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Destinos inesperados

Vivir en Belgrado: “Hallé calidez; ni en Argentina se suele ser tan afectuoso”

Carina Durn
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29 de mayo de 2019  • 00:10

Magia. En aquella ciudad tantas veces destruida y reconstruida, Cecilia la pudo palpar, respirar y sentir en cada fibra de su ser. El encantamiento por aquel destino la había atravesado de manera profunda como en ningún otro rincón de la tierra. Así, y tal como les sucede a tantos otros seres curiosos y aventureros que habitan este planeta, ella experimentó un instantáneo enamoramiento por un lugar que se hallaba muy lejos de su tierra natal, una revelación que la llevó a pensar que, tal vez, su lugar en el mundo se encontraba realmente en otra parte y no allí, en donde había estado destinada a nacer.

Belgrado, visto desde un drone - Fuente: Europe by drone

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Sin poder olvidar las maravillosas postales y sensaciones grabadas en su memoria en apenas unos pocos días, un par de años más tarde Cecilia decidió que era tiempo de volver. Más que volver, ella quería vivir su Belgrado amada.

Vista de Belgrado y del rio Danubio desde el barrio de Zemun.
Vista de Belgrado y del rio Danubio desde el barrio de Zemun. Crédito: mywonderlust

Irse y llegar

Cecilia anhelaba regresar para experimentar más de sus calles y descubrir qué se escondía tras su atmósfera de vida tan efímera como profunda. Sabía que deseaba permanecer por más tiempo que la primera vez, sin imaginar que su estadía se prolongaría más de lo esperado.

"Inicialmente, mi plan era tomarme un mínimo de seis meses para viajar por Europa. La ruta original iba a ser de Madrid a Moscú, pero en el medio no tenía mucho más planificado", recuerda, "Belgrado era el destino ineludible, no solo por la magia que había experimentado en el 2014, sino porque siempre me había interesado la historia de la región de los Balcanes. Recordemos que Belgrado fue la capital de la ex Yugoslavia y hoy en día es la capital de Serbia".

Antes de emprender vuelo, lo único que desvelaba a Cecilia era la cuestión financiera, un tema crucial para el éxito de una aventura que solo podría extenderse consiguiendo trabajos temporarios. Fue así que, después de tan solo un par de destinos previos, su soñada Belgrado no se hizo esperar: allí es donde deseaba permanecer y trabajar.

Verano sobre el Danubio, en la isla de la Gran Guerra.
Verano sobre el Danubio, en la isla de la Gran Guerra. Crédito: Cecilia Vila. @conurbanadeviaje

"Estaba muy ansiosa por llegar", rememora con una gran sonrisa, "Y quiero desmitificar que las segundas partes no son buenas, porque mi regreso resultó espectacular. El mismo día que arribé, creo que fue más vertiginoso que todo mi recorrido anterior por Europa. Apenas pisé el centro de la ciudad me di cuenta de que se jugaba el clásico de fútbol Estrella Roja-Partizan y todo era pura fiesta (aunque en Serbia son mucho más aficionados al básquet), conocí mucha gente en un par de horas y salimos a bailar".

Cecilia se sentía viva y decidió que debía quedarse como fuera. En los días subsiguientes, mientras se reencontraba con la belleza de la Calle Knez Mihailova - considerada una de las más hermosas de Europa-, el parque Kalemegdan y su atmósfera colmada de historia imperial, la cotidianidad del mercado Zeleni Venac y tantos otros rincones típicos de la ciudad, comenzó a enviar emails a los diferentes hostels, hasta obtener la respuesta anhelada. "`Empezás el lunes´, me dijeron. No había planificado cuánto quedarme, y aquel terminó siendo mi trabajo durante un largo y hermoso período de mi vida y, mis compañeros y sus familias, se convirtieron en mi familia serbia. Creo que, de todos los lugares posibles, fue el mejor trabajo del mundo que me podría haber tocado. La felicidad fue plena".

