Vieytes y las mateadas de Mayo
En las secretas reuniones de la Jabonería también se guisaron los productos del campo argentino. El prócer impulsó la industria del queso y la manteca
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Los últimos tramos de la Revolución de Mayo se urdieron entre mateadas, pasteles y los sabrosos vapores de guisantes, en el penumbroso interior de una casona donde Juan Hipólito Vieytes -nacido en el churrasquero pueblo de San Antonio de Areco y primer periodista argentino, jamás reinvindicado como tal- tenía encendidos los hornos ideados por el conde Benjamín de Rumford: fabricaba jabón y velas de grasa vacuna, muy a mano.
Vieytes, que el 1º de septiembre de 1802 fundó el Semanario de la Agricultura, Industria y Comercio, primera publicación del Río de la Plata escrita por un hijo del país, vivía en la Jabonería con su esposa, Josefa Torres, y algunos esclavos. Se había mudado desde la hoy calle Esmeralda, entre Sarmiento y Presidente Perón, donde se instaló al casarse (en 1800) hasta que acordó el negocio con Nicolás Rodríguez Peña, propietario de la casa donde instaló la Jabonería.
Si los ganaderos y agricultores eligieran su prócer entre los hombres de Mayo, debería ser Vieytes. Su Semanario, impreso en la Imprenta de Niños Expósitos, divulgó las ventajas y técnicas para el aprovechamiento de las carnes y los granos.
El 9 de marzo de 1803 editó una nota pionera de la gastronomía autóctona: Método de fabricar los quesos de buena calidad, con receta incluida y una queja destinada a los ganaderos: desmerecían esos subproductos que los europeos consideraban un manjar. Durante tres semanas -el 11, 18 y 25 de enero de 1804-, la publicación desarrolló un informe sobre el Modo de sacar la manteca de la leche, al parecer una obsesión de Vieytes.
Cenáculos libertarios
Las carnes faenadas a las puertas de la ciudad, y el producto de las huertas, combinaban los guisantes que los esclavos de los Rodríguez Peña servían a los patriotas reunidos en el incipiente otoño de 1810.
Según Bartolomé Mitre, cuyo padre, Ambrosio, había tratado con los revolucionarios, los más asiduos concurrentes a las reuniones de la sociedad secreta -además de Vieytes y los Rodríguez Peña- eran Belgrano, Donado, Paso, Alberti, Terrada, Chiclana y Castelli, entre otros. Oficiaban de sigilosos correos -hoy llamados operadores- French, Beruti y Viamonte. Las mateadas durante las reuniones fueron una costumbre más reiterada que la rueda del café. La yerba mate no corría en calabazas, sino en "dos mates de cuernitos de barillas (sic) y pies de plata y un porito guarnecido de oro con pies y bombilla de lo mismo", donde se renovaban las infusiones divulgadas por los ya expulsados jesuitas, y que -para tibieza de las manos- corrían a fuerza del agua caldeada en "una pavita de plata".
Cinco años después del Cabildo Abierto, cuando Vieytes estaba perseguido y ya en el destierro -que por enfermedad cumplió en el ribereño pueblo de San Fernando-, esos enseres figuraron en su magro testamento, suscripto el 11 de septiembre de 1815 (murió el 5 del mes siguiente).
Quesos más apetitosos que los de Vieytes, quizá, fueron los que entre lonchas de jamón y aceitunas mendocinas acompañaron los aperitivos italianos y franceses -más tarde sustituidos por la Ferroquina y el Chinato Garda autóctonos- con que algunos hurgadores históricos se emocionaron en el bar La Parra, de Venezuela y Lima (esquina este), creyéndolo el edificio de la jabonería sobreviviente.
Por lo menos hasta la década del 60 los indagadores dudaban entre varios lugares -incluido el desvencijado bar- como cunas de la libertad, pero ninguna de las investigaciones había dado con la documentación que determinó el emplazamiento de la jabonería revolucionaria. Las dudas concluyeron cuando fueron publicadas las indagaciones de Manuel Carlos Melo, anticipadas en un artículo de su autoría en La Nacion del 15 de abril de 1966. El local abastecedor de jabones, sede de las tertulias humeantes y tutor de las ideas que infortunadamente sólo crecieron en parte, perdió abruptamente la memoria de los mates de Vieytes y los tazones de guiso que preparó doña Josefa Torres exactamente en la casa de México 1050 al 1068 y que -echado a andar el país- la sucesión de los Rodríguez Peña vendió en 1869. En tiempos modernos surgió un gran edificio de departamentos, pero finalmente el progreso iconoclasta concluyó la obra antimemoria y dio paso a la avenida 9 de Julio, esa más grande del mundo que respetó algunos edificios, pero pasó por sobre el viejo bar La Parra y-peor aún- arrasó el solar donde nació la libertad rioplatense.
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