
Un fanatismo que atraviesa países, edades y hasta clases sociales: la pasión por las Harley Davidson. Desde el apogeo de la marca debido a las guerras mundiales hasta su crisis y resurrección en los años 80, por qué sus seguidores la consideran, más que una moto, una cultura.
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Por Diego Igal / Fotos de Juan Francisco Sánchez
La típica tarde de domingo de encuentro en la banquina de la General Paz es, en este caso, la mañana de sábado en un showroom de Martínez. A metros de Dardo Rocha y Fleming, no habrá impecables autos del siglo pasado sino devotos de dos ruedas, pero no de cualquier dos ruedas. Ellos se saben portadores de una leyenda y al mando de un vehículo único. Ni el más barato ni el más caro. Ni el más rápido ni el más ágil, pero sin dos iguales y con mucha historia, según dicen todos.
Decíamos: cada sábado caerán por acá desde las 10 precedidos de un ruido singular, irrepetible y al límite de lo ensordecedor. Tomarán café de máquina en vasitos de papel y comerán medialunas de manteca como excusa para repetir anécdotas memorables –propias y ajenas, reales y mitológicas–, compartir lustres de la propiedad, y al final volver a tomar el manubrio cromado y perderse en calles, rutas y autopistas. Los usuarios de Harley Davidson –o harlistas–, que de ellos se trata, son una tribu que como otras tiene puros y advenedizos, mediopelo y millonarios, pero que –es cierto– poseen características particulares para ostentar porque son poseedores de un producto especial.
<b>Historias de película</b>
empecemos entonces por esa leyenda –la oficial y la otra– de más de 110 años que nació de la curiosidad de dos jóvenes norteamericanos e incluyó guerras mundiales, el rock & roll, el cine y personajes que van de la siempre bella Brigitte Bardot al ya no tan complicado Amado Boudou.
El origen es Milwaukee, Wisconsin –el centro norte de Estados Unidos, arriba de Chicago–, donde Harley Davidson todavía tiene una de las fábricas, la casa matriz y, por supuesto, el museo. Hacia principios del siglo XX, los veinteañeros William S. Harley y Arthur Davidson, amigos de la infancia y por entonces empleados de una metalúrgica local, gastaban tiempo libre en manipular motores, caños y escapes en un sótano familiar para lograr algo decente que les permitiera competir en carreras locales. Apareció el negocio y con la ayuda de otro compañero de trabajo, y del hermano mecánico de William, armaron un prototipo –el mito dice que usaron una lata de tomates– y hacia 1903 lo comenzaron a vender bajo la marca que sería símbolo mundial. El estallido de la Primera Guerra y la provisión de varias decenas de miles de unidades al Ejército le dieron impulso financiero a la incipiente empresa. Para la década del 20 ya exportaban motos a más de 60 países.
El negocio crecería incluso con la Segunda Guerra de por medio –cuando también colocaron decenas de miles de motos en las filas aliadas–, y la empresa se consolidaría hasta liderar el segmento. Pero en eso entró en escena la competencia japonesa y sobrevinieron los problemas financieros que para fines de los años 60 produjeron la fusión con la gigante American Machine & Foundry Company.

La leyenda –o el mito– dice que las ventas cayeron en picada, en parte, porque este tipo de motos se convirtieron en las elegidas por grupos de motociclistas violentos como los Hells Angels, autores de delitos y protagonistas de tropelías que Hollywood ayudó a transformar en épicas (revisar en Wikipedia List of Biker Films). The Wild One (1953) es una de esas películas que recrea los actos vandálicos cometidos por motoqueros en un pueblo californiano. La personificaban en pantalla dos actores en ascenso, Marlon Brando y Lee Marvin, a bordo de una Triumph y una Harley, respectivamente. Hubo otras como Hells Angels on Wheels (1967), con Jack Nicholson en el papel principal, pero la que rompería todo sería Easy Rider (1969) con Dennis Hopper (director e intérprete) y Peter Fonda (también aparece Jack), al mando de dos Harley, una de ellas con la bandera estadounidense pintada en el tanque de combustible. Cómo sería de mala la imagen que esas historias de ficción le traían a Harley, que la compañía rechazó prestar motos para la película de Hooper (las cuatro utilizadas en el rodaje merecen una nota aparte, una de ellas se subastó en 2014 por un millón de dólares).
La marca ya era proveedora oficial de Los Angeles Police Department y de otras fuerzas del país y el mundo, y recibía publicidad de usuarios emblemáticos y famosos de la talla de Elvis Presley, James Dean, Steve McQueen o el francés Serge Gainsbourg, quien compuso una pegadiza balada de dos minutos y medio que popularizaría su pareja de entonces, una tal Brigitte Bardot, y que dice algo así como “no necesito a nadie en mi Harley Davidson, no reconozco a nadie en mi Harley Davidson”.
