
Un tigre de Bengala anestesiado y 45 minutos para actuar
Una cronista es testigo del momento en que Kumari, una tigresa blanca, es monitoreada en el hospital veterinario de Temaikén
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Duerme producto de un dardo cargado de sedantes disparado certarmente en su lomo. En el quirófano, la adrenalina fluye como lava de un volcán. El tiempo es un factor apremiante que pasma el aliento. Ese estrés controlado, disimulado por años de oficio, se expresa en los veinte cuerpos que me rodean en el Hospital Veteriano de Temaikén. Hay roles preestablecidos y ningún margen para el error. Puro trabajo en equipo; extrema sincronización y coordinación. Veterinarios y cuidadores deben actuar con celeridad: extraer su cuerpo inerte de la jaula móvil que la traslada y recostarla en la camilla para la "intervención". Tienen 45 minutos para actuar. No más. Un mal cálculo en el refuerzo anestésico, la impericia en la intubación endotraqueal y la princesa podría despertar y reaccionar. Con un exceso en la dosis, incluso, morir. Hay tecnología de vanguardia para la reanimación y lleva sus extremidades sujetas con sogas. Con paños elásticos le vendan sus ominosas uñas retráctiles. El equipo debe proceder a resguardo y la faena es muy poco habitual: realizarle el primer examen clínico a Kumari, la tigresa blanca de Bengala, de 108 kg y un año y medio de edad, arribada hace un mes desde el zoo de Batán.
El procedimiento clínico permitirá establecer si es apta para integrar el programa de reproducción y preservación de su especie. Hay que descartar insuficiencias renales y cardíacas, infecciones uterinas, falencias reproductivas y chequear su estado óseo. Si su organismo prueba ser sano, en un año, cuando se disparen sus estrógenos, podrá aparearse con el rey Sandokán: el otro tigre blanco, de 200 kg y un carisma y docilidad infrecuente en su especie. En Temaikén, a las diferentes especies, incluidos los felinos, no se las humaniza ni amansa. Se les preserva su instinto, estimulándoles sus comportamiento natural.
Kumari (que en hindi significa princesa), nació en el zoo porteño, y hoy, gracias al programa de intercambio de especies, la pareja de níveos felinos son las estrellas del bioparque de Escobar. Amenazados en su hábitat, la mayoría de los tigres de Bengala (Panthera tigris) en Asia-en especial los blancos, que heredan dos copias de un gen recesivo que empalidece su coloración-, vive en cautiverio. El hombre (siempre un adelantado) ha sido su mayor depredador. Al diezmar su hábitat y reducir sus presas, hoy sólo unos 1400 ejemplares permanecen en estado salvaje en India, Bután y Bangladés; la mitad que una década atrás.
Treinta minutos antes de que esta piel de rayas chocolate y ojos cielo, entronizada en la camilla, me obligue a enmudecer, el veterinario Martín Falzone durmió a Kumari en su ambiente: sedada pero todavía consciente, le colocaron un catéter endovenoso en su pata izquierda hasta que fue perdiendo coordinación y ferocidad. Su anatomía se tornó laxa, ingobernable. Sus patas traseras claudicaron primero. Las delanteras sucumbieron después. Desconcertada, se recostó arriba de la paja-cama sobre la cual duerme, en el sector de bretes, un ambiente techado, calefaccionado y con extremas medidas de seguridad. Interconectado a su recinto de exhibición exterior -con árboles para rasguñar y marcar territorio y un espejo de agua donde nadar, que aún la inhibe-, el nuevo hogar de Kumari suma unos 400 m2. Desde allí puede otear-y llamar, como lo hace, mediante vocalizaciones guturales y aullidos-a su futuro fiancé. El altivo Sandokán responde con desinterés. Los tigres son así: animales solitarios, noctámbulos y territoriales.
"No tienen el componente de satisfacción en el sexo", sabré después. Se juntan sólo para preservar su especie. Mientras el dardo surtía efecto, entre las caras familiares de sus cuidadores, Kumari divisó a esta intrusa en la intimidad de sus dominios. Aún mareada, casi borracha, agotó su último hálito de fuerzas: frunció el ceño y su hocico rosa pálido como un acordeón, me disparó una mirada fulminante y exhibiendo sus colmillos abismales, en señal de desaprobación, me profirió un rugido estentóreo. La traducción fue clara: ¡fuera de aquí!