Belgrado de noche.
Belgrado de noche.

Impactos y costumbres

Situada en la confluencia del río Sava con el Danubio, Belgrado recibió a la joven con los brazos abiertos. Ya incorporada en la rutina de una gran urbe de 1 756 534 habitantes, jamás se sintió una extranjera. "Creo que a los pocos días ya estaba totalmente adaptada", asegura, "Incluso había aprendido el alfabeto cirílico de memoria, así que todo fue fluyendo y pude sobrevivir con el inglés muy bien. Aprendí la pronunciación del idioma y bastante vocabulario y ahora me estoy dedicando a perfeccionar la gramática".

Tal como sucede en otras ciudades europeas, una de las primeras costumbres que le llamó la atención fue la cultura del café. En las calles de Belgrado descubrió un sinfín de cafeterías, una más pintoresca que la otra y repletas de personas, todas animadas por charlas que podían durar largas horas. "De hecho, recién hace pocos meses arribó la cadena de café del vasito plástico y no sé realmente cuánto éxito tendrá", agrega entre risas.

Cafés en Belgrado.
Cafés en Belgrado. Crédito: mywonderlust

Al tiempo, Cecilia pudo adentrarse así mismo en ciertos aspectos impactantes de su nuevo hogar y profundizar en los sucesos históricos de una ciudad que fue capaz renacer más de cuarenta veces de sus escombros. Con una posición geográfica estratégica entre el mundo occidental y el oriental, develó a una comunidad que había sido marcada por la imposibilidad de experimentar una sensación de paz constante.

"Me impactó una historia en particular, que se dio durante el bombardeo de la OTAN a Belgrado en 1999 y que creo, describe bastante bien a la sociedad serbia: Cuando sonaban las sirenas anunciando el bombardeo, muchísima gente se ponía como blanco civil en unos de los varios puentes que hay sobre el río Sava, para que las bombas no los destruyeran", relata conmovida.

"Y creo que la gente, en general, o al menos en mi experiencia, es así: desinteresadamente solidaria, incluso cuando tal vez la economía no acompañe y los sueldos no sean en promedio como los de un país europeo tradicional. Te quieren pagar el café o la cerveza y las familias de mis amigos siempre me agasajaron con su comida en cada visita a sus casas. La calidad de la gastronomía casi no me hizo extrañar la comida argentina, a la que considero -sin exagerar- como la mejor del mundo".

Estatua del Mariscal Tito, el dirigente histórico de la Yugoslavia socialista, en el parque del mausoleo donde descansan sus restos (“La Casa de las Flores”).
Estatua del Mariscal Tito, el dirigente histórico de la Yugoslavia socialista, en el parque del mausoleo donde descansan sus restos (“La Casa de las Flores”).

Fue así que en la intimidad del trato, Cecilia pudo comprender cómo la historia de la región había influido en la conformación de los hábitos y costumbres de una sociedad que algunos describen como tosca, precavida, sumamente temperamental y de un humor agrietado por las guerras, pero, al mismo tiempo, pasionales con sus afectos y arrebatados por las noches (Belgrado tiene la fama de ser una ciudad que está en la cima en cuanto a su vida nocturna), todo esto, tal vez, por ser muy conscientes de lo efímero de la vida.

"Hay dos términos de la cultura serbia (que incluso abarcan a los demás países que conformaban Yugoslavia), que me resultaron llamativos: uno es `polako´, que significa `despacio´. Todo es polako y te lo dicen con el gesto de `bajá un cambio´, mientras bajan las dos palmas de las manos", explica. "El otro es la `promaja´, que no tiene traducción, pero se le llama a la corriente de aire que entra por dos ventanas o puertas opuestas y tiene la capacidad de matarte: ¡Si! Es una costumbre muy arraigada ir cerrando puertas, aunque los extranjeros los miremos sin entender. ¡Realmente lo hacen porque creen que podría matar a la gente!"

