
Yo acuso
Hace cinco años, Norma Castaño, santafecina y madre de un joven adicto, denunció por televisión a quienes le vendían droga a su hijo. Se enfrentó, sin éxito, con la policía y las bandas de narcos. Hoy, entre el miedo y las amenazas, su pesadilla continúa. Esta es la historia de su lucha
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Fue alguien pequeño –un niño–, con mano insegura, con crayón rojo. En las fotos –resecas, pegadas sobre cartones oxidados– una mujer diminuta, sonriente, vestida de blanco, toma del brazo a un hombre macizo, morocho, traje celeste. En torno a cada una de las fotos, alguien –un niño– dibujó –con crayón rojo– tachones, círculos, volutas, palabras de ortografía lastimada: Marselo saliendo de la ibrecia.
–Debe haber sido mi sobrina.
Son las nueve y media de la mañana de un día de febrero. En el patio de una casa de Los Hornos, un barrio humilde de la periferia de la ciudad de Santa Fe, sentada en una reposera, la mujer mueve la pierna con ritmo irrespirable.
–Acá estoy en el Registro Civil. Acá cortando la torta. Acá con la prima de Marcelo.
El álbum avanza, famélico: de rojo en el civil, de blanco en la iglesia.
–Pero las mejores las rompí. Si vos me dijeras bueno, rompí las que no me interesan. Pero no. Rompí las fotos lindas. Es que cuando vos tuviste un pasado lindo, y tenés el presente que es un desastre, no te querés acordar.
En el patio hay una piscina sin terminar, dos piezas alquiladas, un colchón de gomaespuma al sol. La mujer se detiene en una foto: ella, su madre y su tía, sonrisa interminable.
–Mirá qué contenta estaba. Si yo hubiera sabido lo que me iba a pasar.
Lo que le iba a pasar –lo que le pasa todavía– empezó el 26 de marzo de 2003 y, como empiezan tantas cosas, ésta también empezó por televisión.
* * *
El 26 de marzo de 2003, a las 23 horas, en el programa periodístico El tema del día, emitido por la señal Cable&Diario y conducido por María José Ramón y Mariano Colombo, una mujer –esta mujer– llamada Norma Castaño, madre de tres hijos, de 8, 17 y 18 años, dijo, mirando a cámara, que estaba allí porque su hijo mayor, Gabriel, era adicto a las drogas, que ella había investigado, que podía señalar a quienes le vendían, y que había llevado pruebas de sus investigaciones a la Dirección de Drogas Peligrosas de la Policía de Santa Fe durante un año sin obtener resultado. Dijo todo eso, lloró, y se fue a su casa. Al día siguiente, muy temprano, le golpearon a la puerta. Entredormida, Norma Castaño se asomó.
–La cuadra estaba llena de periodistas, de la televisión. Me querían entrevistar de todos lados. Les dije que bueno, pero que en la casa de la vecina, porque estaba mi hijo Gabriel y yo no quería que él se enterara.
Pero no había cómo no enterarse: su historia trepó a la primera plana de los diarios y a los noticieros de televisión, que hablaron de la madre detective, la madre coraje y la heroína de Santa Fe. Ese mismo día su marido, un hombre llamado Marcelo Marinacci, recibió la notificación de un cambio en su trabajo que implicaba, entre otras desventajas, perder parte de su sueldo. Hasta entonces, y durante 19 años, se había desempeñado como miembro de la División Drogas Peligrosas de la Policía de la Provincia de Santa Fe.
Poco más tarde, cuando su hijo Gabriel supo lo que su madre había hecho, le gritó que estaba loca. Que los iban a matar a todos.
* * *
Es media mañana y el living está en penumbras. Hay una chimenea bordó, un colgajo de tela borravino que hace de cortina, una pecera con peces de plástico donde se ahoga un grillo de verdad, tres sillones color crema, portarretratos con fotos que muestran a un varón de 9, de 10, de 13, con enterito celeste, con ropa de colegio, con camiseta de fútbol. En el comedor hay un televisor siempre encendido, un aparador con vidrios rotos, una estantería con botellas vacías de Valderrobles, Giol y Cuesta del Madero. Por fuera, la casa de Norma Castaño no tiene revoque fino y parece un párpado arrugado, grueso.
