Un debate de moda à la française: la desigualdad en el cliché de la parisienne

Javier Arroyuelo
Javier Arroyuelo LA NACION
Farida Khelfa, parisienne de origen magrebí, fue modelo y musa de Azzedine, y embajadora de Schiaparelli
Farida Khelfa, parisienne de origen magrebí, fue modelo y musa de Azzedine, y embajadora de Schiaparelli
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3 de noviembre de 2019  

Hace ya tres años y unos meses, es decir a una distancia de más de 80 crónicas atrás, esbocé en esta página un retrato de la parisienne, es decir, la parisina según la concibe la moda institucional. Se trata de un personaje emanado de la burbuja de la moda y devenido, por su atractivo comercial, un cliché productivo para las marcas y la prensa que la han erigido en uno de esos modelos, o si se quiere arquetipos, de estilo y de comportamiento casi imposibles de reproducir y, sin embargo, imitados, en ocasiones con éxito, muchas veces incautamente.

Pero hay a la vez parisiennes de carne y hueso, mujeres que responden a todos los requisitos del personaje. El hábitat de una mayoría de ellas son los circuitos, círculos y circos de la moda y el lujo locales e internacionales, las relaciones públicas, la publicidad, el comercio de las artes visuales. Provienen de las capas alta y media alta, criadas y entrenadas en los preceptos del pacto estético burgués, que adaptan, cancheras, al clima de la época. En el apogeo del consumismo, a las mercaderías que ellas ya promovían se sumaron ellas mismas, paradigmas de estilo transformadas en producto a su vez, con libros y guías inmediatamente exitosos, como French women don't get fat, Las francesas no engordan, dirigidos en prioridad, al público de lengua inglesa, con la complicidad eufórica de la prensa y medios del rubro de la moda.

No es un ataque autorreferencial lo que me lleva a recordar y resumir aquí aquella columna de 2016, sino la actualidad editorial. En efecto, ha salido en Francia a mediados de septiembre último, no por casualidad en coincidencia con las semanas internacionales de los desfiles de colecciones de prêt-à-porter, un volumen cuyo título es Je ne suis pas Parisienne, y su subtítulo Éloge de toutes les françaises. Se inscribe, como se habrá comprendido, en oposición radical al mito de la mujer francesa campeona de soluciones chic y de buen gusto para cada momento de su existencia.

Su autora, Alice Pfeiffer, es una periodista de moda, de 34 años, nacida en un suburbio al sur de París y presentada como franco-británica, graduada en Inglaterra en estudios de género. Con inteligencia, Pfeiffer, lejos de discutir el derecho a la existencia de la parisienne en tanto que tal, se indigna de que se pretenda representar con este cliché (que define, con justeza, como patriarcal, heterosexual, clasista y blanco, es decir a la vez normativo y excluyente) a la comunidad de las mujeres francesas, hoy por hoy un mosaico de diversidades.

Pfeiffer consagra una parte importante de su trabajo a describir los arquetipos negativos de las feminidades francesas, las identidades discriminadas, afro-francesas o musulmanas como queer o provinciales. Es seguramente el mejor sesgo para afrontar el tema. Es de largo tiempo sabido que las representaciones simbólicas acrecientan, por su potencia comprobada, el impacto de la desigualdad. Pero dado en un país donde la moda es una sólida fuente de divisas sería absurdo y antipatriótico discutir la preeminencia tan rentable de la parisienne, alta, delgada, clara, siempre implacablemente impecable, irreal como un personaje de animé. Pero sí, en cambio, corresponde debatirla en tanto que depositaria privilegiada de los contenidos simbólicos de los relatos que produce la moda.

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