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Destinos inesperados

Vivir en Estambul: "Sumarse a los ritos ayuda a entablar vínculos de amistad"

Carina Durn
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11 de diciembre de 2019  • 00:17

"La peor soledad es no estar cómodo contigo mismo", expresó alguna vez Mark Twain y exactamente así es como se sentía Delfina Pabón en aquel momento de su vida: lejos de su centro, infiel a su ser. Los días habían caído en una rutina que le resultaba forastera, una cotidianidad signada por mandatos clásicos que nadie le había impuesto, pero que la ahogaban al punto de sentirse ajena en su piel. ¿Por qué había vuelto?, se preguntó sin obtener más respuestas que aquellas que en el pasado había creído correctas: porque era tiempo de establecerse, retomar los estudios y conseguir un trabajo fijo en su país, tal como debía ser. Pero, ¿era tiempo? ¿Debía ser?

Su primera experiencia en el exterior había sido aquella vez, cuando durante una temporada de verano trabajó en un restaurante en Uruguay. A su vuelta, con la llamita de mujer exploradora encendida, descubrió las visas Working Holiday que la llevaron a vivir un año a Francia, aprender un tercer idioma y a ahorrar lo suficiente como para emprender otro largo viaje en el que recorrió Europa, Asia y conoció otros veinte países más. Y entonces, luego de su pequeño gran periplo, volvió. "Pero no pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta de que esa vida rutinaria no era para mí, que me hacía sentir lejos de mi esencia", recuerda Delfina.

Sus amigos apenas sí habían tenido tiempo para alegrarse por su regreso, cuando la tuvieron que volver a despedir; comprendían sus anhelos, sabían que para ella los ciclos de la vida corrían con otro pulso y que ser auténtica era primordial para no caer en vacíos que podrían disimularse, pero cuyo único resultado sería una angustia creciente inevitable. "Mi familia también entendió", asegura, "Mis dos hermanos y yo fuimos criados con la mayor libertad posible en un seno donde nadie nos ha predefinido el rumbo: somos seres libres de elegir el estilo de vida que más nos guste. Un día desperté sin más dudas, empaqué nuevamente e incicié un viaje a Europa del este que me llevaría hacia mi destino inesperado".

Hacia un destino inesperado.
Hacia un destino inesperado.

Hacia un nuevo hogar

Delfina aún recuerda los días previos a su partida, cuando en su cabeza cabía solo la incertidumbre. No era la primera vez que encaraba una travesía de gran envergadura, pero sí era inédito que volara sin un plan fijo, salvo por el hecho de que se instalaría en algún país para pasar el invierno, aunque sin saber bien en cuál.

Inició su viaje con los ahorros justos, pero confiada en que su trabajo como fotógrafa y sus conocimientos en el área de turismo le permitirían en algún momento recuperar los gastos generados en el camino. Se desplazó como mochilera -acampando y haciendo dedo - por Francia e Italia hasta que el frío creciente se hizo notar. "Ahí me tomé un avión a Bucarest y atravesé por tierra aquella región, Serbia y Bulgaria. Fue mi primer viaje por climas fríos y por esos días descubrí los bellísimos paisajes de Rumania y compartí las comidas con gente local de una amabilidad increíble. Luego, en Serbia, estuve una semana con una amiga oriunda de Hong Kong en un templo en medio de la montaña. Por entonces mi mirada ya estaba puesta en Estambul", relata con una sonrisa.

Delfina era del tipo de personas que siempre había amado el movimiento, pero de igual manera disfrutaba hacer un alto y permanecer lo suficientemente quieta como para iluminar sus sentidos, aprender y fundirse con los hábitos y costumbres locales. Nunca había estado en Turquía, solo sabía que se trataba de un lugar bastante económico para vivir y, de pronto, la idea de conocer en profundidad su cultura le pareció fascinante.

Una ciudad imponente.
Una ciudad imponente. Crédito: (@delfipabon)

Los primeros impactos

Las sensaciones que la joven conserva de su llegada se grabaron en su memoria a fuego, inolvidables. La música, los olores ¡tan particulares!, la gente hablando a un volumen llamativo en turco, algunas mujeres con el cabello cubierto, otras vestidas tal como les daba la gana, el amuleto de la mano de Fátima por doquier y tantos otros símbolos que parecían decirle: "Bienvenida a tu nueva vida en Estambul, Delfina".

Alquiló una habitación en un departamento compartido cerca de la universidad, en un barrio habitado por la juventud, y en donde en casi cada restaurante y bar podía acceder a un menú estudiantil y pedir una pinta por un dólar. El choque cultural fue impactante, le tomó pocos días asimilar que aquel rincón de la tierra le abriría la mente y la haría crecer. ¡Todo era tan diferente comparado a lo que había dejado en Buenos Aires y a lo que estaba acostumbrada! Ubicada entre Europa y Asia a lo largo del estrecho de Bósforo, aquella ciudad reflejaba las influencias de los distintos imperios que habían gobernado en la región. Lo primero que le llamó la atención fue su arquitectura incomparable, en donde las murallas habían sido construidas por los bizantinos, las mezquitas eran otomanas, y muchos de los residentes habitaban en viviendas que databan del siglo XIX, con una combinación de estilo europeo y barroco turco, con pinceladas de diseño otomano clásico.

