
Un inusitado paseo en góndola por el Río de la Plata
Una cronista se sube a la típica embarcación veneciana y comprueba que se siente más turista que nunca en su propia ciudad
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Hace casi ocho años, cuando fui a Venecia por primera vez, todos me hablaban de los puentes, la basílica de San Marcos y, por supuesto, de las famosas góndolas que se pasean por el Gran Canal. "Tenés que dar un paseo en una", me recomendaban quienes habían estado ahí antes y, por supuesto, se habían subido a una. Aunque en ese entonces todavía no estaba tan instalada como ahora la idea de preferir ser un viajero capaz de camuflarse entre los locales en lugar de un mero turista o visitante que a simple vista está claro que es un intruso, algo me hizo desistir de seguir las recomendaciones que me dieron.
Recuerdo que cuando estaba ahí nada me parecía menos atractivo que aquellas barcas en medio del hermoso caos veneciano donde il vaporetto -la lancha colectivo que utilizan los citadinos para moverse- me resultaba mucho más auténtico que esas embarcaciones copadas por turistas de todo el mundo que, cámara en mano, sacaban mecánicamente millones de fotos por segundo. Mientras miraba espantada esas escenas, pensaba que no era el alto precio material que era necesario desembolsar por sentarse en una góndola (no recuerdo el valor exacto, pero no era nada accesible, sobre todo para bolsillos devaluados como el mío), sino el mucho más elevado costo social. En una palabra: no quería ser una simple turista, sino una viajera experimentada que no cayera en las trampas del turismo convencional.
Lo cierto es que jamás lamenté el no subirme a una; al contrario, sentía hasta cierta satisfacción cuando alguien me preguntaba si finalmente había hecho el paseo típico veneciano y yo contestaba con un "no" rotundo y a continuación agregaba algo desafiante: "No quise, eran para turistas". Pero eso de que nadie resiste un archivo es una máxima ampliamente extendida y, en mi caso, fácilmente comprobable. El sábado pasado me subí a una góndola por primera vez. No fue en Venecia. Fue en Buenos Aires. Y, ¿saben qué? Lo disfruté.
Cinco minutos después de las 18 embarqué junto a una pequeña troupe en la estación fluvial frente al hotel Hilton, en Puerto Madero, desde donde parten los paseos en góndola. Éramos cuatro argentinos -tres adultos y un niño- que decidimos dejar en tierra los prejuicios y calzarnos el traje de turistas en nuestra propia ciudad por algunos minutos: 30 en caso de hacer el recorrido corto (navegación por el Dique 3, pasando por debajo del Puente de la Mujer y por detrás de la Fragata Sarmiento hasta llegar al Dique 4) o 60 en caso de elegir el recorrido largo (igual que el anterior pero con el agregado de la navegación por el Dique 2 y pasada breve frente a Walk y Madero Tango) . En realidad, lo de los prejuicios era una mochila de los grandes porque Tomi, mi hijo, enfundado en su salvavidas naranja, estaba sumamente emocionado ante la idea de subirse al "bote" (sic) y navegar por las aguas del "mar" (sic otra vez).
Lo primero que hicimos como flamantes tripulantes de la góndola fue inmortalizar el momento con una foto. Una vez que estuvimos los cuatro sentados en Dorali, el nombre de la embarcación en la que hicimos el paseo (en total son siete, una totalmente blanca llamada Papa Francisco y otra intervenida con dibujos estilo Milo Locket llamada Antonia, en honor a la hija presidencial), Nicolás, el gondolieri, nos propuso tomarnos una foto con el celular. Por supuesto aceptamos gustosos. ¿Qué clase de turista en su sano juicio no lo haría? No bien me acomodé en los asientos acolchados de color rojo sangre -de un impactante contraste con el negro de la embarcación-, percibí la inconfundible voz de Luciano Pavarotti que salía, limpia, nítida, desde los parlantes instalados dentro de la góndola. Sí, O Sole Mio, el himno a la italianidad, formaba parte de la experiencia y de pronto Puerto Madero, aun con sus modernos rascacielos espejados que nada tienen que ver con el paisaje veneciano, plagado de pintorescos palacetes corroídos por los años y la humedad, se empezó a parecer a esa encantadora ciudad italiana. Por un segundo, acaso dos, yo estuve en Venecia.