En lo corporativo, los números seguían sin cerrar y los costos se bajaban en proporción a la calidad. A principios de los años 80, la empresa estuvo al borde de la quiebra hasta que un grupo de 13 empresarios –entre ellos, uno de los nietos de Davidson, Willie G– la salvaron en 1981. La marca recuperó entonces la trayectoria en ascenso, comenzó a cotizar en Bolsa y, claro, a explotar el combo de leyenda/mito, cultura y fanatismo. En 1983 se instauró el club de propietarios (el Harley Owners Group) y en simultáneo sí se alentó esta vez a Hollywood: al estreno en 1991 de ese bodrio llamado Harley Davidson and the Marlboro Man, con los carilindos Mickey Rourke y Don Johnson, se le sumó un año después la serie El renegado, protagonizada por Lorenzo Lamas y una Harley, obvio. Quizás no sea casual que el exterminator T-800 (interpretado por Arnold Schwarzenegger) en Terminator II (1992) robe una Harley FLSTF “Fat Boy” para buscar a John Connor y luego lucirse en la persecución antológica contra el camión manejado por el T-1000. Dicho sea de paso, Schwarzenegger es otro harlista famoso como Jay Leno, Hugh Laurie, Stephen King, Nicole Kidman, Tom Cruise, George Clooney y una amplia lista.
Los nuevos viejos dueños también comenzaron a explotar en aquellos años 80 el merchandising de la “cultura” Harley, con camperas, chalecos, pantalones y botas de cuero negro, cascos, remeras y musculosas, bandanas y gorras, rocanrol estilo AC/DC al palo (uno de los modelos más caros tiene estéreo incorporado), y a preservar ese secreto que la hace única y del que ya hablaremos.

<b>Ser parte del club</b>
el hog o club de propietarios tiene hoy más de 1,3 millones de miembros en todo el mundo y es un primer diferencial con respecto a usuarios de otras marcas. Entre los beneficios hay una revista mensual exclusiva, mapas, merchandising y salidas a la ruta.
A metros de esa esquina de Martínez, frente al Hipódromo de San Isidro, el anfitrión del café y las medialunas es Juan Gabba, quien desde 1991 es único dealer de la marca en Argentina y uno de los accionistas de la operación de Chile. En enero último estuvo entre los cuatro miembros de la travesía patagónica que realizaron el flamante embajador estadounidense Noah Mamet (harlista fana según se preocupa en publicitar) y otros dos empresarios, cada uno en su Harley. De pelo blanco y barba prolija, Gabba (63 años) tiene el look de un Papá Noel de shopping o de un hombre de negocios más que de un motoquero irreverente. Y como buen empresario sabe que la discreción no hace falta demostrarla. Será inútil entonces preguntarle por famosos que pasaron por este local a comprar una o varias Harley, como Boudou, Jorge “Corcho” Rodríguez (que hoy arma sus propias motos), el tatuador Mariano Antonio y, por supuesto, el excéntrico ya fallecido Ricardo Fort. Cuentan que el día que Fort fue a buscar una moto que había comprado, ya patentada a su nombre, le preguntó a uno de los acompañantes cómo le quedaba; al recibir una desaprobación como respuesta, quiso llevarse otra en el acto. O Norberto “Pappo” Napolitano –quien murió en 2005 atropellado por un auto al caer de su Electra Glide 1200– y el ahora famoso Daniel Díaz León, aka “Dani La Muerte”, otro usuario de la marca.

Gabba sí habla del negocio en los últimos 20 años, de la gestión de la empresa que aquí tiene tamaño y dinámica de una empresa familiar y de las dificultades por el cierre de las importaciones que le impedían vender. El negocio se mantuvo por los repuestos, por ser el único servicio técnico oficial y también por tener el único escáner de Harley que permite reconocer las fallas y la historia de cada unidad desde que salió de fábrica.
De aquellos años guillermomorenistas hay un dato que grafica el fanatismo por la marca: el impedimento generó una lista de espera que llegó a los 1.200 anotados. Cuando se levantó la prohibición, después de tres años, los vendedores comenzaron a rastrear a los supuestos compradores y la mayoría de ellos seguían interesados. En un mercado que solo el año pasado vendió unas 500.000 unidades 0 km, Harley despachó 500 en 12 meses como en su mejor época.
