
Woody canta bajo la lluvia
Ultimamente se habla mucho de sus conflictos familiares y se olvida, al hacerlo, que lo suyo es el cine. En esta entrevista exclusiva, el humorista más importante que dio la pantalla en estos tiempos analiza su obra y cuenta por qué hizo un film musical al viejo estilo.
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NUEVA YORK.- Es probablemente el único director norteamericano que ha sabido encontrar la forma de filmar para los grandes estudios sin hacer ninguna clase de concesiones. Para algunos, un genio; para otros, un hombre gracioso que es víctima de sus largos años de psicoanálisis, lo cierto es que Woody Allen ocupa un sitial único en Hollywood, algo que reconoce con más sorpresa que orgullo: "He tenido muchísima suerte.
Desde la época de Bananas me dejaron hacer lo que quería", dice.
Ese hacer lo que quiere incluirá, en un futuro próximo, una película en la que dará su versión de su delicadísima historia personal con Mia Farrow, su hija adoptiva Soon Yi, que ha transformado en su pareja, y el escándalo que, como consecuencia de este triángulo sui generis, estalló en miles y miles de páginas de diarios y revistas de todo el mundo.
Pero en esta entrevista, Allen no tocó el tema. Sólo habló de su arte.
Un arte que tiene otra cara, aunque pocos lo tomen en serio como músico, más allá de la llamativa anécdota de que no concurre a las entregas del Oscar porque esas ceremonias caen en lunes, los días que él dedica a tocar el clarinete.
Woody sigue poniendo tanto entusiasmo en sus lunes de jazz como en cada una de sus películas. A principios de este año, decidió que ya era hora de equilibrar sus dos pasiones y se fue a recorrer Europa con su banda.
Generó una verdadera fiebre entre sus admiradores, que no necesariamente iban a verlo por la originalidad de sus improvisaciones.
De paso, aprovechó su viaje para filmar parte de su nueva película, Everyone says I love you (Todos dicen que te amo), en la que Woody vive aventuras amorosas con Julia Roberts y Goldie Hawn. Lo diferente de este film es que en él la música juega un papel preponderante.
Desafiando a la moda hollywoodense, en esta comedia los actores se lanzan a cantar y a bailar en el medio de las escenas, al mejor estilo del cine musical con el que la Metro Goldwyn Mayer dominó al mundo en los años cuarenta.
"No entiendo por qué han dejado de hacerse películas musicales. Por alguna razón mágica, simplemente desaparecieron. Pero yo siempre supe que si Gigí o Cantando bajo la lluvia se estrenaran mañana, la gente correría a verlas.
Siempre quise hacer una película musical, exactamente para la gente como yo, que no puede cantar. No me importaba que los actores fueran entonados o que tuvieran sentido del ritmo. Yo quería hacer un film en donde el actor actuase y de pronto se pusiera a cantar, como una continuación de su interpretación. De la manera en que mi padre o mi madre se ponían a cantar, o como lo haría el conductor de un taxi. He contratado al elenco basándome exclusivamente en si cuajaban en el papel. Nunca les dije que iban a tener que cantar y bailar. Ni les pregunté si sabían hacerlo, porque a mí no me importaba.
Goldie sabe cantar. Maravilloso. Yo no tengo voz. Edward Norton nunca bailó en su vida. Eso es lo que yo quería. Que fuera algo como cuando cantás bajo la ducha."
-Y cuando les dijo lo que iban a tener que hacer, ¿ninguno amenazó con abandonar el proyecto?
-En realidad, no les dije nada. Los contraté y dos semanas más tarde el director musical los llamó y les dijo que tenían que reunirse con él ara ensayar las canciones. Yo no estaba allí cuando explotó la bomba, pero me lo contaron. La única persona que no pudo hacerlo fue Drew Barrymore. Ella dijo que entendía lo que estábamos intentando, pero que simplemente no iba a poder acompañarnos. De todos modos, la quería con tanto entusiasmo en mi elenco que pedí que alguien que pudiera cantar discretamente la doblara.
-¿Por qué contrató a Julia Roberts? Vamos, confiese, sólo quería besarla...