–A mí me da rabia, porque ahora mi casa es la más fea de la cuadra. Cuando pasó lo del Gabi habíamos empezado a hacer el baño nuevo, la cocina. Y todo quedó sin terminar. A mí ya no me dan ganas de hacer nada. Mi presente es espantoso –dice Norma.
Pero tiempos hubo.
Norma Castaño nació en Santa Fe el 29 de julio de 1964, hija de una ama de casa y de un policía, la mayor de cuatro hermanos. Se casó a los 18 con Marcelo Marinacci, hijo del dueño de la sodería La Bonita, a la que la familia de Norma compraba sifones un par de veces por semana.
–Nos pusimos de novios y a los cinco meses nos casamos. Y la que iba a entrar a la policía era yo. Pero mi papá me dijo primero lo hago entrar a Marcelo y después entrás vos. La policía era un trabajo estable, con obra social, y la sodería no. Y bueno, entró él, y ya no quiso que yo entrara. Y después nació el Gabi, y la Jessica, y la Yami. El sueldo de policía nos alcanzaba, y teníamos la sodería. A mí me gustaba estar en casa. Era muy aprensiva con los chicos. Si decían que había casos de meningitis, yo empezaba a verles síntomas de meningitis. Mi marido era un buen padre. Si tenía que trabajar las veinticuatro horas del día para que no nos falte nada, trabajaba. Después, cuando mi suegro murió, cerramos la sodería y mi marido se quedó con la policía, nada más.
La vida era tranquila. Los fines de semana partían hacia el camping de UPCN (Unión de Personal Civil de la Nación), que era sinónimo de paraíso: hectáreas con bungalows y camping y piscinas. Gabriel, el hijo mayor, tímido y asmático, pasaba buena parte del invierno con problemas respiratorios, internado en un hospital de Santa Fe. Por lo demás, era un chico dulce que salía poco de casa, ayudaba a su abuelo en el reparto de soda y se entrenaba en equipos de fútbol locales como arquero.
–El llegó a ir a la escuela de Roberto Perfumo. Era un alumno normal. Un chico tranquilo.
A los 15 años, Gabriel conoció a una mujer de 13 llamada Priscilla, y empezó a noviar.
* * *
–¿Te gustaba el trabajo en la policía?
–Me fascinaba, negra.
Marcelo Marinacci tiene el torso desnudo, ancho. Sentado en un sofá del living, prende el sexto cigarro de la media hora. No fumaba hasta que, en 2003, en horario central y por televisión, el desastre empezó a gotear sobre él y su familia.
–Cuando ella salió a los medios, yo a las 24 horas estaba fuera de Drogas y me pasaron a trabajar en una seccional, negra. Calculá que estaba cobrando el plus de Drogas, que son 750 pesos. Y me dejaron con el salario familiar, que son 84 pesos por mes. Y me dejaron de dar adicionales, que son cuando cuidás un supermercado o algo, y lo cobrás aparte, y me tiraron en una garita de la seccional Primera. A cuidar la garita.
Cuando trabajaba en Drogas Peligrosas, Marcelo caminaba las villas haciéndose pasar por vendedor de casetes. Entraba con cualquier excusa en las casas marcadas y memorizaba: al fondo la cocina, atrás el patio, tapial de un metro. Después, hacía planos detallados, listos para el allanamiento. Ahora se gana unos pesos extras custodiando camiones de una fábrica de jugos que reparte en las mismas villas en las que él era delator.
–Tengo miedo que me la den por la espalda, viste. Que me reconozcan y me la den.
* * *
Cuando Gabriel cumplió 15 años, Norma empezó a recibir llamadas del colegio: le preguntaban si el niño estaba en casa y Norma que nones.
–Y me decían “a la escuela no vino”. Yo no quería creer, hasta que un día le encontré en la carpeta del colegio un cigarrillo de marihuana.
A los 16 Gabriel dejó la escuela, las prácticas de fútbol y, sin trabajo a la vista, empezó a vender cosas para poder comprar.
