
Un paseo por las colinas y las palaciegas mansiones que inspiraron a Jane Austen

Para los amantes de las novelas de Jane Austen no hay lugar como esos pueblos perdidos en las colinas de la campiña inglesa. Todas sus novelas abordaban temas importantes para la sociedad en la que le tocó vivir los tiempos de la Regencia inglesa, importante período de transición entre las épocas Georgiana y Victoriana, que se destacó por la construcción de magníficos edificios, el refinamiento, la elegancia y también por su frivolidad y ostentación.
Tal vez la más conocida sea Orgullo y prejuicio. En ella, Miss Bennet y Mister Darcy juegan uno de los amoríos novelescos más conocidos de los últimos 300 años. Las imágenes que retrataba la célebre autora inglesa en sus páginas –y plasmadas decenas de veces en la pantalla–, muestran las verdes colinas, cielos azules (a veces escasos) e imponentes y palaciegas mansiones.
Bailes y festejos acompañan los desvelos de los protagonistas y también sirven de claro ejemplo, a veces tiznado por razones sociales y económicas, de las costumbres y pasatiempos que rompían la monotonía propia de la vida alejada de los grandes centros urbanos.
Al caminar por la ciudad de Bath, en el condado ceremonial de Somerset y ubicada geográficamente en el sudoeste del país, donde la escritora vivió parte de su vida y escribió algunas de sus novelas, uno se ve transportado a épocas pasadas. Es la única ciudad de Inglaterra nombrada patrimonio de la humanidad por la Unesco, y es una belleza. (A Liverpool por ejemplo se le reconoció su importante historia marítima y, por eso, su puerto y zonas mercantiles recibieron el mismo honor. El Reino Unido cuenta con 29 sitios declarados por la Unesco,)
Los romanos sabían bien lo que hacían cuando decidieron establecer un puesto de avanzada para la extracción de minerales, construir los famosos baños y llamarla Aquae Sulis ( las Aguas de Sulis) en el año 43 d.C. Desde ese momento, la ciudad cobró importancia y forjó su historia con el paso del tiempo.
Caminar es la manera perfecta para conocer Bath, y sin apuro, ya que cada rincón cuenta una historia diversa. Comenzamos por los baños romanos y no podemos creer que sigan en pie las columnas que circundan la piscina llena de la humeante agua termal. Imagino a los legados y prefectos de las legiones, funcionarios y terratenientes togados compartiendo impresiones o disfrutando de un momento de paz y calma. Me sorprende la tozudez del Senado, que llevaba sus costumbres a los rincones más alejados de su mundo conocido.
Justo frente a los baños se levanta la famosa Abadía, construida en el siglo VI y donde se coronó Edgar el Pacífico como rey de Inglaterra. Fiel reflejo de la arquitectura gótica, con sus vitreaux y luminosos paneles, sus bóvedas de abanico y las innumerables placas conmemorativas que se encuentran por todos lados y demuestran la finitud de la vida.
Termino en el famoso Royal Crescent, tan sólo a diez minutos a pie. Esta “medialuna” conformada por 30 casas unidas por 114 columnas jónicas fueron, son y serán el summun de la elegancia de la ciudad. Pero en su construcción se oculta, dicen los que saben, un símbolo masónico. A 200 metros se encuentra el famoso Circus, terrazas de edificios construidos en forma circular y con el mismo estilo arquitectónico que el Crescent. El arquitecto tomó las mismas medidas del monumento del neolítico de Stonhege ya que consideraba que Bath había sido un centro Druida muy importante y visto desde el aire tanto el Crescent como el Circus forman y simbolizan el Sol y la Luna masónica.
De esta manera y en tan sólo una tarde se recorren casi dos mil años de una parte de la historia de la humanidad.