Hoy, la lista de precios de una moto nueva arranca en los US$ 23.000 y trepa por encima de los US$ 50.000. En usadas, se manejan los mismos valores, aunque a veces alguna antigua se destapa con una cifra muy superior. Gabba –que tiene una sola Harley, una Softail azul que le compró a un norteamericano en la década del 80– calcula que en Argentina hay unas 6.000 patentadas y que el 70% de la producción mundial de 300.000 unidades se queda en Estados Unidos.
Lo que parece incomodarlo a Gabba es hablar de los fanáticos. Al lado de la máquina de café del quincho trasero del local, donde se desarrollan las tertulias sabatinas –una acción de marketing de varios dealers del mundo, explica–, se apura en aclarar: “Yo vendo motos, no cultura. Bueno, no hace falta que explique por qué tiene tanta fuerza la marca. No estoy evangelizando, no le estoy diciendo «bueno ahora te tenés que disfrazar de Easy Rider». El perfil del usuario es un tema bastante largo y complicado. Todas las marcas tienen fanáticos. Acá se dio el caso con Chevrolet y Ford. Pero esto no es igual. La moto no la inventó Harley pero se fabrica desde 1903. Y vendemos solo motos”, agrega en una referencia que no precisa pero que apunta a las marcas japonesas que diversificaron el core business en autos, grupos electrógenos, motores de lancha y teclados musicales. “Harley se convirtió en un emblema de la cultura americana y, curiosamente, eso se puso de moda con los años. La marca superó la barrera. Los fanáticos son más fanáticos que los de otras motos”, concede finalmente.
<b>Palabra de fan</b>
se reconocen varios tipos de harlistas: el fanático que siempre soñó con una por ser “la moto” y ahorró para llegar a tenerla; el que adora los fierros y tiene varias marcas (hay coleccionistas de Harley con hasta 200 modelos); el millonario que agrega un ítem al patrimonio; el nuevo rico o el que se separó y compra la onda. Entre medialunas, cafés y motos relucientes están los que acceden a hablar y los que no, ya sea por timidez o por miedo a la AFIP. Algunos jóvenes como Esteban veían la Harley como inalcanzable, pero él compró la primera en 2005 por US$ 8.000. Hoy, 11 años después, tiene tres y un taller en Munro donde arma, repara y personaliza. “Si pudiera tener 40, tendría 40. Harley es diferente de otras. Es el mito, algo que tiene historia. Todos te dicen «¡ojo que no te estás subiendo a una moto, sino a una leyenda!» La mecánica es muy básica y cualquiera que no sepa puede meter mano, algo que con una japonesa es imposible. Es mi hobby, mi pasión y es un negocio porque es plata en el bolsillo. Es una muy buena inversión”, cuenta.

Tito se presenta como el abuelo Harley. Asegura tener 80 años y una Harley desde 1994 porque la convertibilidad le permitió comprar una usada por US$ 27.000. “Desde los 12 años me gustan los fierros. Hice el servicio militar en la Policía Federal y había tres Harley de la custodia presidencial arrumbadas en un galpón. Le pedí permiso al comisario y armé una. Pero después anduve con la ñata contra el vidrio porque no la podía comprar”. Tito viajó en su moto a Brasil, a Chile, y a la Patagonia, y cree que las Harley se diferencian porque “son una familia, un grupo hermoso que no tenés con otras marcas. Nunca salís solo”.
Damián Rodríguez es el dueño de Dama’s Motorcycles, un taller del oeste del conurbano donde hacen restauración, customización y armado de Harley y de otras marcas. Harlista desde 1998, dice que quiere armar la colección completa con todos los modelos. “Pero el día que tuve la primera, ahí conocí lo que es realmente una moto. Una Harley. Ahí comenzó mi pasión, mi locura. La diferencia es muy difícil de explicar, es algo que se siente. Es como una enfermedad linda. No hay marcas similares, es única. Las Harley son todas distintas porque cada dueño la arma a su gusto”, insiste.
Palabras más o menos iguales a las de Diego Méndez, dueño con Guadalupe Boffi –la novia y, por supuesto, harlista– de un negocio de accesorios y armado de motos (Millas del Diablo). “Yo de chico armaba y desarmaba motos –recuerda Diego–. La primera la tuve a los 17 pero no era Harley. Tuve que esperar tres años. Fue una 750 año 46 toda desarmada. Solo motor. Me la compró un diseñador gráfico para poner en el medio del estudio como decoración. Con lo que me dio me compré una nueva.
Diego habla del “espíritu y la mística” y que Harley “tiene eso que es indestructible”. “No tiene la mejor performance, no es la que más rápido anda ni la que mejor frena o dobla. Pero no se rompe y anda muchos kilómetros. La parada, la prestancia, es lo que te engancha. Todos la personalizan a su antojo; por eso, no hay dos iguales”. Para comparar con otras marcas, Diego también menciona el estilo y los encuentros que se organizan, donde casualmente conoció a Guadalupe, fanática de las motos desde antes de subirse a su primera Harley. Ella es una de las pocas mujeres del ambiente harlista, donde el cupo femenino es mínimo. “Sos una rareza –concede–. Es un ambiente machista donde el hombre se va el sábado de la casa y quiere ver hombres, no minas. Pero a mí no me discriminan, no sé a las otras chicas”.