–A mi hija Jessica le empezó a vender ropa, zapatillas. Nos vendió muebles, una heladera, lavarropas, el juego de comedor, como diez planchas. El nunca fue violento. Pero cuando le faltaba para consumir se ponía loco.
Yamila, la hija de 13, despierta de un sueño tardío, se sienta en las faldas de su madre.
–No sabés cómo adelgazó. Consumido quedó. Pero, por suerte, mi hijo nunca consumió otra cosa que no fuera marihuana.
Lo que se ve, lo que se quiere ver.
La tarde retuerce dedos calientes contra las sienes de la casa.
* * *
Aunque viven en la misma casa, Norma Castaño y su marido ya no comparten cuarto ni cama ni comidas. Hace poco, porque una discusión se puso brava, Norma llamó a la policía y, cuando llegaron, Marcelo entregó el arma, voluntariamente.
–Yo le digo que para qué la entregó. Ahora tiene que hacer un papelerío bárbaro para que se la den de nuevo.
Cada tarde, sobre la mesa de la cocina, hay un cartón de vino vacío. Y a la hora de la cena Marcelo nunca está.
* * *
En 2001, 2002, 2003, Gabriel desaparecía días enteros y Norma salía a buscarlo caminando, en taxi, en bicicleta.
–Salía sola o con la Priscilla, la novia de él, y lo encontraba tirado en cualquier parte, sin zapatillas porque las había vendido.
A los 18 Priscilla quedó embarazada, y la pareja se mudó a una de las piezas del fondo de la casa de Norma. Primero nació Camila, un año y medio después David y después Lucas.
–Priscilla le ha aguantado cada cosa. Verlo así, consumido, sucio, violento, flaco.
-–¿No son síntomas raros para un consumo de marihuana?
–Pero él una cantidad impresionante fumaba. Como veinte, treinta porros por día.
–No hay tiempo en el día para...
–Bueno, un tiempo también usó poxirrán. Pero fue poco. Consumió una vez cocaína, pero le hizo mal y no siguió. Cuando yo lo llevé al médico y le hicieron el análisis salió que era marihuana y que inhalaba poxirrán y que había inhalado una sola vez cocaína. La cocaína te va perforando toda la parte de acá, del tabique, y él tenía sanito el tabique.
* * *
En la cocina hay una mesa; ni sillas ni heladera. En un rincón, sobre la mesada, hay un espejo nublado de grasa y polvo donde se peinan y maquillan las mujeres de la casa porque el baño es apenas inodoro, ni lavatorio ni espejo. Son más de las tres. Marcelo cocina milanesas.
–Yo ya ni tengo ganas de cocinar –dice Norma–. Me sale más barato comprar la comida hecha. Así que acá todas las noches comemos comida hecha. Ravioles, pizza. ¿No, mami?
Yamila come, la vista clavada en la telenovela. De pronto dice:
–¿Te acordás cuando incendió la casa con todas las cosas?
–No le conté a la chica –dice Norma, mirando el plato–. Todavía no. El una vez se peleó con la novia, la Prisci y ella se fue. Entonces él sacó las cosas de la Prisci y la Camila, su hijita, y las incendió.
–La cuna quemó –dice Yamila–. La cuna también.
* * *
De ver cómo desaparecían las planchas, los televisores y las sillas, de salir en medio de la noche a buscar al hijo perdido: Norma se cansó de todo eso y se dijo que algo tenía que hacer. La primera vez fue durante una siesta de verano. El tipo no vivía lejos de su casa, así que caminó, golpeó a la puerta, dijo vengo de parte de fulano.
