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Mientras charlamos, Beatriz de Santa Coloma me cuenta que en los largos veranos que pasó en Victoria, Entre Ríos, cuando era chica, y luego en Córdoba se dedicaba a juntar plantas que después pintaba en acuarelas y guardaba en herbarios. En aquella época, Beatriz pensaba en naturalistas y se enamoraba del monte nativo, tratando de descifrar las características de cada plantita y emocionándose con sus flores y perfumes salvajes.

En los años ochenta, ya casada con Fernán Santa Coloma y con tres hijos chicos, se hicieron cargo de una parte del campo familiar de su marido, en el pueblo que lleva su nombre, cerca de la localidad de San Antonio de Areco, al norte de la provincia de Buenos Aires. El sector que les tocó tenía un tambo que ya no estaba en funcionamiento, con un gran galpón de ordeñe, y unos pocos árboles, entre los que se encontraban un viejo paraíso y un ceibo.

El arquitecto y artista Luis "Tatato" Benedit, que era su gran amigo, hizo de árbitro en las charlas donde Beatriz y Fernán exponían sus ideas. Sin ningún plano, reformaron el galpón para convertirlo en la casa. La rampa por donde subían las vacas se transformó en la terraza, el corral de encierre en el jardín italiano, y el sótano sigue funcionando para guardar los dulces caseros y los quesos, el último emprendimiento de Beatriz.
Benedit también ayudó en la construcción de las fuentes, las balaustradas y el jardín de reminiscencias italianas. Todo lo llevaba a cabo un albañil que lograba materializar las ideas que Beatriz traía de sus viajes.Las mayores influencias llegaron de Inglaterra, Portugal y, sobre todo, de Italia. Allí, más precisamente en Roma, vivía su hija, muy cerca de la Villa Doria Pamphili, paradigma del jardín italianizante. Ese estilo inspiró el diseño de los diferentes solados, balaustradas, cercos podados y fuentes.

Cuando la casa estuvo terminada y llegó el tiempo de avanzar con el proyecto del parque, Beatriz decidió estudiar y aprender. Desde entonces, se ha formado en los cursos de la Sociedad Argentina de Horticultura, institución a la que pertenece.
Su gran pasión siempre fue el reconocimiento y la clasificación de plantas, tanto que hoy sigue integrando el equipo de reconocimiento de especies. A la hora de empezar el parque en esa loma pelada, plantó casuarinas para que actuaran como una barrera de protección contra los vientos del sur. Luego, gracias a la ayuda de un matrimonio siciliano que traía de su país natal la idea del jardín como huerto, comenzó a colonizar los diferentes sectores alrededor de la casa y de a poco fue corriendo los alambrados para agrandar el parque. Ellos fueron los que le regalaron su primera rosa antigua, una damacena, la ‘Duc de Cambridge’.
A Beatriz le interesaron siempre las plantas autóctonas, y a pesar de que muy pocos viveros las producían a mediados de los años ochenta, plantó un monte entero de especies como lapachos, jacarandás, tipas y timbós. Muchos inviernos tuvo que tapar las pequeñas plantas para que no se helaran. Gracias a eso, hoy tiene un verdadero arboreto donde conviven múltiples ejemplares.
Como la casa mira al pueblo, Beatriz plantó algunas coníferas para no ver las luces de noche y sentirse verdaderamente en el campo.

Cuando terminó la plantación de los montes, empezó a dibujar el jardín propiamente dicho, e inspirada por sus viajes, decidió hacer un jardín de habitaciones, como aquellos que tantas veces había visto en Europa. Así, alrededor de la casa se ubicaron las distintas "habitaciones": el jardín italiano, con fuentes y partèrres, donde plantó las primeras rosas ‘New Down’, ‘Sombreuille’, ‘Compassion’ y ‘Westerland’; el jardín de los frutales, que se continúa en una avenida de ciruelos genoveses. También existe un invernáculo para las crasas y suculentas.
Durante los cursos de horticultura, descubrió algunas rosas que le gustaban, y en sus visitas de fin de semana a viveros, conoció a Cristel Vidal, de San Pedro, que conservaba rosas antiguas, rosas híbridas de té y rosas inglesas. A Beatriz le llamaban la atención determinados nombres románticos, el perfume y los colores de las que resultaban siempre rosas antiguas. Y que eran las que siempre funcionaban, ya que tienen una gran adaptación sin requerir cuidados especiales ni podas, a diferencia de las híbridas de té.

Con su amigo Rafael Maino empezó a compartir el gusto por estas flores y a hacer excursiones de búsqueda para conocer más sobre el mundo de las rosas antiguas. De alguna manera, ambos se convirtieron en una suerte de contrabandistas, siempre con una tijera en la cartera, para hacerse de algún gajo.
A partir de un gacebo regalo de Francisco Ezcurra, que perteneció a la antigua estancia de la familia, nació la primera rosaleda. Y sobre el concepto del eje óptico que partió de un primer arco y se continuó en más arcos, para sostener a las rosas trepadoras rodeadas de canteros con salvias y coreopsis que acompañan a las rosas arbustivas. Hoy es Ariel Lobo quien la ayuda con el jardín. Además de ser un amante y conocedor de las rosas, es un excelente herrero y es quien hace los arcos que sostienen las rosas trepadoras.
En el jardín Beatriz encontró un equilibrio para llevar adelante su profesión de médica psiquiatra y, por otro lado, también es un lugar de creación, donde imaginar y llevar a cabo diferentes ideas. Pero sobre todo es un jardín de experimentación, en donde todo el tiempo está probando qué plantas funcionan y cómo se desarrollan, porque su mayor interés reside en el mundo botánico.
Por Ernestina Anchorena.
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