
Un pelirrojo con sangre negra
Nico Cota acaba de lanzar su primer álbum solista. En The solo, que presentará en vivo en marzo, se muestra por primera vez como compositor, cantante y autor.
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Ve la foto. El está sentado junto al equipo de música de su padre, frente a unos parlantes que le parecen gigantes, escuchando desde Stevie Wonder hasta Piazzolla, mucho jazz, también flamenco. "Tengo muy claro cuándo fue que la música me pegó fuerte -cuenta Nicolás Cota, Nico para casi todo el mundo, mientras repasa imágenes archivadas entre recuerdos-. Era muy chico, y mi viejo me agarraba las manos, así, para que siguiera el ritmo golpeando los dedos en el borde de la mesa. Fue un estímulo grosso."
Cuando creció, el señor Cota le contó a su hijo que, aunque entonces no hablaba demasiado, ya se las ingeniaba para seleccionar qué quería escuchar. "Dice que yo le señalaba los discos que tenía que poner y que me copaba con La consagración de la primavera, de Stravinsky. De ahí debe venir lo de DJ (su segunda profesión), porque me encantaba el olor de los vinilos", remata el flashback preescolar.
Ahora, a los 29 años, y con doce de carrera profesional -después de tocar aquí y allá, Popart acaba de editar su primer álbum solista, The Solo-, Cota admite que aunque para él siempre fue muy natural jugar con la música, su idea adolescente era ser dibujante. Consecuente con sus convicciones, cursó tres años en Bellas Artes y, para escapar a los cuatro siguientes de magisterio, terminó el secundario en otro colegio dispuesto a ingresar más tarde en la Pueyrredón. "Pero me hice de un montón de amigos músicos y ahí me di cuenta qué era lo que quería."
En la línea del tiempo
Tirado en un sillón de un bar de Palermo -su barrio, desde siempre (actualmente vive en un departamento que era de su madre, donde pasó parte de su infancia)-, Nico traza una línea de tiempo imaginaria y marca sobre ella los hitos de su carrera. Un camino ondulante que parte de los 17 años, cuando empezó como percusionista con Luis Salinas. "Tocamos en mil lugares, pero las jam de Oliverio de los domingos fueron como una escuela", reconoce.
En lo sucesivo, cada una de las huellas que pisan la ruta sonora de Cota son muy diferentes a ésta. Basta saber que después de tres años metido en el exigente ambiente del jazz -"estaba rindiendo examen todo el tiempo"-, en 1993 se sumó a los Illya Kuryaki. "Fue como irse a otro mundo, usar otra parte de la cabeza -compara-. Entonces, ya tocaba otras cosas, bajo, batería, teclados, y con los chicos empecé a poner en práctica eso". Una especie de antesala multiinstrumental a su integración en la banda de Fito, con el que trabajó desde la gira de Circo Beat hasta la grabación del disco Enemigos íntimos, que reunió a la efímera pareja Sabina-Páez. "Con Fito conocí el mundo. Agarré el mejor momento, la época que vino después de El amor después del amor -evalúa-. Pero, sobre todo, aprendí un montón".
Entre un flaco y otro. Es ahí, en 1997, donde el músico que también recorrió el interior con Divididos y tocó con los Ratones en Vivo paranoico subraya con trazo "emocional" el último gran hito de su carrera, antes de The Solo. "Lo de Luis (Spinetta) fue mágico. Laburar con él es otra cosa, hay otra energía. Y el disco, Estrelicia MTV unplugged, es increíble, todo, desde los ensayos hasta la presentación en Miami -relata admirado-. Había que preparar un show con cosas viejas e inéditas de Luis y, como él es muy libre con los arreglos de cada uno, de repente te encontrabas haciéndole cosas a Los libros de la buena memoria. Eso fue muy fuerte..."
Sin embargo, el "masterplan" de su carrera se cumplió ahora, con la edición de su material solista. "Arranqué por otro lado, pero siempre soñé con grabar mi música y cantarla", dice, satisfecho con el resultado de un disco difícil de encasillar desde lo genérico ("es como una ensalada de lo que a mí me gusta"), pero con un denominador común: la música negra, por donde pasa todo trabajo marca Cota -aun frente a las bandejas, actualmente como DJ de las fiestas del Club 69-.
Muy bien acompañado, y sin dejar los teclados, ni la percusión, ni las máquinas, en The Solo finalmente quedan en evidencia otras caras del mismo músico: las de compositor, cantante y autor de un disco de 20 tracks, articulado entre temas y situaciones (textos con audio de teléfono, pruebas de estudio, zapadas) que componen un collage lleno de detalles bien cuidados. "El abanico es amplio, hay hip hop, melodías ciudadanas y, en el extremo, Aftermath sunday: una balada de jazz de diez minutos con un audio crudo", define Cota. En la voz de ese contestador automático habla la Srta. Krum. (¿Algo que ver con la "Pao" a la que le agradece su amor y apoyo en el disco? Sí, por supuesto).
Ni artista multitutti ni DJ. Todo. "Soy un músico que exploró -se define-. Me pongo en el lugar donde más rindo para el mismo fin, la música. Y, lo más importante, que del otro lado se huela el perfume que quise dejar." Un romántico.
Nicolás Cota
- Familia clase media baja, oriunda de Palermo, en la casa de los Cota siempre se respiró música. Antes de que Nico aprendiera a hablar, su padre ya le había contagiado su devoción por diferentes géneros.
- A los 17 años empezó su carrera profesional en el ambiente del jazz, como percusionista de Luis Salinas. Después, su camino se abrió hacia el rock y tocó con los Illya Kuryaki, Fito Páez, Luis Alberto Spinetta y Divididos.
- Músico y DJ -amante de la música negra-, a los 29 años disfruta haber cumplido el sueño del pibe: grabar un disco con composiciones y letras propias, en el que también saca a relucir su voz.