-¿Julia? Buscaba a una actriz que transmitiera una imagen muy romántica. Yo siempre recibo llamados de gente que quiere trabajar conmigo, como Julia Roberts o Demi Moore. Por otro lado, cuando mi directora de casting decide que alguien es el indicado para un papel, lo llama y, por lo general, se encuentra con dos reacciones. Le dicen que siempre han querido trabajar en una de mis películas, pero que quieren once millones de dólares o están dispuestos por lo que sea. Que no les importa cuánto dure la filmación, un día o un año. Julia Roberts estaba disponible para hacerlo y yo me sentí muy afortunado de poder conseguirla. También hubiera sido feliz si hubiera podido conseguir a Dustin Hoffman para el papel protagónico. Me hubiera sentido muy bien si no hubiera tenido que actuar. Preferiría no actuar tan seguido. Pero cuando llamás a alguien como Dustin Hoffman, tiene proyectos organizados para los próximos once años. Julia tenía una pequeña cantidad de tiempo entre dos películas, por lo que tuvimos que apurar nuestro cronograma para que hiciera su parte.
-Natasha Lyonne, otra de las protagonistas de su film, contó que mientras estaba rodando en exteriores en Venecia, la gente lo llamaba y lo saludaba todo el tiempo. ¿Cuán difícil es hacer una escena cuando tiene a trescientas personas detrás suyo?
-Es difícil cuando te llaman por tu nombre, pero los asistentes de producción por lo general consiguen que la gente colabore. Cuando filmamos y estamos haciendo una escena muy difícil, y por atrás de la escena pasa un auto desde el que me gritan: "Grande, Woody", eso es un problema. Pero por lo general ese tipo de cosas no nos pasan...
-¿Cómo lo hace sentir el hecho de que si camina por cualquier calle del mundo la gente lo reconoce instantáneamente?
-El aspecto positivo de eso es que tengo una enorme audiencia internacional para mis películas. Mucho más grande que la que tengo en este país, por alguna razón inexplicable. Eso es muy bueno. Pero, por supuesto, cuando quise tomarme un tiempo para mí durante mi gira de jazz, la policía tuvo que rescatarme... Estaba en Florencia, mirando vidrieras, y cuando quise darme cuenta estaba rodeado por centenares de personas que me aplastaban contra los vidrios. Es algo que ocurrió un par de veces durante mi gira europea, y es desagradable.
-Debe generarle una sensación surrealista...
-Claro que sí. Cuando veas el documental sobre la gira, te va a parecer muy extraño. Fue algo muy loco. Si quisieras ver una buena exageración de lo que me ocurrió, basta fijarse en lo que les pasaba a los Beatles.
Por supuesto, lo de ellos era peor. Había cientos y cientos de personas esperándome a la salida del hotel. No es nada normal comer en un restaurante cuando afuera te está devorando con los ojos una multitud.
Intentás caminar por la ciudad y estás rodeado de acompañantes espontáneos, y todos te miran con ojos desorbitados.
-No se parece en nada a mi vida cotidiana...
-Ni es algo que a mí me pasara de chico. Es algo que a mí también me resulta ridículo, totalmente absurdo...
-¿Cómo hace para lidiar con semejantes situaciones?
-Algunas personas las llevan con más encanto que yo. Pero es muy duro.
Yo trato de ser lo más agradable que puedo, especialmente con la gente que me dice elogios. Participo todo lo que puedo de mi propia celebridad, pero después de un rato... Fui a comprar ropa y la muchedumbre que se acumuló en la puerta fue tan grande que los encargados del negocio tuvieron que hacernos escapar por la puerta de servicio. Creo que nunca voy a poder acostumbrarme a eso.
Especialmente porque yo soy el producto de un hogar normal. Mi padre era taxista y mi madre, administrativa...
-¿Está orgulloso de su carrera cinematográfica?
-Yo nunca he pensado en términos de carrera. Simplemente me preocupo porque el film que estoy haciendo en este momento de mi vida sea un gran film. Por supuesto, quisiera dejar una obra cuando me toque dejar este mundo. Quisiera tener una película como Rashomón o El ciudadano en mi filmografía. Pero uno no puede plantearse hacer una película así.
Los clásicos no se planifican. Ocurren. Lo único que puedo hacer es seguir filmando películas, con la esperanza de que, por azar, una de ellas termine siendo maravillosa. Me encantaría sentir que he hecho un clásico, una película inolvidable.
-Si tuviera que elegir ahora una película suya, ¿con cuál se quedaría?
-Mi favorita es Maridos y esposas , aunque yo sé que no necesariamente hay una correlación entre lo que yo pienso que es lo mejor y lo que la audiencia puede pensar. Yo no tengo ninguna objetividad al respecto.
