Vida en velero. Un embarazo en el mar

Fuente: Brando - Crédito: Gentileza Constanza Coll
Constanza Coll
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5 de febrero de 2020  

:: Juan estuvo al timón las últimas horas. Son las tres de la mañana y se le cierran los ojos, me pide café, algo con azúcar, que le dé charla desde la escotilla, que es mi lugar favorito en el barco. Hay bastante ola y el piloto automático no aguanta, pierde el rumbo, así que esta noche toca navegar a mano. El viento nos empuja por popa y lo aprovechamos mientras dure: de Bahía para acá, desde el bebé que llevo en la panza, somos todavía más precavidos y elegimos solo pronósticos ideales para navegar largas distancias. Empieza a calmar y relevo a Juan por un rato, que se acuesta en la banda de enfrente por cualquier cosa. Siempre organizamos las noches de navegación en guardias de dos o tres horas cada uno, pero desde el embarazo no aguanto ni media, me quedo dormida.

Quiero que Juan descanse un poco más, aunque sea 15 minutos más. Intento cosas: le canto al barco, hago listas mentales de nombres de nena y de nene, pienso que ya falta poco para llegar a un puerto seguro, con suficiente infraestructura, donde creemos que vamos a cursar un embarazo tranquilo, y quizás hasta el parto, cerca del mar. Navegamos los primeros cuatro meses del bebé, de Cairú y Morro de São Paulo a Ilhéus, después Vitória y Guarapari en Espíritu Santo, Búzios, y ahora, en solo 50 millas más, Ilha Grande. Y, en cada puerto al que llegamos, hicimos los estudios de rutina, con la asistencia a distancia de mi querida prima y obstetra Milagros Gándara. Ya se ven las luces de Río de Janeiro, y aunque sé que tengo que estar atenta, me gana el sueño.

La tripulación del Barco Amarillo siempre fue escasa, básicamente, Juan y yo; y a las tareas propias de la navegación se le sumaba el estar a cargo de un niño de 2 o 3 años, según el tramo del viaje. Para desandar las 800 millas que trepamos hasta Bahía (unos 1600 kilómetros), además de cuidar a Ulises y a Lula, la cachorra que adoptamos en el camino, ahora también tenemos que lidiar con los gajes del poroto, que me genera todas las náuseas, el cansancio y los mareos que nunca sufrí por causa del mar. Tampoco con el embarazo de Ulises: la teoría hasta la próxima ecografía es que se trata de una nena. No soy yo misma estos días: dejé el mate, no me tientan las frutas, tengo un hambre voraz que se convierte en asco apenas termino de comer, no veo la hora de llegar a destino para fondear y descansar.

Volvemos a Ilha Grande, ¡y nos hace tanta ilusión! De todo lo que conocimos en Brasil, las islas de Angra dos Reis son el lugar que elegimos para esperar el nacimiento y hacer un poco de base, para que Ulises vaya al jardín a aprender portugués y a jugar, para seguir viviendo en el barco, como el último año y medio, pero con un tripulantito más. Juan ya pensó en cómo va a armar el moisés, en madera y guata, sobre el zapatero de nuestro camarote; y yo estuve estudiando la posibilidad de un stand up paddle, para poder embarcar y desembarcar con Ulises, Lula y el pequeño que se viene. ¿Le gustarán el mar y los atardeceres como a Uli? ¿Tendrá pecas como yo, los ojos negros de Juan? Ya quiero verle la cara.

Juan retoma el timón y yo me quedo al lado un rato más para hacerle compañía. Desde el cockpit lo vemos dormir a Ulises en la cucheta de sotavento, entre almohadas, apenas iluminado con la luz roja de la mesa de navegación. Cuando decidimos zarpar de Buenos Aires nos preocupaba cómo íbamos a hacer para tener el segundo hijo que queríamos. ¿Dónde y cuándo iban a caber nueve meses de embarazo? Pero a medida que hicimos de esta vida nuestra vida, nos resultó obvio que no solo se podía, sino que iba a ser perfecto, que ahora disponíamos de todo nuestro tiempo y energía, y que el barco y el mar eran exactamente el entorno que queríamos para seguir creciendo como familia.

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