¿Viajamos diferente desde que existe Instagram?

La obsesión por retratar y postear en forma inmediata los destinos turísticos tiende a uniformar la mirada y la experiencia
La obsesión por retratar y postear en forma inmediata los destinos turísticos tiende a uniformar la mirada y la experiencia Fuente: LA NACION
Tamara Tenenbaum
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26 de enero de 2019  

¿Sabrán los centennials que hace veinte años cuando alguien volvía de vacaciones llamaba a sus amigos y se juntaban todos a "mirar las fotos del viaje"? La relación entre la fotografía y el turismo es un matrimonio de larga data: la humanidad ya lleva varias generaciones sonriendo ante cámaras de todo tipo y tamaño al lado de una cascada, una montaña o un monumento emblemático. Así y todo, las redes sociales trajeron algunas novedades: la posibilidad de compartir las vacaciones en tiempo real, el acceso a las experiencias de viaje de muchísima gente –con la que no tendríamos confianza para juntarnos en casa a mirar las fotos– y el consiguiente imperativo de exhibir el propio viaje como marca de pertenencia y objeto aspiracional.

¿Cambió Instagram las maneras, las razones y el sentido de nuestros viajes? En algunos sentidos sí; en otros, no estamos tan lejos de los rollos velados y las expresiones serias de nuestros abuelos en la Bristol.

La elección del destino

Todo indica que nadie elige un destino por "instagrameable", pero sí una excursión o incluso el lugar de alojamiento: según datos de Booking.com, el 24% de los viajeros argentinos buscan hospedarse en lugares donde puedan sacarse fotos para subir a las redes. En la revista The New Yorker, la crítica de arte Sophie Haigney habló de los "museos para Instagram": pop-ups supuestamente divertidos con estéticas chiclosas que se venden como "experiencias", pero cuyo único atractivo real es la posibilidad de sacarse una foto para redes.

En la misma línea, algunos turistas hablan de cómo las redes sociales –y en especial Instagram, la red de las imágenes y la "vidriera personal"– les transformaron el punto de vista: "A mí Instagram me hace sentir que las situaciones fotogénicas las tengo que publicar. Si no lo hago, siento que estoy desaprovechando algo", dice Nicolás, músico, de 35 años. Si tienen cerca una situación muy "instagrameable", el impulso es ir a cumplir con el deber: "Ya existe claramente el concepto de ‘foto para Instagram’", dice Brian, de 26 años, estudiante de Derecho.

A veces tiene que ver con el ángulo y los colores: algo de ciertos paisajes, sean urbanos o naturales, nos da la sensación estética de pertenecer a Instagram y sentimos algún tipo de satisfacción o incluso capital social en tomar esa foto y recibir infinitos corazones por ella. Otras veces directamente se trata de repetir la misma foto que hacen todos: "Hay modas en cuanto a fotos de vacaciones que surgieron en Instagram, por ejemplo la foto de la chica con el brazo estirado y el novio que saca la foto agarrándola jugando con la perspectiva, esa la multiplicaron un montón", dice Agustina, fotógrafa, de 24 años, con cierto hastío. "Hay destinos que se han quemado para hacer fotos de Instagram: ya la foto en la Torre Eiffel la vi muchísimas veces, pero todos te dicen ¿cómo no te vas a sacar una foto en la Torre Eiffel? Ya hay posts de Pinterest de los mejores lugares para sacarte la foto para Instagram, o sea, para que vayas y te saques la misma foto que todos", dice, con algo de ironía.

Y aunque casi nadie elige un lugar para conocer pensando en subir fotos a Instagram sí es común tentarse con un destino por haberlo visto muchas veces en redes sociales: cualquier conocido, sin necesidad de ser un influencer, hoy funciona como una especie de promotor de viajes. "Yo nunca había pensado en irme a Japón, no sé, soñaba con algunos otros lugares, justo Japón", dice Ana, maestra de 32. "Pero desde que todo el mundo se empezó a ir y a subir las fotos es medio mi nuevo sueño", se ríe.