Muchas veces he hecho una película pensando que el público se iba a fascinar con ella y te dicen que es insípida, pretenciosa, y te la destruyen en un abrir y cerrar de ojos. Y a veces he hecho películas con las que no me he quedado muy conforme y por alguna razón el público piensa que es mi obra maestra. Las que yo prefiero son Maridos y esposas, La rosa púrpura de El Cairo y Disparos sobre Broadway , y otra gente te puede decir que les parecieron aburridísimas.
-¿Alguna vez va a mostrar Nueva York como realmente es?
-Lo más cerca que estuve de eso fue en Broadway Danny Rose . Esta es la pura verdad: yo vivo en Nueva York, y cuando camino por la calle y hay nieve, o acaba de llegar la primavera, o es el otoño, me siento maravillado por la ciudad, tal vez ingenuamente. Y yo quiero compartir esa sensación con la audiencia. Es como la visión que un pintor expresionista tendría de Nueva York. Ellos pintan mujeres con caras verdes y ojos rojos, y yo muestro a Nueva York como la siento. No estoy diciendo que es así como luce. Es cierto, es una visión romántica e inocente. Martin Scorsese la presenta de una manera diferente, pero maravillosa. Sidney Lumet tiene otra visión, que también es muy válida.
La más cercana a la verdadera Nueva York fue en Broadway Danny Rose, donde se ven montañas de basura e inscripciones en las paredes. Pero lo mío es honesto. Siento eso. No me preocupa que mis películas sean folletos turísticos.
-¿Por qué se ve cada vez menos cine europeo en los Estados Unidos?
-Es terrible. Es una vergüenza. Cuando yo era joven, caminabas por cualquier calle y en todos los cines exhibían películas de Antonioni, de Fellini, de Truffaut. Las últimas de Fellini no consiguieron distribuidor en los Estados Unidos. Es vergonzoso. Tiene que aparecer alguien como Scorsese respaldándolas para que aparezca un distribuidor.
Lo mismo pasa con Kurosawa. Esta es una pérdida terrible en nuestra cultura. No sé muy bien lo que pasa. Pero entiendo que a los distribuidores les cuesta por lo menos un millón de dólares estrenar una película así y que, por lo general, no pueden recuperar ese dinero.
Lo que me pregunto es por qué la gente ya no va a ver esas películas.
Cuando era joven, yo hacía largas colas con mis novias para ver las películas de Ingmar Bergman. No entiendo muy bien por qué la gente joven ya no quiere verlas. Tal vez porque es más cómodo hacerlo en video, o tal vez porque esa clase de films ya no exista. La gente de mi generación amaba películas como Jules et Jim , y yo creo que hoy pasaría lo mismo si se hicieran.
-Se comenta que, después de filmada, dejó a varios actores afuera de Todos dicen que te amo .
-Tuve que cortar un buen pedazo porque al no haber hecho nunca antes un musical calculé muy mal el tiempo, y me encontré con que solamente entre las canciones y los bailes tenía una hora y quince minutos de film. Si le agregás la historia, es muchísimo. Por lo tanto, tuve que cortar números musicales, canciones, bailes, personajes, escenas.
Tracey Ullman estaba en la versión original. Hacía de la ex esposa de Alan Alda y su papel era maravilloso. Pero tuve que dejar afuera esa parte de la historia en la que aparecía ella porque necesitaba quitar una hora y media de película. Liv Tyler estaba y también tuvo que salir. Hacía de la novia de Lukas Haas y lo hacía muy bien. También quité escenas mías, de Alan y de Goldie.
-Cuando elimina a alguien como Tracey Ullman, ¿qué hace? ¿La llama y le da la noticia sin anestesia?
-No. Usualmente lo que hago es escribirles primero una nota, porque no quisiera estar en el otro lado del auricular cuando se enteren de la mala nueva. Y por lo general son muy comprensivos de este tipo de situaciones. Es algo que pasa constantemente en el cine, y no hay mucho que uno pueda hacer al respecto. Yo he dejado afuera a mucha gente en mis películas anteriores, y como regla lo que hago es volverlo a llamar para papeles más importantes. Pero no es nada agradable, te lo aseguro.
-Esta es la primera vez que aparecen actores negros y latinos en un film suyo. ¿Por qué ahora y no antes?
-Es curioso... Desde que hice Manhattan me han criticado por este asunto. Nunca supe qué contestar. Cuando rodé Manhattan lo llamé al director de extras y le pedí que me mandara un centenar... pero nunca especifiqué de qué raza. No le presté atención ni pensé mucho en eso.
