
Miguel Ángel Petrecca es poeta y traductor de chino, y decidió pasar una temporada en la metrópolis. por qué la intuición lo llevó a la ciudad a la que casi nadie elegiría para vivir.
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1 - "¿Por qué Shanghái? ¿Por qué Shanghái y no Pekín?". Fue la pregunta que me hizo un amigo cuando le conté por mail que me iba a pasar unos meses a China y que había elegido instalarme en Shanghái. "A Shanghái se va a hacer plata, pero no a estudiar la cultura o la lengua", agregó. La pregunta no era gratuita: al fin y al cabo, si uno va a China para seguir estudiando la lengua y para traducir, Pekín parece ser el lugar indicado. Porque está repleta de escritores y poetas, porque se habla lo que se supone es la base de la lengua estándar, en lugar de un dialecto incomprensible como en Shanghái, y, por último, porque en Pekín está toda la historia del país. ¿Por qué Shanghái, entonces? La pregunta de mi amigo hizo que me planteara por primera vez las razones de una elección que había hecho en forma más bien intuitiva. Tal vez, me dije, porque en mi estadía anterior en China había pasado por esta ciudad dos o tres días, y había sentido el despecho que siempre provocan las grandes ciudades por las que uno pasa fugazmente (la bronca de saber que uno no puede ni siquiera soñar con abarcarlas en tan poco tiempo). Tal vez porque ya había estado un año entero en Pekín, y en esta ocasión quería probar un lugar diferente. O, tal vez, simplemente, porque, como señalan con malicia los chinos de todas partes del país, la comida en Pekín es pésima. Pero ninguna de estas respuestas, aislada o en conjunto, sonaba del todo satisfactoria, así que decidí que era mejor ignorar momentáneamente la pregunta de mi amigo. Pensé que quizá después de pasar un tiempo en Shanghái iba a encontrar una respuesta que me convenciera.
Mientras el avión comienza a bajar, miro desde la ventana pensando de nuevo en esa pregunta. La ciudad se desparrama sobre la llanura y es difícil decir dónde empieza y dónde termina. Lo que se ve es un mosaico caótico, con grandes fragmentos urbanos sucedidos por zonas de campo, ríos y canales de irrigación, autopistas y caminos, monoblocks y pequeñas aldeas. En el centro, donde el tejido se hace más denso, se ve el Huangpu, el río que divide la ciudad en dos distritos: Puxi (al oeste) y Pudong (al este). Pudong es relativamente nuevo: hace casi veinte años era tierra semipantanosa, cubierta por campos de arroz, aldeas y canales. Hoy es el corazón financiero del país y el lugar donde se construyen algunos de los edificios más altos del mundo, que constituyen la postal típica. Puxi, en cambio, es la parte vieja: ahí se asentó y creció, hace varios siglos, la ciudad china, amurallada, y también ahí, fuera de las murallas, se instalaron en el siglo XIX los barrios occidentales, la concesión internacional y la francesa, que hicieron el paisaje característico del lugar. En este caso no había duda posible: entre el nuevo y desangelado Pudong y el viejo Puxi, con mi novia elegimos Puxi sin pensarlo dos veces.
2 - Durante los primeros días en Shanghái, vivimos en un hotel por el centro, mientras nos ponemos en la búsqueda de un departamento. Alquilar uno en una ciudad nueva siempre es delicado, porque la decisión que uno tome respecto del lugar puede condicionar toda la estadía: el barrio determina la conciencia. Un amigo de una provincia del sur de China me contacta con Wang Honglu, un arquitecto dueño de un restaurante de comida de Yunnan que vive en Shanghái y que nos va a ayudar a encontrar departamento. Terminamos alquilando en Zhabei, un antiguo barrio obrero al norte del río Suzhou. La dueña es de Wenzhou, me informa una de las viejas de la agencia, sonriendo en forma sugerente. El dato no es menor: las personas de Wenzhou, una ciudad de la costa este, son siempre etiquetadas como comerciantes adinerados. Llama a la dueña, discuten algo en shanghainés, que no entiendo, luego la misma vieja me dice que espere, que la dueña ya está viniendo. Apoyada sobre una repisa en una pared, con unas manzanas de ofrenda delante, hay una estatua de Guanyin, la diosa budista de la piedad. Les pregunto si son creyentes. La otra vieja, que parece ser más entusiasta respecto de la religión, me responde que sí y me muestra unos libros, escritos por un gurú al que las dos siguen. "Es de Hong Kong. En el libro aparece el número de teléfono, uno puede llamar y hablar con él, y él te soluciona todo problema. Desde China es muy difícil comunicarse, porque hay mucha gente llamando, pero si probás desde Argentina seguro que podés". Luego me regala unos libros de su maestro.
