
Unidas por el dolor
Tienen un mismo sufrimiento: perdieron a sus hijos en hechos violentos. En el Día de la Madre, los testimonios de las mamás de Ezequiel Demonty, Miguel Bru, Juan Manuel Canillas y Lucila Yaconis. Y la historia de Susana Garnil, que logró recuperar a su hijo Nicolás luego de un secuestro
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Se abrazan fuerte, se toman de las manos, se miran a los ojos y se dicen las unas a las otras: "Fuerza". Hubo un instante en que sus pies se separaron de esta tierra, el reloj se congeló y un vendaval arrasó con la rutina cotidiana de los besos, las comidas y los paseos en familia.
Estas madres que perdieron a sus hijos en hechos violentos tienen un código: se convirtieron en las mejores alumnas sobre temas judiciales, y son la garantía de que las causas que enarbolan avancen. Espontáneamente, se fueron uniendo y sumaron a su batalla personal una mucho más grande: luchar contra la impunidad.
Una vez, algún periodista las llamó Madres del Dolor. Ellas dicen que preferirían ser llamadas de otra manera, menos dura y triste.
Son las mamás de Ezequiel Demonty, Miguel Bru, Juan Manuel Canillas, Natalia Yaconis. Dolly, Rosita, Marta e Isabel. Pero también forman parte del grupo Raquel Wittis, Emilce Peralta, Vivian Perrone, Elvira Torres, Silvia Irigaray y otras tantas cuyos hijos murieron en una Argentina violenta. Algunas colaboran dando contención a familiares en el Programa Nacional Antiimpunidad. Además, Bru y Demonty llevan adelante asociaciones civiles con el nombre de sus hijos.
En su mayor desgracia, en la peor pesadilla, sus hijos tuvieron esta suerte: tenerlas como madres.
Textos: María Eugenia Ludueña, Carmen María Ramos y María Helena Ripetta
Para saber más
www.abogadosvoluntarios.net
www.aaba.org.ar
www.redsolidaria.org.ar
Marta Canillas • Recuperar el otro país
Desde mi fe, siento que Juan Manuel está en el mejor lugar posible.” Marta Ghiglia de Canillas (54 años) habla sin odio ni rencor. Hay paz en su mirada y grandeza en sus palabras.
Sin embargo, su mundo se desplomó el día en que una banda interceptó el auto en el que se desplazaba su hijo Juan Manuel, de 23 años, lo secuestró, lo mató de un tiro por la espalda, y lo dejó tirado en el límite entre la Capital y el conurbano, a 5 cuadras de su casa, en el barrio de Núñez. “Mamita, es en serio”, le dijo la víctima cuando ella atendió el teléfono. Estaba terminando de preparar la cena y la voz de su hijo sonó aterrada del otro lado de la línea: “Juntá toda la plata que haya en casa y salí rápido a la vereda”, le rogó. Marta intentó disuadirlo. “Mamita, es en serio”, insistió. No hacen falta más advertencias para el corazón de una madre. Dio vuelta cajones, carteras, juntó hasta el último billete, y salió a la vereda con su marido justo en el momento en que el Honda Civic de su hijo, manejado por uno de los secuestradores, frenaba en la puerta de la casa para tomar el dinero y acelerar inmediatamente.
En el acto llamaron a la policía, pero el destino de su hijo estaba sellado. Apenas cruzaron el límite de la Capital, los asesinos lo hicieron bajar del auto y lo remataron de un tiro por la espalda.
El 12 de julio se cumplieron dos años. Mucho tiempo después de la tragedia, Marta sintió que la muerte de su hijo era el precio de vivir en un país impune. “Los asesinos de mi hijo pertenecían a una banda que tenía causas pendientes y cuyo accionar era perfectamente conocido. Pero en lugar de haber sido atrapados, juzgados y encarcelados, andaban sueltos.” Hoy sabe que a Juan Manuel no se lo devolverán, pero su lucha es para que los que secuestran y matan estén donde tienen que estar.
De los cuatro delincuentes implicados en el asesinato de Canillas, sólo uno ha sido juzgado. Javier Ezequiel Monti cayó a los 20 días del crimen. Le dieron reclusión perpetua, lo que significa 25 años de cumplimiento efectivo. “Yo creo que fue una sentencia ejemplar”, dice Marta. Por eso, si bien al principio participó de las convocatorias de Juan Carlos Blumberg, de la última ya no. “Al asesino de mi hijo lo juzgaron con las leyes que había. Por eso creo que el problema no está en las leyes, sino en que no se cumplen.”
Hoy su compromiso pasa por recuperar lo que perdimos. “A mí no me lo contaron: yo viví en otro país, en el de la seguridad. ¿Por qué no creer que lo podremos recuperar?”
