
Un restaurante unipersonal: la vaca, la huerta y la cocina de hierro
Me desperté pensando en ella. Tomé con duda un lápiz y comencé a dibujar, copiando de una foto su cuerpo desnudo. Cuando mejor hacía mi trazo era cuando la mano recorría el papel con seguridad, haciendo líneas profundas y extensas, casi grietas que agujereaban el papel, recogiendo sus pensamientos, detallándolos en el ir y venir del dibujo.
Ella tenía una pequeña chacra lindera al pueblo. Su casa era como un restaurante, unipersonal, que recibía gente a almorzar. Servía un menú fijo, y en una mesa, en el centro del comedor, siempre había un enorme pan delicioso sobre una tabla con un cuchillo serrado, una damajuana de un vino tinto que un bodeguero hacía todos los años para ella, un enorme florero, su famosa manteca y un decantador de aceite de oliva.
En primavera, su huerta comenzaba a florecer y la cocina de la casa parecía estar siempre alerta, entre hierbas, huevos de gallinas colloncas y perdices coloradas que a veces servía al escabeche.
Cuando caminaba entre las cacerolas, la alacena y la heladera parecía como si ningún paso fuera desperdiciado. Todo lo hacía con una precisión y calma arraigadas en la práctica de cocina de simples sabores campestres. Su secreto para poder hacerlo todo sola era su enorme y antigua cocina de leña, que por su extensión tenía todas las temperaturas sobre su cubierta de hierro fundido. Allí podía tener una sartén fritando en aceite de oliva muy caliente una docena de mínimos alcauciles enteros y en el otro extremo una asadera de manzanas asadas al horno manteniéndose tibias durante todo el almuerzo para ser servidas.

Ese día, al despertar, nos habíamos sentado afuera a tomar el desayuno. Allí, entre café y café, con sendos peroles en las faldas, recibimos los contenidos de las verdes y crujientes vainas: arvejas, pequeñas perlas verdes, dulces y tiernas. Ella buscó un puñado de escalonias y puso sobre la mesada la sal de mar y un enorme pan de manteca amarilla hecho con la leche de la vaca jersey Ramona, que siempre rumiaba por el parque con sus pelos lustrosos como si hubiera ido a la peluquería. Cuando cocinaba, llevaba sobre el nudo del delantal blanco atado adelante un pequeño cuchillo de oficio muy afilado en su vaina de cuero gastado. Era, junto con una cuchara grande de plata que estaba siempre dentro del bolsillo de su chaqueta, sus herramientas predilectas, las únicas que utilizaba.
Al llegar, los comensales hacían sonar una campana de bronce. Ella, dando dos pasos, movía sus cacerolas y sartenes lejos del calor abrupto donde cocinaba sus manjares hacia las esquinas tibias para que nada se quemara. Luego, salía a recibirlos, los ubicaba en la mesa y los invitaba a que se sirvieran vino y pan. Era admirable ver cómo su enorme cocina de hierro cuidaba de la comida mientras ella salía a recibir a la veintena de comensales que recibía cada día.
Dos enormes puertas, que comunicaban el comedor con la cocina, quedaban abiertas, y desde sus fuegos ella podía ver cómo estaban sus visitantes.
Siempre que tenía unos minutos libres iba al comedor a desbarasar platos sucios, levantar los cubiertos y copas. Todo terminaba sobre unos enormes estantes de vieja madera cerca de las bachas de lavado. Ella lavaría por la tarde.
Cuando la visitaba no me dejaba ayudarla. Siempre me quedaba sentado fingiendo leer un libro, pero más bien lleno de admiración al observarla.
Con sonrisas y sin apuros, parecía como si el mundo hubiera sido hecho para ella, como si los demás viviéramos en universos ficticios. Su secreto era sencillo y tenaz: una vaca, una huerta, unas gallinas y una enorme cocina de hierro que comandaba con la sola mirada.




