
Una humilde virtud
Señor Sinay
Tengo 22 años, nací en Chubut, y vivo desde hace unos años en la Capital Federal. Un día alguien que me dijo: "Prefiero conocer gente arrogante, porque al menos muestran una convicción, una idea, antes que conocer gente buena y terriblemente ignorante". A lo que respondí: "Puede ser cierto. Pero no por ello hay que dejar de lado la humildad". Me detuve a pensar y llegué a una conclusión incómoda. ¿Podría ser la humildad una cualidad/virtud totalmente ficticia? ¿Es algo positivo o negativo en la personalidad de uno? La humildad no debe ser confundida con la humillación, que es el acto de hacer experimentar en algún otro o en uno mismo una vergonzante sensación, pero a veces la gente no ve la línea delgada entre estas dos. Creo que los seres más humildes son los más sabios, en contra de lo que me dijo aquella persona. Alguien más humilde es más seguro de sí mismo, sabe de su propio nivel de evolución, ¿pero qué tal si estoy equivocado? Cuál es el camino a seguir...
Federico Andrés Lagrèze
Leemos y escuchamos cada día a gente que dice: "Con toda humildad afirmo que..."; "humildemente sostengo..."; "debemos ser más humildes"; "acepto con humildad este honor [premio, candidatura, etcétera] que hoy me confieren". Algunos son personajes públicos y poderosos; otros no. Es una malversación de la humildad. El teólogo reformista Martín Lutero (1483-1546), inspirador del protestantismo, sostenía: "La humildad de los hipócritas es el más grande y el más altanero de los orgullos". Les Luthiers lo confirman con su ironía lúcida y aguda: "Lograrás una humildad que te llenará de orgullo y de soberbia..."
La humildad es una virtud que no puede ser proclamada. Decirse humilde es una flagrante contradicción. Tiene razón nuestro amigo Federico cuando sostiene que no es sinónimo de humillación. Tampoco equivale a pobreza. Humillarse es postrarse ante alguien, a menudo con dolor, con vergüenza o con impotencia. Por otra parte, se puede ser rico y humilde, o pobre y soberbio, dado que esta virtud no alude a posesiones materiales. La humildad es el reconocimiento de la propia dimensión, de los propios alcances, de las propias imposibilidades, de la propia ignorancia. Es fruto del más arduo de los conocimientos, aquel que nos permite vislumbrar quiénes somos de verdad, no quiénes pretendemos o quiénes nos gustaría ser. Se trata del conocimiento de sí mismo. Este discernimiento no se alcanza en el curso de una vida, pero (como decía Carl Jung) su empeño le da sentido a la existencia al ponernos frente a las preguntas más trascendentes. La humildad, en consecuencia, está siempre en proceso; nunca se plasma pues nunca llegamos al fondo de nuestro ser. Proclamarse humilde es jactarse de haber acabado con una tarea imposible. En la sabia y conmovedora novela La mujer justa, del escritor húngaro Sándor Márai (1900-1989), un personaje dice: "Dios nos ha dado a cada uno nuestra propia alma, un alma llena de misterios, como el universo". Nunca se termina de explorar y comprender el universo, ni el externo ni el interno. Sólo desde la soberbia se puede pretender haberlo hecho.
Si Federico teme que la humildad sea una virtud ficticia acaso se deba a que, como escribe el filósofo André Comte-Sponville en Pequeño tratado de las grandes virtudes, "la humildad es una virtud tan humilde que incluso duda de ser una virtud". Pero lo es, sobre todo si aceptamos como virtud una energía que se plasma en acciones que ratifican nuestra humanidad, es decir, en actos que afirman nuestra existencia y la de nuestra especie, y que tienen en cuenta la existencia del otro. Contra lo que piensa quien prefiere al "arrogante que muestra convicción", la arrogancia y la soberbia son sinónimos de ignorancia. Parten de la pretensión de un saber consumado, un saber que jerarquiza y da derecho. Por el contrario, recuerda Comte-Sponville, la humildad es la virtud de "quien sabe que no es Dios". Difícil virtud en una sociedad en la que el poder, el éxito, el dinero, el halago, o las promesas de una tecnología que abdica del humanismo, nos tientan con la idea de que podemos ser dioses. El camino a seguir, Federico, no es fácil hoy: se trata de aceptarnos humanos.
El autor responde cada domingo en esta página inquietudes y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con nuestra manera de vivir, de vincularnos y de afrontar hoy los temas existenciales. Se solicita no exceder los 1000 caracteres.
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