
Una vuelta por el planeta de los simios
Probablemente no puedan emular a Shakespeare ni filmar como Hitchcock, pero estudios aparecidos en prestigiosas publicaciones aseguran que el cerebro de los macacos tiene mucho con que sorprendernos
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Concibamos que se coloca un millón de monos a golpear al azar las teclas de una máquina de escribir […]; esos monos dactilógrafos trabajan con ardor diez horas diarias con un millón de máquinas de escribir. Al cabo de un año obtendrán la copia exacta de libros de toda naturaleza y de todas las lenguas conservados en las bibliotecas más ricas del mundo."
La cita es de un libro de 1913 del matemático Emile Borel, aunque la versión más popular es: "Infinitos monos con infinitas máquinas de escribir podrían escribir toda la obra de Shakespeare". Y vaya si tomó vuelo: la idea apareció en Los Simpson cuando el malvado señor Burns logra que 1000 monos escriban una obra de Dickens (con algún pequeño error tipográfico, claro). En la maravillosa e imperdible Guía del viajero a dedo por la galaxia, los protagonistas son asaltados en el espacio por unos infinitos monigotes que les exigen su opinión sobre el Hamlet que acaban de producir.
Todo muy divertido, pero… ¿y la ciencia? Ya va, ya va: en 2003 se realizó el primer experimento de un simulador de monos escribiendo al azar, que en dos años de virtualidad logró, por puro azar, un conjuntito de 24 líneas textuales de la obra Enrique VI, y también 30 de Julio César. Y hace poquito, en 2011, el programador Jesse Anderson (inspirado en Los Simpson) lo logró: simuló un millón de poderosos (y cultos) monos virtuales que hacen la mímica de golpear teclas al azar, y cada tanto el programa compara las series de letras con una base de datos shakesperiana. Si aparece algo digno de Hamlet o Romeo y Julieta, se guarda y así se van combinando fragmentos hasta tener toda la obra del bardo de Inglaterra. Como dice el autor, es un pequeño paso para el mono, pero un gran salto para los primates virtuales.
Momentito, ¿y qué hay de los monos de verdad? Se cuenta que en 2003 los científicos dejaron al descuido un teclado en una jaula de seis macacos a lo largo de un mes. ¿El resultado? Muchas páginas llenas de eses y de heces (cuando no estaban tratando de atacar el teclado con una roca).
Está bien: si no pueden emular a Shakespeare, ¿qué tal probar con Hitchcock o Bergman? Algo así logró Capucine, una mona capuchino que podría definirse como la primera primate directora de cine que se apasiona con las cámaras y logra su primer película, Edipo, estrenada en el festival de Clermont-Ferrand en 2011, con críticas bastante diversas. El director –humano– Luis Nieto filmó un maravilloso documental sobre toda la experiencia, incluyendo a Capucine gritando órdenes a través de un diminuto megáfono, sentada en su silla de directora.
Y si pueden filmar, sin duda que pueden juzgar. Algo así pensaron investigadores de Harvard, que le pasaron a un grupo de 24 voluntarios humanos y 4 (¿voluntarios?) monos Rhesus fragmentos de la película El bueno, el malo y el feo, con Clint Eastwood, para entender qué partes del cerebro se encendían frente al estímulo visual. Así, publicaron en Nature Methods que algunas áreas estaban completamente reorganizadas en los humanos, si se las comparaba con las de los monos (aunque no tenemos noticias de la opinión de los Rhesus sobre la actuación de Clint). Y tal vez hasta se hayan comentado la película entre ellos: se ha descubierto que ciertos grupos de monos africanos pueden generar sonidos que son interpretados con significado específico, como por ejemplo: "Rajemos que viene el leopardo". Pero ojo que recientemente se descubrió que el cerebro de los macacos también tiene un área de reconocimiento de voz, igual que el de los humanos, que se activa cuando los monos oyen voces de otros macacos, pero no de otros animales o del sonido de la lluvia.
Posiblemente los espectadores peludos hayan captado también algo del lenguaje, sobre todo si estaba subtitulada. Efectivamente, un trabajo de la revista Science publicado este año reporta que los monos babuinos pueden discriminar palabras escritas en inglés de letras sin sentido, sólo con mirarlas. No es que puedan leerlas o entenderlas, pero se los puede entrenar para que las reconozcan.
Ya lo profetizó el gran Luca Prodan: están llegando los monos.