Como un peluche
Ahora, dormida, parece un peluche, casi una ilustración en 3D: Falzone toca con las yemas de sus dedos sus pupilas para monitorear reflejos. Le estira la lengua para acomodar la intubación y cerciorarse de que el oxígeno y la anestesia lleguen directo a sus pulmones. De allí irán al SNC. Con apremio, le extrae sangre. Palpa sus órganos, mientras un ayudante monitorea con estetoscopio y en un display sus signos vitales: frecuencia cardíaca, saturación de oxígeno en sangre, temperatura corporal. Todo va bien. La vacunan con la Triple felina y enseguida, un scanner lee su microchip. Está incrustado de forma subcutánea entre sus paletas. Ése es su DNI: dos números y un código de barra que constatan su identidad. Falzone insiste en escudriñar el rostro de Kumari. "La cara lo dice todo", me dirá después. "Hay que evaluar la profundidad de la anestesia. Al ser inhalatoria se la puede suplementar o revertir con mayor facilidad".
No sucedió lo mismo con Chavo, el tiburón escalandrún más grande del parque, que se descompensó la semana anterior. Afectado por infecciones en el cuerpo, un buzo lo sedó para poder extraerle muestras de sangre y diagnosticarlo. Tenía una infección bacteriana con un absceso, que pudieron drenar. Pero como la anestesia era inyectable, su hígado demoró en metabolizarla. Hubo que practicarle maniobras de reanimación hasta que al final salió. Pero Falzone y su equipo estuvieron 24 horas recuperándolo.
El procedimiento a Kumari entra en la recta final. La ecografía muestra con una nitidez asombrosa su útero, riñones, hígado, bazo, vejiga y estómago. La intimidad de esa imagen me parece irreal.
Me acechan las palabras de Borges y su fascinación por aquellos "tigres visuales" en los grabados de enciclopedias; su nostalgia por los "tigres hechos de palabras" en sus Jungle Books; la definición que él mismo recordó de Chesterton cuando definió al tigre como "un emblema de terrible elegancia". Y el recuerdo-siempre genial- de su desdén por leopardos y jaguares con el decir borgeano de "las manchas me desagradan y no así las rayas". Los tigres de Borges eran imágenes de libros; Kumari es real. La tengo al alcance de mi mano, aunque con veda para tocarla. Sobrevienen luego las placas radiográficas para inspeccionar su silueta cardíaca, campos pulmonares, huesos y columna. No tiene deformaciones y los rayos X mostrarán cartílagos de crecimiento que certifican que a Kumari todavía le falta desarrollarse. Pasar de hembra juvenil-según la jerga-a hembra adulta, para poder ser madre y gestar vida en 100 días.
En un descuido, tras la última placa, aprovecho la ocasión. Me anima la certeza de que jamás tendré una oportunidad así. Con sigilo, entonces, extiendo mi mano en el marasmo de su frente y sien. Mis dedos se hunden en la tersura acolchada de su piel. Me inquieta pensar que si hubiese sido misión del hombre diseñar a la naturaleza, ni Miguel Ángel, ni ningún otro, podrían haber concebido tanta belleza.
Observo la delicadeza con la que vuelven a introducir a Kumari en su jaula móvil. Le han aplicado ya los sueros que la despertarán. Converso con Falzone en una sala, a la espera de que la princesa vuelva a despertar. Me dice que la mayoría de los animales salvajes tiene "pares" domésticos. El de Kumari es el gato que, al igual que ella, esconde sus heces. Aunque los tigres lo hacen para no alertar a sus presas de su presencia.
Julián Estévez, su cuidador, me cuenta lo receptiva que es durante las sesiones de enriquecimiento comportamental. "Todavía está en la etapa destructiva y en un estado de exaltación: ha desguazado todas las cortaderas y plumerillos de su recinto. Prefiere el pollo, a los tres kg de carne de res y cuando le ponemos un trozo dentro de una pelota de mimbre para que la extraiga con sus garras, se ahorra los pasos y destruye la madeja".
Le pregunto si percibe algún tipo de sentimiento para con el hombre. "Creo, -me dice-que ellos perciben las intenciones con las que uno se les acerca. Y creo, también, que a su manera, agradecen las cosas: Si los tratás bien y les das amor, te van a devolver exactamente lo mismo... Sí, para mí eso es afecto".
Regreso para verla despertar. Me agacho y hundo mi mirada en sus ojos aguamarina: "Hola, hermosa", le susurro. Me mira con ojos penetrantes y luego alza, con la delicadeza de una bailarina, una de sus patas a la altura de mi sien. Me corro y lo vuelve a hacer, como si quisiera tocarme. Una reja reforzada nos separa. Sé-y me lo corrobora Falzone-que ése ademán amistoso fue su forma de comunicación... ¿de retribución?
Dicen que las interacciones con los grandes felinos siempre deben culminar con algo positivo, de manera de fijarles esa impresión. Y que ellos demuestran su "afinidad" con las personas, con un saludo explícito, por medio de una fuerte exhalación nasal. Dos días después, cuando regreso a su recinto a visitarla, Kumari, a lo lejos, me ve y resopla.