No se me cruzó por la cabeza. Al final de una función, alguien me dijo que había mostrado Manhattan sin que hubiera ninguna persona de color.
Después traté de recordar el asunto, y cada vez que le pido a la gente encargada de formar el elenco le pido que tenga este tema en cuenta a la hora de seleccionar a los actores. Siempre recurro a gente de color cuando puedo, cuando me parece que encaja dentro del papel. Por eso, si la audiencia tiene la sensación de que no ha habido suficientes actores negros en mis películas, aclaro que ha sido algo completamente accidental. El tema es que yo sólo pongo a un actor para un papel importante si siento que es el indicado. Pero si estoy visitando a mi analista en una película, no me parece que lo ideal sea elegir a un afroamericano, porque ésa no es mi experiencia...
Woody por Woody
Escribe: José Claudio Escribano
Cuando Hugo Caligaris, editor de la Revista, me dijo que para este número estaban preparando una nota de tapa dedicada a Woody Allen, inmediatamente pensé que la idea no podía ser mejor. Después de todo, me dije, necesitábamos algo fresco para esta época del año.
Ver una película de Woody, así dicho, a secas, como aparece mencionado en grandes caracteres en la portada de la antología que le dedicó años atrás Linda Sunshine, es una fiesta para mí. Lo ha sido también la lectura de ese libro, que recoge los diálogos y reflexiones más chispeantes del extraordinario guionista, y lo digo en términos que eviten disgustos ociosos con exigentes críticos de cine. Si aceptan que diga cineasta, mejor aún, por más que Hollywood nunca lo haya tomado suficientemente en serio.
Quedé enredado en este asunto porque pensé que si el creador de La rosa púrpura de El Cairo iba a estar en este número, debíamos asegurarnos de que se tratara de un homenaje. Pregunté, pues, a Hugo si estaba dispuesto a publicar con la nota ya prevista algunos viejos textos de Woody que podría procurarle. Hugo tiene un dominio asombroso de las palabras, por lo que infieren sus lectores de La Nación de los domingos. "Sí", contestó.
Elegí cuatro textos de la antología de Sunshine. Pudieron haber sido otros igualmente representativos de la quintaesencia neoyorquina que late en el espíritu de Woody, pero opté por los que tienen en común aquello por lo cual va a ser siempre recordado. Ustedes lo saben: nadie, como él, ha escarbado tan eficazmente en el mundo de los psicoanalistas, los terapeutas, los psiquiatras, los analistas, los psicólogos y como quiera que se llame -incluso, consultores y gerentes de personal- a toda esa clase de tipos cuya más extraordinaria contribución a la vida ajena tal vez sea, ya sin discusión, tomarse de buen talante las bromas que a costa de ellos se perpetran. Los más ingeniosos creadores de tales perrerías son los propios pacientes, que han concebido situaciones tan previsibles como la siguiente: Alguien golpea a la puerta del consultorio. Toc, toc. El psicoanalista atiende: -Buenos días.
-Buenos días, doctor. Vengo por un problema de doble personalidad.
-Pase. Lo veremos entre los cuatro.
Woody Allen es de los que en esta materia saben realmente de lo que hablan. En rigor, lo hace como si fuera uno de los nuestros en la fauna porteña, la más psicoanalizada del mundo, ¿verdad?
¡Estos psicoanalistas modernos!
¡Estos psicoanalistas modernos! Cobran fortunas. En mis tiempos, por cinco marcos te trataba el mismo Freud. Por diez marcos te trataba y te planchaba los pantalones. Por quince marcos, Freud permitía que tú lo trataras a él y te invitaba a comer. ¡Treinta dólares la hora! ¡Cincuenta dólares la hora! ¡El Kaiser no ganaba más que doce veinticinco, y porque era el Kaiser! ¡Y tenía que ir al trabajo a pie! ¡Y con lo que dura un tratamiento! ¡Dos años! ¡Cinco años! Si uno de nosotros no podía curar a un paciente en seis meses, le devolvíamos el dinero, lo llevábamos a ver una revista musical y le regalábamos un plato de caoba para frutas o un juego de cuchillos de acero inoxidable.
Recuerdo que siempre se podía saber con qué pacientes había fracasado Jung porque les regalaba grandes osos de peluche.
(De Conversaciones con Helmboltz)
Yo soy psicoanalista, no mago
-Ayúdeme. Anoche tuve un sueño. Yo saltaba a la soga en un prado con la cesta de la merienda y en la cesta había un letrero que ponía Opciones.