El departamento es en el cuarto piso, pero aparece en los carteles como 3° A, para evitar la homofonía entre cuatro (si) y muerte (también si). El ocho, en cambio, es un número de la buena suerte (porque el sonido remite a "enriquecerse"), y por eso un número de teléfono con muchos ochos puede salir una fortuna. "Eso es cosa del que construyó este edificio –dice la dueña–, porque en la mayoría de los edificios no es así. Hay gente que cree y gente que no". En Wenzhou, por ejemplo, continúa, el tema es con el dieciocho, porque remite a los dieciocho pisos del Infierno. En el departamento vivió anteriormente un matrimonio con una hija. "El hombre era de la policía. Buena gente. No es necesario que cambies la llave". Hay un gran cartel con el ideograma de la felicidad pegado en la puerta, y en las paredes del living cuelgan tres talismanes. Al día siguiente ya estamos viviendo allí. Vemos a un vecino de nuestro piso, un hombre grande, realizando sus ejercicios matinales: camina en círculos, en jogging, dando la vuelta a todo el pasillo, mientras agita los brazos y respira hondo.
3 - Por lo pronto, una buena razón para instalarse en Shanghái y no en Pekín, sobre todo este año, que ya se ha ganado el mote de "uno de los más fríos de las últimas décadas", es el clima. Pasamos fugazmente por la capital china, antes de llegar a Shanghái, y experimentamos temperaturas polares: diez, quince grados bajo cero. Hacía un frío tan inhumano, tan diferente de todo lo que recordaba haber sentido incluso más al norte, que tuvimos que atravesar corriendo el Palacio Prohibido, atravesar corriendo la plaza Tian’anmen, casi sin detenernos para sacar fotos (no me sirvió de nada exhortarme una y otra vez a mí mismo: "El frío es mental, el frío es mental" ).
Un primer paseo por Shanghái permite sentir de inmediato la diferencia. Hace un frío que no debe subestimarse, pero con el abrigo apropiado se puede caminar por la calle sin sufrir. Y, sin embargo, las cosas no son tan simples. Shanghái está al sur del río Yangtzé, que es la línea que divide el norte y el sur del país: pertenecer al sur tiene sus consecuencias. Por ley, en el norte los edificios tienen calefacción central, subsidiada por el gobierno, mientras que en el sur, por lo general, dependen de costosos e ineficaces aires acondicionados que nunca terminan de enfriar del todo los ambientes de la casa. El norte es frío afuera, pero calentito adentro; el sur es un poco menos frío afuera, pero mucho más frío dentro de las casas.
Pensando con cierta nostalgia en la calefacción central de la que gozaba en Pekín, pongo el aire acondicionado al máximo posible y ruego que la habitación se caliente. Después me acerco a la ventana y me dedico a estudiar el panorama del barrio. Si bajo la vista, inmediatamente a la izquierda está Wuzhen, una calle ancha que separa dos bolsones de casas bajas con techos de teja negra y que funciona como un corredor gastronómico: una buena cantidad de las viviendas que dan a esta calle tienen, en su planta baja, algún tipo de local de comida: un local de ravioles de la provincia de Shandong, un puesto de malatang (sopa picante, típica de Sichuan), el restaurante Maestro Xie, de comida sichuanesa, otro de fideos de la provincia de Lanzhou, en el que se ve siempre cuando amasan la pasta, y el "palacio de comida del nordeste". A esto hay que sumar los puestos callejeros, como el de la viejita que vende "tofu apestoso", justo en la puerta del edificio: el olor llega a veces hasta el departamento, ya temprano a la mañana, casi a la misma hora en que desde el patio de la escuela del barrio viene el sonido del himno nacional.
4 - Pienso en las características de mi estadía en esta ciudad: no hay un horizonte a la vista, no tengo, a diferencia de un turista, los días contados con los dedos de la mano, pero tampoco es que planee una residencia a largo plazo: no hay planes de conseguir un trabajo, de echar raíces por tiempo indefinido. Traduzco, escribo, sí, es decir, trabajo, pero el trabajo que hago podría hacerlo en cualquier otra ciudad de China, casi en cualquier otra ciudad de cualquier otro lugar. Cinco meses es un lapso considerable: pienso en los meses que se extienden delante de mí, siento la gravitación de todo ese tiempo, cuento con tiempo de sobra para conocer la ciudad, y esa sobra me genera placer. Me advierto, sin embargo, contra el peligro de confiarme excesivamente, de adquirir algo de la inercia del residente. Es necesario conservar en parte el espíritu del turista, que vive la ciudad un poco angustiado, despidiéndose de ella desde el momento mismo en que llega.

