
Una lectura del alma en busca de respuestas sobre el pasado y el futuro
Mi relación con lo esotérico siempre fue casi nula. Recuerdo que una noche de verano, en un bar, me tiraron las cartas. Y alguna que otra vez me leyeron la borra de café y la línea de la mano. Leo el horóscopo casi como si leyera la tira de chistes del diario, aunque reconozco que hay ciertos patrones comunes a los signos del zodíaco, y que de alguna manera los astros influyen en la personalidad. Pero ahí termina (o, mejor dicho, terminaba) mi vínculo con el más allá.
Sin embargo, desde hace un tiempo, mi inquebrantable seguridad de que después de este paso por la Tierra ya no hay nada, empezó a flaquear. No porque se me haya presentado algo o alguien, como les pasa a muchos. No fue una presencia, sino más bien una ausencia, una partida demasiado temprana, la que hizo replantearme ciertas cosas. Y empecé a resistirme a la idea de que todo se termina cuando alguien muere.
"¿Tenés fe?" Una pregunta simple, y a la vez tan compleja. Fe. ¿Dónde se consigue? ¿Dónde se compra? Siempre envidié a quienes son capaces de sentir eso que llaman fe. Como Dalia F. Walker, que es una persona a la que le sobra fe. Que ve cosas que a otros se nos pasan. Que tiene el famoso sexto sentido a flor de piel. Y entonces, en una clara demostración de fe, dejó su trabajo como productora de cine y abrió un local, con la ayuda del croudfunding (financiamiento colectivo) dedicado a lo esotérico -aunque ella prefiere llamarlo tienda de objetos mágicos-, que se llama, precisamente, Fe. Y hacia ahí fui en busca de un poco de eso que me falta y a otros, como a Dalia, les sobra, con la esperanza de que a la pregunta que ella hace desde su página www.somosfe.com.ar yo pudiera, por fin, responder que sí, que tengo fe.
Subí las escaleras de la renovada y con aires de nueva bohemia Galería Patio del Liceo, en avenida Santa Fe (¿casualidad?) 2729. Busqué el local 28 (si, 28, el número que completa la serie Santa Fe 2729, ¿otro guiño del destino?). Y ahí estaba ella, unos 30 años, con un tercer ojo entre ceja y ceja, rodeada de velas de todos colores, estampitas, libros, cartas de tarot y sahumerios con aromas suaves y dulces. Pero no se parecía en nada a una santería, sino más bien a una tienda de objetos lindos que no desentonaría para nada en Palermo.
Dalia iba a ser la encargada de abrir mis registros akáshicos, algo así como un archivo que contiene la memoria del pasado, presente y futuro. Es el cúmulo de experiencias vividas por un ser, "una memoria universal de la existencia" que, aseguran, sirve para conocerse, descubrirse y sanar ciertos dolores del alma. Es como entrar en una enorme biblioteca llena de estantes y libros, donde la bibliotecaria (Dalia, en este caso) busca, abre, lee tu libro -el que contiene toda tu información-, lo cierra y vuelve a ubicarlo en su lugar al terminar la sesión. Para hacer la lectura invoca a seres que le mandan imágenes que ella interpreta, aunque, me contó, otros escuchan voces o sonidos que también son reinterpretados.
Lo primero que hice, a pedido de mi guía espiritual, fue descalzarme para entrar en la salita donde se haría la lectura de mi alma. Había que subir por una escalera estrecha, que desembocaba en una especie de altillo bastante aislado, aunque no lo suficiente como para silenciar los continuos martillazos provenientes de un local vecino que acababa de mudarse a la galería más trendy de Buenos Aires. Lo primero que llamó mi atención fue un mural muy colorido que representaba distintas situaciones del tarot, y que había sido pintado por una amiga artista. Como abajo, había velas, piedras y demás amuletos energéticos, dispuestos por toda la habitación.
Me senté en uno de los almohadones que estaban en el piso, de frente al mural y a mi interlocutora. Mientras tomaba un té, charlamos un rato con los martillazos de fondo, hasta que Dalia decidió salir a pedir silencio. Necesitaba concentración para la lectura de mis registros y sin duda el ruido era una molesta interferencia en la comunicación que debía establecer con los seres que iban a responder a mis preguntas, que yo había llevado anotadas en un papel, como ella me había recomendado. Por las dudas, también me acercó una lista con interrogantes típicos que la gente suele hacer en estas sesiones. ¿Cual es mi misión en esta vida? ¿Cuál es mi karma? ¿ Hay algo de mis vidas pasadas que esté interfiriendo en mi vida actual? La hojeé y decidí tenerla cerca, por si acaso.
Antes de empezar, Dalia anotó en una libretita mi nombre completo y mi fecha de nacimiento. María Laura Reina, 2/9/77. Tomó entre sus manos unas amatistas, hermosas piedras violetas que, según dicen, transmiten energía, y empezó a leer unas oraciones de invocación donde les pedía a esos seres superiores permiso para abrir mis registros akashicos. Yo hice lo mismo. "A partir de ahora, los registros akáshicos de María Laura Reina están abiertos", dijo Dalia, y a mí se me hizo un nudo en el estómago. Me pregunté si no estaría yendo demasiado lejos, y si realmente quería saber lo que esos seres a los que había invocado en esa tarde, tenían para decirme. Dudé. Pero ya estaba ahí, no podía levantarme e irme. Dalia cerró los ojos y me indicó que le hiciera la primera pregunta. Quise saber qué había sido en mi vida pasada. Ella se sonrió. "Es muy obvio, muy literal. La imagen que recibo es de un trono típico de madera... Eras una reina, una reina bastante despótica y muy refinada que marcabas mucha distancia con los demás". Distante, fría, de gustos refinados. ¿Me estaba describiendo? Siguiente pregunta: "¿Soy una buena mamá?" Ahí la imagen que recibía no era tan clara. Me preocupé, quería retirar la pregunta, pero ya era tarde. "Veo a un chico como si quisiera empujarte, apartarte con los brazos... ¿Cómo es tu relación con él?", quiso saber. "Bastante simbiótica"', respondí y entonces la imagen cobró sentido: mi hijo de cuatro años estaba reclamando espacio. Su espacio. Aunque para ser sinceros, creo que la situación es más bien inversa, porque la que ansía más espacio y autonomía suelo ser yo. No la contradije. Reconozco que hay algo de verdad en resistirme a cortar el cordón umbilical.
Después, al fin me animé a hacer la pregunta a la respuesta que había ido a buscar. Pronuncié un nombre, el de esa ausencia que se me vuelve cada vez más presente. Con pocas palabras describió cómo era mi hermana en vida. En esta vida donde nuestras almas coincidieron 32 años. Me estremecí. Si, así era Flor. Pero, ¿ahora? Sigo sin saberlo. Al menos me fui de ahí con una sensación de bienestar y paz. Y con una vela violeta que transmuta la energía negativa en positiva y que ubiqué junto con una foto de ella. "Ahora, ¿tenés fe?" Ésa es otra pregunta que quedará sin respuesta.
Qué es un registro akáshiko
Es definido como el conjunto de experiencias vividas por un ser, una "memoria de la existencia", cuya lectura adecuada sirve para conocerse a sí mismo y sanar los dolores del alma