Postales de Turquía.
Postales de Turquía.

Y luego estaban los rezos. Supo que era la mezquita la que marcaba los diferentes horarios de la jornada y que para la mayoría el ritual era sagrado. "Se reza cinco veces por día. Diez minutos antes de los llamados los comerciantes cierran sus negocios para ir a la mezquita a rezar, una vez que terminan vuelven a retomar sus trabajos", explica Delfina, "Recuerdo muy bien un día, cuando fui a imprimir mi trabajo a una casa de fotografía a la que iba siempre (imprimir cada una cuesta 0,20 USD) y el dueño muy amablemente me preguntó si podría volver en una hora. Con una sonrisa me dijo: `Escuché el llamado, tenemos que ir a cumplir con el deber de Dios´. La mezquita llama a rezar a través de un altoparlante, los primeros meses me llamaba muchísimo la atención y después con el tiempo llegué a acostumbrarme tanto que cuando recibía visitas que me preguntaban qué era esa voz hablando en árabe, no sabía de qué me hablaban. Lo había incorporado a mi vida diaria".

Durante las primeras semanas, sin embargo, las sensaciones de asombro lejos de menguar se agudizaron aún más: los aromas, texturas, sonidos y paisajes parecían multiplicarse e intensificarse. Ante ella había emergido una comunidad de convivencias religiosas llamativas, apegada a sus tradiciones fundantes, aunque lo suficientemente confortable en su diversidad. "Turquía es actualmente un país secular, esto quiere decir que el Estado está separado de la religión", afirma, "Si bien se trata de una nación mayoritariamente musulmana, las personas son libres de profesar la religión que deseen. Lo mismo sucede con tradiciones, como cubrirse el cabello con la burka o el cuerpo completo. Hay muchas mujeres cubiertas de pies a cabeza, otras solo tapan su cabello y algunas andan sin cubrirse nada (aunque en las zonas rurales las costumbres son mucho más conservadoras y estrictas). Acá siempre me sentí absolutamente libre y el único momento en donde tuve que ocultar el cabello fue para ingresar a Hagia Sophia, sitio que hoy funciona como museo pero que solía ser una mezquita".

Un día en la calle del barrio.
Un día en la calle del barrio. Crédito: (@delfipabon)

Hábitos y calidad humana

Tal como había anhelado, Delfina no tardó en conseguir un empleo para una agencia de viajes con una modalidad de trabajo remoto. A su vez, su producción fotográfica estaba teniendo una buena recepción y comenzó a vender su material con un considerable éxito. Fue así que, entre sus ocupaciones y las rutinas de una vida cotidiana, rápidamente comenzó a socializar y a apreciar rituales que no tenía incorporados.

Por la mañana su rutina comenzaba con un buen café turco antes de ir al gimnasio. Aprendió a prepararlo con la pequeña olla especial y a tomarlo despacio dejando siempre el fondo de la taza, que es donde queda la borra del café estacionada. Luego empacaba su cámara y su computadora, y se dirigía a trabajar a la universidad. "Allí solía sentarme a disfrutar de otro café y trabajar rodeada de gatos durmiendo la siesta al sol. Estambul está repleta de gatos y perros callejeros y se encuentran en perfecto estado de salud porque toda la gente los alimenta y los cuida muchísimo", observa.

Fatih y Bora, los dos jóvenes turcos con quienes compartía su departamento, se convirtieron en muy buenos amigos y una grandiosa compañía para regocijarse con las deliciosas infusiones en hebras y los platos tradicionales, casi siempre acompañados por boul de yogurt natural normalmente ubicado en el centro de la mesa. Y sola o con ellos, una de las actividades que más gozó desde el comienzo, fue la de salir a aventurarse por las calles de la imponente ciudad.

"Muchas de ellas no tienen vereda, con lo cual el peatón se ve obligado a caminar en la misma senda por donde circulan los autos, y debo admitir que los conductores turcos no son famosos por ser los más prudentes del mundo", ríe, "En cuanto a las compras, cada día de la semana hay un mercado callejero de frutas, verduras, ropa, vajilla, que se lleva a cabo en distintas partes de la ciudad. A pesar de la popularidad del café, entre las costumbres que más me llamaron la atención está la ceremonia del té. Es asombroso porque todo el mundo te invita a tomar una taza de té turco: cuando entrás a un comercio, cuando vas a la peluquería, en sus casas..., y si sos fumador, un cigarrillo de tabaco armado a mano. La ceremonia del té me recuerda a la costumbre argentina del mate, en nuestro país invitamos a alguien a tomar unos mates para compartir una charla, un momento juntos, en el caso de Turquía el mediador es una taza de té con un terrón de azúcar al costado, para los que lo toman dulce", describe complacida.

Con su amigo.
Con su amigo.