Tal vez por esto hago planes para conocer diferentes partes de la ciudad. Pienso en un alemán que me contó una vez cuál había sido su método para conocer Buenos Aires: cada día agarraba al azar una hoja de la Guía T y se tomaba un colectivo o un subte hasta ahí. Se bajaba y empezaba a caminar. Esta persona no era exactamente un turista: no sé si hay una palabra en castellano para describir el tipo de relación que tenía con Buenos Aires. Sueño con implementar el método del alemán. Paseo por el Bund, con sus impresionantes edificios art déco, construidos por las corporaciones y los bancos occidentales a comienzos del siglo pasado, e imagino un ambicioso proyecto de catalogar cada uno de estos edificios, describirlos minuciosamente uno por uno e investigar su historia, irme por las ramas de las biografías de arquitectos y de habitantes; camino una y otra vez por la antigua concesión francesa, con sus avenidas sombreadas de plátanos y sus villas y jardines espaciosos, o me pierdo por los callejones de los complejos de vivienda Longtang que rodean la avenida Nanjing Xilu. Perderme, de hecho, es lo que más hago. La ciudad parece un enorme dispositivo hecho para que uno se pierda.
Con el tiempo, después de dos o tres meses, percibo que el peligro contra el que me había advertido mentalmente empieza a tomar cuerpo. De modo inconsciente empiezo a asentarme, a echar raíces, y cada vez es mayor el tiempo pasado en los alrededores o en los puntos de un circuito familiar y cada vez menos el tiempo dedicado a incursionar lejos o en lugares nuevos. Hay que admitir, sin embargo, que este cambio se debe en parte a un cambio que experimenta la ciudad misma. Faltando poco para el Año Nuevo, la ciudad comienza a vaciarse aceleradamente, porque muchos de quienes trabajan y estudian en Shanghái vuelven a sus pueblos a pasar la cena de fin de año con la familia: por la calle se ve todo el tiempo gente arrastrando valijas y cargando bolsas con regalos. En este clima de éxodo –muchas de las personas que conozco ya han desertado–, la ciudad no tiene mucho que ofrecer, y parece recomendable concentrarse en la observación de lo que me rodea.
Es de tarde y, sobre la calle Wuzhen, los dueños de los locales lavan los platos y cubiertos en las piletas de la vereda. El turno del mediodía ya pasó y ellos se preparan para la siguiente andanada de clientes, que llegarán como una tromba alrededor de las seis de la tarde. La señora del puesto de ravioles pica una montaña de cilantro, la dueña del restaurante Maestro Xie cuenta dinero en el interior del local. Majun, la dueña de otro puesto de fideos, a la vuelta, al que voy con frecuencia, está sentada, en un momento de pausa, con una expresión un poco abstraída. Este año, me dijo, para la cena de fin de año va a ir a la casa de la hermana: "Tengo que darle un poco de cara a mi hermana, no puedo rechazar otra vez su invitación". No me ve cuando paso delante de su negocio camino a la ferretería. En cambio, un chofer de una motito culona con techo transparente de plástico, con cara de aburrido, me chista. Viste uno de esos largos y pesados sacones verdes, militares, preparados para el invierno más crudo de la parte del norte de China que se toca con la estepa rusa. Tiene incluso una cara casi rusa: bien ancha, blanca, tirando a rojo por el frío. Me da un cigarrillo (debo apreciar el gesto, porque observo que solo le quedan dos) y me empieza a hacer preguntas: quiere saber todo sobre la Argentina. Cuánto se gana, dónde se vive mejor, de qué se consigue trabajo, etcétera. Expresa cierta nostalgia de la era de Mao, en la que tenía un trabajo fijo en una fábrica (lo que los chinos llamaban el "tazón de arroz de hierro"). Ahora está jubilado, pero aun así tiene que salir a trabajar. Hace unos cien renminbi (cien pesos aproximadamente) por día, transportando gente en su precaria motito.
El señor de la ferretería tiene lo que necesito. Vuelvo al departamento, cruzándome con vecinos que salen en pijama a pasear a su perro o que se dirigen al baño público a darse una ducha. Es que la calle es una extensión de la casa: se ve la ropa colgada de los árboles de la plaza, los pescados y embutidos secándose al aire libre. Cuando vuelvo al departamento, me acerco a la ventana. Como cada día, observo al dueño de uno de esos palomares que sube a la terraza siempre a la misma hora y fuma un cigarrillo rodeado de sus palomas.
