zorro de Groenlandia, cabra tibetana, y chinchilla, emblanquecidas, teñidas en colores estridentes o fusionadas con otras pieles, colonizan las más disímiles prendas de vestir y objetos decorativos: desde estolas para hombres a minis, zapatos, chinelas, boinas, carteras, fundas de sillones y lámparas de pie. Todo muy europeo y ultrachic.
Antes de poner manos a la obra, debo aprender a reconocer las especies de interés peletero, factibles de comercialización en el país, según la reglamentación de Cites (Convenio Internacional de Tráfico de Especies Silvestres). En el país son 11, desde zorros polares o rojos de criadero, hasta nutria, visón, castor, zorrino, liebre, vizcacha y conejo extraídos con trampas también de la naturaleza. No tengo delante de mi mesa de trabajo trozos de tapados viejos, sino vistosas variedades de pieles nuevas, con su pelaje original o teñidas y depiladas para aprender a reconocerlas. Las indicaciones me las da el peletero Martín Carbone. Pero antes, Leandra proseguirá con un breve repaso sobre la historia de la peletería: "Las pieles son usadas desde el hombre prehistórico -dice-. Fueron luego el atuendo exclusivo de monarcas, con el armiño, que simbolizaba la pureza, porque, según decía la leyenda, el animal era capaz de dejarse matar antes de manchar su níveo pelaje. Usar pieles naturales es mucho más ecológico que la piel sintética, que se hace con residuos contaminantes del petróleo, y no es biodegradable".
Al clasificar las pieles por tamaño, color, altura del pelo y entender qué es una nutria depilada, una razada o una con doble pelo (el pelo de felpa es el interior, y el de guarda, el más largo), Carbone me dice que las pieles tienen mala prensa porque se las vincula con la muerte: "Pero es un concepto de muerte selectiva -agrega-, ya que la gente come carne, toma leche y usa cuero".
"El control de la fauna es clave para el equilibro ecológico -apunta Leandra-. En una reunión de la Secretaría de Fauna, se habló de que si no se controlaban a las poblaciones de nutria, que son plaga, podrían aparecer hasta en el Obelisco."
Yo escucho todo con genuino interés, dispuesta a evaluar si adoptaré o no pieles recicladas o nuevas en mi vestimenta. Tengo una tara difícil: quiero conocer el origen de lo que como y de lo que visto. Por eso, pregunto. Pero no podré corroborar los datos que me aportan (que el 50% de las pieles en la Argentina provienen de criadero; que el 80% del consumo en el país corresponde a piel de conejo; que el resto se exporta), ya que el biólogo Gustavo Porini, de la Dirección de Fauna, y a quien en Facif me remiten como especialista en la materia, no querrá ahondar en esos datos. Sí me explican que la carne de zorro no es comestible y que en los criaderos vive hasta los dos años. "Pero en Dinamarca -detalla Leandra-, aprovechan todo el ejemplar: con la grasa y huesos hacen biocombustibles, la carne la procesan para alimento balanceado para peces y el colágeno lo derivan a la industria cosmética." Preguntar sobre cómo muere el animal, para mí, es clave, especialmente cuando estoy sosteniendo, como ahora, una piel entera y nueva de zorro gris, que debo cortar con una filosa herramienta alemana para luego coser. La sostengo del revés y puedo observar la fisonomía íntegra del zorro: los huecos de los ojos, las orejas y el contorno de las patas. Siento aversión, pero practico el corte. Carbone luego lo coserá y me mostrará cómo se unen las piezas sin dejar rastros.
Pasamos luego al estaqueado: mojo con agua el anverso de una nutria depilada teñida de verde, la estiro y la clavo con una pinza sobre una madera para aprovechar hasta un 30% más la superficie por utilizar. Los diseños con las pieles reutilizadas por otros alumnos se exhiben en frente en maniquíes. Lo que veo, salvo esa estola de visón reciclada que rediseñó Yarusi, no despierta mi admiración.
Me voy del curso con dos certezas y muchos más interrogantes: respetaré siempre al que elige vestir pieles de origen controlado, si no se desecha la carne del animal. Las pieles son bellísimas, sí, pero a mí me gusta verlas en movimiento, sobre la anatomía del animal.