–Esa fue la primera vez. Le compré cocaína y marihuana. El dato de los que le vendían al Gabi me lo pasaba un señor mayor, que yo conocía y que consumía. Y yo fui con la idea de comprar y de llevarle pruebas a la policía de que tal y tal vendían. Me había comprado un grabadorcito y una camarita que metía en la cartera y filmaba. Compré, y le llevé todo a la policía. Y me dijeron quedesé tranquila, nos vamos a ocupar. Pero pasaba el tiempo y nada. Un día me cansé de verlo mal al Gabi, y dije la única solución es matar al tipo que le vende. Compré un revolvito 22 en cien pesos, y me fui a unos monoblocks a buscarlo al tipo. Voy subiendo las escaleras y en eso me ve un conocido y me llama. Le comenté lo que iba a hacer. Me dijo: “No, qué te vas a meter con esa basura”. Y fui y devolví el revolvito. Después, un día, le dije al que me vendía que quería vender yo. Me dice no te hagas problema, yo tengo todo arreglado, yo hablo con fulano, con mengano. Y cuando me empezó a dar nombres me quise morir. Me estaba hablando de policías. Ahí me di cuenta que no podía confiar en nadie.
Y esa falta de confianza, dice, fue la razón de su denuncia pública: entonces habló con la periodista del programa local, y le dijo que quería contar lo que sabía.
–Y me dice: “¿De espaldas?”. Y yo le dije: “No, a cara descubierta”.
Esa noche del 26 de marzo de 2003 Norma Castaño dijo lo que dijo: que estaba allí porque su hijo mayor, Gabriel, era adicto a las drogas, que ella había investigado, que podía señalar a quienes le vendían, y que había llevado pruebas de sus investigaciones a la Dirección de Drogas Peligrosas de la Policía de Santa Fe durante un año sin obtener resultado. Después vino todo lo demás.
La fiscal federal Cintia Gómez consideró que las denuncias realizadas por Norma Castaño con relación al tráfico de drogas y las supuestas fallas de la Dirección de Drogas Peligrosas eran creíbles, y elevó la denuncia al juez federal Francisco Miño. En abril, unos tipos interceptaron a Gabriel, le apoyaron una pistola en el pecho y le dijeron: “Decile a esa botona que retire la denuncia o sos boleta”. La familia empezó a tener custodia permanente, pero eso no impidió que el 26 de mayo dos en una moto le arrancaran a Jessica la cartera en la puerta de un bar y le gritaran: “¡Esto es por salir!”. Meses más tarde tirotearon la vivienda de Norma Castaño.
Las refacciones se congelaron en cemento crudo, Marcelo fue trasladado a una seccional donde perdió los privilegios, Gabriel siguió vendiendo objetos para poder comprar y un vecino pegó, en el portón de su garaje, una calcomanía explícita: “Disfrute la vida sin drogas”. El 31 de agosto de 2007 se dispuso que la causa iniciada en el año 2004 a raíz de las denuncias de Norma Castaño fuera archivada.
* * *
–¿Ya le contaste cuando el Gabi se cortó las venas, cuando se quiso ahorcar? –pregunta Marcelo.
–No. Todavía no le conté a la chica.
Norma mira el mantel y dibuja, con una lapicera azul sobre la tela roja, el contorno de un encendedor. Pasa y repasa.
–No..., que mi hijo se quiso cortar las venas. Después que yo salí en televisión. Rompió el foco de vidrio de la pieza de él y se cortó. Esa fue la primera vez. La segunda, se quiso cortar de nuevo y lo llevaron a la comisaría. Y después se quiso ahorcar. Y después lo encerramos en el neurosiquiátrico.
Gabriel se cortó dos veces por voluntad propia y una por accidente, cuando le vendió el televisor en doscientos pesos a un vecino: el hombre le dio cien y cuando Gabriel volvió por los cien restantes el hombre dijo: “No te debo nada”.
–Y el Gabi, por hacer un daño, negra, agarró una piedra y le empezó a romper la ótica del auto. Cuando quiso romper la otra ótica, se le fue el brazo adentro, y cuando lo sacó, los vidrios le rajaron la piel hasta el hueso. En el hospital le querían cortar el brazo, pero por suerte se lo salvaron. ¿Sabé lo que es pasar todo eso con tu hijo, negra? No. No sabé lo que es.
* * *
Después de dos o tres internaciones en granjas y en una clínica psiquiátrica, desde hace un año Gabriel ya no consume como consumía. Se mudó a una casa de un plan de viviendas y trabaja en la verdulería de un pariente. Pero las cosas no están tranquilas. Hace poco, por una deuda antigua de treinta pesos, unos tipos lo sorprendieron en la calle y se quedaron con la moto que usaba para ir y venir del trabajo.
