Viajes. Cinque Terre, un paisaje detenido en el tiempo

Nicolás Artusi
Nicolás Artusi PARA LA NACION
La belleza de esta tierra es fenomenal. Aquí, en Riomaggiore, uno de los pueblos más empinados.
La belleza de esta tierra es fenomenal. Aquí, en Riomaggiore, uno de los pueblos más empinados. Fuente: Archivo
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23 de enero de 2020  

Este verano, y cualquier otro, el único viaje imposible: a una playa de los años 70. Las sombrillas estampadas con franjas naranjas y verdes y las reposeras de lona manchadas con salitre alientan la fantasía estival: imagino a Anita Ekberg asoleándose junto al mar de Liguria y a Marcello Mastroianni en la terraza del balneario espiando detrás de sus Wayfarer. La dolce vita parece eternizada acá, en los cinco pueblos costeros más lindos del mundo. Cualquiera que haya estado en Cinque Terre comprobó que la posibilidad del paraíso es menos bucólica que concreta, pero incluso así, inasible: es tan fenomenal la belleza que uno no puede sino angustiarse por lo efímera.

Los cinco pueblos medievales están construidos en medio de unas terrazas naturales entre senderos de piedra que bordean el mar.
Los cinco pueblos medievales están construidos en medio de unas terrazas naturales entre senderos de piedra que bordean el mar. Fuente: Archivo

Los cinco pueblos están colgados literalmente de la roca y se unen en tren, yendo y viniendo, como si el viajero ansioso pudiera rebobinar y adelantar el paisaje al igual que buscaría los mejores momentos de una comedia picaresca italiana. En Monterosso, el puerto lo confirma como el único de los cinco pueblos auténticamente de marineros y la playa, aun con el pedregullo que escara los pies, es un lugar donde fui feliz. En Vernazza, un torreón de piedra defiende la línea de la costa y, desde lo alto de la iglesia de Santa Margarita de Antioquía, uno primero anhela el agua azul témpano y después confirma lo que supone: está helada. En Corniglia, aunque los turistas crueles le digan "la fea del baile", la decadencia en colores pasteles de las fincas combina con el verde de los terrenos, donde crecen las uvas y los olivos. En Manarola, el vínculo con el mar es íntimo porque las piedras funcionan de trampolín para los bañistas más atrevidos, la playa invita al asoleamiento plácido y la Via dell’Amore conduce con miradores y sobresaltos al último de los cinco. En Riomaggiore, una rambla acompaña el borde de la costa para entregarse al paseíto vespertino que acá, allá y en todas partes incluye a señoras con solero y a señores con el suéter anudado sobre los hombros.

Fuente: Brando - Crédito: Ilustración de Nicolás Bolasini

En Cinque Terre, los filtros añejados están incorporados al paisaje: todo se ve con granulado fílmico, como si hubiera sido rodado en 70 mm. Hasta los barcitos de playa responden al estilo setentista, con manteles blancos de tela y mozos de saco. Pero no es el diseño de producción de un resort que explota el filón de la nostalgia: probablemente sea uno de los últimos sitios que se mantienen intactos. Y, si en mis fantasías estivales, muchas veces, soñé con volver al departamentito donde pasé mis primeras vacaciones en una ciudad bonaerense eternizada en los 70, sé que en la vida rebobinar es imposible, y hasta indeseable: es mejor mirar hacia delante porque después de este verano vendrá un invierno y más tarde otro verano, aunque no se piense en él cuando cae la nieve.

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