5 - "Lo vi al Checho Batista ", me dice una amiga argentina con la que me junto a tomar una cerveza. Ella está, en este momento, estudiando chino en una universidad de Shanghái. Vino con la misma beca que me gané yo en 2008. "Estaba en un boliche al que vamos a bailar a veces con mis amigas, y de repente lo vi entrar". Cuando me lo dice no me suena extraño, porque sé que el Checho es el director técnico del Shenhua, un equipo de Shanghái. "En lugar de molestarse o hacerse el divo, se puso contento cuando me acerqué, se ve que tenía ganas de hablar".
El equipo del Checho forma parte de la Super Liga China y cuenta con superestrellas como Drogba y Anelka. El fútbol es una verdadera pasión en China, aunque los chinos odian su fútbol y su selección nacional. Durante años han soportado humillantes derrotas, incluso contra modestos adversarios como Hong Kong o Macao, y han masticado dolorosamente su propio orgullo, confiando siempre en que se trataba de una cuestión de tiempo: de una población de 1.300 millones de habitantes, ¿no sería lógico que terminara por salir un Messi? Pero hoy ya perdieron la paciencia y prefieren no hablar de su seleccionado. Ya perdimos toda esperanza con el fútbol, dicen muchas veces. "Demasiada corrupción", me cuenta alguien a quien le pregunto, tratando de indagar acerca de las razones de este pesimismo.
¿Y cómo veía el fútbol chino el Checho? Le contó a mi amiga que era complicado, porque había presiones externas y también porque a veces era difícil comunicarse, por más que tenía un traductor que se trajo de la Argentina. Tampoco era fácil adaptarse a la vida en un medio tan extraño: la comida, la falta de la familia y los amigos. Ahora, por suerte, se venía el flaco Schiavi a jugar al Shenhua y a hacerle compañía. "Lo volví a ver –terminó mi amiga– dos sábados más tarde, en el mismo boliche. Pero esa vez estaba muy bien acompañado y no daba para acercarse".

6 -
Unos días después de Año Nuevo vamos a Anji, una ciudad a unas tres horas de Shanghái, para ver las plantaciones del "té blanco de Anji". Es, en realidad, un té verde, que debe su nombre al hecho de que, luego de la infusión, sus hojas se ponen de color blanco, casi transparentes, con las nervaduras bien demarcadas y visibles.
La ciudad es ancha, limpia e inesperadamente próspera, llena de casas de juego desde donde llega, a la noche, el ruido de las fichas de majiang, uno de los juegos favoritos de los chinos.
En el restaurante donde cenamos, medio tarde, hay detrás de nuestra mesa una con tres chinos, un europeo y una china. Sirviéndose cada tanto de una botella de whisky, el europeo monologa en forma lenta y segura, aleccionando a los chinos acerca de lo que deberían hacer. La china traduce fielmente del inglés al chino. Cuando termina su monólogo, el europeo nos habla desde su mesa y nos invita a sentarnos con ellos. John es escocés y está en China por negocios: los chinos son sus socios en una fábrica de muebles de bambú, la especialidad de la zona. Trabaja para una empresa escocesa que está en el rubro desde hace más de cien años, tres o cuatro generaciones. Hace diez años, por la competencia china, tuvieron que cerrar la fábrica, y se asociaron con el enemigo.
"¿Ustedes vinieron por negocios?",
nos pregunta.
"No me imagino que nadie pueda venir a esta ciudad perdida salvo por negocios".
Le decimos que venimos por el té.
El escocés es muy sociable, bastante inteligente, aunque algo bruto y despectivo respecto de China, a la que llama "esta tierra abandonada de Dios" ("this god forsaken land").
Cuenta una historia muy interesante, sobre una pelea entre dos ciervos, algo que vio en la ruta, en Escocia: había un ciervo grande, con muchas hembras, y un ciervo joven sin una sola. El ciervo joven le quiso sacar una hembra, se armó una gresca, el viejo se defendió y lo obligó al otro a alejarse derrotado. La traductora habla muy bien inglés, tiene una relación de mucha confianza con el escocés, bromean. En un momento, John le sirve un vaso de whisky y dice que, si no se lo toma, no van a cerrar el trato. Jane mira el vaso con asco y luego mira a los otros chinos, que parecen invitarla tácitamente a cumplir la exigencia del escocés, como si temieran que efectivamente pudiese hacer realidad su amenaza. Jane lo acerca, lo huele y luego, con cara de asco, apura la mitad del vaso, bajo la mirada divertida de John. Descansa y termina la otra mitad, y todos aplauden. Los chinos, por cortesía, van a la caja y se hacen cargo de nuestra cena. Nos despedimos de John.