–Y él dice: “Mamá, ¿ves?, ahora que no hago nada, me pasa esto. ¿Para qué denunciaste, si al final es lo mismo y lo único que lograste es que nos quieran matar a todos?”.
Una noche de septiembre de 2007, Norma se despertó en medio de un resplandor anaranjado: el auto de la familia, un Peugeot 504 de 1989, se incendiaba en el patio. Días después, la Asociación Anticorrupción, presidida por Ricardo Monner Sans, le dio su apoyo público y se organizó un abrazo solidario a su casa.
–Yo preferiría no conocer a todos estos políticos, a Macri, a Kirchner, que vino acá y me dijo que me quedara tranquila, que él y el gobernador de Santa Fe me iban a atender sin audiencia y cuando llamé para ir a verlos ni sabían quién era yo. Yo lo que quisiera es que mi vida vuelva a ser la de antes. Quiero la vida que yo tenía.
–¿Y cómo podrías recuperar esa vida?
–Muy sencillo. Que me den un trabajo a mí y un trabajo a mi hijo. Porque culpa de ellos, del gobierno, de la policía, yo estoy así. Porque antes mi marido hacía adicionales, pero ahora no tiene ganas de nada. Ahora yo reclamo para que pongan lugares a puertas cerradas para atender adictos, y si no me dan lo que quiero, voy a hacer una locura y al gobernador no le va a gustar nada. Yo ya les dije. Si mi hijo ahora vuelve a consumir, el infierno que pasé, otra vez no lo voy a pasar.
* * *
Gabriel vive lejos del centro: a veinte pesos de taxi o una hora y media y dos colectivos por un camino pura tierra, en un barrio estatal color pastel de casas sin árboles refrescadas por los charcos de las pelopincho en los patios traseros.
–Pase, pase.
Priscilla es morena y suave. La casa es dos cuartos, baño, cocina, lavadero y puro grito: David, el hijo del medio, salta sobre la mesa del living; Camila, de cinco años, se trepa para abrir las puertas de un mueble de equilibrio improbable; Lucas, de uno, grita aferrado a un ventilador de pie. Priscilla no los deja salir y, como Camila podría irse por su cuenta, le tienen dicho que hay un violador.
–Esto que tengo no es nada al lado de lo que tendría que tener. Yo tuve tres o cuatro televisores, tuve heladeras. El vendía todo. La video. El centro musical.
–Dos motos –dice Norma.
–Una heladera hermosa.
–Tres o cuatro televisores. Un ropero.
–Secarropa, lavarropa. Lo peor es aguantar la agresión. Una vez lo denuncié por pegarme. Ahora está más responsable. Pero se puso furioso cuando la madre denunció. Porque ella denunció a los amigos de él; le cerraban las puertas y eso lo volvía más loco. Le daba vergüenza, porque él no era un chico así. Era un chico que todo el mundo lo quería. Y después que todo el mundo se enterara que era un drogadicto fue peor.
Los mejores que pasó con Gabriel, dice, fueron los primeros años. Pero eso fue hace una década, y Priscilla tiene 23.
* * *
De regreso hacia su casa, Norma señala los lugares: ahí, a tres cuadras, vive el que le robó la moto. Allá, a cinco, el que vendía.
–El gobierno me ofreció dos casas para el Gabi. Una en un barrio más cerca del centro y ésta. Y yo elegí ésta porque pensé que no le iban a venir a vender droga hasta acá. Ahora el Gabi no tiene moto, y yo no tengo auto, y si mi nuera tiene que llevar a los nenes al hospital tiene que tomar dos colectivos. Un remís al hospital sale 22 pesos de ida y 22 de vuelta. Y el Gabi no quiere tomar colectivos porque le dan vergüenza los tatuajes. Como él era un chico sin antecedente penales, se ve que se lo hacían a propósito, para que quede marcado. Le hicieron una cruz, una flor de marihuana. Es una maldad que le hacían. No toma colectivo porque le da vergüenza, y vive tan lejos que no se puede mover.