Y entonces vi que la cesta tenía un agujero.
-Señor Kugelmass, lo peor que puede usted hacer es ignorar la realidad.
Limítese a expresar sus pensamientos y los dos juntos los analizaremos.
Ya lleva usted en tratamiento tiempo suficiente como para saber que nadie se cura de la noche a la mañana. Después de todo, yo soy psicoanalista, no mago.
-Entonces quizá lo que necesito es un mago -exclamó Kugelmass levantándose. Y con eso dio por terminada su terapia.
(De El experimento del profesor Kugelmass)
Un punto por debajo de Kafka
Mary: -No me psicoanalices, por favor. Ya pago a un médico para eso.
Ike: -¿Qué? ¿Llamas médico a ese tipo con el que hablas? Quiero decir, ¿no te inspira sospechas que tu analista te llame a las tres de la mañana para llorarte al teléfono?
Mary: -De acuerdo, es poco ortodoxo. Pero es un médico muy calificado.
Ike: -Pues ha hecho maravillas contigo. Tu autoestima está un punto por debajo de la de Kafka.
Mi psicoanalista me sugirió una vez Darvon
Linda: -¿Tienes una aspirina?
Allan: -Me tomé todas las aspirinas. ¿Quieres un Darvon?
Linda: -Bueno. Mi psicoanalista me sugirió una vez Darvon, cuando me dolía la cabeza.
Allan: -Yo solía tener dolores de cabeza, pero mi psicoanalista me curó. Ahora me salen unos sabañones espantosos.
Linda: -A mí también. Grandes y feos... de la tensión.
Allan: -No creo que el psicoanálisis pueda ayudarme. Quizá necesite una lobotomía.
Linda: -Cuando el mío está de vacaciones, me siento paralizada.
Dick: -Ustedes dos tendrían que casarse e irse a vivir a un hospital.
Allan: -¿Quieres una Coca con el Darvon?
Linda: -Si no tienes jugo de manzana...
Allan: -El jugo de manzana y el Darvon combinan estupendamente.
Linda: -¿Has probado el Librium con jugo de tomate?
Allan: -No, pero otro neurótico me ha dicho que es una combinación increíble.
Poderosa Afrodita
Escribe: Jorge Elías
NUEVA YORK.- De la película Poderosa Afrodita: "En casa mando yo. Mamá sólo toma las decisiones".
Del libro Getting even (Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, su título en español) : "Abrí un paquete de Lucky, luego otro de chicle. Mastiqué el cigarrillo y fumé el chicle".
De una entrevista con The New Yorker : "Odio la realidad, pero, tú sabes, es el único lugar en que puedes conseguir un buen bife para la cena".
Woody Allen es capaz de refutar el teorema de Tales o la teoría de la relatividad mientras descorcha una botella de vino, pero todavía no entiende por qué no puede visitar con mayor frecuencia a sus hijos.
Le niega esa posibilidad la Corte Suprema de Nueva York, aduciendo que Dylan, la nena de 11 años que adoptó con Mia Farrow, aún es emocionalmente frágil, y que Satchel, de 9 años, el hijo natural del matrimonio desavenido, sufre horrores cada vez que sale con él. Una hora por fin de semana.
Los chicos tampoco entienden, en realidad, qué hace papá Woody, de 60 años, con Soon Yi Previn, la hermanastra de ambos, de apenas 26, piedra de toque del escándalo que desencadenó hace cuatro años la tormentosa separación de Mia después de doce de inusual convivencia.
El juez Elliot Wilk determinó que la mera presencia de Woody, por la cual más de uno y más de una pagarían fortunas, sólo contribuye al desequilibrio de los chicos.
Ensalzando el veredicto con las denuncias por molestias de Mia, no dudó siquiera en cambiarles los nombres: ahora, Dylan se llama Eliza, y Satchel, inscripto como Harmon, se llama Seamus.
"Hasta los asesinos, los adictos a las drogas y los convictos pueden estar con sus hijos -protesta Woody-. Yo no tengo ningún cargo en contra y, sin embargo, me impiden verlos."
Lo curioso es que, por más desordenada que sea su intimidad, Woody parece inmune a la mala fama. Lo adoran. Aquí y allá. Acaso por su eterna fragilidad y por su implacable timidez, emblemas de su enorme talento. ¿Qué otro mérito tiene un flaco desgarbado, callado y narigón como él para hacer de sus gruesos anteojos una infalible arma de seducción?
