Una olla, el objeto de culto foodie
Es eléctrica y de cocción lenta, lo que permite conservar los nutrientes y el sabor
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¿Puede alguien enamorarse de un artefacto de cocina? Cecilia Hartman cree que sí. Al menos eso asegura sobre su olla CrocK-Pot, el nuevo "chiche" que trajo hace unos meses de un viaje y que descubrió, casi por casualidad, en la casa de una amiga que fue a visitar. "Ahí la vi sobre la mesada y me llamó la atención. Fue amor a primera vista. Después probé una carne con verduras que se estaba haciendo en la olla desde hacía más de seis horas y dije «wow, la quiero»", cuenta sobre su nueva adquisición, una olla eléctrica de cocción lenta que es el nuevo fetiche foodie.
Después de soportar algunos reproches de su novio por el tamaño y el posterior traslado de su "capricho culinario", Cecilia se redimió con una receta que dejó a su pareja con la boca abierta. "La primera vez hice pollo a la naranja, un manjar. Al pollo le siguieron carnes, guisos, pescados. Todos acompañados de verduras y legumbres con igual resultado."
Las ollas de cocción lenta son, en realidad, la cara visible de un movimiento más amplio que reivindica esas recetas de la abuela que se cocinaban por horas y horas y desprendían ese particular aroma a algo rico y casero. De hecho, su invención responde a la necesidad de recuperar los sabores de la infancia que tanto deleitaban al joven Irving Naxon, un prolífico inventor que sentía especial debilidad por un guiso que su abuela cocinaba por horas aprovechando el calor remanente del horno de una panadería cercana a su casa.
"Este tipo de ollas son una novedad acá, pero en los Estados Unidos se usan desde hace mucho. Ahí son un éxito porque son baratas (las más caras cuestan cerca de US$ 100) y están pensadas para gente que antes de irse al trabajo tira todo en la olla y cuando vuelve tiene la cena lista", dice el periodista especializado en gastronomía y alimentación Tomás Linch, fanático de estas ollas. ¿Ventajas? "En primer lugar, cuando no alcanzás la ebullición, los sabores y aromas no se evaporan, se concentran. Por otro lado, la cocción es estable y a baja temperatura, por lo tanto el margen de error no existe, es decir, no hay peligro de que se pase la comida, por eso es ideal para principiantes", resume Linch.
El periodista asegura que también hay ventajas desde lo económico: "El gasto eléctrico es mínimo; de hecho, la cocción lenta es una técnica pensada para ahorrar energía -asegura-. Pero principalmente se ahorra mucha plata en los cortes de carne. Por ejemplo, a mí me encanta el osobuco, que es un corte muy sabroso, pero que hecho al horno queda seco. Con esta forma de cocción queda tierno y delicioso".
En la Argentina no se consiguen las Crock-Pot, pero sí las de la marca Oster, que comenzó a importarlas a mediados de 2015. "En realidad, es más que una olla de cocción lenta, es un sistema 5 en 1, que además fríe, asa, hornea y cocina al vapor -dice Maximiliano Soto Barzola, gerente general de Oster Argentina-. Pero la gran novedad es la función de cocción lenta, que está ganando cada vez más adeptos ante el interés, cada vez mayor, de alimentarse de manera nutritiva y realzando el sabor de los ingredientes."
Además de las ventajas a nivel alimentación, Linch sostiene que este tipo de ollas permite desentenderse de la preparación. "Metés todo y listo. No tenés que estar preocupándote por si se evapora el agua o se pega en el fondo. Apretás dos botones y te olvidás de revolver." Un fetiche foodie, pero a prueba de todos los que amen comer.
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