El lugar donde se instaló la producción de la película que el alemán Werner Herzog filmó en los 80, en plena selva amazónica, hoy devenido en alojamiento turístico, aún conserva odios y amores. Visitarlo es la excusa perfecta para recuperar aquella historia de cuando el cine era una odisea en la voz de uno de sus protagonistas.
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Por Cintia Kemelmajer
"Herzog es un idiota", dice Walter Saxer con acento sueco. Setenta años, andar cansino, de boina y bigote blanco, parece un viejito tierno. Está sentado en una silla mecedora, en la puerta trasera del Hotel Fitzcarraldo del que es dueño; sostiene un libro entre manos y cada tanto da sorbos a una botella de cerveza.
Algún desprevenido podrá pensar que es un jubilado extranjero que, con el último resto de vida, se radicó en Iquitos para dedicarse a su negocio hotelero, que es aficionado a las películas y que por eso opina así de Werner Herzog. Pero nada más alejado: a Saxer su pasado lo condena. Desde los 22 años fue el productor de la mayoría de las películas del director alemán. Y en este mismo lugar trabajaron juntos en Fitzcarraldo, film con el que Herzog se consagró Mejor Director en el Festival de Cannes y se erigió en mito por filmar, en medio de la selva y sin efectos especiales, la escena de un barco de 320 toneladas cruzando la ladera de una montaña. Es el leitmotiv de la película: dos orillas distantes que un cauchero demente y soñador llamado Fitzcarraldo se propone unir, con su barco, por tierra. En la vida real, Herzog estará en alguna orilla del mundo, y Saxer lo mira con resentimiento desde este lugar de la Amazonia peruana.
<b>TOMA UNO</b>
La isla de Iquitos supo ser rica: lo dicen las casas coloniales con fachadas de azulejos traídos de Portugal e Italia que sobreviven frente al malecón. Tenía el caucho, pero su época dorada se apagó súbitamente cuando en 1914 un pirata inglés llamado Henry Wickham logró sacar de la Amazonia 70.000 semillas y las plantó en Malasia. Fin de la prosperidad. Ahora, el resplandor de lo que fue perdura solo en su arquitectura, y en la densidad abrumante de su población. Tiene medio millón de habitantes y muchos viven en el enorme asentamiento de Belén, conocido como "la Venecia pobre", porque una vez al año sufre la crecida del río Nanay y queda, literalmente, bajo agua.
Visitar Iquitos puede ser una odisea. Hay dos maneras de llegar: por barco, en una travesía de cuatro días por el río, o en avión, desde Lima, rezando para que las lluvias torrenciales así lo quieran. Como se reproduce en casi toda ciudad peruana, sus mercados son un crisol de olores y colores, donde uno puede degustar desde mono o lagarto hasta gusanos. En el centro, a una cuadra de la Plaza de Armas, la opción para sortear el frenesí de los motocarros y el calor pegajoso que no da tregua es el cine. El único: un remanso con aire acondicionado, aunque en sus cuatro salas solo se proyecten películas estadounidenses de terror o de acción.

En esta isla tan peculiar, un alemán con ideas locas decidió instalarse, a principios de los 80, para filmar una película. ¿Qué lo trajo a Herzog a Iquitos?
"Fitzcarraldo –dice Saxer– era un proyecto para hacer una vez en la vida". Saxer, que nació en Suiza y para sortear el servicio militar emigró hacia España, se instaló, en 1969, en las Islas Canarias, se cruzó con una producción de cine y su director, un tal Werner Herzog, lo contrató porque sabía hablar alemán. Sería el puntapié inicial de una relación profesional de larga duración: a partir de enero de 1970, con 22 años, se convirtió en el productor, también montajista y, en ocasiones, sonidista de sus películas.
En los 70 ambos vinieron por primera vez a Perú a filmar Aguirre, la ira de Dios, que reconstruye la historia del conquistador español Lope de Vega. "Conseguir los permisos de filmación fue muy difícil –recuerda Saxer–. En Perú en esa época había una dictadura militar. No funcionaban las comunicaciones, reinaba el miedo y, además, los peruanos no sabían ni qué era el cine". Aguirre es la película de toda su filmografía que más le gusta a Saxer, "la más compleja, un verdadero drama humano".