Lo demuestra cada lunes por la noche en Michael´s , un discreto pub de la calle 55, entre las avenidas Segunda y Tercera, donde toca el clarinete y se ufana, cuando está de buen humor, de sus virtudes de monologuista. De cuentero, en definitiva.
Siempre serio, introspectivo, como si su mundo interior estuviese plagado de ecuaciones indescifrables y de laberintos imposibles.
Siempre de suéter y pantalón de corderoy en otoño y en invierno, esquivando la corbata y el moño que serpentean desde los cuellos más espigados de Hollywood.
Woody, nacido en un hogar judío de clase media baja de Brooklyn, ama Nueva York, sobre todo a Manhattan. Entre otras cosas, porque es uno de los pocos sitios de los Estados Unidos en que puede prescindir del auto. Loco se volvería en las enruladas autopistas de Los Angeles.
Desde 1992, cuando Mia hizo suyo el portazo, muchos comenzaron a buscar en sus películas -escritas, dirigidas y protagonizadas por él- la trama secreta de sus sentimientos, algo deshilvanados en todo aquello que remita a la familia y a los hijos.
Fue, desde entonces, el deporte favorito de críticos y de aduladores por igual, en pos de desentrañar sus virtuales devaneos afectivos, imaginando, por ejemplo, que un hijo de él con Soon Yi sería también su nieto y, por si fuera poco, el hermanastro y el sobrino, a la vez, de Dylan y de Satchel.
Equivocados no estuvieron si advirtieron en Cassandra, miembro del coro griego de Poderosa Afrodita , un presagio más que agorero: "¡Desastres, tragedias, abogados!" O si notaron una indirecta contra Mia cuando Lenny, su personaje en la película, conjetura que Amanda, su mujer, quiere tener hijos sin sentir náuseas.
Por algo terminan adoptando un chico y por algo también terminan al borde del divorcio mientras él entabla una relación casi paternal con la madre biológica de su hijo, una actriz porno que hace horas extras en casa, y ella roza la infidelidad con tal de regentear su propia galería de arte.
El matrimonio va cuesta abajo, como en la vida real. Hasta que Lenny consigue pareja para Mira Sorvino, la impactante prostituta de voz aflautada y reflejos modestos, y decide reconciliarse con Helena Bonham-Carter, un dolor de ojos al lado de ella.
Con trabajo y más trabajo, por lo visto, Woody disimuló en estos últimos años su controvertido mundo interior, trasladando a sus guiones la fascinación por el antihéroe que supo transmitirle Chaplin, su ídolo, y la confesión del hormigueo que todavía deben de provocarle sus batallas legales con Mia.
Son conjeturas, no más. Sobre un tipo que, en la era del lifting urgente y de los músculos torneados, sacó provecho de su pinta escasa.
Que fue expulsado de la New York University y del City College. Que comenzó a escribir para la radio y para la televisión. Que se animó a redactar su propio guión cinematográfico. Y que, rara avis al fin, triunfó lejos de Hollywood, cerca del Central Park.
Allí comienza, justamente, su nueva obra, el primer musical de su carrera. Se llama Todos dicen que te amo , ya se perfila para el Oscar y, como las 26 anteriores que rodó desde 1969, le habrá costado chirolas en comparación con las superproducciones tipo Evita .
"La edad de las mujeres es definitivamente distinta de la edad de los hombres -filosofa en la nueva película su personaje, Joe Berlin, un novelista norteamericano radicado en París-. En dos años me veré igual que tu hijo."
Ahora está compenetrado con el rodaje de Desconstructing Harry , la comedia de un obsesivo sexual que, con tono liviano, tantea otra vez en las arenas movedizas de la inestabilidad familiar.
Woody es gasolero en muestras de afecto: "La gente piensa que estuve casado con Mia -revela en The New Yorker -. Nunca estuve casado con Mia.
Ella vivía del otro lado del parque (el Central Park) y yo vivía aquí.
Ibamos a trabajar juntos y permanecíamos juntos. Era confortable y distante. Muy distante, en todos los sentidos. Hasta que llegó Dylan, yo no tenía contacto con los chicos ni interés en ellos. Nadie comprende la diferencia entre mi hija real y Soon Yi".
En Poderosa Afrodita , cada contacto con su mujer deriva en pura discusión y cada contacto con su hijo deriva en pura ternura. En casa, Soon Yi es, según él, lo mejor que pudo pasarle. Con ella, rescatada por Mia de un orfanato en Corea, no mata ni detiene el tiempo. Lo preserva.