Animada por su entorno, Cecilia aprendió a encarar los contratiempos de la vida más "polako", y a disfrutar y adaptarse a una cultura que, por su pasado, adquirió la capacidad de tomarse las cosas con mucha calma y apreciar la vida con otros ritmos. "Demasiada calma para un argentino promedio, creo yo. Son una mezcla rara de seguir adelante y recordar con quiénes estuvieron en guerra por tanto tiempo".

La catedral ortodoxa de San Sava, uno de los templos más grandes del mundo, todavía bajo construcción.
La catedral ortodoxa de San Sava, uno de los templos más grandes del mundo, todavía bajo construcción.

Calidad de vida, calidad humana

A pesar de sus luchas y trabas, a Cecilia le impactó el alto nivel educativo de un pueblo tantas veces impedido. La sorprendió la cantidad de gente con buen manejo de varios idiomas y el esfuerzo y la dedicación que vuelcan en sus estudios. "Son muy buenos en todo lo concerniente a la ingeniería, ciencia y matemáticas", afirma, "Entre los jóvenes, casi todos estudian o ya tienen su título universitario, pero los trabajos, en general, no son remunerados acorde y lamentablemente algunos prefieren trabajar en otros países de Europa. Aunque, personalmente, el nivel de la calidad de vida me parece muy bueno, especialmente en el tema de la seguridad, donde prácticamente no hay delincuencia y es muy seguro volver caminando de noche o incluso de madrugada".

En cuanto a la calidad humana, Cecilia asegura que Serbia y su gente fue una de las revelaciones más hermosas de su vida. "Y creo que es algo de la región. Puedo decir lo mismo de los pueblos de los países vecinos, porque tuve la oportunidad de recorrer Bosnia y algo de Croacia, y en mi trabajo tuve el privilegio de conocer a montenegrinos, macedonios y eslovenos. La calidez que hallé en el trato es de otro mundo, ni siquiera en Argentina se suele ser tan afectuoso. Tal vez al principio te saluden con un apretón de manos, pero la despedida siempre termina siendo con un abrazo fuerte y algunas veces, llanto. Siempre me sentí muy cuidada e incluso sobreprotegida", continúa visiblemente emocionada.

Cecilia y sus amigas serbias en época de Navidad.
Cecilia y sus amigas serbias en época de Navidad.

Regreso y aprendizaje

Fue en su regreso a Buenos Aires, que Cecilia comprendió hasta qué punto su vida en Serbia la había cambiado: ya no era la misma mujer que el suelo porteño había visto partir. "Entendí que se había modificado mucho mi carácter. ¡Creo que para bien!", dice divertida, "Y creo que aumentó muchísimo mi capacidad de adaptación a muchas situaciones de la vida, menos a no extrañar las tardes en el parque Tasmajdan o en el fuerte de Kalemegdan, mirando la confluencia de los ríos Sava y Danubio".

Hoy, Cecilia siente que Belgrado resultó ser mucho más que aquel lugar especial que la había enamorado años antes. La ciudad le tenía destinada grandes enseñanzas; aprendizajes transformadores para crecer, enriquecerse, ampliar su visión del mundo y la forma de transitar la vida.

"Aprendí a ir por la vida en modo `polako´", confiesa, "Antes me enojaba mucho y por cualquier cosa, pero este encuentro con esta maravillosa tierra me ayudó mucho a ver la vida a través del lente de una sociedad que pasó por cosas terribles, como guerras y bombardeos, y que aun así sigue adelante con alegría y despreocupación. La verdad es que, al reflexionar al respecto, me doy cuenta de que uno termina poniéndole peso a problemas que a veces uno cree que son enormes y el ombligo del mundo, pero, comparando, normalmente son menores. Nada que no se pueda arreglar en una Kafana, con cerveza y una típica orquesta serbia sonando de fondo", concluye con una sonrisa.

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Destinos inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a destinos.inesperados2019@gmail.com.

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