
Adiós a los modelos económicos simplistas
Por Louis Uchitelle
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NUEVA YORK (The New York Times) EN 1953, Robert L. Heilbroner perfiló a los grandes pensadores que diseñaron la economía moderna en The Worldly Philosophers ("Los filósofos mundanos"); se vendieron casi cuatro millones de ejemplares. Sorprende un tanto que hoy, a los setenta y nueve años, este historiador económico de la New School for Social Research critique cada vez más a los mismos economistas a quienes, en parte, inspiró. Dice que no lo comprendieron.
Heilbroner está en un polo del creciente debate en torno de la eficacia de la economía, tal como se practica hoy día. Reconoce la cantidad y calidad de las investigaciones económicas, pero objeta la excesiva simplicidad de sus modelos. Al pasar por alto factores que conforman el sistema socioeconómico, pierden la profunda comprensión que alcanzaron un Adam Smith o un Keynes, dos de sus filósofos mundanos.
"Ellos creían que su tarea era modelar todas las complejidades de un sistema económico: políticas, sociológicas, psicológicas, morales, históricas -explicó-. Los economistas modernos prefieren modelos bidimensionales que, al intentar ser científicos, omiten demasiadas cosas y les impiden comprender verdaderamente cómo funciona el sistema." Los filósofos mundanos habrían opinado lo mismo.
Fuerzas en cambio constante
"Los motivos no económicos son un elemento esencial de la teoría económica", escribió Joseph A. Schumpeter en 1942. (Heilbroner había asistido a sus clases en Harvard, de donde egresó en 1940.) Pocos años antes, Keynes había dicho: "Ninguna parte de la naturaleza o las instituciones humanas debe escapar totalmente a la mirada de un economista". Alfred Marshall, economista británico del siglo XIX, ya había advertido: "La economía no se puede comparar con las ciencias físicas exactas, por cuanto aborda las fuerzas sutiles, constantemente cambiantes, de la naturaleza humana".
El cambio de óptica se produjo después de la Segunda Guerra Mundial cuando, poco a poco, la economía dejó de ser una ciencia social para adoptar las técnicas de una ciencia natural. Tomó por lenguaje a las matemáticas e hizo de los modelos simulados en computadora su principal herramienta de investigación. Estos modelos requieren premisas sobre el comportamiento de los mercados y las personas, y esas premisas son a menudo irreales, si bien en estos últimos años los economistas han incorporado a sus ecuaciones una cantidad cada vez mayor de datos reales, en un intento de aproximación al mundo cotidiano.
"Correctamente utilizadas, las matemáticas pueden incorporar toda clase de elementos que expanden el análisis de manera efectiva y notable -afirmó George Akerlof, economista de la Universidad de California (Berkeley)-. Los mejores estudios recientes prestan atención a la psicología y la sociología."
Heilbroner pretende algo más. Los economistas modernos excluyeron los juicios subjetivos y, a menudo, intuitivos a los que tanta importancia habían dado sus predecesores, por considerarlos inmensurables e inasibles para la investigación científica. De paso, eliminaron la palabra "capitalismo" -otrora denominación tradicional de la economía de mercado- con sus connotaciones de lucha de clases y privilegios concomitantes a los diversos niveles de riqueza. El término ha desaparecido de los libros de texto populares.
El autor de uno de ellos, N. Gregory Mankiw, economista de Harvard, lo explicó así: "Ahora diferenciamos las enunciaciones positivas o descriptivas, verificables científicamente, de las enunciaciones normativas que reflejan valores y criterios. El interrogante es: ¿podemos hacer economía positiva sin la economía normativa? Creo que sí".
Causas de desigualdad
Por ejemplo, las ciencias económicas han descubierto la posibilidad de medir en forma objetiva las causas de la extrema desigualdad en los ingresos, un fenómeno relativamente nuevo. Empero, han prescindido de factores tales como la inseguridad laboral -que tiende a aumentar la desigualdad de salarios sea cual fuere el nivel educacional- y el poder de negociación de los gremios. Tanto para Mankiw como para Paul Romer, economista de la Universidad de Stanford, estas observaciones subjetivas serían cuestiones políticas o públicas, pero no entrarían en una explicación científica del funcionamiento del sistema económico.
"Las anteriores generaciones de economistas pecaron de cierta soberbia al creerse capaces de formular por sí solas las enunciaciones científicas y los posteriores juicios de valor", opinó Romer. Comparó el papel del economista con el de un médico que explica qué sucedería si se interrumpe la terapia agresiva de un paciente canceroso: "Podemos dejar que el pastor, el legislador, la familia y el filósofo debatan el aspecto moral de tal decisión -dijo-, pero de un médico queremos, y necesitamos, declaraciones científicas correctas sobre sus consecuencias".
Keynes no hacía estas distinciones. Partiendo de la intuición, la observación y su amplia experiencia personal, infirió que el atascamiento del país en la Depresión de los 30 debíase, en gran parte, a que el sector privado se rehusaba a invertir, pese a que la nación ofrecía ahorros de sobra para financiar las inversiones. Su clarividencia cambió para siempre el modo de pensar de los economistas respecto a cómo funciona un sistema capitalista. Una vez descubierto el problema, Keynes no vio motivos para ser cauteloso en cuanto a soluciones: exhortó al gobierno a contrarrestar la declinación de las inversiones privadas con enormes gastos públicos.
"Sin duda, Keynes tenía una opinión formada respecto a qué era una buena sociedad e intentó salvarla de sí misma", expresó Robert M. Solow, premio Nobel de Economía y docente del MIT. Los economistas modernos rechazan semejante papel.
Hacia una ética social
Ante la disyuntiva de reducir los impuestos o gastar más en educación, Heilbroner sentenció: "Tenemos que preguntarnos cuál es la correlación entre altos niveles educacionales y altos niveles de riqueza. En nuestro sistema, ¿la educación es un privilegio de la riqueza y una función de la estructura de clases?" Este "ir más allá" resulta más fácil para los economistas de su generación, que alcanzaron su madurez cuando todavía reinaba el keynesianismo y la guerra fría aún no había contribuido a quitar a la economía todo juicio de valor. Heilbroner aplaude la exposición del nuevo enfoque en la reciente asamblea anual de la American Economics Association, pero insiste en objetar la estrechez de miras de los economistas más jóvenes.
En un capítulo adicional para la séptima edición de The Worldly Philosophers, que se publicará este año, Heilbroner escribió: "La economía no debe erigirse en antorcha política que ilumine nuestro camino hacia el futuro, ni lo hará, pero sí puede y debe convertirse en la fuente de una comprensión de cómo una estructura capitalista puede expandir sus motivaciones, aumentar su flexibilidad y desarrollar su ética social".