De pronto, un grito de felicidad cargado de asombro me volvió a la realidad: a Buenos Aires y este inu-sitado paseo en góndola por el Río de la Plata. Tomi estaba fascinado con los cañones del Buque Corbeta Uruguay, el más antiguo de la Armada Argentina y último exponente de la legendaria Escuadra de Sarmiento que ahora, lejos de las batallas libradas por la revolución y expediciones heroicas -entre ellas a la lejana Antártida-, es un gigante museo flotante en el Dique 4, del lado de la avenida Moreau de Justo. ¡Mirá, mami, un barco pirata!", decía Tomi y la góndola se acercó lo suficiente como para que pudiera darse el gusto personal de tocar el ancla de unos 6000 kilos. Su carita transmitía un entusiasmo del que era imposible no contagiarse aunque tuve que hacer un esfuerzo: por los parlantes ya no sonaba la voz de Pavarotti, sino la de Julio Iglesias, y la fantasía de volver a trasladarme mentalmente a Venecia se desvaneció como por arte de magia. Por suerte, la góndola no se transformó en calabaza.
Promediando el final de la tarde del sábado, el viento empezaba a soplar con fuerza y parecía que un persistente oleaje podía poner fin a nuestro paseo fluvial antes de tiempo. Pero Nicolás, el habilidoso timonel que maniobraba con ductilidad en medio de la adversidad climática, me tranquilizó. "A diferencia de las venecianas, acá todas las góndolas tienen motor porque hay mucho viento y era la única manera en que la Prefectura las aprobara. Además, la profundidad es mucho mayor: en Venecia tenés medio metro hacia abajo hasta tocar el fondo y acá, unos seis o siete. Sí o sí necesitas el motor", explicó.
¿Otras diferencias con las originales? "La forma. Allá el casco es curvado y los extremos tienen la forma de una banana. Acá las góndolas son más planas, justamente por el viento y para adaptarlas a las condiciones de navegación locales", explicó el timonel. "¿Y para qué sirve el remo, si no es para impulsar la embarcación?", me preguntaba para mis adentros pero no fue necesario trasladar mi inquietud: Nicolás se adelantó. "El remo es el que da la dirección deseada". Por lo demás, comprobé que las góndolas porteñas se parecían bastante a las venecianas: de color negro y con un caballo dorado a cada costado, tal cual las originales.
Mientras cruzábamos el Puente de la Mujer -visto desde abajo comprobé que es aún más cautivante- Nicolás me contó algunas historias curiosas desde que las góndolas comenzaron a navegar por Puerto Madero, en diciembre pasado. "¿Es cierto que la gente usa las góndolas para comprometerse?", quise saber, y Nicolás me confirmó que era uno de los usos principales. "El Día de los Enamorados trabajamos a full, hasta las tres de la mañana". En esos casos, la copa de espumante y la noche, si es posible con luna llena, son los aditivos que más suman para lograr el "sí" buscado. Y también la música: ya no suena ni Pavarotti ni Julio Iglesias (aunque nunca se sabe) y en cambio se puede pedir una playlistromántica o llevar el cable USB y bajar la música desde el celular.
En esa góndola yo no era una novia, ni una joven enamorada. Nunca como ese sábado me sentí más turista, en especial cuando, desde los barcos amarrados y desde los botes a remo que pasaban como rayos o desde las calles adyacentes, nos miraban y nos tomaban fotos como si fuéramos una curiosidad digna de retratar. "¡Nos están sacando una foto!", gritaba mi hijo alegremente mientras sonreía y saludaba hacia las cámaras de alta resolución de los smartphones. Yo también sonreí. Después de todo, ese día y en esa góndola, era una turista más. Y no estuvo nada mal.
Una experiencia ideal para hacer de a seis
La góndolas funcionan los viernes, sábados, domingos y feriados, desde las 16 hasta las 24. Parten desde Olga Cossettini y Macacha Güemes y tienen una capacidad para hasta seis personas. Informes: www.gondolasturisticas.com