Durante su filmación, alguien les contó la historia de un viejo cauchero llamado Carlos Fermín Fitzcarrald, un peruano de origen irlandés, que vivió en el 1800 y murió a los 35 años, que se propuso la epopeya de unir por tierra dos ríos afluentes del Amazonas –el Ucayali y el Mishagua– para intensificar el comercio del caucho en una zona poco explorada. Era un personaje excéntrico, no solo en sus propósitos: en la confluencia de los dos ríos mandó a edificar con madera de cedro una mansión de tres pisos y 25 habitaciones. Tanto los impresionó la historia que, en 1982, Herzog volvería a Perú para contarla.
En Iquitos, Herzog se propuso cumplir el mismo sueño del original Fitzcarrald, reeditándolo casi 200 años después de su muerte, pero introduciendo un elemento fantástico: la ópera. Fitzcarraldo, el personaje interpretado por el actor fetiche de Herzog, Klaus Kinski, quiere unir los dos ríos por tierra para prosperar en el negocio del caucho y poder llevar, con las ganancias, la ópera a la selva peruana. Con el dinero que le proporciona su amiga Molly –interpretada por Claudia Cardinale-, propietaria del burdel más famoso de Iquitos, pone a flote un viejo barco a vapor. Cuando Fitzcarraldo les expone a los barones del caucho locales su plan de construir un palacio de la ópera en Iquitos que compita con el de Manaos, le dicen que es "un conquistador de lo inútil".
"Nadie le preguntaría a un padre cuál de sus hijos es su preferido, pero por supuesto que Fitzcarraldo está cerca de mi corazón, porque no es solo una película, es, verdaderamente, mi vida", dice Herzog en un reportaje en el que se le pregunta por su film predilecto.
Entre otras cosas, Saxer fue quien encontró el barco con el que se filmaría la mítica escena. Lo fue a buscar a Leticia, un pueblo de Colombia, lo compró, lo reflotó y lo trajo a Iquitos para el rodaje. No era un barco cualquiera: a bordo de él se había firmado, años atrás, el tratado de paz entre Colombia y Perú.
<b>TOMA DOS</b>
La epopéyica escena de esa película que consagró a Herzog en los anales del cine y se llevó a cabo tal como se muestra en pantalla, con fuerza humana, poleas y palos, fue filmada por Jorge Vignati, camarógrafo peruano contratado especialmente para Fitzcarraldo. Fue así: son 320 toneladas que navegan por la Amazonia peruana. Las aguas tranquilas del río Ucayali mecen sus tres pisos. Es un barco enorme de madera pintado de blanco con ventanas circulares y una chimenea que despide humo negro. Desde dentro de la embarcación una multitud de aborígenes son testigos de cómo el atardecer agoniza en el horizonte junto al capitán, un rubio de ojos saltones, interpretado por Kinski. El barco choca, de pronto, contra una montaña. Pero no es un accidente: en cuestión de horas el barco sube por tierra, por la ladera de la montaña, y baja por la otra ladera hasta desembocar en las aguas del río Pachitea que allí confluye. En el medio fallece aplastado un indígena; todo indica que la operación va a fracasar; Kinski llora. Pero ninguno de esos contratiempos impide que el sueño, finalmente, se cumpla.
Pero la escena, que se convirtió en memorable, no es el único récord de Herzog. Él es de los pocos realizadores que filmó en los cinco continentes: además de la selva, rodó películas en un volcán, en el Sahara, en Alaska, en la Patagonia. Lo acusaron varias veces, por eso mismo, de proponerse misiones difíciles y arriesgar la vida de sus actores. Para su film El corazón de cristal, por ejemplo, hipnotizó a todos sus actores. En otra ocasión apostó con un colega director que si terminaba de filmar su documental se comería su zapato: no le quedó otra que hacerlo. Pero la hazaña más osada fue quizás la que emprendió en 1974, cuando a sus 32 años se enteró de que su admirada Lotte Eisner –una de las primeras mujeres críticas de cine– estaba muy enferma en Francia y decidió, en un impulso casi místico, recorrer a pie la distancia entre Múnich y París con la extraña idea de que si conseguía cumplir la peregrinación, Eisner se recuperaría. La hazaña está contada en su libro Del caminar sobre hielo, editado por Entropía en 2015.

<b>TOMA TRES</b>
"Kinski –dice Saxer– siempre fue mucho mejor que Herzog". Kinski, el actor fetiche de Herzog, es además –como Saxer– su enemigo íntimo: aunque participó en muchas de sus películas, su mal genio siempre le hizo sacar chispas con el director. Herzog-Kinski es el River-Boca del cine alemán: hay quienes hinchan por Kinski, y hay otros que defienden a Herzog por sobre el actor a capa y espada.