Rosa de Bru • El cuerpo de Miguel
Miguel Bru, estudiante de periodismo, estaría orgulloso de entrevistar a su madre. Desde que él desapareció, en 1993, Rosa dejó de ser un ama de casa, mamá de cuatro hijos, vendedora de ollas, y se convirtió en referente. Y tiene el temple que sólo puede tener quien ha participado de más de 30 excavaciones buscando el cuerpo de su hijo. Encontrarlo sigue siendo su lucha; no la única.
Cuando Miguel desapareció –no entendía cómo, si su marido, Néstor, era policía–, en las comisarías de La Plata no le tomaban la denuncia. Hoy es la cara visible de la Asociación Miguel Bru, una entidad sin fines de lucro que defiende los derechos humanos frente al abuso del poder policial o institucional. “Lo primero que hice, cuando Miguel no aparecía, fue ver a cuanta vidente pudiera”, hace memoria. Pronto cambió de táctica. Durante más de 3 años, fue cada mañana a leer la causa. Se quedaba sentada tres horas, hasta que se retiraba el juez Amílcar Vara, a quien finalmente destituyeron por encubrimiento.
Durante meses se instaló en una casa rodante frente al Ministerio de Obras Públicas y de los Tribunales, a esperar el juicio. Cuando llegó, le tocó hablar y mirar a los asesinos. Sintió que le estallaba el corazón. Dos de ellos fueron condenados a prisión perpetua. “Esta triste experiencia me obligó a cambiar. Siento vergüenza de haber desconocido lo de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, como un problema de otro.”
El dolor le derritió el miedo. Recorre el Gran Buenos Aires preguntando por algún chico que desapareció. Se interna en Isla Maciel para asesorar a otras madres. Está siempre dispuesta: “La lucha sigue siendo encontrar el cuerpo de Miguel para poder hacer el duelo. Pero cuando escucho a otras madres, lo mío ya no es tan grave”.
Caso Bru
- Miguel Bru fue visto con vida por última vez el 17 de agosto de 1993, cuando estuvo detenido en la seccional novena de La Plata, donde fue torturado hasta morir. Su cuerpo sigue sin aparecer. Los policías responsables fueron amparados por el ex juez Amílcar Vara, luego expulsado. En 1999 fueron condenados a prisión perpetua los policías Justo José López y Walter Abrigo (fallecido el año pasado). El comisario Juan Ojeda y el suboficial Ramón Cerecetto recibieron penas menores y están libres. La Asociación Miguel Bru exige el procesamiento de los policías que estaban de servicio en la comisaría esa noche, por considerarlos cómplices. Fue un caso emblemático por tratarse de una desaparición en democracia.
Dolores Demonty • Justicia para Ezequiel
Nunca me detuve a pensar qué voy a hacer después del juicio por Ezequiel. Pero ahora ya sé”, dice Dolores en los pasillos de Tribunales, donde se juzgó a los policías involucrados en el homicidio.
Conoce los pasillos laberínticos de la Justicia como si fueran su casa. Ahí tuvo que escuchar y reconstruir los últimos minutos de la vida de su hijo, antes de que lo obligaran a tirarse al Riachuelo. Con la voz suave, pero firme, juntó lo que le quedaba de entereza, clavó los ojos negros en los de los policías acusados y les preguntó: “¿Qué les pasó? ¿Se divirtieron mucho con Ezequiel?”.
Le dicen Dolly, tiene cuarenta y dos años, siete hijos y tres nietos: uno de ellos, David, es el hijo de Ezequiel y su novia Yésica. Está casada desde hace casi 20 años con Rodolfo Suárez, inseparable compañero de ruta. Pero adoptó el apellido de su hijo para una batalla que dejó de ser personal. “No lo pude defender en ese momento. Ahora lo defiendo a él y defenderé a los otros chicos”, asegura. Con la misma resolución y serenidad, se paró delante de 300 policías en una clase de derechos humanos. “El que se equivocó no fue el uniformado, sino el hombre”, les dijo, y exigió un cambio de actitud que los hizo lagrimear.
Cuando el cuerpo de Ezequiel no aparecía, Dolores apretaba los puños: “Señor, por favor, que no lo encuentren”, pedía, aferrada a su fe y a la idea de que estuviera vivo. Ya le había tocado enterrar a dos hijos. Uno cuando ella aún era adolescente. Otro, Lucas, nueve meses antes que Ezequiel. “Lucas se fue después de años de quimioterapia. Fue decisión de Dios, y uno lo acepta. Lo de Ezequiel fue decisión del hombre. Esto hace que no pase el tiempo”, confiesa.
