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Destinos inesperados

Vivir en Berlín: "Acá la palabra no vale, para todo se necesita un papel"

Carina Durn
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8 de enero de 2020  • 00:26

Lucas Gentile escuchó el llamado que indicaba que era tiempo de abordar, pero aun así decidió pedir otra cerveza. Se encontraba en el aeropuerto de Berlín dispuesto a esperar hasta el último minuto para subirse a un vuelo low cost rumbo Madrid, en donde lo aguardaba su conexión a Buenos Aires. Aquel era el tramo final de un recorrido que lo había llevado por Suecia, Dinamarca, Finlandia e Inglaterra; Alemania, inicialmente, no había formado parte de sus planes.

Mientras saboreaba la bebida cobriza, satisfactorias imágenes y sensaciones de las últimas semanas desfilaron por su mente. Los lugares vistos habían superado sus expectativas, él adoraba la cultura escandinava y por aquellas tierras encontró belleza, y una bondad e inocencia singular, inigualable. Inglaterra, país por el cual siempre había sentido una atracción de otro tipo, tampoco lo había desilusionado. Suecia, sin embargo, había sido el destino estrella y motivo central de su travesía, ya que se trataba de un rincón del mundo en la cual anhelaba vivir. "Antes de emprender el viaje había estudiado tres años de sueco. A medida que lo fui aprendiendo comencé a admirar todo acerca de la cultura escandinava", cuenta hoy.

Lucas se tomó esta foto justo antes de abordar el avión que le cambiaría la vida, en noviembre del 2010.
Lucas se tomó esta foto justo antes de abordar el avión que le cambiaría la vida, en noviembre del 2010.

En Buenos Aires, Lucas trabajaba en el Free Shop de Ezeiza, tenía un buen cargo y, sin embargo, en la Argentina siempre se había sentido desencajado, "como sapo de otro pozo", y su familia y amigos tan solo aguardaban el inminente anuncio que indicara que había llegado el momento de emigrar. Pero antes de tomar una decisión definitiva, el joven creyó conveniente explorar el terreno y las posibilidades, y fue un compañero de trabajo el que le insistió que aproveche su periplo para conocer Berlín, una ciudad de la que le habló maravillas y que calificó como fantástica e imperdible. "Primero lo ignoré, pero durante el camino él me insistió tanto, que resolví pasar por allí justo antes de volver a la Argentina", recuerda, "Fue una decisión que cambió mi vida para siempre".

"Lucas Gentile", escuchó por el altoparlante, "Último llamado para abordar". El joven, que cargaba con esa sensación agridulce de los finales, ingresó como último pasajero al avión. Caminó por el pasillo distraído hasta que una voz aún sin rostro lo alentó a sentarse junto a ella, él ubicó sus pertenencias en el compartimento y se desplomó en su asiento. A su lado, una joven rusa de ascendencia alemana lo observó con curiosidad.

Todo fue por ella, por una mujer que en aquel 2010, en aquel avión inesperado, emergió luminosa. Por Alina, una atractiva extraña, que estaría a menos de dos años de convertirse en su esposa y que supo ingresar directo a su corazón.

Lucas y Alina, de novios.
Lucas y Alina, de novios.

Los primeros impactos

Ella voló a la Argentina en un par de oportunidades y él hizo lo propio a Berlín, a fin de alimentar un amor que la distancia fue incapaz de debilitar. Como viajero, en el pasado Lucas había observado a la ciudad alemana con una mirada benévola y sin animosidades especiales: en definitiva, allí no se iría a vivir. Pero todo había cambiado, se había enamorado como jamás lo había hecho, y Berlín había amanecido con nuevos colores, colmada de matices y claroscuros.

Se trataba del lugar en el cual habitaba su amada, una enorme capital que tuvo la posibilidad de recorrer en un par de ocasiones antes de que se transformara en su hogar permanente. Sin dudas, lo primero que le impactó fue su tamaño, estaba ante dos ciudades impregnadas de una historia conmovedora, que se habían transformado en una única gran metrópoli tras la unificación: tenía el doble de parques, de grandes avenidas, de monumentos, de barrios históricos, iglesias, centros comerciales, escuelas, universidades, plazas centrales, e impresionantes contrastes de lo antiguo y lo tradicional, con lo moderno. ¡Tan amplia y sin embargo tan pulcra, rebosante de espacios verdes, repleta de bicisendas y tanto más silenciosa de lo esperado!

"Es asombroso, en una urbe semejante uno está preparado para el caos y es todo lo contrario, acá la contaminación audiovisual es muy baja, el transito se mantiene muy ordenado ¡aunque manejan muy rápido!, y las personas y el sistema tienen un comportamiento muy ecológico; a su vez, los hospitales están muy bien y la educación es buena", describe Lucas, "Para mí fue llamativo encontrarme con que a la noche haya tan poca iluminación, luego descubrí que no era necesario. Los parques están totalmente a oscuras y, aun así, la gente se reúne ahí a fumar, charlar, y circula a altas horas, a pie o en bicicleta (con sus respectivas luces obligatorias por ley), y no pasa nada, te sentís muy seguro".

