
Un intruso de los oficios
Albert Pla dice que no se siente actor ni cantante. Pero el catalán vino a Buenos Aires y estará en La Trastienda mañana y el domingo
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A Albert Pla las entrevistas lo incomodan y millones de españoles lo saben desde hace mucho tiempo. Allá, el catalán es una suerte de antihéroe amigo de músicos, cineastas, poetas y actores; amado y odiado con igual intensidad, y dueño de un público devoto que insiste en cantar con él sus canciones. "Eso es muy molesto -admite-, por eso venimos aquí a hacer repertorio, porque allá es difícil; la gente te arranca las canciones y a mí me gusta cantarlas siempre, como si fuera la primera vez que lo hago."
Ahí están sus ojos, tratando de controlar la situación. Baja la cabeza, se acomoda en el asiento, piensa, responde. El interrogatorio comenzó y el tipo ya no es el mismo que hace unos minutos. Mañana y el domingo (a las 21.30 y a las 23.30, respectivamente), este hijo de Sabadell volverá a subirse a un escenario porteño. Será en La Trastienda, con la compañía del guitarrista gitano Diego Cortés y de las bases y loops que disparará Judith Farrés.
Temas de su último álbum, "Canciones de amor y droga", más material clásico, de eso se trata "Matacerdos", el nombre que eligió para su escala porteña. "En Cataluña hay muchos mataderos industriales de cerdos -cuenta Pla-. En mi pueblo, que tiene sólo mil habitantes, hay uno en el que matan diez mil por día."
Escribe e interpreta lo que escribe, eso es lo que hace este hombre que titula a sus discos "Supone Fonollosa", "Veintegenarios en Albuquerque" y "¿Anem al llit?", entre otros. Pero ni se les ocurra compararlo con el típico cantautor español. Pla actúa y se entrega en escena como quien está ofreciendo lo último que tiene para dar antes de abandonar la Tierra. "Es para explicarme mejor. Cuando estoy en el escenario sólo pienso en el espectador; en que esté bien, que no me eche a patadas. Cuando veo que alguien está cómodo, yo me pongo cómodo."
Viajado y mudado como pocos, Pla dejó temprano su pueblo para trasladarse a Lérida. Luego vivió en Guatemala, regresó a España y volvió a emigrar: pasó un par de temporadas en Brasil, perdido en la selva amazónica. "Siempre me he sentido un poco extranjero, siempre el último en conocer al carpintero del pueblo."
Pla no se siente actor, pero tampoco está seguro de colgarse el cartel de músico. Las definiciones no son para él. "Me siento un poco intruso en todos los oficios y creo que a todo el mundo le pasa un poco. ¿Se darán cuenta algún día? ¿Me van a pillar?"
Lo cierto es que este catalán ha compuesto joyas como "La dejo o no la dejo", la historia de un tipo que se debate entre seguir con su chica terrorista o abandonarla; "Veintegenarios", una pintura sobre Pla y los suyos una década atrás, cuando tomar sol era el plan más interesante; "El lado más bestia de la vida", una adaptación del "Walk On The Wild Side", de Lou Reed, y la ácida "Viva Espanya" ("todos somos prisioneros del pueblo donde nacimos"). Eso, acidez, incomodidad, acción y reacción es lo que provoca Albert Pla en vivo y en directo. Todo puede suceder en un show suyo, todo menos sentir indiferencia.
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