Sólo se cayó una vez: cuando vio el cuerpo de su hijo en la morgue. Se tiró al piso y lloró con desconsuelo. Un policía se acercó y le dijo: “Levántese, que no la vean así”. Ella cree que Dios usó a ese hombre para que se pusiera de pie. No sabía que además caminaría tan lejos.
La primera vez que fue a acompañar a otra madre se encaminó sola, desde su casa en el Bajo Flores, a una marcha. Conoció a otras que habían pasado por lo mismo. “Antes no podía ver el dolor de una madre. Era más fuerte que yo. Hoy quiero conocer los casos, acompañar a otras. La frase se me hizo carne”, dice cuando pasa junto al enorme pasacalle de Tribunales con las palabras “Justicia para Ezequiel, basta de muerte, violencia y discriminación”.
A la salida de la audiencia, alguien le pregunta a qué policía le tiene menos bronca.
“Nunca le tuve bronca a ninguno. Hasta yo me sorprendí. Rezo por ellos para que se arrepientan”, responde. Y aclara: “Nunca pedí pena de muerte; Dios nos enseñó a dar vida. Quiero que este juicio sirva para demostrar que la justicia tiene que ser para todos: ricos y pobres, negros y blancos”.
Caso Demonty
- Ezequiel Demonty fue detenido con dos amigos, por policías de la comisaría 34ª, el 14 de septiembre de 2002, cuando venía de bailar. Los policías llevaron a los chicos hasta las orillas del Riachuelo, en el barrio de Pompeya, y los obligaron a nadar. Los dos amigos sobrevivieron. El cadáver de Ezequiel fue hallado ocho días después. Al cierre de esta nota, tenía lugar la etapa final del proceso judicial en el Tribunal Oral Criminal a nueve policías federales imputados del hecho.
Isabel Yaconis • Una sociedad con miedo
Mamá: ¿es tan difícil, tan pocos llegan?”, le preguntaba Lucila mientras Isabel cocinaba. Tenía16 años, 46 kilos de muñeca, cara de princesa argentina y modales de cisne. Iba al colegio, estudiaba teatro, cantaba en un coro. Quería ser artista. Su corazón dorado –como lo recuerdan los que la conocieron– está atrapado en un nicho en la galería 19 del cementerio de Chacarita. Su cara sonríe en los carteles pegados en las vidrieras de cada negocio de Núñez, el barrio donde su mamá Isabel vive desde que nació, hace 53 años. Pide justicia desde una fotocopia. “Siempre programé todo. Pero nos pasó una locomotora por encima”, dice, y el tren suena de fondo porque las vías corren a metros de la casa. A media cuadra, Lucila fue encontrada muerta en abril de 2003. Quiso resistirse a una violación. Desde aquella tarde, Isabel no quiere estar sola en la cocina. Ahí recibió la peor noticia de su vida. Escuchó los detalles que ningún padre desearía escuchar. “El primer día estuve destruida. Pero enseguida hicimos la primera marcha. Ese viernes, Juan Carr me trajo a Marta Canillas. No hizo más que abrazarme. Cuando la vi, fue el sol entrando en mi casa”, cuenta. Esa semana, Isabel anduvo con la mente en blanco. Finalmente, dio dos puñetazos a la mesa y salió disparada por el barrio. Preguntó a los quiosqueros, tocó cada timbre: quería averiguar si alguien había visto algo. Hizo la principal labor de inteligencia, y sobre esa base trabajó, lenta, la Justicia. Todos los lunes, durante 6 meses, marchó por el barrio y aprendió. Conoció a otras madres. Se entrevistó hasta con el presidente Kirchner. Hoy colabora con Avivi (Asociación de Víctimas de Violaciones) y dice que hace falta un registro nacional de ADN para que las víctimas de delitos sexuales puedan identificar más rápido a sus agresores. “Yo no sabía lo que era un fiscal ni me importaba. Creo que me tendría que haber involucrado antes. Somos una sociedad con miedo. Palpé la inseguridad a partir de Lucila. Hoy quiero participar y acompañar a otras”, reflexiona.
Siempre admiró a Ada Morales y a Norma Cabezas. “No entendía cómo podían con tanto sufrimiento. Hoy lo sé: no te queda otra. Por los que quedan, hay que seguir”. Trabaja a la mañana de administrativa y a la tarde como secretaria. Su tiempo ya no le pertenece. “Le pertenece a la lucha de encontrar al que le arrancó la vida a Lucila, para que esté en la cárcel y tenga una condena ejemplificadora. Y a exigirle al Estado que nos devuelva la paz y la tranquilidad para que nuestros jóvenes puedan salir y volver a casa.”
