Arte y política: de la crisis social al activismo estético

Cincuenta artistas presentan en la muestra "La normalidad", que se inaugura este jueves en el Palais de Glace, obras inspiradas en la crisis de 2001 que proponen reflexionar sobre las consecuencias negativas de la globalización y sobre los nuevos lenguajes artísticos que las expresan
(0)
12 de febrero de 2006  

Hay un clima de serenidad atareada y expectante en el silencioso espacio circular del Palais de Glace. Operarios que mueven objetos de un lugar a otro, curadores que estudian planos de la sala, artistas que proyectan en un recorrido todavía imaginario la distribución de sus obras. Desde el jueves y hasta el 19 de marzo, el edificio de la calle Posadas será sede de "La normalidad", una ambiciosa muestra organizada por el Instituto Goethe de Buenos Aires que, mediante el trabajo de unos cincuenta artistas de distintos países -Alemania, Francia, Rusia, Brasil y Chile, además de la Argentina- y tomando como punto de partida la crisis económica que sufrió el país en 2001, propone reflexionar acerca de las consecuencias negativas que puede provocar la globalización.

Relatos sobre exclusión social, manipulación informativa, quiebres financieros y empobrecimiento de grandes grupos humanos en distintos puntos del planeta serán expuestos al público por medio de películas, fotografías, mapas, textos, videos e instalaciones. Esos temas y los recursos elegidos para abordarlos invitan a pensar, una vez más, en la relación posible entre la práctica artística y la acción política. ¿Con qué lenguaje se expresa hoy, a comienzos del siglo XXI, el arte que se propone provocar en el espectador algo más que una experiencia estética? ¿Cuál es su objetivo? ¿A quiénes se dirige y a quiénes efectivamente llega?

Gabriela Massuh, directora general de la muestra y también directora de Programación Cultural del Instituto Goethe, cuenta que "La normalidad" es la tercera etapa de un trabajo más abarcador: "Ex Argentina". Ese proyecto incluyó un coloquio y la exposición "Pasos para huir desde el trabajo hacia el hacer", ambos realizados en Alemania. Todo surgió a raíz de la crisis de 2001; y, así como "Pasos para huir desde el trabajo hacia el hacer" intentó reflejar las distintas alternativas que muchos argentinos buscaron a la pérdida del empleo, "La normalidad" intenta cuestionar aquellos aspectos indeseables de la realidad cotidiana -pobreza, precarización del trabajo- que, sin embargo, parecen haber sido asimilados por algunos sectores de la sociedad como elementos, si no constitutivos, al menos inevitables del nuevo equilibrio político y económico alcanzado después de la grave crisis institucional argentina.

"En 2001 el país estaba incendiado y había mucho para mirar y para hacer -dice Massuh-. En ese momento se abrió una posibilidad insólita, porque en Alemania se creó una fundación que tenía programas especiales con determinados países. Así fue como decidimos hacer, con el artista Andreas Siekmann -que ya había trabajado en Alemania sobre temas afines- un proyecto de reflexión, por artistas plásticos argentinos y europeos, sobre la Argentina y la crisis como punta de un iceberg que afectaba a todo el mundo. Luego se sumó a la tarea la mujer de Siekmann, Alice Creisher."

Teóricos del arte además de artistas, Siekmann y Creisher vinieron a la Argentina en 2002 y se quedaron ocho meses recabando información para dar forma a lo que fue, en 2004, la exposición "Pasos para huir del trabajo al hacer". Ahora están nuevamente en Buenos Aires, como curadores de "La normalidad".

"Vemos muchos más pobres en la ciudad que en la época de la crisis -opina Creisher-. Pero en aquel momento había más solidaridad de la que se ve ahora, incluso desde la clase media, con acciones como los comedores populares, por ejemplo."

"En la época de la crisis la pobreza era un escándalo, ahora hay una normalización de esa pobreza", interviene Siekmann.

Tanto Siekmann como Massuh y los plásticos argentinos Eduardo Molinari, Loreto Garín y Federico Zukerfeld (estos dos, integrantes del grupo Etcétera), que también participan en la muestra, coinciden en señalar la experiencia de "Tucumán arde", que en 1968 marcó un hito en el arte político argentino, como un referente principal de "La normalidad".

Según Siekmann, "trabajar con referencias históricas muestra que uno no es víctima del momento histérico de la historia, que uno no está solo ni hace las cosas por primera vez sino que trabaja en el fluir de un curso, con otra gente, y le da al artista perspectiva para ver que hay ciertas líneas que tienen una continuidad y hechos históricos que tienen un background artístico".

"Tucumán arde" fue un proyecto que involucró a sociólogos, investigadores y artistas -entre ellos, León Ferrari-. El grupo hizo un relevamiento de la situación en la que se encontraba Tucumán como consecuencia del cierre de once ingenios azucareros y expuso en la CGT el resultado de ese trabajo reflejado en fotos, textos y cuadros sinópticos.