Comunicarse fue uno de los grandes desafíos en su nueva vida. No todo el mundo en Turquía hablaba inglés y para desenvolverse en la cotidianeidad debía estar dispuesta a aprender - aunque sea las bases - del idioma oficial, algo que sin dudas le facilitaría su experiencia de vida. "Los meses pasaron y elegí quedarme a vivir en Estambul mucho más de lo esperado. Cuando uno se incorpora con los locales en su idioma hay un mayor disfrute y apreciación", observa Delfi.

"En Turquía la gastronomía es increíble (se caracteriza la diversidad de ingredientes, el amplio uso de las especias y el aceite de oliva, y unir costumbres culinarias del Oriente Medio y de la cocina balcánica), descubrí comidas de las que nunca había escuchado y muchas personas me han invitado a comer platos típicos preparados por ellos mismos. Sumarse a los ritos y costumbres en torno a la cocida ayuda a entablar vínculos de amistad con los lugareños. Mi vivencia con los turcos fue increíble desde un comienzo: son muy hospitalarios y siempre me hicieron sentir como en casa. Y, a la hora de saludarse, los amigos del mismo sexo se dan dos besos en las mejillas. Si se quiere mostrar respeto hacia una persona mayor se besa su mano y se coloca en la frente. A los desconocidos se les da la mano", continúa.

Callecitas.
Callecitas.

Otras raras costumbres

Un año transcurrió a una velocidad increíble, y la mente y el corazón de Delfina se sintieron abundantes, colmados de postales asombrosas, enseñanzas y agradecimiento.

Entre otras costumbres que vivenció directa o indirectamente, la joven aprendió acerca de la noche de la henna, celebrada por las mujeres el día anterior a una boda, en donde pintan las manos y los pies de la novia, que lleva un velo color rojo y en donde se cantan dulces canciones hasta hacerla llorar.

Jamás dejó de sorprenderse por los amuletos salpicados por toda la ciudad, en especial el ojo turco ( nazar boncuk), un símbolo que pudo hallar en cada rincón y que supone una protección contra el mal de ojo; ni dejó de sonreírse ante la práctica del regateo, a veces interminable y con una taza de té de por medio aunque la venta jamás se concretara.

Y pudo maravillarse por aquel extraño acto de tirar agua al suelo antes de que alguien emprenda un nuevo viaje: para ellos simboliza el deseo de que la travesía vaya bien, que todo fluya suave, como lo hace el agua.

nazar boncuk
nazar boncuk

Regresos y aprendizajes

Hace unos meses ya que Delfina dejó Estambul y hoy vive en Hong Kong. Siente que aún no es tiempo de un volver a su país natal de forma permanente. ¿Llegará alguna vez aquel día? No tiene la respuesta, pero sí sabe que todavía le quedan un sinfín de rincones que la lente de su cámara y su espíritu desean explorar. Y en ese camino, tiene la convicción de que lo único válido es serse fiel, estar cómoda en su piel, y respetar su propia esencia por fuera de los mandatos sociales, para ahuyentar las angustias inexplicables y las soledades dolientes.

"Durante este tiempo viviendo lejos aprendí que las verdades no son absolutas, que todo es relativo al lugar donde hemos nacido y fuimos criados. Que somos seres libres de elegir nuestro camino, uno que muchas veces no coincide con el lugar donde nos tocó nacer. Aprendí que salir a explorar es mi forma de vivir, me fascina que cada día se presente un desafío nuevo, aunque no siempre sean cosas buenas o placenteras: todo deja una enseñanza y nos hace crecer. Entendí que el dinero sí es necesario para vivir, pero que más importante son las experiencias de vida: es increíble cuánto podemos aprender de las personas que tenemos al lado, cuánto podemos enriquecernos al aproximarnos a lo desconocido", reflexiona.

Delfina.
Delfina.

"Cuando decidís emigrar a un nuevo país pasás de ser local a ser visitante, todos los días sos un invitado y debes esforzarte por absorberlo todo: el nuevo idioma, las costumbres, la comida, los olores. Vivir en una nueva tierra es algo mágico que sólo podés experimentar si sos capaz de despojarte de todo lo que das por sentado y conocés; sumergirte en una cultura de la que no sabes nada, pero podés aprenderlo todo. Creo que si todos atravesáramos la experiencia de vivir en otro país el mundo sería un lugar mucho más hospitalario y tolerante".

"Viajando aprendí que todos buscamos lo mismo: ser felices. Lo que se modifica es la manera y los medios que usamos para llegar a la felicidad. Algunas personas se abocan a la religión, otros invierten tiempo en su familia, otros encuentran su pasión y trabajan duro cada día para crecer en su trabajo, otras personas dejaron todo para dedicarse al arte. Nadie puede dictar cómo querés vivir tu vida. Cada uno transita su propio camino hacia la felicidad, que nunca te digan lo que debés hacer, nunca dejes de buscar, nunca dejes de alimentar tu espíritu curioso", concluye emocionada.

*

Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Propone ahondar en los motivos, sentimientos y las emociones de aquellos que deciden elegir un nuevo camino. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a destinos.inesperados2019@gmail.com . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.

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