Vicios privados, virtudes públicas
"El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores", decía Woody con ese humor siempre algo provocador que tan familiar les resulta a quienes aman su cine en el mundo entero. El sexo y todos sus matices han sido parte esencial de esa obra monumental construida por el entrañable creador norteamericano, que supo examinar el tema con agudeza, del mismo modo en que posó su lúcida mirada sobre otros asuntos que lo obsesionan: la condición judía y el psicoanálisis, el alma femenina y la muerte, la fe y la presencia de Dios.
Allen ha regresado en estas horas a las primeras planas de los medios, aunque ahora no es su cine el que está bajo la lupa sino él mismo, sus valores éticos. La carta pública de Dylan ha venido a poner en duda la entereza moral del realizador y a reavivar el debate. Ciertos sectores han fustigado al director a la distancia, con información escasa y ligereza.
¿Podemos admirar la obra de un artista cuya moral privada incluye actos que no son tan sólo rechazados por la sociedad de su época sino penados por la ley?
La historia, tan pródiga en ejemplos de creadores atravesados por la perversión, parece darles la razón a quienes establecen un límite muy preciso entre el comportamiento privado y la obra artística. Si nadie pone hoy en duda la portentosa contribución de otros artistas consagrados -de Botticcelli a Dalí y de Picasso a Roman Polanski- es porque el legado artístico que dejaron es independiente de las conductas privadas.
¿Es que la experiencia perversa puede alimentar el proceso de creación artística? ¿Es posible que esa libertad para hundirse en zonas tan oscuras del comportamiento humano, aun violando los límites de la ley, permita alcanzar una mejor comprensión de aquello que nos resulta inconfesable? Es un territorio oscuro y vidrioso, conviene moverse con cautela.
Quienes amamos el cine de Woody -y por eso también un poco a él mismo, no importa cuánta incomodidad pueda traernos un rumor como éste que, precisémoslo, nunca prosperó en la justicia norteamericana- seguiremos haciéndolo con la misma intensidad, porque es invencible la penetración de su mirada e irresistiblemente delicioso el tono de comedia chispeante que envuelve a sus films, salvo uno o dos casos en los que elige la fábula moral. Seguiremos amándolo, entonces, con la misma persistencia con la que Isaac Davis, el atribulado cuarentón que Woody interpretaba en Manhattan , se obsesionaba con la bellísima Tracy, aquella dulce muchachita de 17 años que tenía el rostro inocente de Mariel Hemingway.
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