Inmediatez y uniformidad

Laureano Debat, periodista de viajes, dice que Instagram no ha cambiado mucho la dinámica de sus propios viajes, salvo por el hecho de que ahora cuando toma una foto no puede evitar pensar si va a subirla a las redes o guardarla para otra cosa. Lo que sí nota, habiendo viajado mucho antes y después de Instagram, es la uniformidad en las poses de los turistas: antes sabíamos cómo posaban o sonreían nuestros amigos, pero no teníamos demasiado contacto con las fotos de otros como para contagiarnos tan fácilmente las tendencias.

"Existe un catálogo de poses básicas que la gran mayoría de turistas repiten y que acaban por configurar miles de millones de fotografías idénticas", cuenta, haciéndose eco de la opinión de Agustina; "quizá la más conocida sea la del turista inclinado con el brazo estirado en la torre de Pisa, pero también hay poses estándar en el salar de Uyuni usando la perspectiva plana, en los rincones más icónicos de Machu Picchu o en el lagarto del Park Güell de Barcelona".

El otro cambio que sorprendió a Laureano es la cuestión de la inmediatez. Hasta hace relativamente poco, la mayoría de las personas esperaba al menos a llegar a un lugar con wifi para subir sus fotos a las redes sociales: hoy muchos no aguantan la ansiedad ni siquiera en ese intervalo. "He notado una necesidad de instantaneidad que rozaba en la obsesión compulsiva. Muchos turistas comprando chips con números de cada país para subir las fotos al instante y no perder el tiempo. En mi caso, mucha gente me comentaba las imágenes que iba subiendo como si hubiera pasado ese mismo día, sobre todo porque en Instagram hay esa sensación de lo instantáneo y da la ilusión de que lo que publicás lo viviste ese mismo día. Pero yo pasé días enteros en medio de la selva sin internet ni electricidad, por lo que iba planificando un poco mis publicaciones. Y a veces respondía algunos comentarios siguiendo esa ilusión de lo instantáneo, porque tampoco tenía ganas de explicar que esto fue hace unos días. Por lo tanto, fui parte cómplice de esta ficción temporal que provoca la red social", se ríe Laureano, y agrega: "Hoy viajar y publicar en Instagram parecería ser parte de lo mismo. De hecho, se ve cada vez más en muchos perfiles de usuarios y de usuarias la palabra wanderlust (pasión por viajar) como adjetivo elegido para autodefinirse en Instagram. O gente que se define como ‘dromómana’, que hace referencia a la adicción por desplazarse".

También, por supuesto, hay "ambiciones comerciales" en esta tendencia: de acuerdo con Booking.com, el 23% de los viajeros argentinos admiten que una de sus ambiciones es que sus viajes sean el punto de partida para desarrollar una carrera en las redes sociales.

Como una contrarreacción natural, algunos turistas o viajeros están empezando también a dejar sus vacaciones fuera de las redes y así desenchufarse no solo del trabajo, sino también de la necesidad de exhibir cada momento de felicidad real o simulada que a uno le toca vivir. Algunos sienten cómo esa presión finalmente termia conspirando contra la posibilidad de relajarse: "Se está pendiente de la foto la mayor parte del tiempo para subir a red social. Incluso en paseos, cuando salgo con mi novia, cada vez me pide que le saque 5 o 6 fotos hasta que le gusta una", dice Juan, de 23 años, estudiante. "Yo trato de largar un poco –dice Daniel, de 29, periodista–, ¡porque si no las vacaciones finalmente son posar en lugares!".

Otros tratan de bajarse de la ansiedad, pero reivindican sacar fotos de viaje como un pasatiempo genuino: "Sacar fotos es parte de las vacaciones también, es divertido. Después seleccionás alguna para subir, sin andar mostrando todo todo el tiempo. Yo prefiero un paisaje o un momento en lugar de una selfie, por ejemplo", dice Martín, periodista, de 29 años. "Me parece que, al margen del ver y ser vistos ya obvio –agrega– también la construcción de recuerdos es una variable".

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