Un salto al vacío
Sentimientos extremos en la ciudad de los mil amantes
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No me considero un tipo netamente aventurero, si bien en estas casi dos décadas de viajes me he acostumbrado a estar al límite en muchas y diferentes situaciones.
Al acostumbrarme desde muy chico al vuelo de la imaginación a través de la lectura, mis primeros viajes los realicé de esta maravillosa manera; cuando me toca hacer algo realmente fuera de lo ordinario, donde interviene lo físico, me siento a veces como un pez fuera del agua. La miopía acuciante desde temprana edad, debo reconocer, ha hecho de mí un voluntarioso más que un talentoso para los deportes, sobre todo los extremos. Pero –siempre parece haber un pero– mi eterna curiosidad por las cosas puede más.
Y así me encontré a más de doscientos metros de altura a punto de tirarme al vacío.
Llegué a Auckland en una lindísima jornada de verano. Si bien no es la capital de Nueva Zelanda, orgullo que se lo lleva Wellington, al sur de la isla norte, sí es la más importante a nivel económico y concentra la cuarta parte de los habitantes del país. Se la llama City of sails, la ciudad de las velas o veleros, ya que tiene el mayor porcentaje per cápita de embarcaciones del mundo.
Los maoríes, motor espiritual del país, la llaman Ta-maki Makau Rau o Akarana, que significa los mil amantes de la ciudad, por la cantidad de veces que fue conquistada, y tiene la mayor población polinesia del mundo. Si bien una gran parte desciende de los europeos, el espíritu y la fortaleza maorí se sienten en todas partes.
Dentro del programa de actividades que me esperaba aquí había dos que me llamaban la atención. La primera era salir a navegar por la bahía de Auckland a bordo del velero utilizado en la Copa América por los neozelandeses. La segunda era visitar la famosa Sky Tower, tal vez el lugar más significativo, donde, me dijeron iba a hacer algo que no había hecho nunca.
Es increíble aprender el maravilloso arte de la competición náutica a bordo de una de las embarcaciones más conocidas del mundo, escorado y tomando un viento de quince nudos. Con el skipper explicándome cada uno de los rudimentos técnicos más importantes para sumarme un rato después y por unos buenos minutos al equipo.
Pero una vez terminada esta actividad, mi curiosidad ya había hecho mella. De qué se trataba esto de hacer algo nuevo. No tuve más remedio que dirigirme rápidamente a la torre de 328 metros de altura, encargada de las telecomunicaciones y de la difusión de radio y televisión, y que se encuentra en el centro de la ciudad, para descubrir lo que me esperaba.
Skyjump, una sola palabra para describir la locura en la que estaba a punto de embarcarme. Simplemente uno sube vestido con un overol azul hasta el mirador, a poco más de doscientos metros. Se somete a la charla técnica de seguridad, se pone unos arneses y sale a la plataforma de salto. Mira al vacío, en este caso los transeúntes y autos que parecen miniaturas, y se deja caer, teniendo como punto de aterrizaje –me tomo la libertad de llamarlo así– una de las esquinas más transitadas de la ciudad.
Los edificios de alrededor son enanos en comparación con la torre; uno de los encargados me avisa escuetamente que va a contar hasta tres y que si no me tiro –no hay vuelta atrás una vez que estoy en este estadio de la atracción–, educadamente me va a empujar para no retrasar a las personas que esperan ansiosas su salto.
La cantidad de cosas que se me cruzaron por la cabeza. ¡Si con la magnífica vista me bastaba! ¡Quién me mandó a ser tan curioso! Seguidas, lógicamente, de irreproducibles palabras para esta casta columna. Les puedo asegurar que fueron los tres segundos más largos en mucho tiempo. Amén de la tremenda afonía causada por mi grito al pegar el salto.