Los famosos encuentros harlistas en Argentina se realizan en Mendoza –el más antiguo y convocante desde hace 18 años lo organizan un ex juez y su hijo–, Córdoba y La Rioja, entre otras provincias, pero no en la ciudad de Buenos Aires, ni de la mano del concesionario oficial, algo que a Gabba le valió algunas críticas. “No podés soltar a la gente sin ningún tipo de responsabilidad –se ataja él–. Yo hacía viajes, salíamos con pautas claras y todos juntos. El encuentro es más difícil de controlar. Es otra cosa”.
Las reuniones suelen juntar a un promedio de 200 harlistas e incluyen travesías, gastronomía, shows musicales y algunas pruebas de destreza (marcha lenta, gana el que llega último), previo pago de unos US$ 400, pero más que nada son la excusa para el encuentro regional (vienen de países limítrofes) de fanáticos que cuentan y repiten anécdotas y charlan de fierros.

Edgar González organiza desde 2009 los de Villa Carlos Paz (Córdoba). “Mi primera moto fue una Honda Dax que me compró mi viejo a los 14 años. Pero desde que vi a un tenista muy famoso en una Heritage 1340 dije que quería una Harley. No sé qué cálculo hice pero dije: «En el año 2000 voy a tener una». Y se me dio. Para mí, Harley es historia, algo auténtico. Eso la diferencia. Es una moto que se presta para cruzar de punta a punta toda la Tierra. Cuando vengan los marcianos a conquistar el planeta Tierra, lo primero que van a querer llevarse es una Harley”, dice.
Sobre el usuario, Edgar opina: “Hoy en día se ha puesto muy de moda. Si tenés la posibilidad económica comprás una y listo, pero hay de todo y de todos los colores. Podría ser un excéntrico, un eterno adolescente o un niño grande, un rockstar, un purista o un auténtico. Yo me defino como un harlista cordobés, un loco soñador que cuando sale a rodar o a tomar un café se siente el actor principal de su propia película de acción. Los usuarios de Harley, por más rudos que se vean algunos, te dirían que somos unos eternos adolecentes”.
Pero, dicen, el secreto del amor incondicional no estaría en estas fantasías que genera subirse a una Harley, sino en algo concreto: la vibración y el ruido que emana el caño de escape. No es ese ruido lacerante como si un mosquito se hubiese metido en un amplificador o el de la bordeadora/aspiradora que rompe el sueño matutino. El sonido es, en efecto, diferente de todos, producto del tipo de motor y del régimen de vueltas (los detalles son una nota aparte). Tan distinto es que la empresa lo patentó. O al menos eso dice la leyenda, que a veces es mito. La Harley menos potente tiene una cilindrada de 800 centímetros cúbicos, casi ocho veces más que las comunes que montan los delivery.
“Ningún otro se compara con el sonido que emite, es como cabalgar sobre un caballo”, concluye, lírico, el abuelo Tito. Y, bueno, son palabras de fanático.
***
EN LA PIEL DE WALTER DAVIDSON
Por Soledad Venencio
Hace unas semanas, Discovery Channel puso al aire Harley and the Davidson, la mítica historia del origen de la marca. Michiel Huisman –ex Tremé y más acá en el tiempo el mercenario Daario Naharis de Game of Thrones– interpretó el papel de Walter Davidson. “Fue un rebelde. Alguien que se opuso al establishment y que vivió al límite y le imprimió ese espíritu a su creación”, cuenta el actor y músico que, para construir a su personaje, se valió de anécdotas y fotos familiares. “Es interesante ver que más allá de haber sido el primer presidente de Harley Davidson, Walter empezó con el sueño de construir una moto, sin imaginar que fundaría una empresa exitosa. Fue audaz y sentía pasión, o necesidad de velocidad y aventura en su vida: su verdadera búsqueda. De algún modo, eso generó fricción entre él y su hermano más chico, Arthur, que tenía una mente mucho más orientada a los negocios y siempre pensaba cuál era el paso correcto en términos de la compañía y del negocio. En cambio, lo que Walter Davidson tenía en mente era: «¿Qué es lo que yo deseo? Deseo una moto con la que pueda subir y bajar la montaña más rápidamente que con cualquier otra moto»”. Y eso porque, sencillamente, le gustaba”.
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