
Ver más allá del árbol de los celos
Se disparan y, a veces, no se pueden parar. Los celos en la pareja son así: un torbellino, un sentir repentino, un rumiar sufriente y, a veces, enloquecido?
Bueno sería que siempre fueran fantasía, pero no es así. A veces los celos tienen que ver con la percepción de algo que está allí, invisible. En esos casos, los celos se vinculan con la intuición dolorosa de algo herido en la relación.
No sirve vigilar los detalles, revisar correos, contratar detectives? En las situaciones de celos, sean producto de una percepción o motivados por fantasías irrefrenables de engaño, vale sincerar el vínculo, revisar sus grietas, blanquear los afectos. Allí está el verdadero problema, del que la potencial infidelidad es tan sólo un síntoma.
A veces se busca locamente descubrir el engaño, cuando lo que está a la vista es la herida de una relación a la que el fantasma (o la realidad) de la infidelidad alude.
Digamos que los celos, desde su versión leve y fugaz, hasta el enloquecido celar que lleva a veces a la tragedia, tienen un sinnúmero de matices, la mayor parte de ellos ligados a vivir el amor en clave posesiva.
Mientras que algunas parejas tienden a contrarrestar la inseguridad y los miedos con diversos rituales de confianza, otras apuntan a erradicar esa inseguridad a fuerza de dominio sobre las personas amadas y sus circunstancias, al punto de ahogarse enfermizamente en los detalles. El árbol de los celos impide ver el bosque de la relación.
Asociar seguridad con dominio es muy poco aconsejable. Si apostamos nuestras mejores fichas a lograr certezas y sosiegos amorosos a través del control de la persona a quien queremos, el fracaso es inexorable. ¿Razones? Bueno, digamos que lo es porque no hay ningún sistema de control que logre su cometido en todas las áreas. A su vez, el control asfixia toda forma de afecto, y corta el nexo con la fuente vital que toda relación requiere para perdurar.
Las personas invadidas por celos perpetuos sufren muchísimo porque ven resquebrajarse su sistema de control y toda su energía va a intentar reparar ese sistema.
Claro: el "loco de celos" tiene siempre razones que le resultan lógicas. Por algo aquel dicho de Chesterton acerca de que "el loco pierde todo, menos la razón". De silogismos y razones está empedrado el camino al infierno de aquellos que están presos de sus celos.
Confiar no siempre es fácil, pero, a la larga, mucho más difícil es vivir celando. De hecho, requiere tiempo e intimidad afectiva lograr confiar en el vínculo. Cuando las personas dedican más sus afanes a nutrir su relación que a temer posibles desengaños, tienen una mejor vida de pareja. No es garantía, pero es más probable que lo pasen mejor que aquellos que sufren por anticipado una posible infidelidad.
Es cierto que algo de celos indica interés por la pareja y el reconocimiento de que ésta tiene un mundo propio e inaccesible. Esa "inaccesibilidad" da miedo, pero, a la vez, nada mejor que entender que las personas tienen algo insondable que la familiaridad no hace desaparecer. De eso insondable, quizá, surge aquello que nutre el amor a lo largo del tiempo, siendo que, cuando se cree que ya se sabe todo del otro, se achata la relación y empiezan los problemas.
El amor de pareja es de dos que siguen siendo dos, aunque se quieran mucho. No se trata de transformar el dos en uno. Eso significa que el otro es eso: otro. Y hay que bancarlo. Eso sí: ese otro tiene que merecer ese afecto que recibe. Si no, mejor botarlo. Porque está bien regular los celos y apelar a la confianza, pero es de buen criterio entender que confiar implica aprender a percibir límpidamente, sin engaños. Aprendiendo eso, todo se aclara, y lo que vale la pena continuará, y lo que no, no.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta, @MiguelEspeche