Sin dudas, Lucas pudo observar que en Berlín se respiraba una buena calidad de vida, pero, como suele suceder cuando los meses se transforman en años, para él no todo sería color de rosas y pronto llegarían algunas dificultades de las cuales supo aprender y crecer.

Una ciudad imponente.
Una ciudad imponente.

Casarse y trabajar

Fue en el año 2012 que la pareja decidió contraer matrimonio y, con aquella resolución, llegaron las primeras complicaciones. "La cantidad de trámites y papeles que nos pedían eran tantos, que perdimos la paciencia. Se trataba de mi primer acercamiento con el sistema gubernamental y sinceramente no pude creer la burocracia. Nos hartamos de las vueltas y decidimos casarnos en Dinamarca. ¡Ahí no nos pidieron ni un solo papel, nada, con el pasaporte fue suficiente! Por eso, siempre que hablo de esta parte de Alemania, lo hago separando a la gente del gobierno, que es muy chapado a la antigua (aunque la gente también se resiste a los cambios, por ejemplo, con las formas de pago), no se encuentra bien digitalizado y para todo se necesita una documentación", asegura.

Para Lucas, acomodarse en Berlín resultó sencillo. Su mujer ya tenía su departamento, su empleo y una rutina social, algo que facilitó su llegada, transformándola en una transición suave, sin sobresaltos. De inmediato, comenzó a estudiar alemán (idioma que hoy domina, al igual que el inglés, el portugués y el sueco) y a investigar el mercado laboral. En ese proceso emergió una sociedad con una regularización del empleo extrema.

"Acá por cada oficio necesitás estudios largos y un papel que pruebe tu profesión, ya sea de carpintero, plomero o lo que sea. El alemán necesita ver siempre las pruebas, los documentos, esto es algo que le importa más que el hecho de si sos bueno o no en lo que hacés. Por otro lado, la ayuda social laboral es todo un tema, porque la diferencia de lo que cobra el que se esfuerza trabajando con el que recibe asistencia puede ser poca (en contraposición a los países escandinavos). De esta forma, si trabajás en negro y recibís amparo, podés ganar igual o más que algunos que tiene un empleo en blanco. Personalmente no estoy de acuerdo con este tipo de asistencialismos, considero que son sistemas que se sostienen para apaciguar a la sociedad".

Postales de Berlín.
Postales de Berlín.

El joven, incansable en la búsqueda de un buen futuro, finalmente decidió invertir sus ahorros y abrir un restaurante de tapas que inauguró en el 2013 y que funciona con éxito hasta el día de hoy. Los años pasaron y su experiencia como emprendedor independiente en el rubro de la gastronomía le permitieron conocer a Berlín en diversas facetas, algunas buenas y otras densas, que incluyeron impensadas ineficiencias por parte de una sociedad de la que, tal vez, aguardaba la perfección.

"No es lo mismo el norte que el sur de Alemania, un pueblo o una ciudad. Hablo de mi experiencia personal. Lamentablemente pude comprobar que la palabra no vale demasiado y que existe una especie de doble moral. En el gobierno y en las grandes empresas suelen echarse culpas mutuas, no hacerse cargo y les gusta siempre tener la razón. Y, aunque parezca increíble, ¡son bastante impuntuales!", dice entre risas, aunque con un dejo amargo.

Lucas decidió abrir su propio negocio: Sugar tapas bar. Imagen de su restaurante recién adquirido.
Lucas decidió abrir su propio negocio: Sugar tapas bar. Imagen de su restaurante recién adquirido.

Para Lucas, estas características emergieron notoriamente en el año 2016, cuando decidió abrir un segundo bar de tapas con el crédito de una cervecera española, en una zona muy turística. Una ley llamada Nachtruhe (después de las diez de la noche no está permitido poner música fuerte ni emitir sonidos altos) le complicó el negocio. "En el nuevo lugar había una vecina que todos los días llamaba a las veintidós en punto a la policía, a pesar de que en mi espacio no había más que música que salía de un pequeño grabador y personas muy tranquilas circulando", relata.

"La inmobiliaria - una de las más importantes del país - se disculpó por no haberme alertado y acordó de palabra no cobrar el alquiler en tanto les consiguiera un nuevo inquilino con un proyecto acorde al comportamiento del barrio. Siempre en contacto con mi agente, a los dos meses les presenté a doce candidatos, pero de un día para el otro me llegó una carta que informaba que habían vendido toda la manzana a grandes empresarios (en un proceso que se sospechó fraudulento) y que reclamaba la deuda del alquiler. Mi agente inmobiliario desapareció, de pronto había perdido gran parte mi inversión y entré en pujas legales. Fue un gran aprendizaje: entendí que en relación a los negocios acá hay que desconfiar y que la palabra no vale demasiado. Todo debe estar por contrato, por escrito, aunque te aseguren que no es necesario. Creí que acá sería diferente, pero claro, con el tiempo te das cuenta de que cada dos cuadras hay un casino y que el gobierno mira para otro lado. Tal vez sea a otros niveles, pero la corrupción acá existe. Eso sí, en mi experiencia la policía se mantiene muy honesta y es confiable".

