Un lugar (cualquiera) en el mundo

Hernán Iglesias Illa
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25 de abril de 2015  

Después de casi una década afuera, hace un año y un mes volví a vivir en Buenos Aires. Mis amigos y la gente que conozco a veces me preguntan cómo me siento, si me adapté a esta ciudad, si extraño Nueva York. Nunca sé qué contestar. Para mí, que vivo, al menos en parte, de rumiar sobre las sutilezas de la vida cotidiana, esta falta de respuesta es un fracaso. ¿Cómo puede ser que justo yo, que se supone soy un experto en hacer grandes teorías sobre los temas más insignificantes, no pueda decidir si al mudarme a Buenos Aires gané o perdí algo, si ahora soy más feliz que antes, si Buenos Aires es mejor o peor que Nueva York?

Es lamentable, pero es la verdad. Después de un año sigo sin tener nada revelador para decir sobre mi mudanza.

Tengo, igual, dos o tres respuestas con las cuales lleno, en general, los vacíos de las conversaciones. Menciono mis problemas con las burocracias argentinas para sacar mis muebles del contenedor donde estuvieron en el puerto, mis problemas para sacar una cuenta en un banco (regulaciones recientes del Banco Central lo hicieron, aparentemente, mucho más difícil), mis problemas para anotarme en una obra social. Pero también digo que todos los países, aunque ninguno como la Argentina, son complicados para los recién llegados. Menciono, por supuesto, que ahora vivo cerca de mi familia y mis amigos, y que eso aumenta mi felicidad, pero no dice nada sobre la calidad de vida de Buenos Aires o Nueva York.

Otro punto que a veces menciono es que en Nueva York yo trabajaba solo, encerrado en un cuartito con una computadora, escribiendo todo el día, y en Buenos Aires salgo todas las mañanas hacia un lugar de trabajo donde interactúo con gente, tengo reuniones, trabajo en equipo. El cambio más importante en mi vida cotidiana no es el reemplazo de Nueva York por Buenos Aires, argumento, sino la salida de mi monasterio de escritura a la colmena urbana de relaciones diarias y almuerzos compartidos.

Mucha gente, de todas maneras, me pide una especie de evaluación, un juicio. Están los que me preguntan, medio en broma, pero bastante en serio, cómo pude abandonar Nueva York para vivir en este país invivible (suelen ser, aunque no siempre, antikirchneristas). Y hay otros que me dicen que mi transición debe de haber sido fácil porque Buenos Aires es una metrópoli global comparable con Nueva York (éstos suelen ser, aunque no siempre, kirchneristas). Ninguno de los dos tienen razón (ni la Argentina es un país invivible ni Buenos Aires es una metrópoli global comparable con Nueva York), pero tampoco para ellos tengo una buena respuesta.

Lo que tengo para decir es bastante más aburrido, y es que tengo la sensación de que puedo vivir en cualquier lado y que me afecta bastante poco el contexto a mi alrededor. No lo puedo probar, porque para ello debería mudarme a un lugar verdaderamente inhóspito, pero creo que si tengo Wi-Fi, un lugar para escribir y a mi mujer (¡no en ese orden!), puedo vivir en casi cualquier lado, fuera de lugares en guerra o con climas auténticamente insoportables.

No sé si esto me convierte en un esclarecido que ha aprendido un secreto de la vida o si me convierte en un adulto-adolescente narcisista incapaz de compenetrarse con el lugar donde vive, pero genuinamente siento que no necesito mucho más. Lo que sí es adolescente es vivir planificando la próxima mudanza, como un alivio o una escapatoria, como un Lucky Luke que parte sobre su caballo hacia el atardecer. Tuve esa ansiedad mucho tiempo. Ahora, y esto también es verdad, ya no.

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