–¿No pensaste que iba a ser complicado para él vivir tan lejos?
–No. La verdad no lo pensé.
* * *
En el patio el sol cae a pleno sobre el colchón destripado. Hace tiempo Norma formó, con otras madres, la Red Comunitaria Antidrogas de Santa Fe. Una vez por mes, sin recibir nada a cambio, retira de dependencias oficiales un furgón cargado de alimentos, lleva parte a una iglesia evangélica y el resto lo distribuye entre ese grupo de mujeres siempre humildes, siempre desesperadas.
–Yo presenté un proyecto al jefe de policía, de contención a los familiares. Trabajar con madres de chicos adictos, contenerlas. Lo podría hacer, porque es algo que yo ya pasé. Yo vi varias veces a esa señora, la madre del paco. Ella fue muchas veces a Mirtha Legrand.A mí me gustaría ir, sí. Uy, si voy a Mirtha Legrand, acá se mueren.
* * *
Jessica, la hermana de Gabriel, vive en una casa nueva del barrio Fonavi con su hija de meses y su marido.
–El es policía; era uno de los custodios de mi casa. Me tenía que seguir todo el tiempo.
Antes de su embarazo, Jessica trabajaba en un video, pero no sabe si va a volver porque no tiene cómo: su marido vendió la moto que ella usaba, compró un auto, ella no sabe manejar y él no quiere enseñarle cómo.
–Dice que soy un peligro. Pero a mí ahora me gustaría entrar en la policía.
La televisión está muda, clavada en un programa de chimentos.
–La casa de mi mamá cambió mucho. Antes estaba siempre arregladita, prolija. Pero desde lo de mi hermano todo cambió. Después de las denuncias de mi mamá, la familia se fue separando. Yo, cuando la veo en la televisión, no miro. Me da miedo que se exponga tanto.
Durante mucho tiempo, para evitar que Gabriel supiera, cada vez que Norma iba a un canal a contar lo suyo Marcelo desconectaba el servicio de cable en su casa. Cuando Gabriel llegaba, desde el fondo, quejándose de que no había señal, su padre encendía el televisor y le decía “Uy, mirá: acá tampoco”.
Norma repasa una pila de fotos manchadas de humedad, salpicadas de hongos. El 29 de abril de 2003, un mes después de su denuncia, la inundación arrasó con Santa Fe y la casa de Norma se llenó de agua.
–Mi marido me reprocha muchísimo todo lo que hice. Dice que si yo no hubiese hecho la denuncia, él estaría en Drogas todavía.
–Pero tu hijo no consume más.
–Pero yo siento que no gané nada. Que todo fue inútil. A lo mejor inconscientemente lo hice porque pensé que me iba a pasar algo. Era como que yo quería que me pasara. Como que dije: “Haciendo la denuncia no estoy dos días viva, salgo a la calle y me van a matar”.
–¿Y por qué querés morirte con tantas ganas?
–Yo no veo un futuro para mí. A lo mejor tuve la culpa yo; no tendría que haber denunciado. Si pudiera volver las cosas atrás, no haría nada de lo que hice. Lo único que gané fue el sufrimiento de mi familia. A mí lo que me terminó de matar es que ahora tengo un tumor en el pecho. Y no me voy a operar. Ya luché. Empezar ahora con esto... no tengo ganas. Lo único que me da cosa es la Yami. Ella va a estar bien, porque tengo mi hermana que no tiene hijos. Pero en cinco años no logré nada y todo fue para peor. Por eso no me gustan cuando me dicen la madre coraje.
A unos metros, Yamila lee, enfrascadísima, un folleto de promoción de un supermercado, como si le importara.
–Porque no soy la madre coraje ni la heroína ni nada. No. Yo soy una tarada.