El protagonista de Fitzcarraldo, en un primer momento, iba a ser Jack Nicholson. Pero el actor pidió de cachet la imposible cifra de US$ 5 millones. A partir de ahí, el plan original para el papel de Fitzcarraldo fue mutando. El primer elegido fue Jason Robards que, con el 40 % de la película filmada, cayó enfermo de disentería y tuvo que abandonar el set. Herzog pensó, entonces, en protagonizarla él mismo. Finalmente, aunque su relación tirante lo hacía dudar, se decidió por Kinski –que para ese entonces ya había protagonizado Aguirre y Nosferatu– y grabó la película desde cero nuevamente. Su relación de amor y odio, como era previsible, se repitió: el clima y la gente de la Amazonia peruana volvieron al actor más irascible de lo normal, tanto que durante el rodaje los propios indígenas le ofrecieron al director, en determinado momento de la filmación, que si quería podían matarlo.
"Es un individuo miserable –diría Kinski en una entrevista, sobre Herzog–. Su supuesto «talento» consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción de su penosa carrera de supuesto cineasta. Impulsado por un ansia patológica de causar sensación, provoca él mismo las más absurdas dificultades y peligros y pone en juego la seguridad e incluso la vida de otros, solo para después poder decir que él, Herzog, ha domeñado fuerzas aparentemente insuperables. No tiene la menor idea de cómo se hace una película".
"Kinski no se dejaba dirigir, pero era bueno. Herzog, en cambio, nunca supo dirigir. Yo me peleaba siempre con él porque no se preparaba", dice Saxer. Pero el actor no fue apenas la única complicación de Fitzcarraldo: filmar en la selva fue todo un gran dolor de cabeza. A un miembro de la producción, por empezar, lo picó una serpiente. Durante la filmación, en la frontera entre Perú y Ecuador se desató una guerra por territorio. El clima fue de lo más hostil: la peor sequía en 65 años. El nivel del río bajó hasta límites insólitos. Eso estancó la filmación por meses, hasta que volvió la lluvia y entonces no fue solo lluvia: fue la época de lluvia estacional más salvaje de la historia del país. Todos los contratiempos elevaron más aún la película hacia una leyenda.
<b>TOMA CUATRO</b>
Hermandad a medianoche. Mick Jagger llegó con Jerry Hall. Dos de sus valijas no aparecieron porque las mandó a I-Quito. Alquilamos un auto para él, pero resulta que la llave no entraba, correspondía en realidad a una grúa. Mick viajó en taxi hasta acá y como el conductor no quería llevarlo los últimos cien metros a través de los pozos de barro, ni siquiera por el doble de plata, lo encontré en la oscuridad, con smoking y zapatillas, tanteando el camino. Sacudiéndose de la risa me contó que Robards y Adorf le confesaron que ambos habían escrito su testamento porque iban a trabajar a la selva.
Así como se lee en Conquista de lo inútil, el fantástico diario de filmación de Fitzcarraldo, escrito por Herzog y editado en Argentina también por Entropía, en 2008: el cantante de los Rolling Stones también estuvo en el reparto original. Iba a interpretar al asistente de Fitzcarraldo, pero el retraso del rodaje hizo expirar su contrato y Mick tuvo que abandonar el set para emprender una gira con su banda. Herzog, finalmente, sacó a su personaje del guión.
"Acá Mick era feliz –recuerda Saxer–. No lo conocía nadie, porque en los 80 este país era como Saigón. Yo hice el casting nuevo. Le insistí y traje al que considero el mejor actor del film, el cocinero borracho que se embarca con Fitzcarraldo. Es Huerequeque, un escritor de poesía amazónica que conocí durante la filmación de Aguirre. Herzog estaba encaprichado en enseñarle a Huerequeque a hablar inglés".
Huerequeque es, en realidad, Enrique Bohórquez Liguori, un personaje que hoy, con 87 años, no dista mucho de su papel en la ficción: es el dueño de un bar en el puerto de Nanay, en Iquitos, un borracho verdadero que ahora, como Saxer, también vive de los vestigios de la película, como una atracción más de la isla: recibe a los viajeros que a diario visitan su local para conocer la leyenda en vivo y en directo. Y les cuenta con lujo de detalles cómo, después del estreno de la película en Cannes, Herzog lo llevó de gira por Europa y aprendió a decir "salud" en todos los idiomas.