"Oh, Dios, qué noche de pesadilla me espera",
dice.
7 - En Shanghái todo el mundo que uno se encuentra parece ser de otro lado. De cada diez personas que uno conoce, siete vienen de otra ciudad, de otra provincia. No es tan común encontrarse con un verdadero shanghainés, con un "lao shanghairen" ("viejo shanghainés"), como Gu Gang, poeta y narrador, empleado de una casa editorial del Estado. Gu Gang nació en Shanghái y vive aún hoy en el mismo lugar donde nació, una vieja casa en un callejón de uno de los barrios más antiguos de la ciudad. Trabajó muchos años, hasta el año pasado, en una empresa petrolera. Tenía un puesto alto, ganaba mucha plata y no tenía mucho que hacer. A veces se la pasaba escribiendo poesía dentro de la oficina, pero sentía que no tenía demasiado sentido lo que estaba haciendo. Finalmente, hace un año, decidió abandonar, sin decirle nada a la esposa. Siguió saliendo todos los días a las siete de la mañana, igual que antes, como cuando iba a trabajar. Pero en lugar de ir a la oficina iba a la biblioteca. Como a esa hora la biblioteca todavía no había abierto, hacía tiempo en un parque, mirando a los viejos practicar tai chi chuan. Luego iba a la biblioteca. Siempre era el primero en llegar, sacaba la computadora y se ponía a escribir la novela. Así siguió durante bastante tiempo, hasta que finalmente le contó a su mujer la verdad. En el medio también consiguió trabajo en una editorial. Hoy trabaja casi diez horas por día leyendo textos de otros, en vez de escribir sus propios libros: está cansado pero es relativamente feliz. Hablamos sobre películas, porque Gu Gang es fanático del cine. "Hace un tiempo vi una película argentina", me dice. "Había unos hombres que caminaban para atrás, el director se llamaba...". "Solanas", le digo. "Sí, eso". Luego me cuenta sobre la época de la Revolución Cultural: viene de una familia de intelectuales, y su padre y su abuelo, antes de la liberación, trabajaban y tenían trato con ingleses. Por eso, cuando llegó la Revolución Cultural, fueron objeto de ataques. Cuando tenía nueve años, una banda de guardias rojos entró como una tromba a su casa, sacaron a su abuelo a la fuerza al patio, lo hicieron poner de rodillas y lo insultaron. Luego se lo llevaron, y estuvo preso un tiempo. Desde ese momento, su padre, que era miembro del partido, se volvió antipartido, posición que mantiene hasta ahora. A Gu Gang le gusta la historia, investiga el pasado de Shanghái, sabe los nombres viejos de las calles, las personas que vivieron ahí; sabe muchas historias. "Por esta calle antes pasaba un río", me dice. "De hecho, había muchos ríos en Shanghái. Pienso que Shanghái, de haber mantenido todos esos ríos, hoy tal vez sería una especie de Venecia". Le digo que Buenos Aires también tiene muchos arroyos enterrados, como el Maldonado, el Vega... "Tal vez Buenos Aires también hubiera podido ser otra Venecia", le digo. "Y, en cambio, terminó siendo otra Shanghái", retruca. Se queda pensando y agrega: "Buenos Aires, otra Shanghái. Me parece que suena bien".
8 - De hecho, la analogía entre las dos ciudades no es tan descabellada: Buenos Aires y Shanghái se encuentran ubicadas exactamente en las antípodas, es decir, conectadas por una línea recta que atraviesa el centro de la Tierra. Y los opuestos, como se sabe, se parecen. En todo caso, recordando la pregunta de mi amigo (¿por qué venir a Shanghái?), ahora me animaría a contestarle, sin dudar, que uno no puede perderse la oportunidad de vivir un tiempo en las antípodas de su propia ciudad. O podría decirle que, en un callejón de las antípodas, una tarde, vi a un hombre que dejó de repente lo que estaba haciendo y se detuvo. Desenrolló una manta, se arrodilló sobre ella y rezó durante un minuto. Rezaba en dirección al oeste, apuntando hacia un lugar muy lejano, que estaba en su cabeza. Me quedé pensando que me gustaría ser cómo ese hombre, que, adonde sea que vaya y donde sea que se encuentre, sabe perfectamente de dónde viene. Me quedé pensando que, aunque solo hubiera venido para quedarme con esa imagen, ya es suficiente.