Hoy, "Tucumán arde" inspira nuevos lenguajes artísticos que expresan nuevos contenidos.

"En los años 30, el arte político estaba muy ligado al realismo crítico, el realismo de Berni, que era el que se practicaba en los países en los que no se había cumplido lo que podríamos llamar la utopía socialista", explica el crítico y ensayista Jorge López Anaya. "En los años 60 -continúa- hubo una forma de expresión política ligada a las estéticas de esa época (lo que se veía en el Instituto Di Tella), y el caso de ?Tucumán arde´, donde lo que se usaba era la información. Aquí es importante el concepto que Walter Benjamin expresó en su ensayo ?El autor como productor´, donde plantea, dicho de manera muy sintética, que lo que importa no es la apariencia estética de un objeto sino el efecto que produce sobre los espectadores.

"Hasta los años 70 predominó una forma de arte aséptico y casi filosófico que fue el conceptualismo. En los años 80 aparece el artista político o activista que estaba desaparecido desde hacía algún tiempo y que empieza a actuar frente a conflictos que advierte en el sistema. A partir de los 80 y los 90 nos encontramos con que en estética se utiliza el término ?estrategias´. Los medios de expresión son las instalaciones, los gráficos, las performances; todo un arsenal ligado más que nada al activismo, a la infiltración dentro de los grupos minoritarios, no tanto para mostrarlos a los grupos de elite sino para actuar dentro de ellos".

Según López Anaya, a cada etapa del arte político correspondió un objetivo propio. Así como en los años de Berni la finalidad de la denuncia era más bien didáctica y en la época de "Tucumán arde" se pasó a la confrontación con el poder, en el marco de un gobierno militar, el arte activista actual se propone "perturbar y transgredir".

"La teoría de que el arte, por el camino de la revolución social o espiritual, iba a cambiar el mundo, es vieja. Hoy está aceptado que el arte no va a cambiar el mundo, pero podemos usar el arte para denunciar y molestar".

Massuh coincide: "Influir sobre la realidad con la obra de arte es imposible. Lo único que se puede lograr es abrir un espacio de reflexión y propiciar un momento de ralentización. Los espacios de reflexión desaceleran los procesos vertiginosos en los que se ven inmersas las sociedades".

Massuh es optimista, y espera que esa invitación a la reflexión atraiga a todos los sectores de la sociedad. "Estamos apuntando a públicos sumamente distintos. Me gustaría que viniera la gente que es muy conservadora en el arte, y también el público que integra los movimientos sociales".

Para que "La normalidad" abarque con la mayor amplitud posible desde los sectores menos favorecidos hasta las elites, la muestra se presenta desplegada en diferentes sedes. Ese desdoblamiento refleja una discusión interesante acerca de la relación del arte con los circuitos de exhibición y de los propios artistas con su obra.

"Elegimos el Palais de Glace porque es un lugar público que ha presentado muestras de arte político -cuenta Massuh-. Esa combinación fue clave para Andreas y para mí. Queríamos evitar los espacios privados porque nos parecía que algunos artistas necesariamente iban a tener que manifestarse sobre la relación entre la producción de arte y las grandes empresas que están detrás de los museos privados, y que eso iba a generar un conflicto. Entonces se evaluó la posibilidad de hacer la muestra directamente en el Hotel Bauen. Yo estuve en contra de hacerla sólo en el Bauen porque por parte de algunos artistas había expectativas estéticas: con toda legitimidad querían ser tomados en cuenta como artistas y no como activistas. De manera que decidimos que la muestra tuviera su centro en el Palais de Glace, y satélites en lugares emblemáticos como el Bauen, la imprenta recuperada Chilavert, la sede de la agrupación H.I.J.O.S. y FM La Tribu porque, por otro lado, muchos artistas, a los que yo respeto muchísimo, no querían exponer en un espacio tradicional de arte como puede ser el Palais de Glace."

Sin embargo, según se desprende del análisis que hace López Anaya, el problema acerca de si la obra debe ser exhibida en los espacios de arte tradicionales o en ámbitos alternativos suele ser dirimido por la historia.

"Da la impresión de que el arte activista, que es un nuevo género y una especie de arte público, porque se hace mucho en la calle, no funcionaría en el museo o en la caja blanca, como se le dice a la galería. Sin embargo, en su momento nadie pensó que el mingitorio de Marcel Duchamp fuera a terminar en un museo, y allí fue donde terminó, muchos años después. No podemos saber qué va a pasar con este arte, pero la experiencia museológica que tenemos ya a lo largo de un siglo de arte moderno, lleva a una consideración que se ha convertido en un lugar común: toda obra que tiene valor y es importante va a parar al museo. Hasta ahora, siempre ha sido así, y nada nos hace pensar que eso vaya a cambiar."

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.