
Yo prefiero Punta del Oeste
Por Esteban Peicovich
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Disiento, luego existo. Todo gusto es soberano, y una porfía sobre un tema turístico no lleva a nadie a la guillotina. ¿O esta vez sí? Porque resulta que a mí Punta del Este, la clásica, no me piace. Soy, a full, un fundamentalista de Punta del Oeste. Esto es, de la punta occidental de Punta del Este. O, dicho con palabras que nos sacan del atolladero y la retratan de un trazo, Punta Ballena. Esto es, la curiosa y angosta explanada sobre el Atlántico donde deslumbra el castillo daliniano de Casapueblo, y debajo de la cual se abre en abanico un petit Cap Ferrat, apacibles calas, jardines, médanos y bosques que concluyen en la humilde Piriápolis.
Cada año, la folletería turística le pone coronita al casco oficial de Punta del Este. Privilegio excesivo por desenfocado. Magníficos alrededores pasan a segundo plano a fin de enfatizar las "bellezas" que exhibe el centro comercial del casco urbano. Una política mercantil que acabó por echar del mapa a una villa marina de casas bajas, faro y puerto para pescadores y navegantes, asentada sobre una punta divisoria de aguas gruesas y finas del Atlántico sur. La construcción de altura con su hojaldre de cemento acabó con la aldea para dar sitio al hormiguero humano que en enero colapsa hasta llegar a la plena inmovilidad. ¿Puede soñarse todo un año con las vacaciones para quedar fondeado en un sitio así, por más glamour que le publiciten?
Insisto, esa Punta del Este no me pasa por el corazón ni me mueve un pelo. Está diseñada para el bolsillo. La levantaron para estar viva sólo dos meses al año. Se le nota. Y el afán de venta también. En 2007, outlets de ropa india atraen como abejas a las mujeres mientras maridos turistas aguardan con cara de circunstancia en los bancos de la fosforescente Gorlero. Por ella pasa el circo. Allí, enero es impiadoso. La comparsa de Giordano, sultanes brasileños asomando la copa de champagne desde la limusina y una dislocada muestra de mal gusto que imponen quienes adoran al rey Midas y ningunean todo lo que pueden a Neptuno o las Nereidas. Insisten, pero no doblegarán a quienes tomamos partido militante contra el fenómeno Gorlero. Al que empaña (todo hay que decirlo) alguna costumbre de los cisplatinos "de allá", que vendrían a ser los cisplatinos de acá. Son muchos los incorregibles que viajan en Buquebús. Aunque mejor será no meterse en el galimatías de no saber si esto sucede porque los argentinos no son como uno, o porque uno no es como los argentinos. Vaya galleta.
Pero hay consuelo. Estos defectos desaparecen con poner pie y alzar los ojos en las alturas apolíneas de Punta del Oeste. Los dioses se inspiraron al encarar el dibujo de los bordes de la bahía del Portezuelo. Y por ello el occidente marítimo de Maldonado tiene adictos tan firmes. También están quienes defienden las franjas de mar arrebatado que tras dejar La Barra siguen hasta Brasil. Lo hacen por motivos parecidos a los de los vecinos de Punta Ballena. También decidieron poner la mayor distancia posible de la nerviosa e incómoda Gorlero.
Ya están prevenidos. Recuerden. Deben descender unos 11 kilómetros antes de Punta del Este. El paraíso está al alcance de la mano. Elija. O playas, calas, colinas, bosquecitos, florestas, el umbroso arboreto Lussich, la cercanía de Maldonado y San Carlos. O amucharse frente a vidrieras comerciales, colas de pizzerías y heladerías, y vegetar en automóviles que avanzan a paso de hombre. Si obligado por la justicia debo ingresar en esa arteria infame liquidaré lo antes posible el asunto para volver rápido al regazo de una hamaca paraguaya en el Lomo de la Ballena. A dejar que la imaginación flipe a su antojo. Hay con qué. Por allí descansa el navío donde el almirante Nelson y lady Hamilton jugaban a la mancha. En agosto vienen a parir ballenas francas que luego van a seguir con las crías hacia el Sur. Por estas colinas paseó Charles Darwin buscando piezas únicas y a veces en la playa puede verse a Martin Amis manos a la cintura urdiendo laberintos de su narrativa. Nada, aquí, desentona con el mar, que, como se sabe, es santo. Y es aquí (no en Gorlero) donde puede uno soñar con el sueño más humano: la vacación perpetua.
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El autor, argentino, es periodista y escritor