* * *
–Uh, qué vergüenza, eh, disculpe, disculpe. No quise hablar con usted porque fui a la casa de mi vieja y justo lo escuché a mi viejo que estaba hablando mal de mí. Disculpe. Qué vergüenza mi vieja cuando fue a denunciar. Esto es una cruz. Denunciar a esa gente es lo peor. Igual, todo es culpa mía. Cuando era chiquito empecé porque quería jugar, pero ahora me arrepiento. A los 16 probé por primera vez. Si fumo un faso no pasa nada, me dan ganas de hacer cosas, pero yo era un bardo. Tomaba pastillas, merca, alcohol. Mi vieja sabía, sí. Si yo llegaba a mi casa con la nariz sucia, llena de piedraa, con olor a alcohol, a poxi, a merca. Pero hubiera preferido que mi vieja no se meta con los narcos. Ahora los que me conocen se burlan de mi vieja. La botona, la buchona. Y me da una rabia. Dos día me dura la rabia. Yo ahora estoy limpio. Desde que murió un compañerito mío, que lo mató la policía, medio que zafé. Me siento más responsable, pienso en mis hijitos. Con ese compañero estábamos chupando y decíamos: “Ahora nos vamos a dormir abrazados a nuestros hijitos”. La gente piensa que no es droga y por ahí te matan chupado y ni cuenta te das. Hace dos o tres años que mis viejos están así. Ahora mi familia es un desastre. Ahora me arrepiento; me gustaría tener un auto, algo mío, pero no tengo nada. Todo es culpa mía. En vez de tomar poquito, tomé mucho. La marihuana no es problema. El problema es la merca. O el poxirrán. Bueno, disculpe, eh. Es que escuché que mi viejo decía que yo le había hecho no sé qué cosa y me puse mal. Porque me da vergüenza, vio. Yo sé que soy un desastre, pero no tanto.
Eso dice Gabriel cuando, finalmente, aparece.
* * *
Yamila mira televisión, muestra sus carpetas de colegio. En todas firma Belén: su otro nombre, el que le gusta.
–A mí, mi hermano me hace un poco de caso. El me preguntaba qué tenía que hacer para que yo fuera feliz. Y yo le decía que no tenía que hacer más lo que hacía. El me decía que no lo iba a hacer más. Y después volvía.
–¿Y vos?
–Y, desilusionada. Infeliz.
Cada día, después del trabajo, Gabriel pasa por casa de su madre y le da, a Yamila, dos pesos de su salario.
–Yo le digo que no me dé, porque él necesita. Pero me los da igual.
–¿Los ahorrás?
–No puedo. Me los gasto en caramelos.
Sola contra todos
Lo que hizo Norma Castaño en 2003, al infiltrarse en una banda de narcotraficantes para denunciar a aquellos que vendían droga, constituyó una muestra que puso al descubierto que el gobierno, en este caso el de Santa Fe, no cuenta con un plan eficiente para combatir el narcotráfico.
A la falta de compromiso del Estado en la lucha contra el tráfico de drogas hay que sumarle a la policía corrupta, que libera zonas para que los dealers distribuyan estupefacientes con total impunidad. Así lo ha denunciado hasta el cansancio la jueza federal de Rosario, Laura Inés Cosidoy, quien ha sufrido varios atentados por investigar la connivencia entre jefes policiales y narcotraficantes. Además de provocar serios problemas en su familia, la denuncia que hizo quedó en la nada: nadie fue preso. A partir del relato de Castaño, también quedó en evidencia la falta de capacidad del Estado para evitar que los jóvenes se conviertan en adictos. En Córdoba, los vecinos del barrio Villa Cornú se armaron para patrullar las calles y evitar que los narcotraficantes lleven su carga. En ese barrio de 70 manzanas funcionaban 39 puestos de venta de droga. Hace siete meses, los vecinos presentaron un recurso de amparo con el fin de que las fuerzas federales de seguridad intervengan para erradicar esos puestos porque la policía provincial está desbordada. La justicia federal hizo lugar a dicha solicitud, pero desde el Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de la Nación respondieron que no correspondía a los jueces diagramar la política de seguridad, sino administrar justicia. Los vecinos de Córdoba que investigaron a los narcotraficantes y denunciaron a los que vendían droga en cada uno de sus barrios, se quedaron solos, igual que Norma Castaño.