Caso Yaconis
- Lucila Yaconis regresaba a su casa, en el barrio de Núñez, la tarde del 21 de abril de 2003, cuando, en el cruce peatonal de la calle Paroissien, sobre el ex ferrocarril Mitre, un hombre intentó violarla. Ella se resistió, pero fue golpeada y estrangulada en un baldío a metros de su casa. En su ropa se hallaron rastros de semen. La muestra fue cotejada con el ADN de más de 20 acusados por delitos sexuales. No obstante, el responsable aún no apareció y el crimen sigue impune.
Susana Chaia de Garnil • Con Nicolás a su lado
Ella es una mujer práctica, de 47 años, que tiene su profesión, trabaja muchas horas al día, se ocupa de su casa, de sus hijos y de estar arreglada. Pero Susana Chaia de Garnil tuvo que enfrentarse al horror de una forma que jamás había imaginado: el secuestro de un hijo.
El 25 de julio último, Nicolás, de 17 años, manejaba el auto familiar rumbo a misa. Susana, como todos los domingos, iba junto a él. Era el momento “exclusivo” de ellos. De pronto, apuntaron con un arma a Nicolás; lo obligaron a detener el auto y a bajar. Su madre, pensando que se trataba de un asalto, también lo hizo, pero cuando se dio vuelta Nicolás ya no estaba. Ella no podía comprender lo que sucedía.
De ahí en más, la incertidumbre se apoderó de ella. Sólo esperaba que el teléfono sonara. Susana no paraba de llorar, su rostro estaba desfigurado por el temor de no volver a ver a su hijo. La angustia la llevó a no casi no comer. Sólo se alimentaba con ensaladas y perdió peso. Desesperada y ya sin saber qué hacer luego de unos días en que los secuestradores no se comunicaban, sostenida en pie por dos amigas enfrentó las cámaras de televisión para suplicarles a los delincuentes por su hijo: “No puedo vivir un día más sin él”, les decía. Y la carta finalizaba: “De rodillas frente a ustedes, sigo rogándoles hasta que Nico esté otra vez entre mis brazos”.
Sólo 21 días después Susana pudo volver a abrazar a su hijo y pudieron verse de nuevo sus ojos celestes. Ella se dedicó exclusivamente a acompañar a Nicolás en su retorno a la vida cotidiana, que no fue fácil.
En los días de desesperación, Susana, una mujer muy emprendedora, estaba aniquilada. Su sostén fue su marido Carlos, al que todos llaman Coco.
Ella es ginecóloga, se recibió en la UBA con diploma de honor, pero su prioridad siempre fue su maternidad. Mientras sus hijos Agustina (19), Nicolás (17) y Ramiro (15) fueron chicos dejó de trabajar para cuidarlos.
Con Nicolás tiene largas charlas: cuando ella y su marido regresan de trabajar, se sientan en el living de la casa a conversar.
Susana y Carlos trataron de que Nicolás volviera a su vida normal; no se pusieron paranoicos y tomaron la decisión de dejarle hacer lo mismo que les permiten a sus amigos.
Dos días después de la liberación de su hijo, Susana le escribió una carta al Presidente pidiéndole seguridad. La carta generó mucha polémica, y ella prefirió no contestar, pero se comprometió desde su lugar de ciudadana. Ella es de las que creen que cada uno desde su propio espacio puede hacer algo para mejorar las cosas. Asiste a los foros de vecinos y se está organizando para volver a realizar apoyo escolar en barrios humildes, como lo hizo durante años.
Susana cree que el problema más grave y más injusto del país es la pobreza.
Ahora reparte su tiempo entre su consultorio, su casa, sus hijos y su participación ciudadana. Susana tiene los días del secuestro en blanco; quiere dejar atrás lo que pasó y hoy prefiere hacer pie en lo mucho que tiene para festejar: “Este va a ser un Día de la Madre muy especial”, dice.
La mamá de Axel
La historia de María Elena Orsani fue diferente. Ella es la madre de Axel Blumberg, que fue secuestrado y luego asesinado. María Elena, de a poco, está tratando de volver a empezar después de la pérdida de su único hijo. Ella estuvo junto a su marido en las primeras dos marchas en reclamo de seguridad; también lo acompañó en la primera reunión con el presidente Néstor Kirchner. Pero en la última marcha que organizó Blumberg frente al Congreso ella no estuvo; según sus allegados, María Elena sufre mucho, y en la fundación le aconsejaron que no asistiera. Ella continúa con su terapia, regresó a su trabajo –es contadora– y se ocupa de su papá, de 93 años, que vive cerca de su casa. Prefirió no exponerse públicamente, y tampoco participa en forma activa de la fundación. “Es un ser maravilloso. Está muy mal y no le hace bien exponerse. Ella era una madre ejemplar, que vivía para su hijo”, dicen en la fundación.
María Elena es la que cuida, ahora, de la gata siamesa de Axel, que da vueltas, desorientada, por la casa.