Orgulloso de su negocio en Berlín: Sugar tapas bar una vez inaugurado en el 2013.
Orgulloso de su negocio en Berlín: Sugar tapas bar una vez inaugurado en el 2013. Crédito: Youtube: Lucas Gentile

El desafío de manejar en Alemania

Lucas pudo conducir los primero seis meses con su licencia extranjera, luego tuvo que obtener el carnet local. Sin bien el transporte público resultaba excelente en todos los aspectos y podía optar por el car sharing , le era indispensable manejarse con independencia.

En un país sin inflación y con un costo de vida muy accesible, el precio por tramitar el registro fue una verdadera sorpresa. Entre el curso, horas de manejo y exámenes finales, Lucas terminó pagando alrededor de 2000 Euros. Sin embargo, este detalle de color fue pequeño en comparación a la odisea que significó acceder al tan preciado trofeo de poder transitar por las calles de Alemania.

"Por empezar, para sacar el registro hay que asistir a una escuela. Se trata de un curso obligatorio que dura varios meses y en donde al finalizar hay que rendir un examen escrito y uno práctico. Durante las clases se dictan asignaturas de primeros auxilios, de mecánica, te hacen observar autos y decir qué hicieron bien y qué hicieron mal. Sinceramente es muy complicado, me volví loco, pero fue excelente animarme a hacerlo", ríe. "Fueron varios meses de estudio, yendo al colegio y saliendo a las calles. Junto a un instructor, tenés que acumular 20 horas de manejo, que se dividen en autopista (acá es normal manejar a 180 kilómetros por hora), avenidas y pasajes de alto tránsito, y calles de barrio", continúa.

"Es cierto que cuesta muy caro. Las primeras dos veces reprobé por nervios -algo bastante común acá - y después me fue genial. Una vez que obtenés el registro te podés considerar mecánico, ingeniero, abogado y, aparte, sabés manejar", dice aún entre risas, "Si implementaran este tipo de examen ahora en la Argentina, sospecho que el noventa por ciento de la gente no tendría carnet".

Treptower Park Berlín.
Treptower Park Berlín.

Regresos y aprendizajes

Allá a lo lejos, por el año 2010, en Lucas habitaba un joven de 28 años que se sentía ajeno a su tierra de origen. Impulsado por su deseo de explorar, abrirse a nuevos conocimientos y hallar su lugar en el mundo, emprendió un viaje que lo llevó hacia un destino absolutamente inesperado, guiado por un amor que conoció al abordar en el último minuto a un vuelo que no había formado parte de sus planes iniciales. Mágica y misteriosa coincidencia en tiempo y espacio.

Alina lo condujo a Berlín, una ciudad que nunca había tenido en cuenta para vivir y que, aun hoy y después de ocho años, considera como un hogar de transición al que llegó para enriquecerse y aprender mucho más de lo que hubiera imaginado. En aquella magnifica sociedad de contrastes inigualables reveló aspectos de la humanidad y de sí mismo que desconocía.

"Volví una sola vez a Buenos Aires en el 2015 (mi familia viene seguido), y fue en aquel regreso que descubrí las maravillas de nuestro país, algunas que tal vez antes no reconocía. Viviendo en Berlín entendí que me gusta el ruido y que lo extrañaba. Los argentinos reímos más, disfrutamos en general más de la vida aun con los problemas que podamos tener", confiesa Lucas, "Mi regreso aconteció unos años después de mi partida, pero fue tiempo suficiente como para comprender que mi corazón es argentino, y se siente increíble. En definitiva, acá en Berlín me reconocen también como argentino, mi país es el lugar que amo y me otorga identidad, sin importar dónde esté o qué ocurra. Hoy con mi mujer consideramos que tal vez sea tiempo de partir hacia otro rumbo", continúa profundamente conmovido.

El muro.
El muro.

"Estoy agradecido a Berlín, es una ciudad multicultural e imponente. Acá aprendí a tomarme las cosas con más calma, porque a pesar de ser bastante tercos, los alemanes son más tranquilos", ríe, "El hecho de trabajar independiente y conocer de cerca tantos aspectos de otro Estado y otra cultura, me enseñó a no hacerme problemas por todo. Hoy, a mis 38 años, me siento un privilegiado por haber sido capaz de emprender en el extranjero, por haber aprendido a hacer negocios y que me vaya bien, ¡esto otorga una sensación de orgullo muy linda! Lo hice siempre sabiendo que para lograrlo hay que encontrar los caminos para adaptarse mejor, que van de la mano de estudiar, esforzarse, dar todo y un poco más, como aprender un nuevo idioma - bastante complejo - en seis meses académicos y en la calle, o sacar el carnet de conducir", reflexiona.

"Definitivamente me considero un afortunado, siento que este lugar me instruyó enormemente. Pero más privilegiado me siento por estar con la mujer que amo. Acá aprendí que si no tengo salud no tengo nada, que si no tengo amor no tengo nada.", concluye emocionado.

*

Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Propone ahondar en los motivos, sentimientos y las emociones de aquellos que deciden elegir un nuevo camino. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a destinos.inesperados2019@gmail.com . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.

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