
Un viaje al corazón de las fragancias de moda
En la fábrica de Chartres se crean algunos de los perfumes más famosos del mundo
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PARÍS
Por momentos se destacan las notas cítricas de One Million, o las orientales y florales de Olympéa. O quizás la presencia amaderada y acuática de Invictus. Un festival olfativo invade la recepción de la fábrica de Chartres, una de las cinco del grupo Puig, donde se envasan 30 millones de perfumes por año. A una hora de París, la planta se ubica en una región libre de polución y elegida por las grandes empresas perfumistas.
La estrella es, sin duda, One Million, de Paco Rabanne. Cuando se lanzó, en 2008, habían previsto una producción de 1,5 millón de piezas y terminaron haciendo tres millones. Al año siguiente, la cifra trepó a 5 millones y, en la actualidad, se producen 8 millones de frascos por año.
Fue un paso muy importante para el crecimiento del grupo y, a raíz de tanta demanda, en los años siguientes fueron automatizando cada vez más las líneas de producción. Se trató de un éxito comercial y también industrial.
A esta planta, construida en 1976, llegan las materias primas que se constituyen y luego se maceran en tanques. Las que requieren más tiempo de almacenamiento son las esencias más antiguas, porque antes se utilizaban para su creación materias primas naturales y eso dificultaba obtener la amplitud total del perfume sin una buena maceración.
Los nuevos pueden estar desde tres hasta 14 días, siempre dependiendo de su fórmula. En total, la planta puede almacenar 300.000 litros, repartidos en contendedores de 500 a 6000 litros.
Cuando el tiempo de espera termina y los aromas están a punto, pasan a las líneas de producción, donde se envasan 1400 productos por hora en cada línea y un total 30 millones por año. Una gran parte de los operarios trabaja desde hace varios años en la fábrica, y lo hace en tres turnos, de lunes a viernes.
En las siete líneas automáticas y dos semiautomáticas se ve todo el proceso, los frascos prolijamente alineados se llenan de esencias únicas, y luego con el packaging listo son enviadas a la planta de Barcelona, para ser distribuidas en los puntos de venta.
Y como cuentan con certificaciones ISO de normas de calidad, seguridad, fabricación y medioambiente (recicla el 97 por ciento de sus residuos) la calidad es estricta. El primer control lo hacen de las materias primas que ingresan a la planta; luego, en las líneas de producción y, al finalizar, sobre los productos terminados.

Aun así el último control lo hace el consumidor: de un millón de productos hay 20 que regresan por problemas de calidad. Cifra que trabajan para llevar a cero: se sabe que con cada producto fallado habrá un cliente que se irá para no volver.
En la ciudad de Chartres todo gira alrededor de los perfumes. Además de la fábrica de Puig hay plantas de Shiseido, Dior, Hermès, Chanel e Yves Saint Laurent, además de subcontratistas y proveedores de componentes y de máquinas. También en las universidades locales desarrollan programas y cursos dedicados a la perfumería, que termina siendo la gran salida laboral para toda la región.
Cuando en 1976 se construyó la planta de Chartres, se hizo para fabricar las fragancias de Paco Rabanne. La primera fue Calandre, un suceso increíble en sus inicios, y luego Paco Rabanne para hombres, que aún es muy buscada.
La entrada a la fábrica todavía conserva el logo de Paco Rabanne, el gran diseñador español que fue también arquitecto formado en la École des Beaux Arts de París, y que entró a la moda creando accesorios para prendas de alta costura. Aunque en 2010 la compañía decidió poner la firma de Puig sobre todas las marcas –y reinando cada planta– aquí dejaron el recuerdo de Paco Rabanne por considerarlo parte sustancial de su historia.
Luego, la compañía adquiriría Carolina Herrera, Antonio Banderas, Nina Ricci, Adolfo Domínguez, Ágatha Ruiz de la Prada, Benetton, Prada, Jean Paul Gaultier y firmaría una licencia con Valentino para crear sus perfumes. Así se sumergió cada vez más en el mundo de la moda.
De alta costura
Las piezas de alta costura, inalcanzables económicamente para muchos, se hicieron más cercanas cuando las grandes maisones de la moda comenzaron a lanzar sus perfumes. La fragancia se convirtió así en la puerta al aspiracional mundo de la moda.
"Damos forma a la imagen de una marca a través de la moda y después trasladamos esa imagen al mundo de las fragancias. Ese es nuestro punto fuerte", es la premisa de Marc Puig, chairman y Ceo de Puig.
Desde la otra vereda, también los diseñadores encontraron en el metier de los aromas otra forma de expresar su creatividad. Y lo hacen desde la creación del jugo y, con mucho énfasis, también en el diseño de los frascos y de los packaging. Su etiqueta debe estar reflejada en todos los detalles.
El primer y más decisivo experimento fue el de Paco Rabanne. Los 12 vestidos imposibles de llevar, que lanzó en 1966 en París, dieron que hablar. En lugar de telas, hilo y aguja utilizó materiales contemporáneos como plásticos y metales en forma de mallas, engranajes, discos… Tanto fue el impacto que Coco Chanel lo rebautizó "el metalúrgico". Su sello fueron las tramas metalizadas, y así lo demuestra un vestido que se exhibe en Chartres, con eslabones ensamblados y chapas doradas.
Entonces llevar esa experiencia a una fragancia era, al menos, un gran desafío. Porque fue en pleno apogeo de Rabanne, a fines de la década de los 60, cuando Mariano y Antonio Puig le propusieron desarrollar su perfume.
Calandre fue pensada desde su concepción: se inspiraron en la fantasía de una mujer que disfrutaba un encuentro sexual en el capó de un auto. Las notas eran florales metálicas (no podía ser de otra manera) y el frasco se inspiró en la sede de las Naciones Unidas de Nueva York, un tributo a la predilección del diseñador por la arquitectura moderna.
Fue el inicio de grandes éxitos, tanto femeninos como masculinos: Black XS, One Million, Invictus y, cuando parecía que estaba todo dicho, llegó Olympéa, del innovador perfumista vietnamita Loc Dong.
Con la alianza con Carolina Herrera, el propósito fue desarrollar fragancias que trasmitieran su estética y personalidad. Además, la venezolana frecuentaba los eventos sociales y artísticos más importantes de Nueva York. Teniendo en cuenta estas características, en 1988 nació Carolina Herrera Eau de Parfum, con acordes de jazmín y nardo que recordaban la niñez, pero en un frasco lujoso y moderno.
Los siguientes lanzamientos estuvieron representados en la línea de perfumes los estampados y cortes de las colecciones que se presentaban en las pasarelas. Es más, Carolina Herrera de Báez, la hija de la diseñadora, es directora creativa de la división de perfumes y los diseña junto a Puig y sus narices Carlos Benaim y Alberto Morillas.
Bien femenina, la maison Nina Ricci encontró buena réplica en sus perfumes, desde el eterno L’Air du Temps (con un frasco joya diseñado por Lalique), sus novedades L’Extase y L’Extase Caresse de Rosses y hasta con los tentadores frascos con forma de manzana de Nina.
Siempre, la premisa es mantener la identidad distintiva de cada marca. Por ejemplo, los perfumistas de Puig suelen viajar a Milán para explorar el ambiente que inspira a Miuccia Prada. Y lo mismo hacen en Roma para recrear el universo que Pierpaolo Piccioli y Maria Grazia Chiuri despliegan en las colecciones de Valentino.
Y cuando puertas adentro se anuncia el lanzamiento de un perfume, desde Chartres preparan las líneas de producción para darle la bienvenida.