<b>TOMA CINCO</b>
Visité a Walter hoy en la pequeña choza al lado de la mía esta mañana […] ayer habló largo rato sobre Aguirre y me vino a la memoria toda una serie de atrocidades que en parte había olvidado y en parte suprimido deliberadamente. Pero también había recuerdos lindos: cuando atravesamos juntos a nado, por debajo de rápidos embravecidos, en un sitio más tranquilo, el fuerte y arremolinado río Urubamba para alcanzar, en la otra orilla, la góndola atada al cable que permitía cruzar el río, cómo nos miramos cuando de repente se nos vino encima un gigantesco remolino de agua […], cómo Kinski llegó a la selva con toneladas de equipos de alta montaña, bolsas de dormir de plumón, picos de hielo, sogas. Así lo recuerda Herzog en Conquista de lo inútil.
A la casa que hoy es hotel la compraron en noviembre de 1978 y el 1 de enero se instalaron a vivir durante un año. Después de la filmación quedó bajo propiedad de Saxer. Hoy, en las paredes del hotel, se exhiben las fotos originales de la filmación. También hay murales pintados en sus paredes: uno de Kinski con un tigrillo, otro de Claudia Cardinale en pose seductora.
"En Fitzcarraldo todo salió bien gracias a Kinski. Herzog era un idiota. Vivía con una italiana histérica con la que se vivían peleando. No se podía concentrar. Cuando trajimos a Kinski todo cambió", dice Saxer, que no quedó contento con la película. "Demasiado larga, repetitiva, y el vestuario no es bueno". Durante el año de filmación de Fitzcarraldo en la selva nació su única hija, Micaela Helvecia Saxer, que tuvo con una mujer peruana. Micaela hoy vive en Estados Unidos y también se dedica a la industria cinematográfica. "Ahora está haciendo un documental sobre el turismo de ayahuasca –dice Saxer–, una charlatanería de los peruanos".
Cuando terminaron de filmar Fitzcarraldo, Saxer volvió a esta casa una vez por año. En 1995, quiso venderla, pero no encontró comprador; entonces, comenzó a pensar en convertir el espacio en un hotel. En 1998, Herzog y Saxer estuvieron en Argentina, en El Chaltén, filmando la película El grito de piedra.
En 2007, Saxer se radicó en Perú y abrió el hotel que hoy regentea y cuenta con nueve habitaciones: la más cara es la habitación azul, cotiza 280 soles y es donde se alojó Mick Jagger durante el rodaje. La habitación verde vale 250 soles. Herzog se alojaba en uno de los bungalows, que ahora también están habilitados para recibir huéspedes y cuestan 350 soles por noche. "Esto es lo único que tengo –dice Saxer–, por eso quiero morir acá. Aquí creé un universo propio".

Treinta y cinco años atrás, todavía no había edificaciones alrededor de este hotel y la agitada Avenida de la Marina, que ahora es la calle del hotel, no existía: por eso fue que la eligieron para ser sede de la producción de Fitzcarraldo. Hoy, no hay iquiteño que no conozca el lugar.
Todos los días la visitan viajeros que vienen atraídos por la película. Para llegar no es necesario decir la dirección: basta con pedirle al conductor del motocarro de turno que vaya "al Fitzcarraldo". Un cartel en blanco y negro con la foto de Klaus Klinski y Claudia Cardinale, lookeados con ropas antiguas mirando a cámara, recibe al visitante. El ingreso al hotel es por un garaje –que también es un desordenado depósito de objetos muy al estilo del caos de Iquitos–, y a la derecha de la entrada, un tigrillo, idéntico al que aparece en la película, acecha desde su jaula. En cada rincón del hotel hay fotos colgadas de la producción del film, murales pintados con los protagonistas, una sala de cine donde se proyectan películas y en el restaurante un menú de platos que se llaman como los actores de Fitzcarraldo. Si uno está de paso y no tiene tiempo para alojarse en alguna de sus habitaciones, por 10 soles –el equivalente a 40 pesos argentinos– podrá pasar el día en la paradisíaca pileta del hotel, que tiene cascada y está rodeada de vegetación, mesitas bajas, hamacas paraguayas, con música de jazz de fondo. Y, en los alrededores de la pileta, toparse con Walter Saxer sangrando por la herida, diciendo cosas como que "Herzog es un idiota". Aunque siga viviendo a costa de su fama.






